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Retrato de Francisco Molinero Ayala

>> sábado, 29 de mayo de 2010

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"A galopar" Paco Ibáñez y Rafael Alberti (1991)

>> viernes, 28 de mayo de 2010

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Apuntes danza











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LAS APARICIONES MARIANAS DE MONSIEUR ROCHEFORT

Esta es la historia de un hombre que creía ser Dios. Lucien Rochefort, nacido a mediados del siglo diecinueve, tuvo la suerte de ver nacer el cine casi en directo. Él puede ser considerado el hombre de gris al que nadie reconoció en aquel momento. Todos estaban en aquella habitación de hospital, viendo nacer el séptimo arte, dando ánimos a la madre y admirando cómo la partera desempeñaba su labor magníficamente. Rochefort estaba allí, sentado en una silla, viendo a aquella mujer sudar y gritar y a aquellos hombres sonriendo como imbéciles.
Rochefort, a sus cuarenta años, descubrió el cine y que era Dios a la vez. Fue esta nefasta coincidencia la que desencadenó la tragedia. Rochefort veía en aquel arte naciente (como todos los de aquella época, no nos engañemos) no un arte sino una industria con muchas posibilidades. Deseó tomarse muy en serio el sentido del cine como “atracción de feria”. Estaba dispuesto a sacarle el máximo jugo. “Un Dios que nacía casi en pleno siglo veinte debía valerse de los avances que consigo traía la época” pensaba. Al pobre loco no se le ocurrió otra cosa que hacer sus propias apariciones marianas. “Se aparecerá la virgen a estos seres que insisten tan tozudamente en volverse ateos y entonces creerán ¡Vaya si creerán!”.
Rochefort, que estaba loco pero no era tan imbécil como esos tipos que miraban con ojos golositos al recién nacido (que no lloraba ni berreaba todavía porque era mudo), pronto diseñó un automóvil-cinematógrafo. Con él se desplazó durante dos semanas a un bosque en las afueras y estuvo ensayando su plan para que nada fallara. El motor del coche servía a la vez como máquina proyectora y de ella se valió para hacer sus portentosos milagros. Filmó una serie de peliculitas en las que aparecían prostitutas de los arrabales vestidas con mantos inmaculados. Luego, tras crear los negativos, los proyectó sobre la tapia de un convento en ruinas que quedaba en aquel descampado. Se cuidó de esconder el coche tras unos cuantos arbustos y comenzó a avisar de las “apariciones” en el pueblo. “Por las noches se aparece la virgen ¡no os lo podéis perder!” gritaba a los cuatro vientos. Poco a poco, algunos lugareños fueron recalando en el santo lugar. Se quedaban esperando a la llegada de la noche, contentos por haber encontrado un aliciente a sus aburridas vidas. Entonces, la tapia se iluminaba y aparecían aquellas mujeres fantasmales. “¡Milagro, milagro!” gritaban sorprendidos. Sobra decir que aquellos personajes desconocían la existencia del cinematógrafo.
Sucedió que quien se creyó Dios fue un día descubierto. ¿Quiénes fueron los delatores? ¡Ni se lo imaginan!: Unos hermanos muy compenetrados de apellido Lumière que fueron allí a tomar unos planos del milagro.

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A M.A.

>> miércoles, 26 de mayo de 2010

Caminante ante el mar de polución
El polvo de nube se ve, en tu traje negro, mejor

Tu voz de arrogancia aclamada
En los círculos de poder literario, de vagabundos
Elegantes, de nostálgicos petulantes.

Te separa la mesa del alumno en tus clases
Y aún presumes de representar al mundo.

Sonrisa de hiena, la hipocresía es tu estandarte
Y, aún así, te atreves a dar en las espaldas la palmada
Cuando no la cuchillada traicionera en el Marat del arte

¿Quién habla con esa voz? ¿Tú o tu padre?

¡Hasta la Gorgona no quiere mirarte!
Te crees ladrón porque quieres ser lo que robas
Aunque tu sonrisa blanca, enguantada
Siempre apuntará al tifannys de los que confunden
La amistad, el honor, el sexo y la fama.

(Sin fecha)

