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HACIA DELANTE (PURRUSALDA)

>> martes, 8 de junio de 2010

Me he dado siempre cuenta enseguida cuando cogía erróneamente un camino. Con mis amigos, siempre he hecho leña del árbol caído. Todos son académicos fracasados: “Pues yo tenía claro desde el principio que no quería ser académico. Aquí me tenéis tan feliz, porque supe lo que me convenía y rectificar a tiempo. Ahora ¿qué son vuestras vidas?”. Ellos me miraban como se mira a un insensato, a punto siempre de abandonarme en amistad. Prefieren, esto es de comprender, a una persona que no les recuerde constantemente su error vital. “Esto os afecta, no solo al sueldo, si no en lo personal: estáis siempre de morros con la familia, se os indigestan las comidas, apenas dormís… Una pena, vaya”
Bocazas de mí, acabo de aprender la lección: Quien tiene boca se equivoca. Nunca más diré que esta boca es mía. Por la boca muere el pez y en boca cerrada no entran moscas. El metro que cogí no me sacó en una bocacalle. Era una explanada desértica. La “boca” de metro y un cartel bien plantado eran el único testimonio de que por allí había pasado el ser humano. ¡Me había quedado dormido y había amanecido con la boca llena de babas! Un caballero, que no dejaba de dar golpecitos a su reloj de pulsera, me despertó indicándome la salida de mala gana. Lo peor de todo fue que nada más salir me cerraron la entrada. ¡Parecían haber esperado hasta mi última pisada fuera! El cartel, en letras grandes, anunciaba: “¡Próxima construcción de Grandes Almacenes “El Descampado Acompañado!” triste noticia. Miré el nombre de la salida de metro: “Futuro Descapado Acompañado” Todo muy enrevesado, vaya. Entornando los ojillos, uno descubre maravillas: detrás del cartel, más en pequeño, aparecía una edificación bastante deprimente. Era, sin duda, un sanatorio mental. Los lugares médicos suelen parecerse más cada vez a penales (al igual, los colegios). Mientras tanto, los penales ahora parecen estadios de fútbol. No teniendo otra cosa que hacer hasta el día siguiente (es decir, ya reestablecido el funcionamiento de trenes), me acerqué a aquel lugar con tan mala espina. Entré porque la puerta estaba abierta -esto lo suelo hacer siempre- y, sin comerlo ni beberlo, me llegué hasta la recepción. Me atendió una chica regordeta y bajita.
- Le atiende Purrusalda. Dígame.
- ¿Purrusalda? ¿Eso es ruso?
- Es una invención de última hora de quien este diálogo escribe. ¿Qué quería?
- Sentarme a esperar al día siguiente. ¿Puedo?
- ¡Claro, tome asiento a la derecha, en la salita de espera!
- Gracias, muy amable. ¿La puedo llamar “Purru”?
- Prefiero “Salda”
- Está bien, hasta luego “Salda”.
Cuando me senté, ya estaba dormido. Solo pude percatarme, momentos antes, de que no había nadie más en los otros sillones.
Al día siguiente, algo me oprimía el pecho. Era una camisa de fuerza blanca. Enfrente de mi, alguien venía clavándome su mirada en mi cogote desde hacía ya tiempo, por lo visto. Era “Purrusalda”, que me miraba con mi vestido puesto. ¿Cómo había sido capaz de tal canallada? En ese momento, comprendí el sentido de su nombre: ¡tenía la cara amarilla y llena de grumos, como el puré de legumbres! Ahora ella me demostraba que no estaba loca, sino que quería marcharse de allí y que no sabía como.
“No hay nadie más aquí. Yo era la última, la recepcionista. Ahora seré la penúltima. Que tenga usted buenos días”.

8 – 6 – 10

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