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El ángel caído

>> martes, 29 de junio de 2010

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LE MORT ROUGE



cartel de "La garra escarlata"

Cuando paso por la Calle Mayor, a la altura del Mercado de San Miguel, no puedo evitar elevar mi mirada al tejado de una de las casas que hay frente a este: una escultura de bronce color verde, aparentemente inadvertida, se alza como la más antigua de las antenas parabólicas: es un Ángel Caído. Puesto que nos encontramos con aquella belleza de edificio modernista recién restaurado, mi cabeza siempre me juega la mala pasada: Miguel- ángel. Este Luzbel caminando hacia Lucifer, no es tampoco un arcángel - San Miguel. ¿Qué es? Nunca le he podido ver la cabeza, como estrellada contra su pavimento de tejas. En las noches, parece reverberar también con una luz casi diamantina, que desconozco de dónde proviene. Ese ángel que fue bueno y ahora es, como poco, misterioso, me recuerda en su bella soledad a Erice. Su cortometraje-documental “Le mort Rouge”, desde luego inclasificable y todavía más indescriptible, es todo un monumento pétreo a la memoria fantástica. Como el antiguo Kursaal de San Sebastián (hoy pluma plúmbea de cristal, cubo de imposible mar azul aunque sí de verde cielo), donde comienzan las pesquisas de ese Sherlock Holmes encarnado por Erice (un investigador basado en otro también basado en literatura, esto es, Basil Rathbone, actor cuyo nombre caen bastantes sospechas acerca del de la película del “ratón super-detective” de la Disney). ¡Qué narración más bella efectúa Erice, con esa voz tan paciente y a la vez llena de deseos y necesidades vitales! Una historia realizada gracias a sus pocas exigencias para darse a luz. Erice, parsimonioso, necesitado siempre de tiempo para su propia realización profesional y personal, ha escogido sabiamente un proyecto sobre el que trabajar casi desde casa, sin nadie que le de la tabarra por detrás para preguntarle cómo lleva su propia lucha interior. Erice parece evocar a la autosuficiencia, a la supervivencia con una filosofía que escapa a cualquier elucubración posible, un enigma casi insoportable. “La muerte roja”, pueblo inventado por el director de la película de suspense “La garra escarlata”, retrotrae al lector empedernido (y, sobre todo, miedoso) al cuento de Poe. Esa garra asesina que se escuda como sombra de duda, desfila también como espectro por las paredes de la casa del niño Erice. “Es el cartero de cuando la guerra, el que trae la muerte”. Como en las películas expresionistas, la sombra precede al cuerpo en los planos, presentándole abstractamente, creando temor e incertidumbre. En este caso, la sombra nunca traerá al cuerpo. No hay cuerpo sino voz, la de un director al que nunca conoceremos del todo.
29 – 6 - 10



Victor Erice

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LA ESCAPADA

El día en que me fugué con Greta, pasaban ya dos semanas desde que se había anunciado también otra fuga no menos preocupante: la del gran Mazepa. La voz de alarma había sido dada desde la penitenciaría en la que el número uno de los asesinos en serie pasaba sus horas de reclusión hacía ya dos años. Decían que se ahogaba, que no podía soportar aquel lugar, que acabaría con él antes de que él acabara con su vida. Había cumplido la amenaza. Necesitaba cometer más crímenes y no dudó en escapar antes de que las manos se le agarrotasen por completo.
La ciudad era un estruendo de sirenas, de coches espía que despertaban con sus alaridos al vecino más somnoliento.
Inconscientes los dos, corríamos entre aquella especie de ciudad sitiada por los sheriffs de todos sus distritos. En esta especie de ballet, siniestro, dimos con nuestras piernas, resentidas ya de tanto huir, con el paseo donde tenía lugar la feria del libro más antigua que había conocido Simple City. De noche, este era uno de los lugares más resguardados. “Huimos de quienes no quieren vernos juntos”. Llegamos al gran pasillo trasero, por donde entraban los libreros a sus casetas. Parecían jardines de pequeños chalecitos. Aunque sabíamos que allí no había columpios, podía escucharse el chirriar de las cadenas al impulso de los niños en su balanceo. Sus gritos eran ahogados seguramente por este sonido metálico tan estremecedor. Pensaban quedarse al auspicio de este medio callejón, guarecidos por el muro trasero del parque que había al otro lado, pero al observar que una de las puertas de madera se encontraba medio abierta no lo dudaron más y saltaron la valla reglamentaria. “Hay todavía más oscuridad allí adentro”. Greta había sugerido encontrar un lecho entre las plantas del botánico, pero no opuso resistencia a mi propuesta de la otra cama entre libros. “Podríamos pasar la noche ahí, al fin y al cabo esta feria permanece cerrada el fin de semana”. Hoy era sábado.
La puerta se abrió con el sonido de columpio, tan sugerente para mí. Una vez cerrada, esta vez del todo, encontré un pestillo que corrí para asegurarnos de todo el plan. Greta no tardó en encontrar mis labios, secos, que humedeció con su lengua. Yo la abracé y la subí en una montaña de enciclopedias de lomo de cuero. “Estas son las enciclopedias tan respetadas, las que se ocultan tras vitrinas. Qué placer poderlas dar otro uso, alejados de monóculos expertos”. Entre botón y botón de su camisa, hundí mi mano segura para buscar su palpitar. Entonces, ella se detuvo hasta en su corazón. “Algo no se mueve ahí” fue lo que me dijo. Era una información inquietante. Tenía que ser, por tanto, “algo” vivo. “¿Cómo puedes ver nada con esta oscuridad?” le dije susurrando cada una de las palabras en su oído, que momentos antes besaba externamente como oreja. No volvió a contestarme, su pupila brillaba incluso en esta cegada estancia. Me giré poco a poco, notando que mis suelas se encontraban pegajosas y hacían ruido al despegar del suelo. “Sangre”. Tras de mi, en efecto, había un cuerpo tirado en el suelo. La sangre desmentía que pudiera tratarse del dueño de la caseta, que dormía. Era, en efecto el propietario, pero estaba muerto. Nos sobrecogimos al adivinar aquello juntos, al unísono de nuestras voces. Pero, si hay algo más inquietante que un hombre muerto con el que compartir un espacio mínimo, es el de un hombre muerto acompañado de otro vivo. La sangre brillaba más que los ojos de Greta. Unas manos torpes permanecían extendidas en el aire, mostrando sus venas estallando en la piel de aquel huesudo personaje. Recordaba a Mazepa más entrado en carnes la última vez que le ví por televisión. Cuando se cercioró de que le habíamos descubierto, dejó de hacerse el desaparecido, el invisible. “Como salgáis de aquí, os mato” dijo con el tono tan cortante como el cuchillo del que no precisa un estrangulador. “Vine a cobrarme un favor, que lo sepáis. Este hombre me delató…” ¿Qué necesidad tenía de exculparse un asesino? Esto es algo que nunca he comprendido. ¡Todos vemos lo que estas haciendo, no importa qué te llevó a hacerlo! Ahora ese hombre está muerto. “No os mováis, os lo repito.” Entonces, una montaña de libros nos sepultó. Greta había echado por los suelos aquel silencio incómodo al caerse con todos los volúmenes de una sabiduría extinta. Había tenido Greta la mala suerte de caer además hacia delante, llevándome con ella en su inercia. Greta no contestaba, parecía inconciente. Los pasos apresurados de Mazepa insuflaron de esperanza mi destino: había aprovechado para escapar. Derribó la puerta de un puntapié y saltó la valla en menos de cinco segundos. Lo primero que hice tras sentirme salvado fue rescatar a Greta, que, contra su voluntad, nos había librado de “las garras” de un final fatal. La arrastré fuera y la llevé hasta una fuente que había a unos pocos pasos, donde la refresqué la cara. Despertó al poco y de su boca salió: “¡Asesino! ¡Ese hombre a quien había matado era mi padre!”