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ESPERANDO A LA INSPIRACIÓN

>> domingo, 23 de mayo de 2010

La musa llegó a la cita con la pistola cargada. Sabía que su autor, el autor que los dioses le habían asignado, había agotado su tiempo creador.
Este, la esperaba -sin saberlo- en el sótano, y, como buen sótano, poseía la temperatura más fría de toda la casa. Allí se encontraba la bañera donde todos los días, a esa hora, se lavaba después de escribir.
La asesina del tiempo abrió despacio la puerta. No quería producir sorpresas desagradables a quien, se supone, debía encontrarse al otro lado.
“Aquí me tienes por última vez” dijo la musa.
Al principio creyó que no había nadie y que había dirigido la palabra gratuitamente al silencio más absoluto. La decepción primera llevó a una segunda: el escritor estaba, pero agazapado, sufriendo ya los primeros estertores de la muerte. Oculto casi en la bañera, se retorcía como tratando de volver a su primera postura fetal. Bonito cierre de círculo.
“Que no te asuste mi sufrimiento. En el fondo deseaba este día” dijo el escritor. Abrió los ojos, olvidando por un momento la fuerza ejercida en sus párpados (un mal remedio llevado a cabo por el que trata de no ver y olvidar). Observó entonces a la Charlotte Corday contemporánea. Sonrió al verla con una pistola en sus manos. Después: “¡Dispara ya y terminemos con el dolor!”
La musa parecía contraer en una mueca su rostro. No quería llorar pero tampoco quería afrontar su nuevo papel en la historia.
“El propio autor, la persona que de mí depende, se me ha adelantado.¡Esto no se puede tolerar de ningún modo!” pensó para sus adentros.
“No, no voy a disparar a una masa infecta de pus, estertores y vómito. ¡Nunca!”
Salió de la habitación y descargó el arma contra toda cosa que veía, en una especie de desahogo. Bajó las escaleras arremangándose su túnica, llegando hasta el jardín donde se tumbó a la sombra de una higuera y cerró los ojos. Desde la ventana abierta del piso de arriba, llegaba el hedor frío y algunos gritos de “¡traición, traición!” Mas, todo había ya acabado y la musa debía cambiar su rostro y su cuerpo para buscar un nuevo personaje. La vida tenía que continuar. “Es la primera vez que no elijo mi destino, lo que quiero hacer. Siempre he ordenado y mandado. Mi vitalidad nace de ahí y, ahora, me siento sin energía”.
Llegó la noche y un amigo del inquilino entró en la casa, por la puerta del jardín, deseoso de pasar una agradable velada en compañía intelectual. Ni siquiera se percató de la musa. ¿Acaso el resto de los mortales la podía ver? El amigo, encontrando la puerta del hall abierta, se alarmó. En su mano traía una botella de champagne y unos aperitivos que no dudó en dejar en la escalera para entrar y subir precipitadamente, ya sin orden ni concierto. A los diez minutos volvió a salir en busca de ayuda. Otros diez minutos tuvieron que pasar para que apareciera el mismo individuo acompañado de las personas de la ley y el orden. Solo pudieron ratificar la muerte y llevarse el cadáver. Uno de aquellos hombrecillos que formaba el cortejo oficial, se acercó hasta el árbol donde se encontraba la musa contemplando toda la escena. ¡La había reconocido! Se puso de cuclillas hasta llegar a la altura del “espíritu” y entonces le preguntó: “¿Quién es usted? ¿Qué hace así vestida? ¿Quiere mi chaqueta? ¡Tendrá frío!” La musa entonces sonrió de una forma indigna e injusta para el pobre hombre y le dijo: “Váyase al diablo, amigo. Su temperatura no es mi temperatura. Yo me rijo por otras cosas.”
El hombrecillo la apodó como “Albarina”. Fue como un bautismo sin isopo. La dijo: “Albarina, entonces quítese de mi árbol. Yo lo planté ¿sabe? Me está impidiendo subirme para recoger la fruta.”
Albarina ya supo entonces quién iba a ser la siguiente víctima de sus malas artes. “¡Yo te inspiraré, muchacho! Me aparto a cambio de acompañarte como guía en cada una de tus aventuras”.
El hombrecillo, que sabía perfectamente con quién estaba jugando, pasó por encima de ella sin la menor compasión, hundiendo las botas en su cuerpo, hasta que aquel mal fantasma desapareció bajo la tierra. Cuando hubo recolectado la cosecha frutal, observó la marca que aquella sanguijuela había dejado en el suelo y entonces dijo en voz alta, esperando a ser oído: “No necesito de ninguna inspiración. Yo era el editor de este pobre descarriado… Ahora, la verdadera musa contemporánea, irá a buscar a su nuevo escritor…”

23 – 5 – 10

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Texto original de "Espíritu Navideño" realizado sobre portada de revista

