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LAS APARICIONES MARIANAS DE MONSIEUR ROCHEFORT

>> viernes, 28 de mayo de 2010

Esta es la historia de un hombre que creía ser Dios. Lucien Rochefort, nacido a mediados del siglo diecinueve, tuvo la suerte de ver nacer el cine casi en directo. Él puede ser considerado el hombre de gris al que nadie reconoció en aquel momento. Todos estaban en aquella habitación de hospital, viendo nacer el séptimo arte, dando ánimos a la madre y admirando cómo la partera desempeñaba su labor magníficamente. Rochefort estaba allí, sentado en una silla, viendo a aquella mujer sudar y gritar y a aquellos hombres sonriendo como imbéciles.
Rochefort, a sus cuarenta años, descubrió el cine y que era Dios a la vez. Fue esta nefasta coincidencia la que desencadenó la tragedia. Rochefort veía en aquel arte naciente (como todos los de aquella época, no nos engañemos) no un arte sino una industria con muchas posibilidades. Deseó tomarse muy en serio el sentido del cine como “atracción de feria”. Estaba dispuesto a sacarle el máximo jugo. “Un Dios que nacía casi en pleno siglo veinte debía valerse de los avances que consigo traía la época” pensaba. Al pobre loco no se le ocurrió otra cosa que hacer sus propias apariciones marianas. “Se aparecerá la virgen a estos seres que insisten tan tozudamente en volverse ateos y entonces creerán ¡Vaya si creerán!”.
Rochefort, que estaba loco pero no era tan imbécil como esos tipos que miraban con ojos golositos al recién nacido (que no lloraba ni berreaba todavía porque era mudo), pronto diseñó un automóvil-cinematógrafo. Con él se desplazó durante dos semanas a un bosque en las afueras y estuvo ensayando su plan para que nada fallara. El motor del coche servía a la vez como máquina proyectora y de ella se valió para hacer sus portentosos milagros. Filmó una serie de peliculitas en las que aparecían prostitutas de los arrabales vestidas con mantos inmaculados. Luego, tras crear los negativos, los proyectó sobre la tapia de un convento en ruinas que quedaba en aquel descampado. Se cuidó de esconder el coche tras unos cuantos arbustos y comenzó a avisar de las “apariciones” en el pueblo. “Por las noches se aparece la virgen ¡no os lo podéis perder!” gritaba a los cuatro vientos. Poco a poco, algunos lugareños fueron recalando en el santo lugar. Se quedaban esperando a la llegada de la noche, contentos por haber encontrado un aliciente a sus aburridas vidas. Entonces, la tapia se iluminaba y aparecían aquellas mujeres fantasmales. “¡Milagro, milagro!” gritaban sorprendidos. Sobra decir que aquellos personajes desconocían la existencia del cinematógrafo.
Sucedió que quien se creyó Dios fue un día descubierto. ¿Quiénes fueron los delatores? ¡Ni se lo imaginan!: Unos hermanos muy compenetrados de apellido Lumière que fueron allí a tomar unos planos del milagro.

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