29 – 6 – 10

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A TURNER

>> jueves, 24 de junio de 2010

Son colores que se escapan
que fugan hacia ese cielo
de donde vinieron
¿Dónde acaba el agua
y empieza la barca?

Es ese engaño paulatino
de lo presente a lo contemporáneo
Ese desdibujar las cosas tan fuerte
donde las personas se convierten
en simple vapor, en gotas de agua

Un barniz de última hora
sobre el lienzo colgado
enmarcado ya en la sala.
Mirándolo de cerca, piensa:
“Para competir con Constable
Solo se necesita una boya roja”

La arena está mojada de cielo amarillo
Las personas quieren ser rocas
y esas rocas las engulle el agua
Un remolino incierto de efigies conocidas
se sumerge en lo hondo de ese abismo
¡Y Watteau y Poussin son también engullidos!

Esa tormenta tan agradable
puesta en el salón de la casa
aborrece a los hombres
que la contemplan…
Porque ya no hay nada
Solo queda el agua
que no es sino cielo de color verde

Nada… Ni siquiera queda Turner…

Le vieron atado al palo mayor, siendo vela
Imaginando la imagen de su último cuadro


29 – 6 - 10

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Retrato de Juan Gelman


Lápices de colores sobre Silverio

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Desde mi ventana


Acuarela sobre Silverio

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(Quijote). Mi visión en el tiempo

>> martes, 22 de junio de 2010



(2010)



(2003)

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Entrevista de Luis Alegre a Rafael Azcona (1926-2008) para Aragón Televisión

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Mamá, yo quiero ser Azcona


Novela de Azcona con portada de Mingote


No sé por qué me acuerdo en estos días de Rafael Azcona. Parece como si una parte de él estuviese en todo mi yo desde que le conocí sin que me lo presentaran. Hoy, ojeando películas en una tienda de El Rastro, me he encontrado a Diego Galán, nuestro querido crítico cinematográfico. Solo se me ha ocurrido decirle “Diego ¿verdad?" Nada hubo de "¿Qué opinas de Rafael Azcona?" Típico esto de encontrarse críticos en videoclubs. ¿Dónde si no? Entiendo que no quieran ir al cine, tal como se ha puesto de precio -amén de la tan eterna mala cartelera que promocionan-. Claro que, siendo coherente en mi profesión, lo que yo haría- si estuviese en sus pellejos- sería atrincherarme en casa y no volver a la editorial de mi periódico hasta que no me dieran algo bueno sobre lo que hablar. Hablar por hablar es charlatanería. Por aquí me entra y por aquí me sale. Siempre pienso en mi como ese Azcona por descubrir, inédito. ¿Se puede ser alguien sin aparentarlo ser y parecer nuevo? No creo. Aspiro a ser una persona como él. Esto es más difícil que aspirar a ser el "personaje". ¿Cómo se pueden decir tantas verdades con humor y a la vez aparentar no ser una persona interesante? Todo esto no lo entiendo. Son tres normas que no hay cómo casar. Sin embargo, hay posturas menos irreconciliables que esta: De carácter aristocrático, inclinación homosexual e ideología marxista, podría decirse que Visconti poseía una mezcla explosiva e imposible de conjugar. Pero no nos apartemos del kit de la cuestión: Azcona es como ese ser que parece incluso dormir contigo para impedirte soñar con él. Creo que hay veces en las que no es posible soñar con una persona con la que se duerme. Esto se debe a que parece estar ahí protegiendo al soñador, conduciendo su caudal onírico. El mío, en particular, con o sin sujeto a mi lado, ya no suele desbordarse. Cada vez sueño menos que me caigo de la cama y despierto.


Retrato de Azcona realizado por Mingote


Para ser Azcona, esto es verdad, hay que pasar primero hambre y olvidar que se es genial para trabajar como un funcionario toda la vida, sin derecho a jubilación. Esto me gusta menos. Todavía no me he hecho a la idea de que llegará un momento de mi vida en que tendré que poner a dormir estos pájaros míos que tengo en la cabeza. Les taparé la jaula con una tela negra y se creerán apadrinados por la reina de la noche, la que les hará dormir el sueño de los justos. Seguro de que antes de que apremie la necesidad de comer, ya los habrán cazado a escopetazos otros. No me importa. Unos pájaros por otros: Ahora, lanzo unos poemas míos de falsa juventud por la ventana en forma de pajaritas (ni siquiera los disfrazo de avioncitos. Aunque sea triste, vuelan mejor los avioncitos que las pajaritas en papel). ¿Cómo podía escribir tan evidentemente? Se supone que la poesía es sugestión ¡y yo quería explicarlo todo! ¡Bendito poeta! Mientras Azcona, más inteligente, hacía volar los papeles que todavía no había escrito para el nuevo guión de Ferreri, llegado por primera vez a Italia para trabajar con él. Azcona, en su Logroño natal, escribía mucho mejor, con la perfecta conjunción del payaso blanco y el payaso Augusto al que se refería Fellini: la mezcla el payaso serio y elegante con el del chistoso y patético, la lucha eterna del hombre con sus dos "yos". El poeta-guionista-escritor-dibujante cantaba al humor y esto le era suficiente. Yo, humorista, trato de parecer grave y esto es lo que hacer reír y no tiene ninguna gracia. Es el encantador encanto del castillo encantado: todo un fantasma ¿no creen? Así me veo yo. Arrastrando de por vida estas cadenas de la coherencia. ¡Puf!
22 – 6 – 10



