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UNHEILM

>> viernes, 16 de abril de 2010

Antes de nada tengo que aclarar que el título de este relato es provisional (y del tiempo que permanezca como tal, lo desconozco). Barajaba en un primer momento, este otro: “¿Persona multidisciplinar? No, no lo creo…” ¿Por qué? Básicamente, porque me gusta oír a la gente citando este tipo de cosas (cuando les gustan, claro), incluso cuando tienen que ir hasta una librería para buscarlas por recomendación. Molestar a los lectores. Me veo, por otra parte, en la obligación de explicar los motivos de esta decisión en concreto (debe haber pues, un tira y afloja entre el autor y quien sufre conmigo): Muchas veces se me califica con esta palabra tan científica: Pelotones de señoras (y señores) maduras me catalogan así. “Si dedicarse a varias cosas es esto, por favor, no me llamen así.” Tengo la convicción de que la curiosidad no siempre es síntoma de dedicación plena a las tareas que sean. Debo añadir, a todo esto, que la incertidumbre por algo que se resiste a ser nominado tiene su sentido y su sentir en un momento de indecisión por lo que escribo. ¡No sé cómo abarcar con un titular todo esto que, lo aseguro, me supera! Pero comencemos por el principio: Salía el otro día de la Facultad de Bellas Artes para tomar el autobús rumbo a un fin de semana inolvidable (o al menos, eso esperaba con mi carácter optimista). La parada se encontraba frente al edificio de arquitectura. A la izquierda tenía el INEF, pero apenas se podía ver desde mi posición. Frente ami y separado por una carretera, una serie de alumnos iban saliendo del centro con unas extrañas máquinas con las que medían cosas abstractas apoyándolas en el suelo. Se les veía felices, tanto como los alumnos de botánica a los que se les da un día de asueto en el Retiro para recoger muestras. Parecían haberse hechos dueños de aquella extraña manzana de extrarradio. En este día, hasta los edificios de por allí me parecían hermosos, de modo que no me detuve mucho más en el detalle tan juguetón de aquellos infelices en recreo. Cuando llegó mi autobús, fui a levantarme y a sacar el bonobús, pero pronto comprendí que en ese no iba a poder montarme (de todas formas, habría hecho el ridículo al subir, puesto que lo que había sacado eran las llaves de casa- la noche anterior había tratado de entrar en el portal con el bonobús, claro). Entonces, comenzó el “Unheilm”: Brigadas de arquitectos bajaban con sus cacharros propios dispuestos a unirse a la expedición de los que ya había en tierra firme. ¡Cuál fue mi nueva sorpresa al comprobar que estos encaminaban sus pasos hacia mi facultad! Tan decididos como fueron andando, actuaron golpeando la puerta de entrada con aquellos inventos de Satanás. Tanto aporrear al cántaro que al final brotó en fuente, y los goznes vencieron para dejarles entrar. Repasé el calendario: “Viernes 16… ¿Qué pasa? ¿Qué festividad puede ser?” No daba con la solución, de modo que guardé el crucigrama y continué con una sopa de letras (siempre son más fáciles… que un sudoku). Las brigadas se convirtieron en hordas. Digo esto porque las copas de los árboles del jardín de la entrada al lugar profanado comenzaron a tambalearse hasta caer (estos los que no acabaron incendiados). ¡Y yo de brazos cruzados! ¿Pero ¿qué hacer? Decidí meterme en la boca del lobo o, como se dice vulgarmente, cavar mi propia tumba: Entré en el edificio, pero utilizando el trayecto trasero. Salté una de las empalizadas hechas de troncos de presa (y cortados por hábiles dientes de castor) y subí por una de las escaleras de incendios que todavía no habían sido incendiadas. Llegué al piso segundo y salté por una ventana sin pensar en el posible cristal que finalmente, no había (debido a que no había sido repuesto por miedo a que lo volvieran a romper. ¡Gracias al vandalismo, de verdad lo digo!) Me encontraba en el pasillo de restauración (paradojas de la vida). Algunos alumnos que todavía no se habían olido la sardina, retocaban con meticulosidad unos copias de réplicas de lienzos antiguos. Me dirigí a uno de ellos para pedirle una espátula que guardaba en el bolsillo de la bata, y ante su negativa, se la robé. “Estad más en guardia que vuestro compañero- les dije a los demás- porque aquí va a pasar algo gordo.” Tras las esperables caras de extrañamiento, llegó la primera ola de arquitectos, trepando casi con el ascensor. ¿Qué querían? Aún no lo sé. ¿Por qué actuaban así? Esto es un enigma mayor. Pero no importaba, porque la dicha era buena. Antes de que mis compadres pudiesen reaccionar, yo salté a la estrada y enarbolé mi cuchillito de punta redonda para rebajar los ánimos. Ante tamañas razones, los arquitectos becados abandonaron su propósito para encontrarlo en el piso de más arriba. A uno de ellos le estampé un cuadro de Cristo y le dejé hecho un Ecce Homo. Los otros se dieron más prisa en subir pero les cogí en su huída haciendo uso de las escaleras de incendios de nuevo, esta vez estrellándome contra la otra ventana con cristales todavía. En el piso de dibujo técnico, saqué todo tipo de armas puntiagudas de las clases (escuadras, cartabones) mas los pinchos de los compases. Tracé todo un campo minado con todos estos elementos, de modo que tuvieron que subir un piso más. Allí, les sorprendí destapando todas las botellas de aguarrás y algunos cayeron sin sentido en el suelo. Ya en la azotea, capturé a los pocos que quedaban y, maniatados con una cuerda marinera (que no sé de dónde saqué) grité para los de abajo mostrándoles mi presa. Viendo el percal que les tocaba, retrocedieron en sus pasos y volvieron obedientes a su facultad. ¡Lo había conseguido! Pero… Un momento… Quedaba la planta baja. ¡En la cafetería han podido parapetarse algunos! Dejé el grupo de secuestrados tomando el aire en equilibrio sobre la cornisa y llegué a las catacumbas del templo. Allí, en efecto, un par de rebeldes trataban de sacar chocolatinas de una máquina. Como ni les devolvía el dinero ni les daba lo que pedían, la agitaban casi volcándola entre los dos. Yo llegué y conecté el enchufe (sospechaba que lo que pasaba debía de tener algún tipo de relación con la electricidad, así que actué casi con convencimiento). ¡Les había dado toda una lección! Humillados, corrieron con la cabeza baja hasta la salida.
Cuando todo hubo pasado, todavía me cabía una pregunta: ¿Por qué no había nadie- que no fuera restaurador- en la facultad?

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