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ESPERANDO A LA INSPIRACIÓN

>> domingo, 23 de mayo de 2010

La musa llegó a la cita con la pistola cargada. Sabía que su autor, el autor que los dioses le habían asignado, había agotado su tiempo creador.
Este, la esperaba -sin saberlo- en el sótano, y, como buen sótano, poseía la temperatura más fría de toda la casa. Allí se encontraba la bañera donde todos los días, a esa hora, se lavaba después de escribir.
La asesina del tiempo abrió despacio la puerta. No quería producir sorpresas desagradables a quien, se supone, debía encontrarse al otro lado.
“Aquí me tienes por última vez” dijo la musa.
Al principio creyó que no había nadie y que había dirigido la palabra gratuitamente al silencio más absoluto. La decepción primera llevó a una segunda: el escritor estaba, pero agazapado, sufriendo ya los primeros estertores de la muerte. Oculto casi en la bañera, se retorcía como tratando de volver a su primera postura fetal. Bonito cierre de círculo.
“Que no te asuste mi sufrimiento. En el fondo deseaba este día” dijo el escritor. Abrió los ojos, olvidando por un momento la fuerza ejercida en sus párpados (un mal remedio llevado a cabo por el que trata de no ver y olvidar). Observó entonces a la Charlotte Corday contemporánea. Sonrió al verla con una pistola en sus manos. Después: “¡Dispara ya y terminemos con el dolor!”
La musa parecía contraer en una mueca su rostro. No quería llorar pero tampoco quería afrontar su nuevo papel en la historia.
“El propio autor, la persona que de mí depende, se me ha adelantado.¡Esto no se puede tolerar de ningún modo!” pensó para sus adentros.
“No, no voy a disparar a una masa infecta de pus, estertores y vómito. ¡Nunca!”
Salió de la habitación y descargó el arma contra toda cosa que veía, en una especie de desahogo. Bajó las escaleras arremangándose su túnica, llegando hasta el jardín donde se tumbó a la sombra de una higuera y cerró los ojos. Desde la ventana abierta del piso de arriba, llegaba el hedor frío y algunos gritos de “¡traición, traición!” Mas, todo había ya acabado y la musa debía cambiar su rostro y su cuerpo para buscar un nuevo personaje. La vida tenía que continuar. “Es la primera vez que no elijo mi destino, lo que quiero hacer. Siempre he ordenado y mandado. Mi vitalidad nace de ahí y, ahora, me siento sin energía”.
Llegó la noche y un amigo del inquilino entró en la casa, por la puerta del jardín, deseoso de pasar una agradable velada en compañía intelectual. Ni siquiera se percató de la musa. ¿Acaso el resto de los mortales la podía ver? El amigo, encontrando la puerta del hall abierta, se alarmó. En su mano traía una botella de champagne y unos aperitivos que no dudó en dejar en la escalera para entrar y subir precipitadamente, ya sin orden ni concierto. A los diez minutos volvió a salir en busca de ayuda. Otros diez minutos tuvieron que pasar para que apareciera el mismo individuo acompañado de las personas de la ley y el orden. Solo pudieron ratificar la muerte y llevarse el cadáver. Uno de aquellos hombrecillos que formaba el cortejo oficial, se acercó hasta el árbol donde se encontraba la musa contemplando toda la escena. ¡La había reconocido! Se puso de cuclillas hasta llegar a la altura del “espíritu” y entonces le preguntó: “¿Quién es usted? ¿Qué hace así vestida? ¿Quiere mi chaqueta? ¡Tendrá frío!” La musa entonces sonrió de una forma indigna e injusta para el pobre hombre y le dijo: “Váyase al diablo, amigo. Su temperatura no es mi temperatura. Yo me rijo por otras cosas.”
El hombrecillo la apodó como “Albarina”. Fue como un bautismo sin isopo. La dijo: “Albarina, entonces quítese de mi árbol. Yo lo planté ¿sabe? Me está impidiendo subirme para recoger la fruta.”
Albarina ya supo entonces quién iba a ser la siguiente víctima de sus malas artes. “¡Yo te inspiraré, muchacho! Me aparto a cambio de acompañarte como guía en cada una de tus aventuras”.
El hombrecillo, que sabía perfectamente con quién estaba jugando, pasó por encima de ella sin la menor compasión, hundiendo las botas en su cuerpo, hasta que aquel mal fantasma desapareció bajo la tierra. Cuando hubo recolectado la cosecha frutal, observó la marca que aquella sanguijuela había dejado en el suelo y entonces dijo en voz alta, esperando a ser oído: “No necesito de ninguna inspiración. Yo era el editor de este pobre descarriado… Ahora, la verdadera musa contemporánea, irá a buscar a su nuevo escritor…”

23 – 5 – 10

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