Una novela de Azcona ilustrada por él mismo

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LE LLAMABAN LE CAN

Era “El perro” franco-inglés. Los esbirros, a sus espaldas, le llamaban “Lacan”, en homenaje al insoportable psicoanalista francés. Decían que hablaba con el mismo énfasis con el que el alumno de Freud daba sus conferencias. Debía ser que se sentía muy importante en su posición. Desconocía, por tanto, esta otra de “payaso” que le otorgaban sus asalariados. Él aparecía con su corbata de interminables playas de repetidas palmeras, su chaqueta y pantalones blancos- camisa, por supuesto negra- y zapatos de falsa piel de cocodrilo. Como extraño dato, apuntaremos que era un mafioso delgado, aunque arrogante en la tradición. Todo comenzó a tambalearse cuando su hija se ennovió con un agente de la C.I.A. El padre sintió en esto una traición filial, pero no por ello dejó de aprovechar su situación para continuar con las extorsiones y los negocios sucios. Lo que más le dolía de su yerno era que le preguntase cómo se podía ser italiano hablando solo el inglés y el francés. No había respuesta para eso, ya que, habiendo nacido en Sicilia, debía de conocer a la perfección el idioma de Dante. Sin embargo, la situación era la que era y durante su vida nunca se molestó en hablar con un solo vecino. Nunca tuvo amigos, esta es la verdad. Su padre era de Irlanda y su madre de Aix en Provence. Lo de la “Provenza” ya era otro cantar. Nunca cantó una tarantela, ni cuando una tarántula le picó una vez y pudo haber eliminado el veneno sudando al ritmo frenético de Rossini. Por esto, no era muy bien visto en las cenas con la otra “familia”. Siempre traía consigo a un rubio bajito, dejándole a él hablar en cada uno de los actos mientras permanecía callado en la mesa, con las manos cruzadas sobre una barriga inexistente. Sobra decir que este rubio bajito no era, como él, un italiano de pega. La noche de autos, llegó en el peor de los coches. Nada más bajar pisó un excremento (él prefería llamarlas “sombras”) de chien. Todos estaban allí. Hasta que él saliera no podían ellos abandonar sus Ferrari. Por fin, de cuerpo entero presente, les tocó a ellos presentar: cogido de las orejas por mil manos despiadadas, el yerno apareció casi sin tocar el suelo. ¿Hasta cuando tenías pensado escondernos tu secreto?” dijo el más bajito, Focillone. “La culpa no es mía sino de mi hija que no sabe elegir bien su pareja…” El yerno pujaba por pisar con los pies la tierra que sobrevolaba todavía, en vano. No obstante pudo decir algo, pues la boca no la tenía tapada: “Querido suegro, mi deber es detener a todos estos buenos amigos suyos”. Era valiente, no cabía duda. Le podían haber dejado seco en el momento en que dijo aquella brabuconada, pero ningún arma fue desenfundada de su chaleco: Todas apuntaban al jefe, a Le Can. “Creemos que esta lección será más dolorosa” dijo Gentile, el más larguirucho de todos. “Pero si me matáis, acabaréis todos desordenados” dijo le Can, en un último intento de convencer. “De eso nada; tu querido yerno nos ha dado a cada uno un puesto en su particular agencia” dijo Rizzotti, el más bigotudo de todos. “Así será más fácil de encontrar a los perseguidos” dijo el yerno. “¿Pero no ves que ya están aquí todos? Dijo el suegro. Moldini, el que más tiempo llevaba en el oficio de todos, comenzó a ponerse nervioso y gritó: “¡Dejarás huérfana de padre a tu novia!”. Estaba apuntando a Le Can con una pistola en la sien. “¿Qué novia? ¡Me ha dejado por un contrabandista de los Mares del Sur!” aseguró el ahora despechado.
¿Murió Le Can en aquella noche de Huerto de los Olivos? Nunca lo sabremos, pues el que aquí escribe acaba de entrar a trabajar, en este mismo momento, para Andrew McCallagan, jefe de los servicios secretos de la C.I.A. y creador de la M.S.F. (mafiosos sin fronteras) y conviene que su imagen quede inmaculada (hasta el día de su fallecimiento, claro).

