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MI INFANCIA EN MINIATURA

>> miércoles, 16 de junio de 2010

Tenía ganas de hablar un poquito de mí para justificarme en cuanto a persona actual. No descarto algún tipo de falsificación, pues recurrir al pasado cuando uno tan solo posee veintiún años es algo un tanto peligroso. La infancia es inestable, pero gracias a ella poseemos un principio de memoria que irá alimentándose de experiencias personales, escuchadas o leídas. Podemos hablar desde un punto de vista formal, recurriendo a las fuentes oficiales que nos proporcionan lo conocido como “cultura”. También, podemos hablar desde la experiencia (aquí, desde luego, con más cariño con la tarea). Lo bueno sería unir los dos caudales y obtener un lago siempre dispuesto a los estratos. Para la zambullida, aconsejo ir desnudo (olvidemos la etapa intermedia del traje de baño). ¿Qué hay que ocultar?
Miniatura refiere al poco espacio para hablar de tanto que se escapa. Son pequeñas dosis o botellitas las que se reúnen a lo largo de los años. Recopilación de textos de memoria real y fabulada. Hay una especie de calzador universal para los pies lectores. Otro tipo de miniatura se encuentra en el juego, del que he tratado de hacer estandarte desde que comprendí que el ser humano tendía también a la amargura.
Recuerdo mi primera casita de muñecas. ¡Que nadie se alarme, ojo! Realmente no era mía, ni siquiera prestada. Usurpada. Era de la hermana de un amigo, con el que pasaba muchas tardes en su casa los días de diario y de curso. Cuando ella faltaba en casa, entrábamos los dos en su habitación y jugábamos en su casita. Hacíamos, de este juego, una especie de veda levantada en un coto universal. Lo que no sabía (no podía deducir de ningún modo) era este significado en el acto de jugar con juguetes de hermana mayor. ¿Había algún problema? Mi amigo, desde luego, tenía una sensibilidad más femenina que la mía, pero yo también tendría posters de Marilyn Monroe en mi habitación (y no por motivos de sacralización como nuestros padres formaron, así como nuestras madres de Marlon Brando o James Dean). De ningún modo me resultaba un estandarte de icono sexual (cada época tiene los suyos. Si hubiese tenido que elegir, me habría decantado por la Loren). Playmobil era señal de garantía: poseía en mi haber (acumulando reyes magos), el Circo, El Fuerte… ¿Por qué no una casa de muñecas? Las historias se desarrollaban con la misma lógica. Tiempo después, antes de la edad más o menos adulta, llevé estos espacios de ficción a tamaños más idóneos para la verosimilitud: Creaba cabañas dentro de la casa: con algunas chinchetas (pobres paredes y pobre familia), unas sábanas y unas sillas creaba mis jaimas, unos harenes donde las odaliscas eran sustituidas por cojines. Este juego lo llevaba a cabo sobre todo con amigas, que me proponían realizar sainetes de parejas matrimoniales consagradas a la convivencia. Por ello, no escatimábamos en incluir todo tipo de objetos de decoración: ¡incluso cuadros llegábamos a instalar! Esto si que eran performances… La creatividad no está solo en la capacidad de “engendrar” ilusiones sino en poderlas llevar a cabo con las posibilidades materiales de que se disponen en el momento de concebirlas. Quizá Fotograma de “Patricio miró a una estrella” la idea de “teatro” está bastante próxima a lo que aquí trato de contar: reproducir un mundo dentro de otro mundo ya fabricado. Dentro de un escenario (la casa) se construye un decorado. Los estudios de cine, consiguen transmitir mejor esta fábula, escondiendo la sala donde se dramatizará. De ahí, por ejemplo, la sensación que produce ver a Antonio Vico en la secuencia de la película “Patricio miró a una estrella” (José Luis Sáenz de Heredia, 1934) surgiendo, como King Kong (es decir, colosal, como un gigante en Jasón y los argonautas) tras una maqueta de cartón piedra que representa una montaña con su castillo. De nuevo, la miniatura.
El teatro sin personas (aunque sí con personajes) nace, en su primitiva necesidad, con las manos. Sería una especie de teatro de sombras pero sin telón que intermedie entre la realidad y la ficción. Los personajes sin siluetas se representan con los dedos y la palma de las manos, sirviendo de inmenso cuello arte de la muñeca y el brazo. De esta forma, en soledad, uno podría representar una serie de historias, siempre improvisadas, con la lente cinematográfica de los ojos: rodando planos y contraplanos de conversaciones, escenas de acción en las que el propio cuerpo servía de zoom y travelling, etcétera.
