Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

RODAJE DE "ZALACAÍN EL AVENTURERO" (Fragmento de "Historia de la casa que nunca conocí"

>> domingo, 11 de abril de 2010

Nota aclaratoria de presentación: Me limito a reconstruir la época de infancia de mi abuelo paterno, mediante la información recabada que mi familia me proporcionó. "La casa que nunca conocí" hace alusión a la vivienda familiar que mis bisabuelos tenían en Estella (Navarra), donde mi abuelo vivió y la cuál llegó a conocer mi padre.


Cartel de "Zalacaín el aventurero", adaptación cinematográfica de Francisco Camacho (1929)


Colocaremos la atmósfera de manera rápida y concisa:
La casa tenía tres pisos, uno de ellos bajo tierra, donde se almacenaba la sal. La entrada era como la de todos los caseríos, de portón grande divido en dos. Uno se chocaba de frente con el cuadro de La Última Cena en relieve plateado y, si seguía con la vista hacia arriba, veía una escalera de peldaños crujientes. En el primer piso vivían los dueños del edificio. Estos, alquilaban las otras plantas. El segundo se encontraba deshabitado. Tan solo quedaba en él un arcón en el que mi padre, de pequeño, descubrió un uniforme militar. Creía que era el que había pertenecido a mi abuelo durante la guerra, y esto le dio a fabular muchas cosas. Luego, descubrió que era en realidad de un primo, que pasaba por allí para cambiarse e ir al cuartel. Ya al final del todo, en el tercer piso, vivía la familia Mateo de alquiler. Cuando murieron los padres de mi abuelo, la casa fue derruida y, en su lugar, se construyó un edificio con su portero y todo. Se despedaza así un trocito de la historia de ese pueblo venido a ciudad (porque quiso modernizarse, como todo hijo de vecino). Esto desde luego no ayudaba a mejorar el turismo, pues a los visitantes les encanta ver aquellas casas que un día dieron significado a un lugar. Verlas pero desde fuera. Para dormir ya están los hoteles “aclimatados como casas rurales”. Y es que aquellas casas de entonces carecían de calefacción y de baños, por lo que un repaso higiénico de cuerpo entero solo podía ser posible en el río más cercano: el del parque de los Llanos. Ese río también resultó aclimatado con el auge turístico, siendo convertido artificialmente en playa en los años setenta. Luego cayeron en la cuenta de que resultaba un negocio poco rentable esto de estar constantemente reponiendo la arena que el agua se llevaba (dejando al descubierto los peñascos). Hay postales que dan fe de que aquella playa existió, sólo hay que buscar en los archivos históricos. Pero volvamos a aquella casa:
En invierno, la falta de calefacción se suplía con aquellos braseros de mango que se posaban y pasaban sobre la cama durante un tiempo para calentarla. Aún así, los sabañones eran imposibles de evitar. Hay una anécdota real que ilustra la etapa previa al invento del brasero: la contaba una de aquellas señoras que, por las tardes, tenían a bien invadir la casa de la vecina conocida- siendo casualmente esta vecina mi abuela- para distraerse de la monotonía diaria. Esta señora traía su propia silla de casa (un detalle es un detalle) y en ella se sentaba. Por entonces, la casa familiar se encontraba sita en el número 54 de la calle Fernán González (Madrid), donde yo llegué a vivir los primeros nueve años de mi vida.
Mi abuela, cuando me contó esta historia, no recordaba el nombre de esta señora, y yo no voy a inventármelo porque no quiero atacar a la verosimilitud del relato, de modo que obviaremos la concreción en este sentido del personaje; hablaremos de hechos, en concreto de uno: Esta señora usurpadora, en sus años jóvenes fue chica interna en casa de un señorito. Esto que voy a contar sucedió nada más entrar allí: Una noche, cuando el amo entró en su dormitorio, se la encontró dentro de la cama. Le preguntó qué hacía. Ella le contestó que “calentarle la cama”. Después, el malentendido dio lugar a un buen entendido entre los dos ya con la luz apagada.
 
Para ir a la escuela, se debía de cruzar la Plaza de los Fueros, donde estaba situada la casa; después, se atravesaría la calle Mayor, se llegaría a la estación de tren que recientemente inauguró Miguel primo de Rivera y, por último, quedaría entrar en Los Llanos, el parque dentro del cual estaban las Escuelas Pías Calasancias.
Pues bien, en ese año se estaba preparando un acontecimiento único  en el pueblo. El rodaje de una película que llevaría como título Zalacaín el aventurero, basada en la novela homónima de Pío Baroja, y contaría con las actuaciones de Pedro Larrañaga (recordemos su inolvidable interpretación en “La aldea maldita” de Florián rey), Andrés Carranque de los Ríos (prototipo de hombre bohemio en toda regla) e incluso del propio Pío Baroja, haciendo de jefe carlista, y de su hermano Ricardo, interpretando al abuelo de Zalacaín (Ricardo, hombre de vanguardia, dio más muestras de interés por el cine en otros proyectos como “El sexto sentido” de Nemesio Sobrevila). 