22 – 6 – 10

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UNA PRESENCIA EN LA VENTANA

>> jueves, 17 de junio de 2010

Desde hace una semana, la habitación del hospital se ha quedado más vacía que nunca. A veces, daba la impresión de que el propio paciente también se marcharía, por puro aburrimiento, pero esto nunca sucedía (evidentemente). Era la primera semana de agosto. El edificio se hallaba construido en un verdadero páramo de las afueras.
“Cada vez se construye más lejos de la ciudad ¡qué manía!” pensaba el primer visitante de ese mes, que había decidido aquella tarde desafiar al calor, en un alarde de responsabilidad. Cuando llegó, se encontró con la sonrisa de aquella criatura enterrada entre sábanas blancas. Aquella pureza sin arruga alguna escondía bajo de sí lo menos saludable, desde luego. Era como la colonia en aquella España por la que no pasó el Renacimiento. También como aquellas gorgueras cervantinas que impedían a la nariz respirar el hedor de las axilas.
El aguerrido visitante sonrió casi por cortesía. El otro le devolvió aquella rodaja de sandía. Quedaron luego unos instantes observándose hasta no reconocerse en sus muecas, resultándoles finalmente grotescas. El paciente le indicó con su cabeza la silla de un rincón, donde finalmente fue a parar el visitante.
- ¡Qué calórico, chico!- dijo una vez que tomo posición aposentando sus posaderas.
Era evidente que el sentido del humor se podía sostener muy penosamente. Ante el nuevo silencio- siempre el niño, más bien yo diría que lo nuevo eran las palabras- comenzó el hombre, por fin sentado, a imaginar toda la cartografía del cuerpo de aquel que yacía tumbado como Cristo de Mantegna: Había sido abierto, cosido y descosido. Ahora, esperaba al menos una recuperación. Que nada de aquello hubiera sido en vano.
Pasó la tarde y llegó la noche, no menos calurosa. Y, aún así, dicen que los desiertos son peores fríos en las noches que calientes en los días.
El enfermo parecía haberse sumido en una especie de letargo reparador. El aire comenzó a moverse a través de aquellas cortinas de ventana abierta. El visitante, había optado por apagar la luz de la estancia, quedándose a oscuras, como espectro vigilante. Fue tras un rato de silencio, cuando hasta la rendija de luz que asomaba del pasillo había desaparecido. Aquellas cortinas, vivas en su coreografía, parecieron abultarse extrañamente, como conservando las arrugas del aire. Comenzaban a esculpirse en su detenimiento anómalo llegando a apoyarse sobre el poyete de mármol que tenían debajo. Algo, de características bien concretas, se estaba perfilando. El paciente, entonces, comenzó a levantar de nuevo los párpados. Luego de esto, cuando tenía los ojos del todo abiertos, comenzó a hablar:
“Ese aire anuncia su llegada…” dijo estrenándose en su voz. El visitante no comprendía nada. Ahora, su único apoyo, su amigo, parecía saber más que él en todo aquello. Se sintió como un chiquillo al notarse inquieto.
Lo que apareció, tras todo aquel suspense, resultó ser un gato negro, verdadera personificación del mal augurio. De muerte.
“Al fin y al cabo, no he estado tan solo en todos estos días. Le tengo puesto hasta nombre. ¿Quieres saberlo?”- le preguntó al visitante.
¿Cómo iba a querer saber, aquel desdichado, un dato tan aparentemente irrelevante, en aquellas circunstancias? Antes de poder responder con un “no”, su amigo realizó un nuevo esfuerzo de dicción y añadió, como saboreando la nueva palabra: “Ca-ron-te”.
El visitante, entonces, ejecutó una cabriola moderada para ahuyentar al animal. Cuando este se hubo ido, no sabía si prefería que hubiese continuado allí presente en lugar de encontrarse de nuevo ante aquel silencio, tras esta visita tan inesperada. Parecía que ya nada iba a ser igual a partir de entonces.
- ¿Hace mucho que te visita?
- Desde que la gente dejó de venir… Olían algo raro. No se atrevían a seguir viéndome. Les comprendo, no te creas. En este estado lo que no comprendo es que tú tampoco te hayas ido…
Lo sucio del asunto es que verdaderamente el otro no podía responder a aquello, pues tenía verdaderas ganas de no estar allí. Esto le impresionó y le hizo reflexionar.
Pasó cerca de una hora, esperando de nuevo el sueño de a quien acompañaba a disgusto. Como este no cerraba de nuevo sus ojos, decidió soltarle a bocajarro una pregunta que venía corroyéndole desde hace años. Ahora que lo tenía tan cerca, se abrasaba todavía más mientras continuaba con ella, sin dejarla salir:
- Quiero saber si pudo pedirte perdón tras tantos años… Sé que no debía de haber vendido tus cuadros aquel día, hace ya sesenta años… Necesito que comprendas que siento que lo hice mal.
El otro sonrió dentro de lo que le permitían los dolores. No le dolía realmente que hubiese vendido los cuadros sin su permiso. Lo que nunca le había perdonado es que lo hubiese hecho otorgándose su autoría. Pero alguna vez había que deshacerse del lastre del rencor. Esto le ayudó a contestar:
- Pero lo hiciste… ¿Ahora qué importa recordar un enfado juvenil? Tampoco en aquel momento comprendía tu situación económica… Ni la hubiese podido excusar aún con la mejor de las razones. Con el tiempo comprendes mejor los detalles, te paras en ellos y meditas todo mejor, tras veinte mil vueltas… Te dejé aquellos cuatro bodegones y desaparecí por mucho tiempo. Seguro que pensaste que me había borrado del mapa. Y, mientras tanto, en tu piso tan pequeño, te agobiabas con aquellos inmensos lienzos. Samos sinceros: ¡Tú nunca fuiste un gran pintor! ¡Esa es la razón de tu fracaso comercial! Si quieres mi perdón, debes escuchar de mí algunas cosas sinceras y, por ello, nada agradables. Bien, pues ahí va otra: No fuiste un gran pintor y viviste por mí en todo aquel tiempo, repitiendo esos cuatro esquemas que tuviste de modelo tanto tiempo. Todos los días, al levantarte, los veías forzosamente. Por el pasillo, en la cocina, en el salón… Te los aprendiste, realizaste un esquema preciso, recompusiste su historia con su conocimiento. Bien, has sido por tanto un fantasma. Te agradezco tu confesión. Siempre supe que eras en el fondo un buen chico y también comprendo que las situaciones te convirtieran en usurpador, en la especie más salvaje que luchaba por liberarse de su segura extinción.
Aquellas palabras hicieron el efecto que el visitante esperaba como respuesta: le ofendieron y a su vez le reconfortaron, como extraña deuda saldada.
- ¿Esperabas de mí esta confesión?
- Creo que ahora puedo ya dormir. Te veía tenso, incómodo. Para los enfermos no es bueno ver incómodos a los que viene a hacerles compañía.
Aquella respuesta causó desconfianza en el visitante. Quería irse de ahí, no podía aguantar más. Fue entonces cuando el gato volvió a hacer acto de presencia. En esta ocasión, no le permitió al otro espantarle: con sus rápidos movimientos, saltó hasta la cama desde la ventana y comenzó a arañar con sus patas el pecho del enfermo, quien sorprendentemente no manifestó ningún tipo de molestia. El visitante temía los ojos dorados del gato que le observaban fijamente mientras acometía su faena. Fueran las emociones o simplemente el cansancio, el visitante cayó sobre la silla y quedó inconsciente, transportado por un pesado sueño. A la mañana siguiente, despertó de golpe, como quien su sufre a su propia irresponsabilidad personificada, arañándolo también para obligarle a tomar conciencia. Una enfermera se encontraba sentada en el borde de la cama donde hacía unas horas descansaba su amigo. Le miraba profundamente, con la viva representación del amor, más allá de toda profesionalidad:
- ¿Qué tal durmió?
El otro, solo podía seguir preguntando:
- ¿Y “mi” amigo?
- ¿”Su” amigo? ¿Se refiere al caballero que ocupaba esta cama? Lo encontré al entrar aquí a primera hora, sin respiración ya. Había acudido por un aviso de los aparatos que se encontraban velando por su cuerpo. Una llamada de peligro inmediata, fulminante. Nada pudimos hacer. El corazón.
Todo había sido dicho demasiado rápido. El visitante no pudo, primero, asimilar nada de todo aquello. Después, cuando se halló en condiciones, no quiso. Era la segunda vez que había fallado a su compañero. La enfermera, le interrumpió en sus pensamientos:
- ¿Sabe qué? “Su” amigo ya me había dicho, antes de su llegada ayer, que era La última visita que esperaba.
Esto le dejó todavía más aturdido. Tuvo que realizar, de nuevo, una pregunta:
- ¿Saben de la existencia de un gato en los alrededores del hospital?
- ¡En efecto! Caronte. Nosotros le quisimos echar pero “su amigo” nos pidió que le dejáramos vagabundear por su ventana. Era la única sala del hospital alojando a un paciente. Parece ser que este verano ha sido benigno y no hemos recibido a más clientes.
- ¿Por qué Caronte?
- No lo sé… Caronte se encargaba de transportar en barca a los que debían de abandonar este mundo hacia las tierras de la muerte. Pagaban con una moneda su transporte.
- Lo sé, lo sé… Ese gato era un mal presagio ¿no lo cree?
- El propio paciente era consciente de su estado. Sabe que fue él quien le puso ese nombre ¿no? Nosotros, solo podíamos concederle este capricho. Nada más quedaba por hacer.
- Era un hombre que había vivido mucho. Había visto enterrar a sus hijos y ahora se encontraba solo…
De nuevo, el silencio. Ahora, una nueva petición:
- Señorita: ¿Puedo contarle el sueño que he tenido?
- ¡Adelante! Hoy es mi primer día de vacaciones…
- Pues verá: Iba yo en el tren. De repente, este se detenía y una serie de energúmenos secuestraban a todos los que se encontraban en mi vagón. Yo fui el último en caer presa de ellos. Trataron de reclutarnos. Nos necesitaban para una tarea que ellos no podían desempeñar, no eran capaces. Pedían nuestros nombres. Yo di el mío y hasta la dirección de mi casa. En cuanto pude, en una distracción de estos raptores, me escapé por la ventanilla. Corrí hasta mi casa, tras un camino de varios días por el campo. Una vez que llegué, me encontré con mis padres, muertos ya hacía treinta años. Murieron casi a la vez ¿sabe? Entonces, mi padre, en el sueño, me dijo: “Ha sido inútil tu viaje. Ahora saben donde vives y llegarán hasta aquí. Todo el mundo que aprenda puede abrir cualquier tipo de cerraduras”. Entonces, mi padre se levantaba, doblaba un alambra, se acercaba hasta la puerta y conseguía hacerla ceder de sus goznes. En efecto, la noche siguiente entraron aquellos desalmados del tren y me llevaron. El resto del sueño lo pasé huyendo y siendo capturado. Lo que quiero contarle de todo esto, lo que he sacado en conclusión, es que yo no he sido capaz de ocuparme de mis asuntos y he tenido que acaparar el destino de mi amigo haciéndolo mío. Ahora he llego, tarde pero a tiempo, para pedirle perdón por haberle robado el éxito. Ya no está y sigo sintiéndome muy mal. ¡Ayúdeme!
La enfermera, permaneció todo el tiempo con la misma sonrisa, receptora de todos estos fantasmas. Finalmente, apoyó su mano sobre el hombro del visitante y le dijo:
- Acaba de decirme que no ha sido capaz de dirigir su vida o de sobrevivir en ella. Se arrepiente de ello ¡y quiere que la gente continúe indicándole el camino que debe tomar! Comprenda que en estas circunstancias solo puedo indicarle la puerta de salida. Algún día lo comprenderá… ¿Cuántos años tiene?
- Ochenta y cinco.
La enfermera entonces pareció rectificar en su opinión. Le miró con nuevos ojos. Sabía que el tiempo había ganado la partida al octogenario.
- ¿Desea ocupar el lugar que su amigo ha dejado aquí? Nadie sabrá de su estancia. Solo tengo que desconectar aquellas máquinas. No encienda la luz de la habitación. Descanse.
El gato, volvió a aparecer atravesando la puerta. El ex visitante había olvidado ya su presencia.


17 – 6 – 10

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Fotograma de "Patricio miró a una estrella" de Jose Luis Sáenz de Heredia (1934)

>> miércoles, 16 de junio de 2010

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MI INFANCIA EN MINIATURA

Tenía ganas de hablar un poquito de mí para justificarme en cuanto a persona actual. No descarto algún tipo de falsificación, pues recurrir al pasado cuando uno tan solo posee veintiún años es algo un tanto peligroso. La infancia es inestable, pero gracias a ella poseemos un principio de memoria que irá alimentándose de experiencias personales, escuchadas o leídas. Podemos hablar desde un punto de vista formal, recurriendo a las fuentes oficiales que nos proporcionan lo conocido como “cultura”. También, podemos hablar desde la experiencia (aquí, desde luego, con más cariño con la tarea). Lo bueno sería unir los dos caudales y obtener un lago siempre dispuesto a los estratos. Para la zambullida, aconsejo ir desnudo (olvidemos la etapa intermedia del traje de baño). ¿Qué hay que ocultar?
Miniatura refiere al poco espacio para hablar de tanto que se escapa. Son pequeñas dosis o botellitas las que se reúnen a lo largo de los años. Recopilación de textos de memoria real y fabulada. Hay una especie de calzador universal para los pies lectores. Otro tipo de miniatura se encuentra en el juego, del que he tratado de hacer estandarte desde que comprendí que el ser humano tendía también a la amargura.
Recuerdo mi primera casita de muñecas. ¡Que nadie se alarme, ojo! Realmente no era mía, ni siquiera prestada. Usurpada. Era de la hermana de un amigo, con el que pasaba muchas tardes en su casa los días de diario y de curso. Cuando ella faltaba en casa, entrábamos los dos en su habitación y jugábamos en su casita. Hacíamos, de este juego, una especie de veda levantada en un coto universal. Lo que no sabía (no podía deducir de ningún modo) era este significado en el acto de jugar con juguetes de hermana mayor. ¿Había algún problema? Mi amigo, desde luego, tenía una sensibilidad más femenina que la mía, pero yo también tendría posters de Marilyn Monroe en mi habitación (y no por motivos de sacralización como nuestros padres formaron, así como nuestras madres de Marlon Brando o James Dean). De ningún modo me resultaba un estandarte de icono sexual (cada época tiene los suyos. Si hubiese tenido que elegir, me habría decantado por la Loren). Playmobil era señal de garantía: poseía en mi haber (acumulando reyes magos), el Circo, El Fuerte… ¿Por qué no una casa de muñecas? Las historias se desarrollaban con la misma lógica. Tiempo después, antes de la edad más o menos adulta, llevé estos espacios de ficción a tamaños más idóneos para la verosimilitud: Creaba cabañas dentro de la casa: con algunas chinchetas (pobres paredes y pobre familia), unas sábanas y unas sillas creaba mis jaimas, unos harenes donde las odaliscas eran sustituidas por cojines. Este juego lo llevaba a cabo sobre todo con amigas, que me proponían realizar sainetes de parejas matrimoniales consagradas a la convivencia. Por ello, no escatimábamos en incluir todo tipo de objetos de decoración: ¡incluso cuadros llegábamos a instalar! Esto si que eran performances… La creatividad no está solo en la capacidad de “engendrar” ilusiones sino en poderlas llevar a cabo con las posibilidades materiales de que se disponen en el momento de concebirlas. Quizá Fotograma de “Patricio miró a una estrella” la idea de “teatro” está bastante próxima a lo que aquí trato de contar: reproducir un mundo dentro de otro mundo ya fabricado. Dentro de un escenario (la casa) se construye un decorado. Los estudios de cine, consiguen transmitir mejor esta fábula, escondiendo la sala donde se dramatizará. De ahí, por ejemplo, la sensación que produce ver a Antonio Vico en la secuencia de la película “Patricio miró a una estrella” (José Luis Sáenz de Heredia, 1934) surgiendo, como King Kong (es decir, colosal, como un gigante en Jasón y los argonautas) tras una maqueta de cartón piedra que representa una montaña con su castillo. De nuevo, la miniatura.
El teatro sin personas (aunque sí con personajes) nace, en su primitiva necesidad, con las manos. Sería una especie de teatro de sombras pero sin telón que intermedie entre la realidad y la ficción. Los personajes sin siluetas se representan con los dedos y la palma de las manos, sirviendo de inmenso cuello arte de la muñeca y el brazo. De esta forma, en soledad, uno podría representar una serie de historias, siempre improvisadas, con la lente cinematográfica de los ojos: rodando planos y contraplanos de conversaciones, escenas de acción en las que el propio cuerpo servía de zoom y travelling, etcétera.
Después, las marionetas como nuevo dispositivo para divertirse solo, aunque aparentemente rodeado de otros “seres”. Aquí debo mencionar a mi mentor, Teodoro Escarpa López, titiritero de profesión. Para cada marioneta que creaba, inventaba una historia narrada y ambientada musicalmente: “El hombre elefante boxeando contra el mosquito invisible”, “El payaso-trapecista Trombón y su número sobre las cuerdas”, “Arlequino” (quien utilizaba su cabeza como una pelota, jugando con ella descabezado), etc… Pero, sobre todos ellos, “el violinista Morrison”, al cual yo aspiraba ser, aún atado a cuerdas. Tal era mi admiración por él, que un día apareció con una marioneta en su carromato. Era una marioneta que había creado para mí. Fue uno de los días más emocionantes de mi vida. Emulándole, aparecía yo con mi pequeño teatro a pequeña escala, a escala del suyo, en las tardes de verano también en el mismo parque de El Retiro. Encontraba un banco de madera, me ponía detrás y lo cubría con un manto oscuro hasta dejarlo como una masa uniforme que hacía de telón. Sobre el suelo, echaba una tela circular a modo de escenario. Luego, del atril que utilizaba para mi estudio con el violín, colgaba las marionetas. La música iba en una grabadora. Al rato, cantidad de niños (incluso mayores que yo) se arremolinaban en torno de aquel pequeño espectáculo. Al vivir cerca de allí (en el barrio de Ibiza) podía permitirme transportar “todo este universo”, siempre con la inestimable ayuda de mi madre, que me apoyaba en cada uno de mis proyectos.