>> sábado, 22 de mayo de 2010

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ESPÍRITU NAVIDEÑO

Quizá la paradoja de mi vida se resuma en el personaje de “Cassen” en “Plácido”. “Cassen”, un señor normal que decidió juguetear con su nombre original (Casto Sendra) al igual que la Lorengar (Lorenza García) porque no le convencía del todo (tampoco le convencería al representante, que siempre tiene algo que decir). El gran Juan Gris no era ni más ni menos que José Victoriano González, y su austeridad de auténtico superviviente apenas se percibía bajo su elegante apariencia. No quiero irme por los cerros de Úbeda porque siempre acabo llegando a Despeñaperros. Como iba diciendo, este personaje navideño nacido entre Logroño y Valencia (fruto de las mentes privilegiadas de Berlanga y Azcona) dedica toda su existencia- entendiendo existencia por hora y media de película, el límite de vida de los actores- a tratar de conseguir algo que el resto de los mortales trata de impedirle. No, no es que él esté equivocado en su propósito. Somos nosotros, que necesitamos de cierto egoísmo para que la cadena social funcione. Los fotogramas van paralelos al ritmo de mi vida. Estoy descuerdo con Andrés Trapiello cuando dice que, “para el escritor, llega un momento en que hay que decidir entre leer y escribir”. Yo he dejado de leer con la asiduidad correspondiente porque me encuentro enfrascado en esa dura labor de “ser útil a la sociedad” Puede que haya cierto placer en lo que escribo, pero es ya un reto el convencer con mis argumentos a mis posibles lectores. Se escribe para ser leído ¿no es cierto? Igual que se habla para ser oído, de lo contrario se nos tacharía de locos. Otras tantas veces se pone en la boca de un loco lo que nosotros no nos atrevemos a decir sino solo en su presencia (real o dramática- esto es, literaria o teatral-literaria). Y si Azorín sufría del verbo “estrencar” (bonita palabra acuñada por José Jiménez Lozano) un servidor se encuentra un paso más adelante, pues se encuentra estreñido pero de literatura. Antes, se padecía de verborrea en la palabra (y conseguía, cosa extraña, escribir como hablaba, con esa fluidez). Ahora no, ahora nos encontramos en el terreno dependiente del “veredero” o emisario. De un lado a otro, proponiendo y “desfaciendo”, esperando una aprobación general para los pasos del inseguro. Por otra parte, nadie puede probar la seguridad en las palabras, de la mente al papel, tan bien transportadas por el ya citado Azorín. En esto pienso como Sánchez Dragó. ¿No pudo haber destruido el manuscrito el original y pasar a limpio impecablemente el original que hoy conservamos y leemos? Lorca, en este sentido, no escatimaba en tachaduras. Siempre volviendo a la coda. Por ello, los inseguros dominarán el mundo. Para el caso de este texto, he sentido la necesidad de escribir en el peor de los momentos (en su primer tiempo) y después (en el último de ellos) he descubierto que era el mejor de todos. Necesitado de retener la inspiración, me he valido del papel más cercano: una portada de revista que tenía muchos huecos en blanco. Poco ha poco, he ido completando su aforo de tinta, y aunque en un principio la gente que pasaba se apiadaba de mi y me alcanzaba hojas, yo acababa terminando la labor en esta primera. Esto no se comprende, solo se sabe que hay que llevarlo a cabo. ¿Por qué no hacer el trabajo más fácil? De nuevo, me rindo ante otro dictador, el peor de todos: la mente, en sus cortocircuitos constantes. En el fondo, no somos más que perros sin correa. Mientras la lleva, deja el can que el dueño decida por él y tire de ella. Ahora, el que anda es el perro para no perderle los pasos al dueño. ¿Qué es lo que quiero hacer? Me pregunto todos los días. Es una pregunta que los “demás” resuelven rápidamente. Soy un siervo para el mundo que me espera diariamente. Necesito de ese mundo para no caer en el aburrimiento más absoluto. Sin él, ya sabría lo que iba a pasar desde que me levanto hasta que me acuesto (de cama a cama y siempre tiro porque me toca). En efecto, he dicho “siervo” con “s” y no con “c”. No, tampoco soy andaluz, ni canario ni suramericano. Tampoco creo que los siervos dominen alguna vez el mundo. Bueno, dejemos el melodrama. Tampoco en mi historia hay un final con villancico truncado. Precisamente, si puedo, agradezco sentirme apadrinado y sentarme como un pobre en la mesa el día de Nochebuena. La señora que me atiende siempre se preocupa en servirme bien, nunca esa raspa de sardina que ofrece la dibujada por Summers en el cartel de la película. Se me invita a bocadillo por los servicios prestados. En unas cuantas palabras: Me siento realizado (no confundirlo con útil, pues esto sería más de tonto útil). La verdad es que no sé de qué me quejo. ¿Por qué he escrito esto?
20 – 5 – 10

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Disney corta y pega

>> viernes, 21 de mayo de 2010

Este video demuestra que, con un poco de creatividad, pueden ahorrarse tediosas horas de trabajo de animación.

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Dos caricaturas. Por Ignacio Cañete Sánchez

>> miércoles, 19 de mayo de 2010







Con Ignacio Cañete Sánchez a la salida del Museo del Prado




Caricaturas recíprocas

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"Playera" de Pablo Sarasate

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Esperando a Turandot (retrato-homenaje a Esteban)

>> martes, 18 de mayo de 2010

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PADILLA Y XILÓFONO

Mis relatos son falsificación. Pido disculpas a las fuentes del Nilo.


Pasaba Fermín Cabal las últimas horas del día sentado en un banquito en una plaza de Alcalá de Henares, vestido de oficinista y con un xilófono sobre las rodillas. Interpretaba “La Violetera” (ya profanada previamente por Chaplin) para espantar los fantasmas de la Noche de San Juan. Los faroles que le rodeaban parecían titilar al son de los marcattos de palillos sobre fondo de teclas de metal. Todo parecía dispuesto para inspiración del mejor poeta bucólico del rebaño. En esto que aparece a traición (esto es, por la espalda) un coche gris que se detiene amenazante, como esperando el final de la canción. Parecía el chulo de Sara Montiel, que esperaba a que terminara de repartir sus flores a los transeúntes. Esto es lo que hace Fermín para no levantar sospechas, para aparentar tranquilidad: En el verso “cómpremelo señorito”- le quedaba uno para terminar- se levanta y comienza a andar, guareciéndose en la oscuridad, rumbo a su casa. Era de esperar la voz autoritaria que detenga sus pasos: “Oiga, espere”. Se queda plantado en el suelo, como una farola con la bombilla roja iluminando su rostro. La voz pareció cambiar su tono para continuar la petición, edulcorándose para ofrecer confianza: “¿Podríamos acompañarle?” Entonces, como una especie de coreografía de musical, otros vigilantes de “la secreta” surgieron de las demás calles, creando una bonita estrella de mar (si viésemos cinematográficamente la acción desde el cielo). Algunos llevaban instrumentos, otros simplemente querían solo disfrutar en buena compañía. Lo que más abundaban eran las flautas dulces. Fermín situó su pedestal de “conductor de orquesta” en el banco del que se había levantado hace escasos minutos y comenzó a interpretar melodías rusas de la estepa. Así, en este extraño círculo mágico, pasó parte de la noche. Cuando ya el reloj daba las tres de la madrugada, pidió el Maestro Cabal su relevo, pero este fue denegado. Él aceptó su fracaso de manos de una divertida autoridad que no le permitió, por cansancio, ir al día siguiente al trabajo. Nadie podía creerse dos días después que la culpa la tenía la policía. En cualquier caso, nadie de los vecinos del barrio aseguró reconocer a ninguno de los responsables del evento como encargados de la seguridad del lugar. Todo parecía haber sido fabulado por el bueno de Fermín, el cual nunca volvió a salir de casa con ningún instrumento ni volvió a repetir en su cabeza melodía alguna.

