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PROCESIÓN DE ESPECTROS

>> martes, 6 de abril de 2010

No recuerdo el día en que llegué allí. Mi esposa me había invitado a pasar un fin de semana en un balneario del norte de Alemania. Se anunciaba suculentamente, como “descanso para los que trabajan en exceso”. Yo me las prometía muy felices, entre masajes con lodo y paseos por los naturales alrededores. Allí me planté con mi maleta y mi indumentaria tan blanca como la salud que quería representar. Pero, lo que debía de haber sido un trato cercano y cordial, acabó teniendo únicamente de confianza el dejarme encerrado en mi cuarto sin pedirme ni permiso. Reconozco que comencé a sospechar de la gente del lugar cuando mi compañero de mesa Abelardo se metió en las duchas con el plato de la sopa bajo el brazo. Claro, se le aguó. Yo siempre le decía: “las cosas por pasos Abelardo, primero cenas y luego te lavas”. Pero claro, también le veía siempre eufórico y creía que lo hacía por cosa de abultar y darse importancia. Llamar la atención como un niño pequeño. El resto de mis compañeros no parecían en nada anormales, hasta que un día me di cuenta de que lo eran. Esto, que parece de traca, resultó confuso hasta el último momento. Apenas nos diferenciábamos unos de otros: todos vestíamos con la misma bata y el pelo se nos extirpó como mala hierba. Comencé, con el tiempo, a no ver diferencias entre mi persona y las de los demás. Temí por mi personalidad, por lo que adopté la medida de pedir papel y bolígrafo para escribir diariamente mis sensaciones. Con esta especie de diario puedo ahora reconstruir mi historia. Parece ser que yo estaba enfermo, sí señor. Lo sabía mi señora y no me había dicho nada. Yo siempre soy el último en enterarme. La gente de mi familia, por lo general, me caracterizaba por un elevado concepto del sentido del humor. Ciertamente, había tardado en adquirirlo, pero ahora no me hacía ninguna gracia esta situación. A otros, “sin en cambio”, les parecía de lo más desternillante, pero claro, estaban mal de la cabeza. Yo creo que mi salud mental no peligra, pero tampoco acierto a averiguar entonces qué es lo que puede sucederme. Necesito sanarme ¡pero ahora parece que no es solo el estrés lo que me ha conducido hasta aquí! Alguna carta recibí de esas de bordes redondeados que a uno el impide pensar en tonterías. Mi mujer celebra que esté sentando la cabeza (y si no, seguidamente, me anota que los expertos conseguirán conducirme). ¿Qué le he hecho yo a esta mujer? No lo comprendo. ¿Por qué me ha querido retirar encontrándome yo tan sano? Dicen que igual padezco de tuberculosis, pero de algo habrá que morir ¿no? Además, no descarto que alguno de los pacientes, todavía con el pelo sin afeitar, me la hayan contagiado. He decidido dejar de mirar por las ventanas al jardín (y aún sin ventanas) porque en él se han comenzado a cavar fosas. Lo cierto es que quiero salir para respirar aire puro, pero mi pulmones difícilmente encontrarán ya un ambiente adecuado en el que actuar sin problemas. He decidido que ahora no quiero que me crezca el pelo. La última carta que he recibido de mi señora esposa, me anuncia que ha vendido mis pertenencias por apuros económicos. Dice que es difícil pagar los gastos del balneario ahora que no trabajo. ¡Tiene guasa! Entre la lista de cosas que ha empeñado figura su anillo de matrimonio. Bueno, lo cierto es que me estaba volviendo aburrido, que ya me guardaba el humor para los escritos, con celo para no malgastarlo en conversaciones estúpidas. Ahora miro al calendario colgado en la sala de juegos. Creo que en la fecha que marca no había ni nacido. He encontrado buenos compañeros de billar. Hay uno que esconde la bola negra porque dice que solo trae disgustos. El caso es que a mi tampoco me terminaba de caer agraciada, y, además, hay otros colores en los que elegir. Si a mi me han sustituido por un alquiler de habitación ¿por qué no se va a poder sustituir una estúpida bola negra? Es la aceituna negra en el barril. A todos nos agría. Una muchacha me lanza miradas penetrantes (o quizá padezca de epilepsia). El caso es que me ha enamorado. La he regalado la bola negra para que la ponga sobre la mesa camilla de su cuarto. Ocho años que la recuerdan los que lleva aquí. Como lleva bien los números y se acuerda de cuando entré aquí (me ha dicho que hace año y medio ¡cómo pasa el tiempo!) la he pedido que lleve también los míos. Ayer, en la función que nos invitaron a representar, yo hice de “galán de la rosa”. Siempre decía mis frase mirándola y ofreciéndole la flor que portaba en mis manos desde el escenario. Ella se había quedado dormida, pero no me importó tampoco que no me viera, pues estaba ridículo.
Por fin, tras dos años he salido de allí totalmente renovado. Ella se ha ido sin despedirse, corriendo por el camino opuesto al mío. He pensado en ella como si hubiese estado dormida cuando aquello, así me pesará menos. No sé en qué trabajar (o de quién vivir). Me he hecho una flauta con un hueso y toco a la salida del metro de una ciudad terminada en …burgo. Ahora pienso montar una academia de flautas de hueso, pero nadie confía en mi de momento, porque como aspirante a profesor soy mas bien malo.
Pero la gente se detiene aún así para verme tapar agujeros incorrectos. La música equivocada está ahora de moda. Todos me parecen enfermos de bata blanca, espectros que en cualquier momento pueden ingresar convalecientes en algún lugar no homologado. No está mal (pero tampoco está bien). Ya no pienso en mi mujer, pero espero volver a ver algún día a mi hijo (y que siga pareciéndose a mí).

6 – 4 – 10

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