Cuando falta el teatro, el circo o la sala de conferencias, se creaban siempre con la decisión más rápida. Ante un nutrido grupo de gente (y sin pedir permiso a la familia con la que se iba a estos sitios) el niño- es decir, yo- se subía a lo más parecido a una plataforma y hablaba en voz en grito, con la seguridad del orador y la espontaneidad del niño que quiere ser mayor. Recuerdo, una vez en Santander, en Piquío, cómo logré encaramarme a una especie de rueda de fortuna de piedra, tumbada, mostrando los símbolos del horóscopo en relieve, y, desde allí, rodeado por una barra de metal que hacía de límites al podium, comenzar a soltar el discurso inventado. La gente acabó rodeando aquel círculo casi neolítico, no esperando entender nada, curiosos por lo que podría tener que decir para haberme subido hasta ahí y reclamar de la atención de unos desconocidos.
Otro día, en El Retiro, escuchando a la banda de música en el Kiosco, acabé subiéndome a los primeros peldaños de la escalera y me puse a dirigir paralelamente mi propia obra. La radio me entrevistó al finalizar el evento - ¿qué hacía allí la radio?- y el propio director musical bajaba y me saludaba en los descansos de posteriores domingos, como felicitándome por mi precoz melomanía. Me reconocía como el “director desconocido” con un humor encomiable.
Un teatro es, digámoslo así, lo más parecido al solar de una casa derruida. La necesidad de construir un espacio vacío.
En uno de los barracones diseñados para juegos infantiles del propio Retiro, yo vislumbré un fuerte de indios y vaqueros un día. En lugar de toboganes, espalderas, escaleras y pasarelas, yo veía un edificio de la América de la Guerra de Secesión. Las películas del oeste que en las tardes de verano emitían las televisiones hicieron mella en mí. Tenía pensado rodar un western en una de ellas- la que se encontraba en uno de los laterales de la antigua Casa de Fieras- algún día, ese que nunca llegó. Con un amigo mío llegué una tarde vestido de vaquero y él de indio. Yo me subí arriba y él se quedó abajo, comenzando a actuar. Él decía, por ejemplo: “Sargento Johnson, usted prometió a mí y a mi familia que no invadiría nuestras tierras. Hicimos un trato.” Entonces yo le decía: “Los tiempos han cambiado Caballo Loco.” Los chavales nos miraban como sintiéndose dentro de la historia. Giraban sus cabezas a un lado y al otro, siguiéndonos en nuestras palabras. “Voy a entrar en el fuerte, Johnson”. “Adelante, pero atente a las consecuencias…” En realidad mi amigo Luis iba descrito en su papel con una pluma clavada en su cabellera y una arco y una flecha de plástico. Yo lucía un revólver de plata pintada y un bigote que se me caía por los lados. Esto era todo el atuendo pero, lo que son las cosas, siempre me imaginaré vestido de uniforme azul, sombrero y con mi caballo abajo, en los establos. A Luis, con la cara pintada (esta igual la tenía así ya) y desnudo de torso, solo con un pantalón de flecos marrón.
La idea de recreación estaba bastante ligada en mi, pero más que esto lo era la creación de universos paralelos, como la necesidad intrínseca de no pertenecer al “único y verdadero diario”. Así, por ejemplo, como una especie de recuerdo de pabellón romántico, utilizaba la parte de debajo de la cama como museo: respetaba la idea de transepto, pero las paredes de los lados las saturaba de peluches y muñecos. Comenzaba desde la parte trasera, por la que entraba, y finalizaba casi en la cabecera, saliendo lateralmente. La idea del pabellón romántico no era otro que un espectáculo de autómatas que vino un par de años a Madrid, situándose en la plaza de Felipe Segundo. Era un lugar como caseta de la que se quiere entrar pero no salir. Una especie de placer por estar dentro, en la oscuridad, observando la representación de asuntos de imaginario colectivo: En la entrada una especie de Carmen Miranda rodeada de músicos del color de piel más cercano al betún que al ébano. Después, en el interior, recuerdo un patio andaluz con el guitarrista y la bailaora, el interior de un baño familiar donde la madre sacudía a un ratón que entraba y salía por su madriguera, mientras un niño enseñaba su trasero desde la bañera… Llevaba el negocio un especialista en entretenimiento. Yo le llamaba “Luna”, y le había visto montando en zancos precediendo un cortejo festivo en Santander, representando una obra de títeres de un ratón que quería ser torero en El Retiro… En fin, todo un profesional en peligro de extinción.
Otro de los espectáculos que recuerdo de mi infancia era una barraca del Parque de Atracciones en la que se entraba montado en un barril como vehículo, que te iba transportando por una galería con escenas de piratería forjadas por el Stevenson mas purista: Un taberna en la que no faltaba el viejo lobo de mar bajando las escaleras de entrada con su pata de palo, la cueva del tesoro donde se entonaban canciones bucaneras…
Pero, sin duda, este gusto por la escenografía llegó de mano de los belenes. Una especie de necesidad de imitar- sin conocimiento de tradición- una fotografía que reproducía un belén realizado en la casa familiar cuando mi padre era pequeño. Casi nada se podía concretar en ella, al resultar una instantánea realizada por una cámara de la época. De bordes recortados, la imagen no superaría los siete centímetros de ancho por los diez de largo. Se adivinaba el portal, el molino, el castillo… Apenas algunas figuras, como las de los reyes magos o las de un corro tradicional catalán bailando una sardana frente al misterio. Resaltaba el brillo del río de cristal. Yo, entonces, supe que quería reproducir aquello. ¿Por qué conformarme con las simples figuras de San José, la Virgen, el niño y el buey y la mula? ¡Quería todo Nazaret! La imaginación, por tanto, al servicio de un deseo. Recuerdo haber empleado unas gruesas bolas de poliexpan (que obtuve del interior de una caja que contenía un reloj para el comedor que acababa de llegar, recién comprado). Después, cojines verdes y marrones para las montañas. La figura de un chino de porcelana pescando en un lago sobre un banco-souvenir del Parque Güell… Tenía una granja que forré con toallas verdes y recubrí en su interior con papel de plata para el portal de Belén…
En fin, un todo de la nada. Admiro mucho los objetos versátiles, aquellos que no tienen cortapisas para la imaginación.
Salgo ahora del lago, hecho verdaderamente de paños de cocina. Llego hasta el suelo de la terraza para descansar como sobre la arena de la playa. Ahora, se va el sol, que no es otra cosa que el toldo que mi madre baja ahora para que no se caliente la casa por la tarde. Y ahora duermo. Duermo para buscar ideas sobre las cosas que se me ocurrirán después.
18 – 5 – 10