18 – 5 – 10

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"Juego a dos manos" (2010) dirigida por Ignacio Huerta y Javier Mateo

>> domingo, 16 de mayo de 2010

Cartel



Película

Juego a Dos Manos from putativus on Vimeo.



Fotografías




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SOSEGADO LABERINTO

En los cementerios y jardines de hospital se encuentra una anómala tranquilidad, quizá la más intensa y verdadera de todas. Rodeados de un obligado silencio, reflexionamos, aún sin querer, de lo que “no somos” en ese momento. Lo que resulta de olvido voluntario es lo que seremos: pasto de estos lugares. Otra gente entonces los visitará, a su pesar o a su gusto (por o sin nosotros). En el caso que nos ocupa, curiosidad, los que allí se encontraron estaban implicados de lleno en el asunto, pues transitaban entre estos dos estratos de individuo. Pacientes y convalecientes, una mezcla extraña de vivos y muertos al mismo tiempo. En primer lugar, tenemos un personaje de bata blanca, cabellos encanecidos por el estrés y redecilla para el pelo que le obliga a no poder nunca vérselo por el capricho de no llevarlo despeinado. Hombre, por tanto coqueto (o maniático, también). En segundo lugar, un “pollo” de bigotes teñidos, zapatillas de andar por casa (recopiladoras número uno en sus plantillas de tierra de jardín) y ropa tan dada de sí que parecía de hermano mayor. Caminaban por el mismo camino sin saber que se encontrarían, al doblar la esquina del tabique de maleza. En el centro, esto es, patio interior de un hospital, diéronse sus narices un golpe recíproco-nasal. Allí estaban mirándose, fijamente, con la mirada abstraída, tratando de concentrarse en un semblante serio o retador. No hubo forma, parecían como sedados en su memoria. Sus aspectos eran dignos de lástima. Hasta Frollo, el malvado archidiácono de “El jorobado de Notre Dame”, habría sentido piedad por estos dos cándidos. Pero, esto es así, la realidad tenía que regresar aunque solo fuese para que aquellos dos dejasen de bloquearse sus caminos. Aquel de la redecilla de pelo fue el primero en hablar:
- ¡Caray! De verdad que no sé por donde ando, lo siento de veras…
Entonces, el del falso color moreno de vello bajo la nariz trató de exculparle:
- ¡No, por dios! Es usted quiem debe perdonarme. Yo tampoco “ando” muy bien de reflejos…
De nuevo, el pesado silencio. De nuevo, el de los zapatos llenos de tierra:
- Uno, dentro de estos jardines, nunca sabe si alguien más va tras él o antes que él…
- Yo era, entonces, quien le seguía ¿no?
- ¡No, no! Nadie buscaba a nadie, pero dimos con nosotros…
- Entonces… ¡celebro haber dado con usted!
Ambos dos se estrecharon, efusivos, entre sus brazos (o se rodearon con sus extremidades, según se vea). Una vez finalizó la cortesía -que iba más allá de los límites de mínima educación, todo sea dicho- los enfermos volvieron a tomar posiciones y decidieron emprender juntos una terapia conjunta:
- ¿Le gustaría sentarse en uno de aquellos bancos?
- No, gracias, estoy bien de pie. De hecho, acababa de levantarme justamente de aquel que apuntaba con su dedo… No obstante, me gustaría hablar con usted. Me ha caído simpático “de narices”.
- ¡Gracias, hombre! Bien, pues hablemos (aunque le advierto que mis huesos no son lo que antes eran y temo no aguantar tanto tiempo con usted en su postura estoica…
- ¡Pero si es usted un chaval! ¡No se me amedrente, que ya habrá tiempo para resentimientos…!
- A mi también me extraña su edad para permanecer en este lugar, abstraído de la realidad, perdiendo momentos irrepetibles de juventud…
- Pues lo cierto es que no me importa mucho. Aunque suene a autoengaño, aquí no me siento mal. Al haber sido hijo único, podría decirse que tengo mis estrategias para evadir el aburrimiento, para sortearlo como por estos laberintos vegetales. Pueda que me sienta como un roble que ha comenzado a encorvarse, pero todavía siento mi savia fresca, créame.
- ¿Por qué está usted aquí?
- Buena pregunta. Recuérdeme que después se la formule. Pues verá… La explicación de todo está en mi profesión anterior, que no la de ahora (estoy pre-jubilado, parece ser). Yo era, lo que se dice, un estrés deambulante y, además, peligroso. Siendo conductor de ambulancia, todos los días dependía de mi prontitud el que un ser vivo no pasara a ser “ser-muerto”. Me comprende ¿verdad?
- Si, yo nunca sería usted, es decir, conductor de ambulancias… Antes, preferiría ser aquel a quien usted llevara… Espero no haberle ofendido.
- … Eh… No. Bueno, a lo que iba: un día sucedió que, en esta presteza al volante por recuperar una vida todavía latente, sesgué otra que también conducía, como yo. He de decir, para mi tranquilidad, que yo no vi nunca el cadáver. Pero debió de acabar de este modo, pues yo perdí rápidamente el conocimiento tras el choque. Pude escuchar gritos de auxilio, eso sí, mientras me iba yendo mentalmente de este mundo. No fue, por tanto, el choque, lo que me dejó en una especie de coma, sino el estrés posterior. Se me cruzaron los cables ¿comprende? Tuve un cortocircuito. Un chispazo que dejó mi cerebro en penumbra ¡nunca a oscuras! Si no, no estaría con usted ahora…
- El individuo del coche contra el que colisionó el suyo…
- ¡Era un idiota! ¡Un descerebrado! Y que esto lo tenga que decir yo…
- Antes de que continúe, tengo que advertirle que pude ser yo…
- ¿Cómo?
- Déjeme adivinar: ¿Iba mirando adonde no debía?
- ¡Exacto!
- La cabeza fuera de la ventanilla ¿no?
- ¡Y mirando hacia el asfalto, la cabeza abajo! Verdaderamente, era ese el caso. ¿Usted es el “muerto?
- ¡Naturalmente! Y déjeme decirle que no miraba al asfalto, sino a las ruedas de mi coche. Me maravilla verlas girar, es algo que desde niño vengo desarrollando con extraordinaria habilidad. Con mis coches de juguete, la cabeza contra el suelo en horizontal, viendo solo moverse en sus ejes… Cuando me saqué el carnet, poco a poco fui dominando la técnica de conducir y mirar afuera…
- ¡Es usted un descerebrado, lo mantengo! Me gustaría estrangularle entre mis manos ¿sabe? Por su maldito hobby, llevamos los dos perdiendo aquí un tiempo absurdo, casi inmemorial… Pero ¿sabe lo que le digo? Que yo tampoco lo paso mal aquí. Me he vuelto una persona pacífica, no hay posibilidad de perder los papeles. En fin, gracias a usted, podría decirse, me he convertido en un ser tan paciente que puede usted llamarme “el inalterable” entre sus amigos de aquí.
- Yo no tengo amigos aquí. Pero porque no los busco ¿eh?
- Ya, ya. Por supuesto. Bueno, ese sonido de campana me indica que debo ir a la sala de lectura. Me estoy leyendo ahora un best-seller polaco.
- ¡Menuda aspiración! Yo tengo entre mis manos a un nobel checoslovaco.
- ¿Hay un nobel checoslovaco?
- Creo que sí, pero no me haga usted caso… Lo importante es lo de dentro, no lo que dicen de tapas hacia fuera del libro.
- Celebro haber conocido al culpable de mi situación…
- Hombre, que usted tendrá también algo de culpa ¿no? Las prisas nunca fueron buenas consejeras… Además, sin su coche yo no me habría chocado. Es la persona, podría decirse, que ha hecho que pierda mi confianza en las habilidades de conducción. Dentro de un rato, voy a pasarme por la biblioteca para enseñarle el “Librito” de dos mil páginas, a ver qué le parece.
- Le espero con muchas ganas…
- Allí nos veremos, entonces.
- Adiós.
- Adiós.

