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ESPÍRITU NAVIDEÑO

>> sábado, 22 de mayo de 2010

Quizá la paradoja de mi vida se resuma en el personaje de “Cassen” en “Plácido”. “Cassen”, un señor normal que decidió juguetear con su nombre original (Casto Sendra) al igual que la Lorengar (Lorenza García) porque no le convencía del todo (tampoco le convencería al representante, que siempre tiene algo que decir). El gran Juan Gris no era ni más ni menos que José Victoriano González, y su austeridad de auténtico superviviente apenas se percibía bajo su elegante apariencia. No quiero irme por los cerros de Úbeda porque siempre acabo llegando a Despeñaperros. Como iba diciendo, este personaje navideño nacido entre Logroño y Valencia (fruto de las mentes privilegiadas de Berlanga y Azcona) dedica toda su existencia- entendiendo existencia por hora y media de película, el límite de vida de los actores- a tratar de conseguir algo que el resto de los mortales trata de impedirle. No, no es que él esté equivocado en su propósito. Somos nosotros, que necesitamos de cierto egoísmo para que la cadena social funcione. Los fotogramas van paralelos al ritmo de mi vida. Estoy descuerdo con Andrés Trapiello cuando dice que, “para el escritor, llega un momento en que hay que decidir entre leer y escribir”. Yo he dejado de leer con la asiduidad correspondiente porque me encuentro enfrascado en esa dura labor de “ser útil a la sociedad” Puede que haya cierto placer en lo que escribo, pero es ya un reto el convencer con mis argumentos a mis posibles lectores. Se escribe para ser leído ¿no es cierto? Igual que se habla para ser oído, de lo contrario se nos tacharía de locos. Otras tantas veces se pone en la boca de un loco lo que nosotros no nos atrevemos a decir sino solo en su presencia (real o dramática- esto es, literaria o teatral-literaria). Y si Azorín sufría del verbo “estrencar” (bonita palabra acuñada por José Jiménez Lozano) un servidor se encuentra un paso más adelante, pues se encuentra estreñido pero de literatura. Antes, se padecía de verborrea en la palabra (y conseguía, cosa extraña, escribir como hablaba, con esa fluidez). Ahora no, ahora nos encontramos en el terreno dependiente del “veredero” o emisario. De un lado a otro, proponiendo y “desfaciendo”, esperando una aprobación general para los pasos del inseguro. Por otra parte, nadie puede probar la seguridad en las palabras, de la mente al papel, tan bien transportadas por el ya citado Azorín. En esto pienso como Sánchez Dragó. ¿No pudo haber destruido el manuscrito el original y pasar a limpio impecablemente el original que hoy conservamos y leemos? Lorca, en este sentido, no escatimaba en tachaduras. Siempre volviendo a la coda. Por ello, los inseguros dominarán el mundo. Para el caso de este texto, he sentido la necesidad de escribir en el peor de los momentos (en su primer tiempo) y después (en el último de ellos) he descubierto que era el mejor de todos. Necesitado de retener la inspiración, me he valido del papel más cercano: una portada de revista que tenía muchos huecos en blanco. Poco ha poco, he ido completando su aforo de tinta, y aunque en un principio la gente que pasaba se apiadaba de mi y me alcanzaba hojas, yo acababa terminando la labor en esta primera. Esto no se comprende, solo se sabe que hay que llevarlo a cabo. ¿Por qué no hacer el trabajo más fácil? De nuevo, me rindo ante otro dictador, el peor de todos: la mente, en sus cortocircuitos constantes. En el fondo, no somos más que perros sin correa. Mientras la lleva, deja el can que el dueño decida por él y tire de ella. Ahora, el que anda es el perro para no perderle los pasos al dueño. ¿Qué es lo que quiero hacer? Me pregunto todos los días. Es una pregunta que los “demás” resuelven rápidamente. Soy un siervo para el mundo que me espera diariamente. Necesito de ese mundo para no caer en el aburrimiento más absoluto. Sin él, ya sabría lo que iba a pasar desde que me levanto hasta que me acuesto (de cama a cama y siempre tiro porque me toca). En efecto, he dicho “siervo” con “s” y no con “c”. No, tampoco soy andaluz, ni canario ni suramericano. Tampoco creo que los siervos dominen alguna vez el mundo. Bueno, dejemos el melodrama. Tampoco en mi historia hay un final con villancico truncado. Precisamente, si puedo, agradezco sentirme apadrinado y sentarme como un pobre en la mesa el día de Nochebuena. La señora que me atiende siempre se preocupa en servirme bien, nunca esa raspa de sardina que ofrece la dibujada por Summers en el cartel de la película. Se me invita a bocadillo por los servicios prestados. En unas cuantas palabras: Me siento realizado (no confundirlo con útil, pues esto sería más de tonto útil). La verdad es que no sé de qué me quejo. ¿Por qué he escrito esto?
20 – 5 – 10

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