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RECONSTRUCCIÓN E IMITACIÓN: UNA AUTOBIOGRAFÍA DEL INDIVIDUO

>> lunes, 14 de junio de 2010

Leyendo estos días “Hacer una película” de Federico Fellini, he descubierto con cierto asombro y, a trompicones (los que efectúo cuando me pongo a escribir antes de terminar de leer, con esa pasión que debe ser perpetuada en papel para después corregirse ante nuevas lecturas y relecturas- el tiempo como mejor escultor, así lo decía Marguerite Yourcenar), una descripción de la historia influida absolutamente por su propia biografía. Más que la expresión de “los árboles no le dejaban ver el bosque” sería “los barcos no le dejan ver la mar” (el mar para Fellini simbolizaba lo oculto, lo misterioso, lo paranormal, una vez entrado en él). Es un constante recordar inusual, debido al carácter sensible de quien recuerda. Es casi una novela costumbrista, por supuesto llena siempre de esa infancia feliz del curioso. El niño del tambor de hojalata se encuentra, por tanto, muy lejos. Este niño no crea ficción, sino que es ficción, a diferencia. Fuera de esta representación simbólica de lo que pudo significar el nazismo en la población alemana, el niño Fellini- que perfectamente puede verse tocando el tambor a todas horas) recuerda con excesivo detalle cada uno de los acontecimientos que le sorprendieron en su vida fabulosa, entretenida siempre. Quizás sea porque, como Azcona (al cual algo se le pegaría- digo yo- de ese espíritu italiano, cuando los guiones para Ferreri) al mismo tiempo que sardónico, Fellini poseía una cierta mirada sin rencor hacia el pasado, hacia Su pasado (el que vivió contra su voluntad). La guerra se ve reducida a un absoluto cambio de visión hacia su Rimini natal: totalmente destruida, el joven italiano la describe, tras su reconstrucción, como una especie de “villa americana”. Es la primera vez que leo algo sobre una posguerra tan cargado de sensaciones positivas. Aunque no quisiera transmitir optimismo, consigue deslumbrar con sus imágenes evocadoras, importadas del deslumbrante universo hollywoodiano. Un resultado, por tanto, “mejorado”, un reclamo en forma de paquete de regalo para turistas. Llegó el progreso y acabó con el tiempo anterior, auque no necesariamente lo enriqueció. Ganó, simplemente, con las exigencias de los nuevos tiempos, con las ilusiones forjadas por los hombres que se sienten renacer. Fellini, que ya dejó de andar con los amigos con los que representaba a Homero en sus personajes literarios- cada cual con su rol- trataba de ubicarse en ese nuevo lugar al que había regresado tras una larga estancia fuera, en Roma, apartado de la guerra. El propio hombre, quien construye Metrópolis ante su deseo insaciable de mejorar- y que también desea aprovechar su patente de mejora de manera económica con la especulación- desea a su vez retirarse a descansar (debe ser ante los efectos deslumbradores de sus avances) a lugares que todavía no ha decidido mejorar. Estos lugares, siempre en peligro de extinción -aunque nunca del todo extinguidos- han resultado los primeros balnearios incluso antes de la existencia del hombre (quien tanto cantó después sus alabanzas en una nostalgia constante por el retorno imposible) y, con la llegada de la morada o refugio del ser humano, un modelo a imitar o a respetar. Todavía hoy se habla de la reminiscencia y la simbología en las construcciones de nuevo corte, pero parecen encontrarse, a cada vez, un paso más apartadas en sus avances de confort y de estética (cada vez más racional y minimalista- quizá ante la necesidad de una economía accesible para el comprador- todo sea dicho). Aquellas ciudades que quedaron devastadas y tuvieron que ser reconstruidas tras las contiendas, parecen exentas de cargos ante ese “siempre ir hacia mejor” del hombre. Los pocos recursos, la necesidad de salir de nuevo a flote, dieron lugar a lugares un tanto apocalípticos (no hablemos ya de aquellos en los que no hay tregua, donde nunca cesa la guerra). Las teorías evolutivas en este aspecto, nublan la vista de aquellos sobre los que cae el peso de continuar la historia. Menos mal que aún conservamos vestigios, esa memoria del pasado que nos habla de lo que antes hubo, de lo que explica lo que hay hoy. Esta herida, todavía sin cicatrizar, afecta a los ingenuos que se explican sin el peso de las teorías (las cuales parecen verdaderas autoridades paternas), o a los que las han conocido y han renegado de las mismas- o, seamos más justos, no les han convencido-. Aquí hay necesidad de imitación, pero imitación pasada. De las teorías, el deber, la responsabilidad y la necesidad de reconstrucción. Los que siempre imitan olvidan el escalón hacia arriba. El concepto de reconstrucción e imitación actuales conllevan la necesidad de “nueva creación”, aunque resulte paradigmático. La literatura psicológica, trata de hermanar aquello que considera de ficción o entretenimiento con lo real y verdadero: un tono autobiográfico recorre estas páginas pretendidamente filosóficas a su vez. Con esta táctica, hasta el propio protagonista de “Los monederos falsos” de André Guide, acaba llegando a la conclusión de que puede resultar pesado, tedioso para el lector. No obstante, la biografía resucita a quien la escribió tiempo atrás: le vuelve más vivo en la actualidad que la propia obra a la que debe su nombre. El lector parece sentirse partícipe de esta aparente sinceridad que le es desvelada enfrentándose cara a cara (mejor dicho, cara a texto) con el autor. También existe la posibilidad conveniente de encontrar esta “verdad” en la obra de ficción, tras la que el autor se escuda, sintiéndose más seguro. Hay que saber leer entre líneas para no sentirse falsamente engañado. Si los niños de la película “Amarcord” tratan de ser el grupo de Fellini y sus amigos cuando su infancia vistos desde la posibilidad de creación artística fílmica, a su vez estos personajes están siendo influidos por ese guión nuevo que reúne tantos recuerdos para concebir algo acorde a las exigencias contemporáneas de la industria. Por tanto, el hombre recrea en esa necesidad de auto confirmarse, de demostrar que aquello que vivió es válido y merece ser recordado o rememorado, detenido y conservado. Si, por ejemplo, aparece un creador nuevo que desea versionar aquello que quedó plasmado tiempo atrás como necesario, encontramos una segunda versión de los hechos que puede o no resultar necesaria. Es, ante nada, positiva, pues esto indica que lo anterior resulta de interés para aquel nuevo que llega. Aquí, nos damos de bruces con el “respeto” al pasado. Por ejemplo, Luciano Berio, compositor contemporáneo también italiano, decide “renovar” a Bocherini en su “Música Nocturna de Madrid” o a Puccini en su “Turandot”. En este caso, podemos considerar que lo anterior es suficientemente bueno para no ser reconvertido. Transformar conservando lo original siempre es bienvenido. En cambio, sustituir, nos resulta innecesario, y más si no es para mejorar. El ser irrespetuoso conlleva la mala educación e incluso la envidia, el ir por delante, arrasar sin contemplaciones. Todo necesita de un consenso. ¿Habría sido posible el derrumbamiento íntegro de París para llevar a cabo la reforma arquitectónica ideada por Le Corbusier? A veces es mejor meterse en los propios asuntos y crear de la nada, que tocar en lo ya hecho. Si aquello pasado contiene un sentido negativo, un recuerdo que merece ser olvidado y así se cree en una mayoría, entonces debe llevarse a cabo esa reforma. Hacer desparecer Rimini era una locura propia de los planes ambiciosos de la política desaforada. Si las cosas deben desaparecer, será por ellas mismas, no por otros que decidan su modificación inmediata. Espero que, al menos, la imitación y la reconstrucción sean más inteligentes y no sigan por los derroteros que tan bien les ha enseñado la historia, y que han seguido repitiendo hasta ahora.
14 – 6 – 10