16 – 5 – 10

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"El Felipe y la Maripepa" de Manuel Ferri y Pedro López

>> sábado, 15 de mayo de 2010

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DESFOLIANDO

>> viernes, 14 de mayo de 2010

Y ustedes se preguntarán. ¿Pero qué hace este hombre con un cuchillo y un libro? Pues muy sencillo, se lo diré: leer. Para las nuevas juventudes, esto resultará insólito, mientras las veteranas se imaginarán por donde van ya los tiros. Digamos que, llevo a cabo, la liberación de la lectura, la doy a luz. Con la hoja cortante, voy rasgando aquellos grupos de páginas que quedan unidos y, poco a poco, se despliegan las páginas correctamente. Una tras otra, se muestran como debía ser ante la mala impresión de su propia impresión. Los cantos quedan magníficos, todos despeluchados por aquí y allá, mostrando pelusas de celulosa que quieren echar a volar y desprenderse de su malformado papel. Ahora, continúo la tarea donde la había dejado: en el capítulo más interesante. Un grupo de amigos organiza una cena. Quiero ver si se terminan todos los platos. Ahora podré llegar al final. Al anterior lector le debió de dar el infarto justo en este tramo donde había quedado detenido mi conocimiento. Un libro de segunda mano depara este tipo de sorpresas a su nuevo usuario. Es decir, aquí dejó de leer ¿no? O se aburrió ¡vaya usted a saber!:

“… Todos a la mesa esperaban a Pipo, que volvía de los servicios con cara de contar algo interesante:

-Ni se os ocurra entrar en los lavabos de hombres. Hay una muy mala organización del espacio. Al terminar de lavarme las manos, mis manos han ido a parar para secarse en el pantalón de un caballero que se encontraba miccionando. Me ha mirado con cara de malos amigos y a mi solo se me ha ocurrido decir: “Disculpe, pero le había confundido con una toalla”. ¡Doble humillación para el caballero! He salido exhalado de allí. Bien ¿en qué estábamos?

Yo, que era el más decidido, me levanté de la silla y salí del comedor. Un olor me había hecho tomar esta súbita decisión. Cerré los ojos y me guié por el olfato. Bajé las escaleras peldaño a peldaño, intuición a intuición. De la misma forma sorteé las macetas de los lados en la puerta de entrada. Llegué a la calle. Había niebla en aquella noche. ¿Qué cómo lo noté? Muy fácil: el aroma a confusión me golpeó en la cara hasta embadurnármela toda. Un hombre con un acordeón me dijo: “¿Adónde va tan deprisa con los ojos tan cerrados?” Seguí caminando, con la irrevocable decisión de encontrar lo que buscaba como bastón de ciego. La nariz era también buen apoyo. Era un aroma bien conocido. ¿Dónde estás? Ella pronto se dejó notar en el ritmo de sus pisadas de tacón. ¡Pronto la alcancé! Qué bien anda, cómo con su eco me marca la situación de las paredes… Ahora ya la abrazo por detrás. Se me escapa… La agarro con el dedo meñique de su cinturón de esparto. ¡Aquí me tienes! Entonces, lo que esperaba escuchar, se hizo presencia acústica: “Yo no te buscaba…” Se desembarazó de mi dedo meñique, como el mejor de los besugos se desata con la boca de su gancho de caña de pescar. Allí me quedé, con los pies muy juntitos.” FIN

¿Por qué se dejó el lector primero esta última página sin resolver? Después de mil quinientas ochenta y siete, no era para menos llegar a la ochenta y ocho. Estas cosas tienen los hombre raros que además les da por leer. Os contaré un secreto: En realidad son solo hombres, lo que sucede es que quienes así los llaman nunca han tenido a bien utilizar un cuchillo contra un libro.

14 – 5 – 10

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Retablo de Unamuno

>> lunes, 10 de mayo de 2010

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Retratos de Gregorio Martínez Sierra y de Juan Ramón Jiménez

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Antonio Machado, desde Francia, trata de tocar España con su bastón.


- Pero si lo que toca es Portugal...
- Ya, pero usted no sabe lo difícil que es tocar España desde Francia con un bastón..

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Y AHORA, TENÍA VOZ…

Ray tenía un problema con su hermano pequeño Carlos Heredia. Siempre quería ser él, costara lo que costase. Por eso, no dudaba en reconstruir su historia según el patrón preestablecido. La madre era la encargada de hacer volver a su hijo a la razón, tarea siempre dolorosa. Él no quería ser él, sino el otro. Ella quería tener dos hijos, y no uno y medio. Situaciones como esta sucedían todos los días:

- Mamá: ¿Recuerdas aquel día en que, estando en la feria, tiré aquella bola con rabia por no haber acertado con las anteriores, y di en el blanco? ¿Recuerdas además el premio? ¡Qué bonita muñeca!
- No, Ray, no… Eso le sucedió a tu hermano. Tú nunca jugaste con muñecas… Sin embargo, allí estabas, con una manzana de caramelo, sin saber cómo cogerla, con insolente desaire… Nunca te gustaron las manzanas.
- ¡Y aún así le comprabas a Ray lo que yo más quería! ¡Algodón de azúcar!
- Sigues estando equivocado… A ti te compré el algodón, lo que sucede es que querías demostrarme que eras un chico bueno y te gustaba todo… Y por eso finalmente le cambiaste a tu hermano tu dulce por su manzana de caramelo.

Recordaba también cómo cinco años antes había abierto su paraguas en un sitio cerrado. Desde ese mismo momento comenzó su mala suerte: el paraguas tiró su estofado sobre su chica, y esta le dejó delante de un público de cafetería que comía también carne.

“Me pasó, lo juro. Yo soy el que tengo mala suerte”
Tanto era el deseo que hasta para él deseaba malos augurios.

Un día, encontrándose Ray Heredia con su madre en casa (su hermano se encontraba de viaje) sucedió un fenómeno extraño que todavía sigue sin poder explicarse. Su madre, por aquella época, comenzaba a sufrir de astigmatismo. Por ello, debía permanecer en su dormitorio, con la luz leve, reclinada contra el cabecero de la cama (esto no se sabe muy bien por qué). Sucedió entonces que su hijo menor comenzó a vislumbrar a un grupo de señores de negro que permanecían de pie contemplándoles en el mismo lugar.

- Mamá… ¿Qué hacen todos estos señores aquí? ¿Quién les ha invitado?
- ¡Vaya, hijo! ¿Los ves? Esto, puedes felicitarte, solo era capaz de apreciarlo tu hermano. Yo soy la que los conozco, parece ser. Vienen del siglo pasado, pero no sé qué es lo que quieren. Se quedan mirándome con esos ojos casi vacíos de tan negros. Sé que tengo que concederles su petición. Solo soy yo ¿entiendes? Y no tú. Pero no estaría de menos que les sonsacaras sus intenciones.
- ¿Yo, mamá? ¡No, no quiero! Esto es función de Carlos, no mía.
- No, hijo. Esto sí que es cosa tuya. ¡Siempre llevando la contraria, hay que ver! ¡No sé a quién habrás salido!


10 – 5 – 10

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PARTIDA AMAÑADA

¿Por qué tengo que jugar
con estas piezas?
Tu mano desplaza
mis movimientos
¡Y quieres hacer creerme
que yo dirijo tu mano!

10 - 5 - 10

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CUERDA ROTA

Algo oprime esta caja de resonancia
Cuando niño, su madera brillaba
Yo era un niño / y tenía voz
Ahora me atraviesan agujas
En la garganta
Me advierten: “No hables muy alto”
¿Por qué mi voz se siente atrapada?

10 - 5 - 10

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SHOCK

Depósito de memoria
Dejavu, memorias que no te pertenecen
Reencarnación
Madriguera, hormiguero
Muchas estancias que se interconectan
Rememora asociativamente
Todo recto y, de repente, un desgarro
Recorrido para llegar a un recuerdo
Recorre, cuerdo
Gaseoso, fluido
Cuando viene, hay que cazarlo
¡Dinamita con mil relámpagos
todo tu subterráneo!

10 - 5 - 10

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"Caballetes"

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TEATRO AMNÉSICO

>> domingo, 9 de mayo de 2010

La función se llevó a cabo como todo el mundo esperaba: desastrosamente. Mas, a pesar de ello, no hubo una sola butaca vacía en el teatro. La residencia tenía un nombre particular, de esos que inspiraban un cierto desconfiado placer: “La encina mecida por el viento veraniego” o una cosa así. Yo iba de la mano de mis padres, que me llevaron a ver a tía Enriqueta en su debut como pastora-enfermera. Todos los familiares asistieron estupefactos a la representación teatral de la Natividad. La Virgen María era Apolonia, de ochenta y cinco años. San José era Marcial, de noventa y pocos (apodado “Matusalén”). El niño Dios era Infante, de setenta y seis (con los mismos pañales que utilizaba diariamente). El buey y la mula, afortunadamente, eran de cartón piedra. El grupo de pastores lo formaban una corte de enfermeras retiradas de sesenta años para arriba. Los Reyes Magos fueron Avelino y Pascual- Melchor y Baltasar (dos señores muy formales que vestían idénticamente hasta siendo uno negro y otro de Asia)- y Azucena y Endrina (Gaspar y “X”, pues hubo que inventar otro rey mago al ser hermanas y a su vez las mujeres de Avelino y Pascual). Había un San Gabriel y un Demonio, pero a estos era la primera vez que los veía y no poseía datos sobre ellos. Antes de relatar lo sucedido, he de añadir que el director de la obra tuvo la genial idea de reunir curiosamente a todos los internos que padecían de amnesia leve.
Comenzó la farsa:

Se abre el telón. Aparece el pesebre con el Santo Misterio. A los lados se representan dunas y un cielo azul de estrellas fosforitas de color rosa.

SAN JOSÉ:
Texto original: ¡Contemplad todos los presentes la alegría del nacimiento del Salvador!
Lo que el actor dijo: ¿Y ahora qué puedo cantar? Tengo un buen repertorio. ¿Por qué vamos a negar a nuestros cantantes? ¡Viva el folclore! No quiero cantar cosas a la manera italiana, sino de aquí, algo nacional. ¿Qué tal “El Dúo de la Africana?” ¡Africanaaaa gitana, nacida muy cerca del pueeenteee de Triaaanaaaa!

VIRGEN MARÍA:
Texto original: “Por fin Nuestro Hijo, José, ha nacido y con él el perdón de los mortales”.
Lo que la actriz dijo: “Ay, no quiero, zalamero, déjame aquí estar… ¡Qué vestido más azul tengo!”

NIÑO JESÚS:
Texto original: ¡Gloria, gloria!
Lo que dijo el actor: “Me lo he vuelto a hacer encima… ¡Enfermera!

Música tradicional que presenta a los pastores. Quizá una sardana catalana.

PASTOR 1:
Texto original: Te ofrezco este cordero en señal de mi buena disposición…
Lo que dijo la actriz: Yo fui enfermera pero esto es mejor que te lo resuelva alguien de aquí…


PASTOR 2:
Texto original: En esta noche tranquila la Historia definitivamente va a cambiar…
Lo que dijo la actriz: No veo ¿por donde piso? ¡Ese foco, ese foco!

PASTOR 3:
Texto original: Encenderemos cerca las hogueras…
Lo que la actriz dijo: ¡Fuego! ¡Fuego!

Suena música de cortejo real interpretada por cornetas de latón. Aparecen los Reyes Magos tras unas siluetas de planchas de madera que simulan ser tres camellos.

MELCHOR:
Texto original: Traigo el oro de unas tierras mágicas, su esplendor más exótico
Lo que el actor dijo: ¿Dónde andas, Azucena? ¿Desde cuando tengo barba rubia? ¡Esto No se puede consentir! ¡Bajadme ya de aquí! ¡Qué ridículo!

GASPAR:
Texto original: Y yo incienso para purificar este ambiente tan espiritual.
Lo que dijo la actriz: Rey mío, no temas pues vas bien seguro en el jamelgo. Lo raro es que sea yo la que tenga barba.

BALTASAR:
Texto original: La mirra es el último regalo de nosotros tres, humildes astrónomos…
Lo que dijo el actor: Esto es para ti, Infante. No me preguntes que es, pues no recuerdo quien me lo ha dado…

Sonido de truenos y música macabra. El demonio, atado con correa, hace su entrada dominado por San Gabriel. Se agita enfurecido.

DEMONIO:
Texto original: Nada puedo ya hacer. Mi fuerza ha sido reducida. Reconozco el poder de Cristo sobre la oscuridad de Lucifer…

El actor, en este caso, no dijo nada porque estaba asfixiándose debajo de la careta. Tuvo que ser Baltasar el que le salvara de un destino fatal.

