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RECONSTRUCCIÓN E IMITACIÓN: UNA AUTOBIOGRAFÍA DEL INDIVIDUO

>> lunes, 14 de junio de 2010

Leyendo estos días “Hacer una película” de Federico Fellini, he descubierto con cierto asombro y, a trompicones (los que efectúo cuando me pongo a escribir antes de terminar de leer, con esa pasión que debe ser perpetuada en papel para después corregirse ante nuevas lecturas y relecturas- el tiempo como mejor escultor, así lo decía Marguerite Yourcenar), una descripción de la historia influida absolutamente por su propia biografía. Más que la expresión de “los árboles no le dejaban ver el bosque” sería “los barcos no le dejan ver la mar” (el mar para Fellini simbolizaba lo oculto, lo misterioso, lo paranormal, una vez entrado en él). Es un constante recordar inusual, debido al carácter sensible de quien recuerda. Es casi una novela costumbrista, por supuesto llena siempre de esa infancia feliz del curioso. El niño del tambor de hojalata se encuentra, por tanto, muy lejos. Este niño no crea ficción, sino que es ficción, a diferencia. Fuera de esta representación simbólica de lo que pudo significar el nazismo en la población alemana, el niño Fellini- que perfectamente puede verse tocando el tambor a todas horas) recuerda con excesivo detalle cada uno de los acontecimientos que le sorprendieron en su vida fabulosa, entretenida siempre. Quizás sea porque, como Azcona (al cual algo se le pegaría- digo yo- de ese espíritu italiano, cuando los guiones para Ferreri) al mismo tiempo que sardónico, Fellini poseía una cierta mirada sin rencor hacia el pasado, hacia Su pasado (el que vivió contra su voluntad). La guerra se ve reducida a un absoluto cambio de visión hacia su Rimini natal: totalmente destruida, el joven italiano la describe, tras su reconstrucción, como una especie de “villa americana”. Es la primera vez que leo algo sobre una posguerra tan cargado de sensaciones positivas. Aunque no quisiera transmitir optimismo, consigue deslumbrar con sus imágenes evocadoras, importadas del deslumbrante universo hollywoodiano. Un resultado, por tanto, “mejorado”, un reclamo en forma de paquete de regalo para turistas. Llegó el progreso y acabó con el tiempo anterior, auque no necesariamente lo enriqueció. Ganó, simplemente, con las exigencias de los nuevos tiempos, con las ilusiones forjadas por los hombres que se sienten renacer. Fellini, que ya dejó de andar con los amigos con los que representaba a Homero en sus personajes literarios- cada cual con su rol- trataba de ubicarse en ese nuevo lugar al que había regresado tras una larga estancia fuera, en Roma, apartado de la guerra. El propio hombre, quien construye Metrópolis ante su deseo insaciable de mejorar- y que también desea aprovechar su patente de mejora de manera económica con la especulación- desea a su vez retirarse a descansar (debe ser ante los efectos deslumbradores de sus avances) a lugares que todavía no ha decidido mejorar. Estos lugares, siempre en peligro de extinción -aunque nunca del todo extinguidos- han resultado los primeros balnearios incluso antes de la existencia del hombre (quien tanto cantó después sus alabanzas en una nostalgia constante por el retorno imposible) y, con la llegada de la morada o refugio del ser humano, un modelo a imitar o a respetar. Todavía hoy se habla de la reminiscencia y la simbología en las construcciones de nuevo corte, pero parecen encontrarse, a cada vez, un paso más apartadas en sus avances de confort y de estética (cada vez más racional y minimalista- quizá ante la necesidad de una economía accesible para el comprador- todo sea dicho). Aquellas ciudades que quedaron devastadas y tuvieron que ser reconstruidas tras las contiendas, parecen exentas de cargos ante ese “siempre ir hacia mejor” del hombre. Los pocos recursos, la necesidad de salir de nuevo a flote, dieron lugar a lugares un tanto apocalípticos (no hablemos ya de aquellos en los que no hay tregua, donde nunca cesa