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SOSEGADO LABERINTO

>> domingo, 16 de mayo de 2010

En los cementerios y jardines de hospital se encuentra una anómala tranquilidad, quizá la más intensa y verdadera de todas. Rodeados de un obligado silencio, reflexionamos, aún sin querer, de lo que “no somos” en ese momento. Lo que resulta de olvido voluntario es lo que seremos: pasto de estos lugares. Otra gente entonces los visitará, a su pesar o a su gusto (por o sin nosotros). En el caso que nos ocupa, curiosidad, los que allí se encontraron estaban implicados de lleno en el asunto, pues transitaban entre estos dos estratos de individuo. Pacientes y convalecientes, una mezcla extraña de vivos y muertos al mismo tiempo. En primer lugar, tenemos un personaje de bata blanca, cabellos encanecidos por el estrés y redecilla para el pelo que le obliga a no poder nunca vérselo por el capricho de no llevarlo despeinado. Hombre, por tanto coqueto (o maniático, también). En segundo lugar, un “pollo” de bigotes teñidos, zapatillas de andar por casa (recopiladoras número uno en sus plantillas de tierra de jardín) y ropa tan dada de sí que parecía de hermano mayor. Caminaban por el mismo camino sin saber que se encontrarían, al doblar la esquina del tabique de maleza. En el centro, esto es, patio interior de un hospital, diéronse sus narices un golpe recíproco-nasal. Allí estaban mirándose, fijamente, con la mirada abstraída, tratando de concentrarse en un semblante serio o retador. No hubo forma, parecían como sedados en su memoria. Sus aspectos eran dignos de lástima. Hasta Frollo, el malvado archidiácono de “El jorobado de Notre Dame”, habría sentido piedad por estos dos cándidos. Pero, esto es así, la realidad tenía que regresar aunque solo fuese para que aquellos dos dejasen de bloquearse sus caminos. Aquel de la redecilla de pelo fue el primero en hablar:
- ¡Caray! De verdad que no sé por donde ando, lo siento de veras…
Entonces, el del falso color moreno de vello bajo la nariz trató de exculparle:
- ¡No, por dios! Es usted quiem debe perdonarme. Yo tampoco “ando” muy bien de reflejos…
De nuevo, el pesado silencio. De nuevo, el de los zapatos llenos de tierra:
- Uno, dentro de estos jardines, nunca sabe si alguien más va tras él o antes que él…
- Yo era, entonces, quien le seguía ¿no?
- ¡No, no! Nadie buscaba a nadie, pero dimos con nosotros…
- Entonces… ¡celebro haber dado con usted!
Ambos dos se estrecharon, efusivos, entre sus brazos (o se rodearon con sus extremidades, según se vea). Una vez finalizó la cortesía -que iba más allá de los límites de mínima educación, todo sea dicho- los enfermos volvieron a tomar posiciones y decidieron emprender juntos una terapia conjunta:
- ¿Le gustaría sentarse en uno de aquellos bancos?
- No, gracias, estoy bien de pie. De hecho, acababa de levantarme justamente de aquel que apuntaba con su dedo… No obstante, me gustaría hablar con usted. Me ha caído simpático “de narices”.
- ¡Gracias, hombre! Bien, pues hablemos (aunque le advierto que mis huesos no son lo que antes eran y temo no aguantar tanto tiempo con usted en su postura estoica…
- ¡Pero si es usted un chaval! ¡No se me amedrente, que ya habrá tiempo para resentimientos…!
- A mi también me extraña su edad para permanecer en este lugar, abstraído de la realidad, perdiendo momentos irrepetibles de juventud…
- Pues lo cierto es que no me importa mucho. Aunque suene a autoengaño, aquí no me siento mal. Al haber sido hijo único, podría decirse que tengo mis estrategias para evadir el aburrimiento, para sortearlo como por estos laberintos vegetales. Pueda que me sienta como un roble que ha comenzado a encorvarse, pero todavía siento mi savia fresca, créame.
- ¿Por qué está usted aquí?
- Buena pregunta. Recuérdeme que después se la formule. Pues verá… La explicación de todo está en mi profesión anterior, que no la de ahora (estoy pre-jubilado, parece ser). Yo era, lo que se dice, un estrés deambulante y, además, peligroso. Siendo conductor de ambulancia, todos los días dependía de mi prontitud el que un ser vivo no pasara a ser “ser-muerto”. Me comprende ¿verdad?
- Si, yo nunca sería usted, es decir, conductor de ambulancias… Antes, preferiría ser aquel a quien usted llevara… Espero no haberle ofendido.
- … Eh… No. Bueno, a lo que iba: un día sucedió que, en esta presteza al volante por recuperar una vida todavía latente, sesgué otra que también conducía, como yo. He de decir, para mi tranquilidad, que yo no vi nunca el cadáver. Pero debió de acabar de este modo, pues yo perdí rápidamente el conocimiento tras el choque. Pude escuchar gritos de auxilio, eso sí, mientras me iba yendo mentalmente de este mundo. No fue, por tanto, el choque, lo que me dejó en una especie de coma, sino el estrés posterior. Se me cruzaron los cables ¿comprende? Tuve un cortocircuito. Un chispazo que dejó mi cerebro en penumbra ¡nunca a oscuras! Si no, no estaría con usted ahora…
- El individuo del coche contra el que colisionó el suyo…
- ¡Era un idiota! ¡Un descerebrado! Y que esto lo tenga que decir yo…
- Antes de que continúe, tengo que advertirle que pude ser yo…
- ¿Cómo?
- Déjeme adivinar: ¿Iba mirando adonde no debía?
- ¡Exacto!
- La cabeza fuera de la ventanilla ¿no?
- ¡Y mirando hacia el asfalto, la cabeza abajo! Verdaderamente, era ese el caso. ¿Usted es el “muerto?
- ¡Naturalmente! Y déjeme decirle que no miraba al asfalto, sino a las ruedas de mi coche. Me maravilla verlas girar, es algo que desde niño vengo desarrollando con extraordinaria habilidad. Con mis coches de juguete, la cabeza contra el suelo en horizontal, viendo solo moverse en sus ejes… Cuando me saqué el carnet, poco a poco fui dominando la técnica de conducir y mirar afuera…
- ¡Es usted un descerebrado, lo mantengo! Me gustaría estrangularle entre mis manos ¿sabe? Por su maldito hobby, llevamos los dos perdiendo aquí un tiempo absurdo, casi inmemorial… Pero ¿sabe lo que le digo? Que yo tampoco lo paso mal aquí. Me he vuelto una persona pacífica, no hay posibilidad de perder los papeles. En fin, gracias a usted, podría decirse, me he convertido en un ser tan paciente que puede usted llamarme “el inalterable” entre sus amigos de aquí.
- Yo no tengo amigos aquí. Pero porque no los busco ¿eh?
- Ya, ya. Por supuesto. Bueno, ese sonido de campana me indica que debo ir a la sala de lectura. Me estoy leyendo ahora un best-seller polaco.
- ¡Menuda aspiración! Yo tengo entre mis manos a un nobel checoslovaco.
- ¿Hay un nobel checoslovaco?
- Creo que sí, pero no me haga usted caso… Lo importante es lo de dentro, no lo que dicen de tapas hacia fuera del libro.
- Celebro haber conocido al culpable de mi situación…
- Hombre, que usted tendrá también algo de culpa ¿no? Las prisas nunca fueron buenas consejeras… Además, sin su coche yo no me habría chocado. Es la persona, podría decirse, que ha hecho que pierda mi confianza en las habilidades de conducción. Dentro de un rato, voy a pasarme por la biblioteca para enseñarle el “Librito” de dos mil páginas, a ver qué le parece.
- Le espero con muchas ganas…
- Allí nos veremos, entonces.
- Adiós.
- Adiós.

16 – 5 – 10

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