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LOS MIMOS CONTRA LOS MISMOS

>> martes, 6 de abril de 2010

¿En qué momento aquellos personajes, enharinados de pies a cabeza, dejaron de imitar la realidad para imitarse a sí mismos?
Era cierto que hacía ya unos años era corriente el flujo constante de aquellos “expertos gestuales” en la plaza pública de la villa. Los lugareños habían acabado acostumbrándose a ser perseguidos para conseguir de ellos una atención de los mismos. Al señor gordo, encorvado y menudo que se dirigía presto hacia el banco para cobrar un cheque pronto se le unía, como sombra en día oscuro, uno de estos personajes sin personalidad, un don nadie que era un representante en realidad de todos. Encontraba como fuese un cojín y se lo colocaba sobre su verdadera tripa, extraía exageradamente su labio inferior e hinchaba sus mofletes hasta ponerse casi colorado, se recogía el pelo hacia atrás y se encorvaba espalda y rodillas hasta adoptar exactamente la efigie envidiada. Entonces, el otro, tenía que decelerar y enfrentarse a su propia realidad adoptando una cara de pescado revenido. Otra, una señora de tres perros caniches, de edad disimulada por sabios tintes y con una falda de tubo que la obligaba a efectuar cómicos pasos, era también carne para estas fieras desaguisadas. Todos los que todavía quedaban por imitar seguían riéndose a mandíbula batiente mientras esperaba su hora de cadalso. Por fin, aquello cesó. Creo que fue uno de aquellos futuros mártires el que decidió poner punto a final: fue un día que bajó de su casa con el mismo aspecto por metamorfosear que aquellos nuevos bufones de infinitos reyes. Entonces, fueron sumándose otros vecinos hasta sumar entre todos la misma cifra que los extranjeros de humor blanco. Por fuerza, lograron crear una batalla por demostrar quién podía ser más odioso y a la vez divertido. Cuando todos perdieron el color de tiza por los sudores, cuando ya no había reglas en el juego por tanto, la lucha continuaba. Se turnaban por las noches y no había tregua para los más somnolientos. Finalmente, vencieron los habitantes por derecho del lugar y los otros tuvieron que coger su carromato en busca de un pueblo con más paciencia. Celebraron por todo lo alto la victoria unos, mientra otros continuaban pitorreándose de los últimos rezagados, ya a una distancia de camino (aunque la suficiente como para poder percibir todavía escarnios). Fue entonces que aquellos mimos sin palabras dejaron paso a los otros enyesados sin movimientos: las estatuas. La avenida de los mimos históricos (reyes y príncipes) se engalanó todos los años al cumplirse el aniversario de “la expulsión de los mimos” y se declaró fiesta de interés cultural y nacional.

6 – 4 – 10

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