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CUESTIÓN DE TALENTO

>> domingo, 11 de abril de 2010



Había un individuo pegando voces. Al parecer se trataba de un alumno. Cuando él llegó al taller de escultura, yo ya llevaba una hora en él trabajando. ¿Por qué estaba tan enfadado? Quizá porque algún gracioso (por ejemplo, yo) había escondido la radio en alguna parte. Ahora sonaba música clásica, mucho mejor que aquella otra que ponían en una emisora para adolescentes. Ya estaba harto de escuchar a jóvenes talentos cantautores interpretar con sus guitarras lamentos por novias perdidas. Esta pequeña venganza musical no la había urdido en solitario: me había valido de otro compañero que se hallaba en la misma situación que yo. Pensamos “¡un poco de Brahms no les vendrá mal a estos enamorados del pop!” Y así, fue: ahora, sonaba la Cuarta Sinfonía.
Creo que fue aquel curso en el que el profesor me dijo al llegar el verano: “Voy a aprobarte porque eres un chico voluntarioso, pero debes prometerme que no volverás a coger ninguna asignatura relacionada con la escultura”. Yo también estaba de acuerdo: dejando este noble arte, le hacía un gran favor al mundo de la cultura. En lo que llevaba de año, solo había conseguido hacer aberraciones. La última fue una copia de un esclavo de Miguel Ángel, de esos que parecían salir de un bloque de piedra. Pensaba en las palabras de Anaximandro: “El hombre piensa porque tiene manos”. Luego, me miraba las mías y entonces llegaba a la conclusión de que si ellas obedecían las órdenes de mi cerebro debía de ser un completo imbécil. ¿Cómo era posible? ¿Por qué no era capaz de reflejar en una pella de barro lo que una lámina fotográfica me contaba? Me pasaba como a Penélope, que tejía y destejía. Era una cosa extraña, pues no era capaz de avanzar en el modelado: cuando daba un paso adelante, a continuación daba dos atrás. Aquello nunca avanzaba, siempre se encontraba en un estado de feto avanzado. Nada más.
Era segundo de carrera. En aquella época ya se estaba gestando en mí el interés por lo teórico. Las asignaturas relacionadas con la Historia del Arte, la filosofía y el ensayo me fascinaban. Lo cierto es que di con muy buenos profesores (mejor dicho, con buenos oradores). Todos ellos le daban una gran importancia a otras parcelas de la cultura: la literatura, la poesía, el teatro, el cine… En el caso de este último, había grandes figuras a idolatrar como Rosellini. ¿Por qué a la gente le gustaba tanto “Alemania Año Cero”? Yo no podía dejar de reírme viendo a unos sujetos que en teoría eran berlineses hablando italiano. Resultaba tronchante. Luego llegó “Las Hurdes”. A Buñuel le sorprendía el carácter de aquellos individuos que no eran capaces de abandonar aquel lugar miserable. Yo me sentía, en el fondo, como un hurdano. España se iba al garete y la gente que me rodeaba trataba de salir de aquí, de explorar nuevos mundo en busca de suerte. Yo, por el contrario, me resistía a marcharme, no ya de España, sino de Madrid. Mis compañeros no podían comprenderlo. Me ligaban a España tantas cosas culturalmente hablando (tantas cosas conocía de ella y mis compañeros no) que, cada vez que uno de ellos me preguntaba por qué no quería irme de aquí, le respondía: “Seguramente al intentar irme estaré quitándole una oportunidad a alguien. Ese podrías ser tú. Yo no sabría aprovechar la experiencia como vosotros.” Miraba la copia del esclavo y pensaba en aquella obra de Delacroix en la que Miguel Ángel aparece repanchingado en una poltrona de su taller esperando que las musas lleguen. Está sin ideas y esto le trastorna. Yo le comprendía: “Estoy haciendo una copia de una de tus obras porque a mí tampoco se me ocurre nada que hacer… pero como tengo que entregar un trabajo al profesor, prefiero copiar deficientemente algo coherente que inventar algo absurdo”. Trabajaba con el palillo de madera sobre la materia sin resultados dignos. Vaquero Palacios, hijo de Vaquero Turcios, le contó una vez a mi profesor de pintura Carralero que las personas con “genio” siempre tenían un as en su baraja. La cuestión estaba en jugar y jugar hasta que surgiera de entre todo el mazo la carta deseada. Quien no juega en este sentido (quien no trabaja y trabaja en una obra luchando con ella en su proceso), nunca encontrará su as. Claro que, si la persona carecía de genio, ya podía jugar a las cartas que nunca encontraría la carta. Yo, en escultura, no tengo genio (ni en otros campos relacionados con la visión espacial). Las tres dimensiones nunca fue mi amiga.
A Carralero le hablan los grandes genios (al menos eso nos dice). Desde joven, siempre que va al Museo del Prado, dialoga con Velázquez. “Él me habla a mí y yo le hablo a él”. En una ocasión, andaba pintando en la antigua escuela de Bellas Artes de San Fernando en la Calle Alcalá de Madrid. Ese día había venido a posar una gitana que había sido modelo del mismísimo Romero de Torres. Así se ganaba la vida, yendo a posar para los estudiantes o vendiendo algo por la calle. Carralero debió sentir una gran responsabilidad. A esa mujer no podía pintársela de cualquier modo. ¿Qué hizo? Salió de la escuela y bajó corriendo las calles hasta llegar al Museo del Prado. Cuenta que incluso llevaba todavía la bata puesta y que un vigilante del museo le hizo quitársela. Una vez entró de nuevo ya sin problemas, se fue hasta la sala de Velázquez. Allí, el maestro le habló: “¡Muchacho! ¡Si quieres pintar bien no puedes pintarlo todo! Tienes que saber resumir lo que ves, simplificarlo en el lienzo”. Satisfecho del consejo, Carralero tuvo tiempo de volver a la clase para pintar definitivamente a la gitana de Romero de Torres y el resultado (siempre según él) fue excepcional.



