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PADILLA Y XILÓFONO

>> martes, 18 de mayo de 2010

Mis relatos son falsificación. Pido disculpas a las fuentes del Nilo.


Pasaba Fermín Cabal las últimas horas del día sentado en un banquito en una plaza de Alcalá de Henares, vestido de oficinista y con un xilófono sobre las rodillas. Interpretaba “La Violetera” (ya profanada previamente por Chaplin) para espantar los fantasmas de la Noche de San Juan. Los faroles que le rodeaban parecían titilar al son de los marcattos de palillos sobre fondo de teclas de metal. Todo parecía dispuesto para inspiración del mejor poeta bucólico del rebaño. En esto que aparece a traición (esto es, por la espalda) un coche gris que se detiene amenazante, como esperando el final de la canción. Parecía el chulo de Sara Montiel, que esperaba a que terminara de repartir sus flores a los transeúntes. Esto es lo que hace Fermín para no levantar sospechas, para aparentar tranquilidad: En el verso “cómpremelo señorito”- le quedaba uno para terminar- se levanta y comienza a andar, guareciéndose en la oscuridad, rumbo a su casa. Era de esperar la voz autoritaria que detenga sus pasos: “Oiga, espere”. Se queda plantado en el suelo, como una farola con la bombilla roja iluminando su rostro. La voz pareció cambiar su tono para continuar la petición, edulcorándose para ofrecer confianza: “¿Podríamos acompañarle?” Entonces, como una especie de coreografía de musical, otros vigilantes de “la secreta” surgieron de las demás calles, creando una bonita estrella de mar (si viésemos cinematográficamente la acción desde el cielo). Algunos llevaban instrumentos, otros simplemente querían solo disfrutar en buena compañía. Lo que más abundaban eran las flautas dulces. Fermín situó su pedestal de “conductor de orquesta” en el banco del que se había levantado hace escasos minutos y comenzó a interpretar melodías rusas de la estepa. Así, en este extraño círculo mágico, pasó parte de la noche. Cuando ya el reloj daba las tres de la madrugada, pidió el Maestro Cabal su relevo, pero este fue denegado. Él aceptó su fracaso de manos de una divertida autoridad que no le permitió, por cansancio, ir al día siguiente al trabajo. Nadie podía creerse dos días después que la culpa la tenía la policía. En cualquier caso, nadie de los vecinos del barrio aseguró reconocer a ninguno de los responsables del evento como encargados de la seguridad del lugar. Todo parecía haber sido fabulado por el bueno de Fermín, el cual nunca volvió a salir de casa con ningún instrumento ni volvió a repetir en su cabeza melodía alguna.

18 – 5 – 10

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