Pío Baroja, en el papel de jefe carlista en la película


La gente del pueblo cobraría algunas pesetas por aparecer de extras “en su propia salsa”, pues el film se rodó en escenarios reales, evitando en parte decorados. En la novela, Baroja sitúa a Zalacaín en Estella durante un par de capítulos.
El pequeño Vicente, que contaba con solo diez años, avanzaba por la Plaza de los Fueros como rana por palacio sintiéndose un extraño en su propia tierra. La plaza había sido literalmente tomada por el director y su equipo. Recordaba la toma en la que Doña Encarna bajaba, quinqué en mano, por la escalera del portal de la casa que ella misma regentaba, mientras el supuesto Zalacaín (Pedro Larrañaga) se guarecía bajo el hueco de ésta, esperando no ser visto. Era curioso ver todo aquel entorno creado de la nada, aquella novedad inesperada. No le importó retrasar su camino al colegio unos momentos.
La sorpresa no terminó aquí, ya que el planning de rodaje tenía preparadas unas escenas de acción: En la huerta de mi tatarabuela se hallaba un carro dentro del cuál habían jugado mi abuelo y sus hermanos muchas veces. Pues bien, dicho carro sería el utilizado para la escena de la huida apresurada de Zalacaín y de su amada novicia, la cual se deja raptar voluntariamente del convento de las Recoletas. Cuando mi abuelo fue a ver la película al cine, quedó maravillado al comprobar cómo aquel desvencijado carro había sido transformado-gracias a la magia del cine- en una diligencia que nada tenía que envidiar a las empleadas para los filmes del Oeste americano (aquellos en los que salía Tom Mix y que tanto gustaban al pequeño Vicente). Aquel niño encontraba en el séptimo arte una forma de evasión tras las horas de estudio… una forma de sentirse acompañado por esos héroes cuyos nombres nunca le enseñaron a leer correctamente: Donde ponía John Wayne él leía “Jone Vaine”. Donde debía de decir “Baster Kiton” él pronunciaba “Buster Keatón” (o “Pamplinas”, que era más fácil). Un desconocimiento del inglés que afectó a más de una generación (mi madre recordaba oír decir a su abuelo “Ipiés” en lugar de “Hippies”, por ejemplo).
Mi abuelo vio venir, con esta aventura, al cine hasta la puerta de su casa. ¡Pedro Larrañaga, el gran actor español, había entrado en su mundo, ahora expuesto impúdicamente en la pantalla ante un gran número de gente, y bajo la forma de aquella carreta! En la pantalla, se veía cómo se ponía en peligro aquella escapada barojiana al salirse una de las ruedas de aquel trasto familiar. Pues bien, una descripción tan simple quedaba bellamente narrada, casi angustiante.
Unamuno renegaba de ver las obras de teatro en cine o incluso las novelas, ya que para él era cosa descabellada por no decir imposible. Sus teorías se desbarataron seguramente con este tipo de películas, a pesar de su tozudez como la de todo buen filósofo o crítico. Creía que el cine era incapaz de mostrar otra cosa que personas agitándose patéticamente para ser traducidas por carteles. Ciertamente resulta muchas veces innecesario incluso fuera del cine: el perro de Tintín, por ejemplo, no necesita de bocadillos, se entiende perfectamente lo que quiere dar a entender con el dibujo. En general, los tebeos de Tintín se caracterizan por un angustiante uso de las letras sobre los dibujos.

Fotografía de una escena de la película correspondiente a la pelea entre Pedro Larrañaga y Andrés Carranque de los Ríos


Otro de los pasajes que mi abuelo me narró de aquella aventura, corresponde al momento en el que el rodaje tuvo que retrasarse, debido que Larrañaga fue herido durante la filmación de una de las escenas. En ella, él (Zalacaín) tenía que huir de los carlistas cruzando un río (el río Ega) a nado. Mientras unos chavales del pueblo, por orden del director, tiraban piedras menudas al agua para simular disparos, algunos extras disfrazados de carlistas disparaban con escopetas. Una de esas balas alcanzó a Larrañaga, y tuvo que ser operado por el doctor Simón Blasco Salas. Esta película, al igual que la casa del título, ha desaparecido, pero las solas explicaciones de mi abuelo y el conocimiento por mi parte del entorno en que se desarrolló ya me daban color y forma al tema. Conocemos el remake realizado por el cineasta Juan de Orduña en los años cincuenta, pero para mí sigue teniendo algo mucho más interesante este primer intento de acercamiento a la novela por parte de un cine todavía en pañales, deseando darse a entender. No obstante, la segunda película ofrece un aspecto bien interesante, introduciendo al escritor y autor de la obra como un personaje más (desdoblado en él mismo con su breve aparición y en la del actor que le interpreta en su juventud): un Pío Baroja joven que visita el cementerio y se encuentra de bruces con la tumba de Zalacaín, fórmula con la que dar comienzo al relato.
En cualquiera de los casos, Zalacaín muere de forma traicionera y su nombre pasa a formar parte de la leyenda, como el de Roldán o el de El Cid, que sigue asustando a sus enemigos una vez muerto.

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP