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Y AHORA, TENÍA VOZ…

>> lunes, 10 de mayo de 2010

Ray tenía un problema con su hermano pequeño Carlos Heredia. Siempre quería ser él, costara lo que costase. Por eso, no dudaba en reconstruir su historia según el patrón preestablecido. La madre era la encargada de hacer volver a su hijo a la razón, tarea siempre dolorosa. Él no quería ser él, sino el otro. Ella quería tener dos hijos, y no uno y medio. Situaciones como esta sucedían todos los días:

- Mamá: ¿Recuerdas aquel día en que, estando en la feria, tiré aquella bola con rabia por no haber acertado con las anteriores, y di en el blanco? ¿Recuerdas además el premio? ¡Qué bonita muñeca!
- No, Ray, no… Eso le sucedió a tu hermano. Tú nunca jugaste con muñecas… Sin embargo, allí estabas, con una manzana de caramelo, sin saber cómo cogerla, con insolente desaire… Nunca te gustaron las manzanas.
- ¡Y aún así le comprabas a Ray lo que yo más quería! ¡Algodón de azúcar!
- Sigues estando equivocado… A ti te compré el algodón, lo que sucede es que querías demostrarme que eras un chico bueno y te gustaba todo… Y por eso finalmente le cambiaste a tu hermano tu dulce por su manzana de caramelo.

Recordaba también cómo cinco años antes había abierto su paraguas en un sitio cerrado. Desde ese mismo momento comenzó su mala suerte: el paraguas tiró su estofado sobre su chica, y esta le dejó delante de un público de cafetería que comía también carne.

“Me pasó, lo juro. Yo soy el que tengo mala suerte”
Tanto era el deseo que hasta para él deseaba malos augurios.

Un día, encontrándose Ray Heredia con su madre en casa (su hermano se encontraba de viaje) sucedió un fenómeno extraño que todavía sigue sin poder explicarse. Su madre, por aquella época, comenzaba a sufrir de astigmatismo. Por ello, debía permanecer en su dormitorio, con la luz leve, reclinada contra el cabecero de la cama (esto no se sabe muy bien por qué). Sucedió entonces que su hijo menor comenzó a vislumbrar a un grupo de señores de negro que permanecían de pie contemplándoles en el mismo lugar.

- Mamá… ¿Qué hacen todos estos señores aquí? ¿Quién les ha invitado?
- ¡Vaya, hijo! ¿Los ves? Esto, puedes felicitarte, solo era capaz de apreciarlo tu hermano. Yo soy la que los conozco, parece ser. Vienen del siglo pasado, pero no sé qué es lo que quieren. Se quedan mirándome con esos ojos casi vacíos de tan negros. Sé que tengo que concederles su petición. Solo soy yo ¿entiendes? Y no tú. Pero no estaría de menos que les sonsacaras sus intenciones.
- ¿Yo, mamá? ¡No, no quiero! Esto es función de Carlos, no mía.
- No, hijo. Esto sí que es cosa tuya. ¡Siempre llevando la contraria, hay que ver! ¡No sé a quién habrás salido!


10 – 5 – 10

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