GABRIEL:
Texto original: ¡Póstrate ante tu Dios!
Lo que dijo el actor: Soy yo, Gabriel, quien tiene el poder para salvar o condenar al demonio. ¡Si tiene que ahogarse, que se ahogue!

El telón cayó (¿o al encargado se le soltó de la mano la cuerda de sujeción?).

NOTA: Si en algún momento de la historia, esta obra se representa teatralmente, lo único que el autor pide es que sea llevada a cabo improvisándose por los propios actores.

10 – 5 – 10

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Definición de "Regalito" Molina, amigo de Josep Torres Campalans

>> jueves, 6 de mayo de 2010

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Luis Rosales



Boli bic sobre papel

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Kosuth en la facultad

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A la sombra de Velázquez (con Menina de fondo)

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>> martes, 4 de mayo de 2010



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NARCÓMICO

>> lunes, 3 de mayo de 2010

Voy a pasar a relatarles la bonita historia de Elisa Fiorán. Como narrador, he de confesar que, debido a mi condición de ardilla, mi limitación es bastante patente. No obstante, en cuanto al empleo y buen uso del lenguaje, no puedo por menos que auto-felicitarme.
Conocía ya de niña a esta jovencita, cuando salía a media tarde de su casa y se llegaba hasta el bosque de especies protegidas.
Siempre sin poder permitirse ser feliz, deambulaba como tocadiscos en una cacharrería. Era, como ya digo, de naturaleza alegre, pero de sino sombría, pues las circunstancias lograron encorvarla (siempre por su bien).
Padecía lo que se conoce como narcolepsia común. Los síntomas previos se encontraban en la carcajada propiamente dicha, esto es: en cuanto algo podía hacerle gracia, esta quedaba en estado inconsciente (esto sí, durante un breve tiempo estipulado entre diez segundos y un minuto).
Una mujer condenada a la fatalidad, por tanto. Nunca supo divertirse. Tan solo alguna sonrisa que demostraba, externamente, su buena disposición al placer. Nada más.
Quiso el destino que una noche de primavera anduviese la niña-mujer montada en coche (concretamente, al volante). ¿Cómo era esto posible? Desde que se sacó el carnet hasta este momento, no había vuelto a experimentar los síntomas. Se creía, por tanto, curada. Pero siempre el diablo tiene que andar removiendo cielo y tierra con Roma y Santiago, y un atractivo joven bachiller que andaba tras ella quiso ponerla a prueba. Deseaba que le riese las gracias. Era una dura prueba, por lo que cada día se esforzaba por conseguirlo. Mas ella, siempre que podía, se tapaba los oídos para no escuchar sus ocurrencias. Aquel día la pilló con las manos ocupadas. ¿Acaso no sabía de la debilidad de la bella Elisa? Nada de estos detalles conozco (y me extraña tener en conocimiento los anteriores).
Dispuso todo su instrumental para llevar a buen puerto su plan, pero falló en lo más importante: olvidó el ancla para atracar su embarcación. Su técnica, reconocida por sus amigos en cuanto a eficacia, era la de soltar la ocurrencia acompañándose de los melismas musicales propios de un cante barroco: aspirar al mayor número de notas en la frase más corta. Como el bucle de un cantaor, así retorció su discurso, de tal forma que si el “contenido” no daba resultados, sí el “contenedor”. En este caso, iba bien provisto por las dos partes.
Apenas pudo Elisa ejecutar la mueca por la que lanzar su ovación aprobatoria. Cayó contra el volante. El gracioso nada hizo por reconducir el coche. Algo de razón tenía por encontrarse en los asientos traseros. Se salieron de la carretera y chocaron contra un árbol milenario de la Sierra de Guadarrama.
Yo, humilde animal, llegué al lugar de la catástrofe para comprobar, una vez más, la torpeza del hombre. Cuál fue mi sorpresa al ver al culpable del desastre anti-natural: Elisa descansaba, por fin, con un gesto alegre intrínseco. Su acompañante corría, como vaca sin cencerro, en torno del coche sin saber qué hacer. Todavía quedaba tiempo para que esta recuperase la consciencia. Su gesto, en cambio, no era como el de otras veces. Parecía de veras feliz, como habiendo por fin conseguido algo que llevaba persiguiendo desde siempre. Yo, como diminuto animal que soy, salí asustado de allí a por bellotas olvidándome de todo ello. No sé lo que pasó después (tuve que encontrar un bellotero, por lo que me alejé mucho y perdí la orientación). Solo sé que hay bromas de mal gusto y aspirantes a novio muy pesados. La gente no escucha lo que de ella comentan porque se encuentran empeñadas en no entender lo que dicen los demás. Son todo uno acolchado, amortiguado de influencias externas. La gente ya no huye de nadie, no está acostumbrada a estar ojo avizor y esto les atonta. A mi me persiguen siempre, parece que las ardillas no están bien vistas. ¡Y cada vez quedan menos belloteros!

3 – 5 – 10

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Planazo para el fin de semana

>> domingo, 2 de mayo de 2010

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María en la Gran Vía

>> sábado, 1 de mayo de 2010



Cartón, papel, plástico, acrílico, tela, fotografía y tinta sobre madera

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Confesión



Dibujo encontrado en una mesa (Clase de Proyectos)

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