la guerra). Las teorías evolutivas en este aspecto, nublan la vista de aquellos sobre los que cae el peso de continuar la historia. Menos mal que aún conservamos vestigios, esa memoria del pasado que nos habla de lo que antes hubo, de lo que explica lo que hay hoy. Esta herida, todavía sin cicatrizar, afecta a los ingenuos que se explican sin el peso de las teorías (las cuales parecen verdaderas autoridades paternas), o a los que las han conocido y han renegado de las mismas- o, seamos más justos, no les han convencido-. Aquí hay necesidad de imitación, pero imitación pasada. De las teorías, el deber, la responsabilidad y la necesidad de reconstrucción. Los que siempre imitan olvidan el escalón hacia arriba. El concepto de reconstrucción e imitación actuales conllevan la necesidad de “nueva creación”, aunque resulte paradigmático. La literatura psicológica, trata de hermanar aquello que considera de ficción o entretenimiento con lo real y verdadero: un tono autobiográfico recorre estas páginas pretendidamente filosóficas a su vez. Con esta táctica, hasta el propio protagonista de “Los monederos falsos” de André Guide, acaba llegando a la conclusión de que puede resultar pesado, tedioso para el lector. No obstante, la biografía resucita a quien la escribió tiempo atrás: le vuelve más vivo en la actualidad que la propia obra a la que debe su nombre. El lector parece sentirse partícipe de esta aparente sinceridad que le es desvelada enfrentándose cara a cara (mejor dicho, cara a texto) con el autor. También existe la posibilidad conveniente de encontrar esta “verdad” en la obra de ficción, tras la que el autor se escuda, sintiéndose más seguro. Hay que saber leer entre líneas para no sentirse falsamente engañado. Si los niños de la película “Amarcord” tratan de ser el grupo de Fellini y sus amigos cuando su infancia vistos desde la posibilidad de creación artística fílmica, a su vez estos personajes están siendo influidos por ese guión nuevo que reúne tantos recuerdos para concebir algo acorde a las exigencias contemporáneas de la industria. Por tanto, el hombre recrea en esa necesidad de auto confirmarse, de demostrar que aquello que vivió es válido y merece ser recordado o rememorado, detenido y conservado. Si, por ejemplo, aparece un creador nuevo que desea versionar aquello que quedó plasmado tiempo atrás como necesario, encontramos una segunda versión de los hechos que puede o no resultar necesaria. Es, ante nada, positiva, pues esto indica que lo anterior resulta de interés para aquel nuevo que llega. Aquí, nos damos de bruces con el “respeto” al pasado. Por ejemplo, Luciano Berio, compositor contemporáneo también italiano, decide “renovar” a Bocherini en su “Música Nocturna de Madrid” o a Puccini en su “Turandot”. En este caso, podemos considerar que lo anterior es suficientemente bueno para no ser reconvertido. Transformar conservando lo original siempre es bienvenido. En cambio, sustituir, nos resulta innecesario, y más si no es para mejorar. El ser irrespetuoso conlleva la mala educación e incluso la envidia, el ir por delante, arrasar sin contemplaciones. Todo necesita de un consenso. ¿Habría sido posible el derrumbamiento íntegro de París para llevar a cabo la reforma arquitectónica ideada por Le Corbusier? A veces es mejor meterse en los propios asuntos y crear de la nada, que tocar en lo ya hecho. Si aquello pasado contiene un sentido negativo, un recuerdo que merece ser olvidado y así se cree en una mayoría, entonces debe llevarse a cabo esa reforma. Hacer desparecer Rimini era una locura propia de los planes ambiciosos de la política desaforada. Si las cosas deben desaparecer, será por ellas mismas, no por otros que decidan su modificación inmediata. Espero que, al menos, la imitación y la reconstrucción sean más inteligentes y no sigan por los derroteros que tan bien les ha enseñado la historia, y que han seguido repitiendo hasta ahora.
14 – 6 – 10

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