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DESFOLIANDO

>> viernes, 14 de mayo de 2010

Y ustedes se preguntarán. ¿Pero qué hace este hombre con un cuchillo y un libro? Pues muy sencillo, se lo diré: leer. Para las nuevas juventudes, esto resultará insólito, mientras las veteranas se imaginarán por donde van ya los tiros. Digamos que, llevo a cabo, la liberación de la lectura, la doy a luz. Con la hoja cortante, voy rasgando aquellos grupos de páginas que quedan unidos y, poco a poco, se despliegan las páginas correctamente. Una tras otra, se muestran como debía ser ante la mala impresión de su propia impresión. Los cantos quedan magníficos, todos despeluchados por aquí y allá, mostrando pelusas de celulosa que quieren echar a volar y desprenderse de su malformado papel. Ahora, continúo la tarea donde la había dejado: en el capítulo más interesante. Un grupo de amigos organiza una cena. Quiero ver si se terminan todos los platos. Ahora podré llegar al final. Al anterior lector le debió de dar el infarto justo en este tramo donde había quedado detenido mi conocimiento. Un libro de segunda mano depara este tipo de sorpresas a su nuevo usuario. Es decir, aquí dejó de leer ¿no? O se aburrió ¡vaya usted a saber!:

“… Todos a la mesa esperaban a Pipo, que volvía de los servicios con cara de contar algo interesante:

-Ni se os ocurra entrar en los lavabos de hombres. Hay una muy mala organización del espacio. Al terminar de lavarme las manos, mis manos han ido a parar para secarse en el pantalón de un caballero que se encontraba miccionando. Me ha mirado con cara de malos amigos y a mi solo se me ha ocurrido decir: “Disculpe, pero le había confundido con una toalla”. ¡Doble humillación para el caballero! He salido exhalado de allí. Bien ¿en qué estábamos?

Yo, que era el más decidido, me levanté de la silla y salí del comedor. Un olor me había hecho tomar esta súbita decisión. Cerré los ojos y me guié por el olfato. Bajé las escaleras peldaño a peldaño, intuición a intuición. De la misma forma sorteé las macetas de los lados en la puerta de entrada. Llegué a la calle. Había niebla en aquella noche. ¿Qué cómo lo noté? Muy fácil: el aroma a confusión me golpeó en la cara hasta embadurnármela toda. Un hombre con un acordeón me dijo: “¿Adónde va tan deprisa con los ojos tan cerrados?” Seguí caminando, con la irrevocable decisión de encontrar lo que buscaba como bastón de ciego. La nariz era también buen apoyo. Era un aroma bien conocido. ¿Dónde estás? Ella pronto se dejó notar en el ritmo de sus pisadas de tacón. ¡Pronto la alcancé! Qué bien anda, cómo con su eco me marca la situación de las paredes… Ahora ya la abrazo por detrás. Se me escapa… La agarro con el dedo meñique de su cinturón de esparto. ¡Aquí me tienes! Entonces, lo que esperaba escuchar, se hizo presencia acústica: “Yo no te buscaba…” Se desembarazó de mi dedo meñique, como el mejor de los besugos se desata con la boca de su gancho de caña de pescar. Allí me quedé, con los pies muy juntitos.” FIN

¿Por qué se dejó el lector primero esta última página sin resolver? Después de mil quinientas ochenta y siete, no era para menos llegar a la ochenta y ocho. Estas cosas tienen los hombre raros que además les da por leer. Os contaré un secreto: En realidad son solo hombres, lo que sucede es que quienes así los llaman nunca han tenido a bien utilizar un cuchillo contra un libro.

14 – 5 – 10

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