Después, las marionetas como nuevo dispositivo para divertirse solo, aunque aparentemente rodeado de otros “seres”. Aquí debo mencionar a mi mentor, Teodoro Escarpa López, titiritero de profesión. Para cada marioneta que creaba, inventaba una historia narrada y ambientada musicalmente: “El hombre elefante boxeando contra el mosquito invisible”, “El payaso-trapecista Trombón y su número sobre las cuerdas”, “Arlequino” (quien utilizaba su cabeza como una pelota, jugando con ella descabezado), etc… Pero, sobre todos ellos, “el violinista Morrison”, al cual yo aspiraba ser, aún atado a cuerdas. Tal era mi admiración por él, que un día apareció con una marioneta en su carromato. Era una marioneta que había creado para mí. Fue uno de los días más emocionantes de mi vida. Emulándole, aparecía yo con mi pequeño teatro a pequeña escala, a escala del suyo, en las tardes de verano también en el mismo parque de El Retiro. Encontraba un banco de madera, me ponía detrás y lo cubría con un manto oscuro hasta dejarlo como una masa uniforme que hacía de telón. Sobre el suelo, echaba una tela circular a modo de escenario. Luego, del atril que utilizaba para mi estudio con el violín, colgaba las marionetas. La música iba en una grabadora. Al rato, cantidad de niños (incluso mayores que yo) se arremolinaban en torno de aquel pequeño espectáculo. Al vivir cerca de allí (en el barrio de Ibiza) podía permitirme transportar “todo este universo”, siempre con la inestimable ayuda de mi madre, que me apoyaba en cada uno de mis proyectos.
Cuando falta el teatro, el circo o la sala de conferencias, se creaban siempre con la decisión más rápida. Ante un nutrido grupo de gente (y sin pedir permiso a la familia con la que se iba a estos sitios) el niño- es decir, yo- se subía a lo más parecido a una plataforma y hablaba en voz en grito, con la seguridad del orador y la espontaneidad del niño que quiere ser mayor. Recuerdo, una vez en Santander, en Piquío, cómo logré encaramarme a una especie de rueda de fortuna de piedra, tumbada, mostrando los símbolos del horóscopo en relieve, y, desde allí, rodeado por una barra de metal que hacía de límites al podium, comenzar a soltar el discurso inventado. La gente acabó rodeando aquel círculo casi neolítico, no esperando entender nada, curiosos por lo que podría tener que decir para haberme subido hasta ahí y reclamar de la atención de unos desconocidos.
Otro día, en El Retiro, escuchando a la banda de música en el Kiosco, acabé subiéndome a los primeros peldaños de la escalera y me puse a dirigir paralelamente mi propia obra. La radio me entrevistó al finalizar el evento - ¿qué hacía allí la radio?- y el propio director musical bajaba y me saludaba en los descansos de posteriores domingos, como felicitándome por mi precoz melomanía. Me reconocía como el “director desconocido” con un humor encomiable.
Un teatro es, digámoslo así, lo más parecido al solar de una casa derruida. La necesidad de construir un espacio vacío.
En uno de los barracones diseñados para juegos infantiles del propio Retiro, yo vislumbré un fuerte de indios y vaqueros un día. En lugar de toboganes, espalderas, escaleras y pasarelas, yo veía un edificio de la América de la Guerra de Secesión. Las películas del oeste que en las tardes de verano emitían las televisiones hicieron mella en mí. Tenía pensado rodar un western en una de ellas- la que se encontraba en uno de los laterales de la antigua Casa de Fieras- algún día, ese que nunca llegó. Con un amigo mío llegué una tarde vestido de vaquero y él de indio. Yo me subí arriba y él se quedó abajo, comenzando a actuar. Él decía, por ejemplo: “Sargento Johnson, usted prometió a mí y a mi familia que no invadiría nuestras tierras. Hicimos un trato.” Entonces yo le decía: “Los tiempos han cambiado Caballo Loco.” Los chavales nos miraban como sintiéndose dentro de la historia. Giraban sus cabezas a un lado y al otro, siguiéndonos en nuestras palabras. “Voy a entrar en el fuerte, Johnson”. “Adelante, pero atente a las consecuencias…” En realidad mi amigo Luis iba descrito en su papel con una pluma clavada en su cabellera y una arco y una flecha de plástico. Yo lucía un revólver de plata pintada y un bigote que se me caía por los lados. Esto era todo el atuendo pero, lo que son las cosas, siempre me imaginaré vestido de uniforme azul, sombrero y con mi caballo abajo, en los establos. A Luis, con la cara pintada (esta igual la tenía así ya) y desnudo de torso, solo con un pantalón de flecos marrón.
