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RECUERDO DE MANUEL DE FALLA

>> miércoles, 14 de abril de 2010

Se acabaron los días de vestido blanco. Ahora ya no me atrevo a salir de mi propia casa. Aquí, este pequeño sueño granadino donde tantas cosas acontecieron, ahora se ha convertido en mi prisión. Me asomo por una de las ventanas traseras y no veo más que cielos rosados, símbolo inequívoco de destrucción. El mismo que anuncia el amanecer en “El Amor Brujo”, es el que ahora recibe, casi como fatal premonición, lo que nunca se nos debía de haber dado. ¡Y pensar que yo deseaba que todo cambiase! Como el bueno de don Miguel de Unamuno, apoyamos la causa. ¿Deseábamos por tanto todo esto? Le escribí a Manuel Azaña una carta, al comienzo de la contienda, pidiendo que frenara los ataques sucesivos a iglesias y los asesinatos a los religiosos. En mi profunda fe cristiana, deseaba que aquel sacrilegio fuese frenado, no quedarme de brazos cruzados ante tal barbaridad. Pero el presidente de la República andaba ya ocupado en muchos asuntos y no recibí respuesta.
Me he construido un andador con el que desplazarme por toda la casa. En el salón, todavía recuerdo a grandes amigos de cuerda, charlando de todo lo que se nos pasaba por la cabeza. Debussy, Ravel, eran invitados asiduos a estas tertulias. Solo les pedía una cosa: dejar la política apartada. Reconozco que soy maniático, hipocondríaco y supersticioso. De lo último se excusa mi obsesión por tener en mi casa un número de moscas pares. Podía haber dos, cuatro o seis, pero nunca una, tres o cinco. Todo también se engalana de color azul.
En el piso de arriba conservo un regalo pictórico de Federico. Ahora que he conocido su fatal destino, no puedo por menos que darle la espalda. Verdaderamente, ese dibujo me interroga. Sus enigmáticas creaciones nunca dejaron de sorprenderme. Tenía verdaderamente él un ojo para los cataclismos. Temía siempre su propia muerte. No quiero recordar su voz alegre, que todo lo empapaba. Cuando venía a recibir clases de piano, nunca pude imaginar que acabaría de gira con la Argentinita, con esas canciones tan graciosas de nuestro popular repertorio.
Cuando comienzan los fusilamientos diarios, me escondo dentro de la despensa del piso de abajo para no oír los disparos. Me tapo los oídos porque siento que en verdad sangran. Chillan como rechazo a esta percusión tan siniestramente rítmica. Un unísono devastador, una voz de metal y fuego que arrasa con todo lo anterior no dejando posibilidad a un después. Un silencio imposible es lo que se escucha después. ¿Dónde quedó ese pueblo de “El Sombrero de tres picos?” Lo cierto es que nunca existió, todo fue producto de mi mente, de mi propia sensación creadora. Así como los testimonios de la guerra de Goya, así recabo yo todos los elementos de un sentimiento.
Recluido, anhelando un pasado irrecuperable y con los ojos desencantados ante un futuro inexistente. Habíamos conseguido una España libre que parecía caminar con pasos de gigante… un gigante con pies de barro. Ahora, todos los figurines de mis ballets guardan polvo y paciencia en baúles preocupados por desteñir y avejentar lo que guardan. Ahora veo lo que realmente son: espectros de maniquíes, faltos de cuerpos que ¿regresarán?
Cuando bajé a preguntar en jefatura si sabían del paradero de mi Federico, parecieron mirarme como enemigo, tal vez como lo que nunca fui: temerario. Con una sonrisa diabólica se me contestó que “ese ya se había llevado su merecido y que quizá corriese yo la misma suerte”. Todo lo que parecía ser como figura eminente de las artes contemporáneas desapareció con la presteza que la injusticia marca. Ahora, aquellos a quienes se admiraba se persiguen. Un rencor exacerbado por sus propios motivos, puede ser esta una definición aproximativa. Tan solo estos momentos pueden ayudar a que las malas hierbas crezcan.
Cuando todo esto termine me marcharé… pronto, muy pronto. Amo a España, pero quizá mi ideal, como toda cosa mental, haya sido creado y no exista salvo dentro de mi mente. Mi España nunca existió.

14 – 4 – 10

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