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ADIVINANZA

>> domingo, 13 de junio de 2010

Si tú subes, yo te abrazo
con mi espalda blanca
Si nadie te corta
continuaremos así indefinidamente
Esas espinas que clavas
no producen nunca sangre
El que es muro, de este color
por él nada circula
Suelo vertical, así yo soy
por no estar tumbado
Siempre mirando hacia delante
Nunca escuchando hacia atrás
Sin ojos para verte
y con piedra para sentirte
Nunca sufrí por abrazarte

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Boceto neoyorkino



Primera versión de los hechos (acuarela)





Proceso aproximativo al acrílico



Obra acabada




El cuadro en la exposición

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HACIA DELANTE (PURRUSALDA)

>> martes, 8 de junio de 2010

Me he dado siempre cuenta enseguida cuando cogía erróneamente un camino. Con mis amigos, siempre he hecho leña del árbol caído. Todos son académicos fracasados: “Pues yo tenía claro desde el principio que no quería ser académico. Aquí me tenéis tan feliz, porque supe lo que me convenía y rectificar a tiempo. Ahora ¿qué son vuestras vidas?”. Ellos me miraban como se mira a un insensato, a punto siempre de abandonarme en amistad. Prefieren, esto es de comprender, a una persona que no les recuerde constantemente su error vital. “Esto os afecta, no solo al sueldo, si no en lo personal: estáis siempre de morros con la familia, se os indigestan las comidas, apenas dormís… Una pena, vaya”
Bocazas de mí, acabo de aprender la lección: Quien tiene boca se equivoca. Nunca más diré que esta boca es mía. Por la boca muere el pez y en boca cerrada no entran moscas. El metro que cogí no me sacó en una bocacalle. Era una explanada desértica. La “boca” de metro y un cartel bien plantado eran el único testimonio de que por allí había pasado el ser humano. ¡Me había quedado dormido y había amanecido con la boca llena de babas! Un caballero, que no dejaba de dar golpecitos a su reloj de pulsera, me despertó indicándome la salida de mala gana. Lo peor de todo fue que nada más salir me cerraron la entrada. ¡Parecían haber esperado hasta mi última pisada fuera! El cartel, en letras grandes, anunciaba: “¡Próxima construcción de Grandes Almacenes “El Descampado Acompañado!” triste noticia. Miré el nombre de la salida de metro: “Futuro Descapado Acompañado” Todo muy enrevesado, vaya. Entornando los ojillos, uno descubre maravillas: detrás del cartel, más en pequeño, aparecía una edificación bastante deprimente. Era, sin duda, un sanatorio mental. Los lugares médicos suelen parecerse más cada vez a penales (al igual, los colegios). Mientras tanto, los penales ahora parecen estadios de fútbol. No teniendo otra cosa que hacer hasta el día siguiente (es decir, ya reestablecido el funcionamiento de trenes), me acerqué a aquel lugar con tan mala espina. Entré porque la puerta estaba abierta -esto lo suelo hacer siempre- y, sin comerlo ni beberlo, me llegué hasta la recepción. Me atendió una chica regordeta y bajita.
- Le atiende Purrusalda. Dígame.
- ¿Purrusalda? ¿Eso es ruso?
- Es una invención de última hora de quien este diálogo escribe. ¿Qué quería?
- Sentarme a esperar al día siguiente. ¿Puedo?
- ¡Claro, tome asiento a la derecha, en la salita de espera!
- Gracias, muy amable. ¿La puedo llamar “Purru”?
- Prefiero “Salda”
- Está bien, hasta luego “Salda”.
Cuando me senté, ya estaba dormido. Solo pude percatarme, momentos antes, de que no había nadie más en los otros sillones.
Al día siguiente, algo me oprimía el pecho. Era una camisa de fuerza blanca. Enfrente de mi, alguien venía clavándome su mirada en mi cogote desde hacía ya tiempo, por lo visto. Era “Purrusalda”, que me miraba con mi vestido puesto. ¿Cómo había sido capaz de tal canallada? En ese momento, comprendí el sentido de su nombre: ¡tenía la cara amarilla y llena de grumos, como el puré de legumbres! Ahora ella me demostraba que no estaba loca, sino que quería marcharse de allí y que no sabía como.
“No hay nadie más aquí. Yo era la última, la recepcionista. Ahora seré la penúltima. Que tenga usted buenos días”.

8 – 6 – 10

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SECRETO

>> domingo, 6 de junio de 2010

Es esta cicatriz quemada
Esa línea demarcada
En la que la carne se hunde hacia dentro

Guía seguro su fuego
el azar de un dedo
que quiso penetrar en ti un día

Aquellos besos que un día cortaron
ya no pueden perforar en su sonido
Estos ojos que quisieron atravesarte
ya no pueden conocer más allá de mi piel
porque ahora son tus dientes los que me miran

Temo que por fin me abran
partiéndome así en dos
y descubran toda la vitalidad que escondía
ahora, en manos extrañas

Era sano porque no me conocían
Nadie jamás penetró allí dentro
Y ahora, me siento enfermo
porque, una vez abierto
ninguna aguja me podrá cerrar


5 – 6 – 10

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