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EL BULULÚ

>> viernes, 30 de abril de 2010


Ha merecido la pena llegar hasta esos mundos de Dios a los que decidieron denominar en los mapas como “Villaverde Alto y Bajo”. Ya fui preparado de casa. Había elaborado en un trozo de papel un meticuloso mapa para no perderme (tan singular que yo solo podía entender, tan singular que solo le faltaban los signos cabalísticos), pero aún así, aquel vasto dominio que bien podía ser una capital de provincia perfectamente, tejió sobre mí los hilos de la confusión y más de una vez tuve la sensación de no saber qué dirección tomar. De barrios de casas bajas pasando por plazas y llegando a través de cuestas a descampados con estación de tren. Luego, otra vez bajar para llegar a nuevos-viejos barrios. Todo olía a película de Antonioni. Lugares propicios para el amor, como diría Ángel González. Un extrarradio de neorrealismo donde todo podía suceder permaneciendo su secreto bajo llave. Carta blanca para la clandestinidad, la cual podía seguir su curso sin ningún tipo de pudor. Nadie podía sentirse avergonzado de ninguna acción llevada a cabo por aquellos lares, tan desérticos como carentes de interés para cotillas, chivatos e intrigantes varios. Si la brújula se me había desbaratado en varias ocasiones, otro utensilio mental, el reloj, había permanecido infalible. Así, calculé el tiempo exacto para perderme y no llegar tarde. Tras preguntar a dos simpáticos viandantes que me dieron, conseguí llegar al Centro Cultural cuando todavía quedaba un cuarto de hora para que aquello comenzase.

Los diferentes personajes interpretados por el Bululú

 Ya por fin dentro y sentado, vi como una mujer vestida a la antigua usanza aparecía apresurada para colocarse ante mí y comenzar a mirarme con ojos asustados. Había algo extraño en su mirada. Entre ella y yo había un pacto secreto previo. No obstante, no nos conocíamos, aunque esperábamos uno del otro una respuesta positiva, un resultado gratificante en nuestra cita. Sabíamos que no podíamos defraudarnos mutuamente. Ambos sentíamos curiosidad por el resultado del experimento. Ella se puso a recitar versos antiguos. Luego, se quitó las vestimentas y resultó ser un hombre. Ya no era Rosaura sino Sebastián. Nos encontrábamos en la Taberna del Turco y corría el año 1648. El lugar era el mismo, Madrid, aunque un poco apartado de su centro neurálgico. Estaba asistiendo a una representación clandestina de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca”. Él dijo “soy un bululú”. ¿Sabes lo que es un bululú? Por supuesto, no tenía ni idea. Un “Bululú” –me aclaró- es un comediante cuya función es la de representar todos los papeles de una obra de teatro. Vamos, que él mismo se lo guisaba y se lo comía, como Juan Palomo. Al parecer, las representaciones teatrales habían sido prohibidas por orden real. Los cómicos, eran perseguidos. De ahí lo de actuar de tapadillo. El escenario, por estar compuesto de elementos antiguos, daba a la atmósfera una cierta teatralidad. No obstante, no había nada excéntrico en todo aquello, pues al desarrollarse la comedia en el Siglo de Oro, era normal que todos aquellos enseres evitasen lo anacrónico ajustándose a la época. Que un teatro fuese ahora una taberna (la descontextualización, qué duda cabe) era otro de los elementos que volvían extraño el lugar. El personaje ahora se encontraba dando una lección magistral de historia, situando con coordenadas precisas al espectador. Yo le escuchaba, mientras le veía sacar la utilería. Cada uno de los instrumentos, a cada cual más original, servía para construir otra atmósfera (la sonora). Una banda sonora en condiciones. El teatro, valga la redundancia, se convertía en un espectáculo en tres dimensiones. Unos cocos servían para emular los cascos de un caballo, una trompeta la pompa y circunstancia de un palacio, etcétera. Cada vez me resultaba más simpático el tal Sebastián, que me contaba ahora la historia de su familia. Toda una saga de cómicos de la legua, cada uno con sus papeles fijos (galán, hombre maduro, e incluso una señora que era capaz de hacer de un pueblo entero- imagino que para dramas como “Fuenteovejuna” o este mismo de Calderón, pues los motines son siempre importantes para los golpes de efecto). El teatro era ahora un corral de comedias. Ya no había techo sino cielo. El tumulto se hacía cada vez más ensordecedor. Los del gallinero jaleaban los golpes de humor, y las mujeres de los palcos arrojaban al patio de butacas cartas de amor para sus galanes correspondientes (alguna, por el camino, era interceptada por la picaresca de algún joven). El texto había sufrido algunas modificaciones por parte del actor-madre de toda la obra. Esto era comprensible. Las morcillas y demás improvisaciones del directo se encontraban justificadas ante la gran cantidad de texto que el actor había tenido que meterse entre pecho y espalda. Después, aplausos. Tras morir el pobre Sebastián a manos de la guardia que ha descubierto la ilegalidad de su trabajo, una gran flor roja ha sustituido la sangre de su pecho y el telón se ha cerrado en un gran golpe de efecto. La vuelta a casa ha sido más fácil. El mapa de papel ha sido sustituido por la intuición masculina, que ha guiado mis pasos hasta el metro. Por una vez, esta artimaña ha tenido éxito, a pesar de que algunos digan que nunca ha funcionado.

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