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LA ESCAPADA

>> martes, 29 de junio de 2010

El día en que me fugué con Greta, pasaban ya dos semanas desde que se había anunciado también otra fuga no menos preocupante: la del gran Mazepa. La voz de alarma había sido dada desde la penitenciaría en la que el número uno de los asesinos en serie pasaba sus horas de reclusión hacía ya dos años. Decían que se ahogaba, que no podía soportar aquel lugar, que acabaría con él antes de que él acabara con su vida. Había cumplido la amenaza. Necesitaba cometer más crímenes y no dudó en escapar antes de que las manos se le agarrotasen por completo.
La ciudad era un estruendo de sirenas, de coches espía que despertaban con sus alaridos al vecino más somnoliento.
Inconscientes los dos, corríamos entre aquella especie de ciudad sitiada por los sheriffs de todos sus distritos. En esta especie de ballet, siniestro, dimos con nuestras piernas, resentidas ya de tanto huir, con el paseo donde tenía lugar la feria del libro más antigua que había conocido Simple City. De noche, este era uno de los lugares más resguardados. “Huimos de quienes no quieren vernos juntos”. Llegamos al gran pasillo trasero, por donde entraban los libreros a sus casetas. Parecían jardines de pequeños chalecitos. Aunque sabíamos que allí no había columpios, podía escucharse el chirriar de las cadenas al impulso de los niños en su balanceo. Sus gritos eran ahogados seguramente por este sonido metálico tan estremecedor. Pensaban quedarse al auspicio de este medio callejón, guarecidos por el muro trasero del parque que había al otro lado, pero al observar que una de las puertas de madera se encontraba medio abierta no lo dudaron más y saltaron la valla reglamentaria. “Hay todavía más oscuridad allí adentro”. Greta había sugerido encontrar un lecho entre las plantas del botánico, pero no opuso resistencia a mi propuesta de la otra cama entre libros. “Podríamos pasar la noche ahí, al fin y al cabo esta feria permanece cerrada el fin de semana”. Hoy era sábado.
La puerta se abrió con el sonido de columpio, tan sugerente para mí. Una vez cerrada, esta vez del todo, encontré un pestillo que corrí para asegurarnos de todo el plan. Greta no tardó en encontrar mis labios, secos, que humedeció con su lengua. Yo la abracé y la subí en una montaña de enciclopedias de lomo de cuero. “Estas son las enciclopedias tan respetadas, las que se ocultan tras vitrinas. Qué placer poderlas dar otro uso, alejados de monóculos expertos”. Entre botón y botón de su camisa, hundí mi mano segura para buscar su palpitar. Entonces, ella se detuvo hasta en su corazón. “Algo no se mueve ahí” fue lo que me dijo. Era una información inquietante. Tenía que ser, por tanto, “algo” vivo. “¿Cómo puedes ver nada con esta oscuridad?” le dije susurrando cada una de las palabras en su oído, que momentos antes besaba externamente como oreja. No volvió a contestarme, su pupila brillaba incluso en esta cegada estancia. Me giré poco a poco, notando que mis suelas se encontraban pegajosas y hacían ruido al despegar del suelo. “Sangre”. Tras de mi, en efecto, había un cuerpo tirado en el suelo. La sangre desmentía que pudiera tratarse del dueño de la caseta, que dormía. Era, en efecto el propietario, pero estaba muerto. Nos sobrecogimos al adivinar aquello juntos, al unísono de nuestras voces. Pero, si hay algo más inquietante que un hombre muerto con el que compartir un espacio mínimo, es el de un hombre muerto acompañado de otro vivo. La sangre brillaba más que los ojos de Greta. Unas manos torpes permanecían extendidas en el aire, mostrando sus venas estallando en la piel de aquel huesudo personaje. Recordaba a Mazepa más entrado en carnes la última vez que le ví por televisión. Cuando se cercioró de que le habíamos descubierto, dejó de hacerse el desaparecido, el invisible. “Como salgáis de aquí, os mato” dijo con el tono tan cortante como el cuchillo del que no precisa un estrangulador. “Vine a cobrarme un favor, que lo sepáis. Este hombre me delató…” ¿Qué necesidad tenía de exculparse un asesino? Esto es algo que nunca he comprendido. ¡Todos vemos lo que estas haciendo, no importa qué te llevó a hacerlo! Ahora ese hombre está muerto. “No os mováis, os lo repito.” Entonces, una montaña de libros nos sepultó. Greta había echado por los suelos aquel silencio incómodo al caerse con todos los volúmenes de una sabiduría extinta. Había tenido Greta la mala suerte de caer además hacia delante, llevándome con ella en su inercia. Greta no contestaba, parecía inconciente. Los pasos apresurados de Mazepa insuflaron de esperanza mi destino: había aprovechado para escapar. Derribó la puerta de un puntapié y saltó la valla en menos de cinco segundos. Lo primero que hice tras sentirme salvado fue rescatar a Greta, que, contra su voluntad, nos había librado de “las garras” de un final fatal. La arrastré fuera y la llevé hasta una fuente que había a unos pocos pasos, donde la refresqué la cara. Despertó al poco y de su boca salió: “¡Asesino! ¡Ese hombre a quien había matado era mi padre!”

29 – 6 – 10

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