La idea de recreación estaba bastante ligada en mi, pero más que esto lo era la creación de universos paralelos, como la necesidad intrínseca de no pertenecer al “único y verdadero diario”. Así, por ejemplo, como una especie de recuerdo de pabellón romántico, utilizaba la parte de debajo de la cama como museo: respetaba la idea de transepto, pero las paredes de los lados las saturaba de peluches y muñecos. Comenzaba desde la parte trasera, por la que entraba, y finalizaba casi en la cabecera, saliendo lateralmente. La idea del pabellón romántico no era otro que un espectáculo de autómatas que vino un par de años a Madrid, situándose en la plaza de Felipe Segundo. Era un lugar como caseta de la que se quiere entrar pero no salir. Una especie de placer por estar dentro, en la oscuridad, observando la representación de asuntos de imaginario colectivo: En la entrada una especie de Carmen Miranda rodeada de músicos del color de piel más cercano al betún que al ébano. Después, en el interior, recuerdo un patio andaluz con el guitarrista y la bailaora, el interior de un baño familiar donde la madre sacudía a un ratón que entraba y salía por su madriguera, mientras un niño enseñaba su trasero desde la bañera… Llevaba el negocio un especialista en entretenimiento. Yo le llamaba “Luna”, y le había visto montando en zancos precediendo un cortejo festivo en Santander, representando una obra de títeres de un ratón que quería ser torero en El Retiro… En fin, todo un profesional en peligro de extinción.
Otro de los espectáculos que recuerdo de mi infancia era una barraca del Parque de Atracciones en la que se entraba montado en un barril como vehículo, que te iba transportando por una galería con escenas de piratería forjadas por el Stevenson mas purista: Un taberna en la que no faltaba el viejo lobo de mar bajando las escaleras de entrada con su pata de palo, la cueva del tesoro donde se entonaban canciones bucaneras…
Pero, sin duda, este gusto por la escenografía llegó de mano de los belenes. Una especie de necesidad de imitar- sin conocimiento de tradición- una fotografía que reproducía un belén realizado en la casa familiar cuando mi padre era pequeño. Casi nada se podía concretar en ella, al resultar una instantánea realizada por una cámara de la época. De bordes recortados, la imagen no superaría los siete centímetros de ancho por los diez de largo. Se adivinaba el portal, el molino, el castillo… Apenas algunas figuras, como las de los reyes magos o las de un corro tradicional catalán bailando una sardana frente al misterio. Resaltaba el brillo del río de cristal. Yo, entonces, supe que quería reproducir aquello. ¿Por qué conformarme con las simples figuras de San José, la Virgen, el niño y el buey y la mula? ¡Quería todo Nazaret! La imaginación, por tanto, al servicio de un deseo. Recuerdo haber empleado unas gruesas bolas de poliexpan (que obtuve del interior de una caja que contenía un reloj para el comedor que acababa de llegar, recién comprado). Después, cojines verdes y marrones para las montañas. La figura de un chino de porcelana pescando en un lago sobre un banco-souvenir del Parque Güell… Tenía una granja que forré con toallas verdes y recubrí en su interior con papel de plata para el portal de Belén…
En fin, un todo de la nada. Admiro mucho los objetos versátiles, aquellos que no tienen cortapisas para la imaginación.
Salgo ahora del lago, hecho verdaderamente de paños de cocina. Llego hasta el suelo de la terraza para descansar como sobre la arena de la playa. Ahora, se va el sol, que no es otra cosa que el toldo que mi madre baja ahora para que no se caliente la casa por la tarde. Y ahora duermo. Duermo para buscar ideas sobre las cosas que se me ocurrirán después.
18 – 5 – 10

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