Si hay algo con lo que coincido con Carralero es en la visión que tiene del retrato como “paisaje”. Quien ve un rostro pintado ve también montañas, árboles, ríos y vegetación.
Quien ve al bufón Calabacillas de Velázquez ve una gota caer en el agua. Ve las ondas que se alejan del núcleo, cada vez más grandes, cada vez más difusas. La frente del Calabacillas es la zona de agua donde impacta la gota. Todo lo demás (incluyendo las calabacillas) es manto negro. Goya habría pintado la gota en los ojos estrábicos del simpático personaje. Velázquez no destaca su defecto físico, tan solo lo insinúa entre sombras. La alegría del personaje se muestra en su sonrisa y en sus manos. Parece inquieto como el rabo de un perro. El triángulo que conforma la composición del cuadro nos recuerda las pirámides de Egipto o La Trinidad. La perfección, en una palabra. Eugenio D´Ors nos describe el retrato como lucha del artista. En un principio, en el primer esbozo, es cuando más se parece. Luego, a medida que la obra trata de parecerse en los detalles al retratado, va surgiendo y desapareciendo en un desafío sin igual. Hay quien se rinde y decide poner fin a la obra firmándola. Luego está quien prosigue hasta tratar de encontrar ese as en la baraja. He aquí otro relato de Carralero:
Un día, le proponen retratar a un personaje histórico de la etapa republicana española. En lo único en lo que puede apoyarse Carralero es en unas fotografías de carnet del sujeto a retratar. ¡Qué remedio! Él se resiste en un principio a realizar el retrato si el modelo no posa para él en vivo y en directo, pero finalmente acaba pensando que conseguir a Saint-Exupery habría sido más sencillo que localizar a aquel hombre, de modo que accede a la propuesta. El resultado convence y el cuadro se cuelga en el ayuntamiento donde el retratado “impartió justicia” durante los años treinta. Era, al fin y al cabo, un homenaje del pueblo hacia quien lo gobernó en un periodo tan interesante de la Historia de España. Pasa un tiempo y Carralero recibe una llamada. Sucede entonces el milagro. Aquel con quien habla es el personaje que retrató. ¿Qué es lo que podría querer? El fantasma revivido le pide a Carralero que le pinte dos retratos de su mujer. Él vive en Galicia y finalmente viaja hasta el estudio del pintor para concretarle su encargo. Al llegar allí, de nuevo la decepción: el hombre le trae dos fotografías de la futura retratada. La mujer había fallecido tiempo atrás. Carralero le pide al menos que le hable de ella. El viudo apenas puede decir algunas cosas pues se impresiona fácilmente al tocar este asunto. Carralero le despide y, tras pasar un tiempo, le vuelve a llamar ya finalizados los cuadros. El hombre esta vez viene con su hijo. Los dos suben al piso del estudio donde se encuentran las obras. El hijo, al ver los retratos sufre una especie de trastorno que le obliga a bajar hasta la calle sin dar explicaciones. Por el camino, la entonces suegra de Carralero se encuentra con él y le pregunta qué le ocurre, a lo que le contesta: “¡Eso no se pregunta, señora!” Al rato, vuelve a subir y pide perdón por lo sucedido. “Había visto a mi madre” dijo.
Lo mismo sucedió con el padre cuando posó para Carralero (esta vez ya en vivo y en directo). Este, no conseguía extraer en su cuadro un gesto que le complaciera de su retratado. ¿Qué es lo que sucedía? El gesto de la boca creaba en el rostro una infinita melancolía. Carralero descubrió que el hombre tenía ante sí los retratos de su mujer, por lo que hubo que retirarlos para lograr que su cara sonriera. La fuerza del retrato cuando este se parece a su dueño (y si no, ya se parecerá que diría Picasso). Cuando el asunto funciona es cuando se cuentan estas historias. La magia de la pintura. Y, seguramente, Carralero no pintó rostros sino sierras, cordilleras y lagos.

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