Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

NARCÓMICO

>> lunes, 3 de mayo de 2010

Voy a pasar a relatarles la bonita historia de Elisa Fiorán. Como narrador, he de confesar que, debido a mi condición de ardilla, mi limitación es bastante patente. No obstante, en cuanto al empleo y buen uso del lenguaje, no puedo por menos que auto-felicitarme.
Conocía ya de niña a esta jovencita, cuando salía a media tarde de su casa y se llegaba hasta el bosque de especies protegidas.
Siempre sin poder permitirse ser feliz, deambulaba como tocadiscos en una cacharrería. Era, como ya digo, de naturaleza alegre, pero de sino sombría, pues las circunstancias lograron encorvarla (siempre por su bien).
Padecía lo que se conoce como narcolepsia común. Los síntomas previos se encontraban en la carcajada propiamente dicha, esto es: en cuanto algo podía hacerle gracia, esta quedaba en estado inconsciente (esto sí, durante un breve tiempo estipulado entre diez segundos y un minuto).
Una mujer condenada a la fatalidad, por tanto. Nunca supo divertirse. Tan solo alguna sonrisa que demostraba, externamente, su buena disposición al placer. Nada más.
Quiso el destino que una noche de primavera anduviese la niña-mujer montada en coche (concretamente, al volante). ¿Cómo era esto posible? Desde que se sacó el carnet hasta este momento, no había vuelto a experimentar los síntomas. Se creía, por tanto, curada. Pero siempre el diablo tiene que andar removiendo cielo y tierra con Roma y Santiago, y un atractivo joven bachiller que andaba tras ella quiso ponerla a prueba. Deseaba que le riese las gracias. Era una dura prueba, por lo que cada día se esforzaba por conseguirlo. Mas ella, siempre que podía, se tapaba los oídos para no escuchar sus ocurrencias. Aquel día la pilló con las manos ocupadas. ¿Acaso no sabía de la debilidad de la bella Elisa? Nada de estos detalles conozco (y me extraña tener en conocimiento los anteriores).
Dispuso todo su instrumental para llevar a buen puerto su plan, pero falló en lo más importante: olvidó el ancla para atracar su embarcación. Su técnica, reconocida por sus amigos en cuanto a eficacia, era la de soltar la ocurrencia acompañándose de los melismas musicales propios de un cante barroco: aspirar al mayor número de notas en la frase más corta. Como el bucle de un cantaor, así retorció su discurso, de tal forma que si el “contenido” no daba resultados, sí el “contenedor”. En este caso, iba bien provisto por las dos partes.
Apenas pudo Elisa ejecutar la mueca por la que lanzar su ovación aprobatoria. Cayó contra el volante. El gracioso nada hizo por reconducir el coche. Algo de razón tenía por encontrarse en los asientos traseros. Se salieron de la carretera y chocaron contra un árbol milenario de la Sierra de Guadarrama.
Yo, humilde animal, llegué al lugar de la catástrofe para comprobar, una vez más, la torpeza del hombre. Cuál fue mi sorpresa al ver al culpable del desastre anti-natural: Elisa descansaba, por fin, con un gesto alegre intrínseco. Su acompañante corría, como vaca sin cencerro, en torno del coche sin saber qué hacer. Todavía quedaba tiempo para que esta recuperase la consciencia. Su gesto, en cambio, no era como el de otras veces. Parecía de veras feliz, como habiendo por fin conseguido algo que llevaba persiguiendo desde siempre. Yo, como diminuto animal que soy, salí asustado de allí a por bellotas olvidándome de todo ello. No sé lo que pasó después (tuve que encontrar un bellotero, por lo que me alejé mucho y perdí la orientación). Solo sé que hay bromas de mal gusto y aspirantes a novio muy pesados. La gente no escucha lo que de ella comentan porque se encuentran empeñadas en no entender lo que dicen los demás. Son todo uno acolchado, amortiguado de influencias externas. La gente ya no huye de nadie, no está acostumbrada a estar ojo avizor y esto les atonta. A mi me persiguen siempre, parece que las ardillas no están bien vistas. ¡Y cada vez quedan menos belloteros!

3 – 5 – 10

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP