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UNA PRESENCIA EN LA VENTANA

>> jueves, 17 de junio de 2010

Desde hace una semana, la habitación del hospital se ha quedado más vacía que nunca. A veces, daba la impresión de que el propio paciente también se marcharía, por puro aburrimiento, pero esto nunca sucedía (evidentemente). Era la primera semana de agosto. El edificio se hallaba construido en un verdadero páramo de las afueras.
“Cada vez se construye más lejos de la ciudad ¡qué manía!” pensaba el primer visitante de ese mes, que había decidido aquella tarde desafiar al calor, en un alarde de responsabilidad. Cuando llegó, se encontró con la sonrisa de aquella criatura enterrada entre sábanas blancas. Aquella pureza sin arruga alguna escondía bajo de sí lo menos saludable, desde luego. Era como la colonia en aquella España por la que no pasó el Renacimiento. También como aquellas gorgueras cervantinas que impedían a la nariz respirar el hedor de las axilas.
El aguerrido visitante sonrió casi por cortesía. El otro le devolvió aquella rodaja de sandía. Quedaron luego unos instantes observándose hasta no reconocerse en sus muecas, resultándoles finalmente grotescas. El paciente le indicó con su cabeza la silla de un rincón, donde finalmente fue a parar el visitante.
- ¡Qué calórico, chico!- dijo una vez que tomo posición aposentando sus posaderas.
Era evidente que el sentido del humor se podía sostener muy penosamente. Ante el nuevo silencio- siempre el niño, más bien yo diría que lo nuevo eran las palabras- comenzó el hombre, por fin sentado, a imaginar toda la cartografía del cuerpo de aquel que yacía tumbado como Cristo de Mantegna: Había sido abierto, cosido y descosido. Ahora, esperaba al menos una recuperación. Que nada de aquello hubiera sido en vano.
Pasó la tarde y llegó la noche, no menos calurosa. Y, aún así, dicen que los desiertos son peores fríos en las noches que calientes en los días.
El enfermo parecía haberse sumido en una especie de letargo reparador. El aire comenzó a moverse a través de aquellas cortinas de ventana abierta. El visitante, había optado por apagar la luz de la estancia, quedándose a oscuras, como espectro vigilante. Fue tras un rato de silencio, cuando hasta la rendija de luz que asomaba del pasillo había desaparecido. Aquellas cortinas, vivas en su coreografía, parecieron abultarse extrañamente, como conservando las arrugas del aire. Comenzaban a esculpirse en su detenimiento anómalo llegando a apoyarse sobre el poyete de mármol que tenían debajo. Algo, de características bien concretas, se estaba perfilando. El paciente, entonces, comenzó a levantar de nuevo los párpados. Luego de esto, cuando tenía los ojos del todo abiertos, comenzó a hablar:
“Ese aire anuncia su llegada…” dijo estrenándose en su voz. El visitante no comprendía nada. Ahora, su único apoyo, su amigo, parecía saber más que él en todo aquello. Se sintió como un chiquillo al notarse inquieto.
Lo que apareció, tras todo aquel suspense, resultó ser un gato negro, verdadera personificación del mal augurio. De muerte.
“Al fin y al cabo, no he estado tan solo en todos estos días. Le tengo puesto hasta nombre. ¿Quieres saberlo?”- le preguntó al visitante.
¿Cómo iba a querer saber, aquel desdichado, un dato tan aparentemente irrelevante, en aquellas circunstancias? Antes de poder responder con un “no”, su amigo realizó un nuevo esfuerzo de dicción y añadió, como saboreando la nueva palabra: “Ca-ron-te”.
El visitante, entonces, ejecutó una cabriola moderada para ahuyentar al animal. Cuando este se hubo ido, no sabía si prefería que hubiese continuado allí presente en lugar de encontrarse de nuevo ante aquel silencio, tras esta visita tan inesperada. Parecía que ya nada iba a ser igual a partir de entonces.
- ¿Hace mucho que te visita?
- Desde que la gente dejó de venir… Olían algo raro. No se atrevían a seguir viéndome. Les comprendo, no te creas. En este estado lo que no comprendo es que tú tampoco te hayas ido…
Lo sucio del asunto es que verdaderamente el otro no podía responder a aquello, pues tenía verdaderas ganas de no estar allí. Esto le impresionó y le hizo reflexionar.
Pasó cerca de una hora, esperando de nuevo el sueño de a quien acompañaba a disgusto. Como este no cerraba de nuevo sus ojos, decidió soltarle a bocajarro una pregunta que venía corroyéndole desde hace años. Ahora que lo tenía tan cerca, se abrasaba todavía más mientras continuaba con ella, sin dejarla salir:
- Quiero saber si pudo pedirte perdón tras tantos años… Sé que no debía de haber vendido tus cuadros aquel día, hace ya sesenta años… Necesito que comprendas que siento que lo hice mal.
El otro sonrió dentro de lo que le permitían los dolores. No le dolía realmente que hubiese vendido los cuadros sin su permiso. Lo que nunca le había perdonado es que lo hubiese hecho otorgándose su autoría. Pero alguna vez había que deshacerse del lastre del rencor. Esto le ayudó a contestar:
- Pero lo hiciste… ¿Ahora qué importa recordar un enfado juvenil? Tampoco en aquel momento comprendía tu situación económica… Ni la hubiese podido excusar aún con la mejor de las razones. Con el tiempo comprendes mejor los detalles, te paras en ellos y meditas todo mejor, tras veinte mil vueltas… Te dejé aquellos cuatro bodegones y desaparecí por mucho tiempo. Seguro que pensaste que me había borrado del mapa. Y, mientras tanto, en tu piso tan pequeño, te agobiabas con aquellos inmensos lienzos. Samos sinceros: ¡Tú nunca fuiste un gran pintor! ¡Esa es la razón de tu fracaso comercial! Si quieres mi perdón, debes escuchar de mí algunas cosas sinceras y, por ello, nada agradables. Bien, pues ahí va otra: No fuiste un gran pintor y viviste por mí en todo aquel tiempo, repitiendo esos cuatro esquemas que tuviste de modelo tanto tiempo. Todos los días, al levantarte, los veías forzosamente. Por el pasillo, en la cocina, en el salón… Te los aprendiste, realizaste un esquema preciso, recompusiste su historia con su conocimiento. Bien, has sido por tanto un fantasma. Te agradezco tu confesión. Siempre supe que eras en el fondo un buen chico y también comprendo que las situaciones te convirtieran en usurpador, en la especie más salvaje que luchaba por liberarse de su segura extinción.
Aquellas palabras hicieron el efecto que el visitante esperaba como respuesta: le ofendieron y a su vez le reconfortaron, como extraña deuda saldada.
- ¿Esperabas de mí esta confesión?
- Creo que ahora puedo ya dormir. Te veía tenso, incómodo. Para los enfermos no es bueno ver incómodos a los que viene a hacerles compañía.
Aquella respuesta causó desconfianza en el visitante. Quería irse de ahí, no podía aguantar más. Fue entonces cuando el gato volvió a hacer acto de presencia. En esta ocasión, no le permitió al otro espantarle: con sus rápidos movimientos, saltó hasta la cama desde la ventana y comenzó a arañar con sus patas el pecho del enfermo, quien sorprendentemente no manifestó ningún tipo de molestia. El visitante temía los ojos dorados del gato que le observaban fijamente mientras acometía su faena. Fueran las emociones o simplemente el cansancio, el visitante cayó sobre la silla y quedó inconsciente, transportado por un pesado sueño. A la mañana siguiente, despertó de golpe, como quien su sufre a su propia irresponsabilidad personificada, arañándolo también para obligarle a tomar conciencia. Una enfermera se encontraba sentada en el borde de la cama donde hacía unas horas descansaba su amigo. Le miraba profundamente, con la viva representación del amor, más allá de toda profesionalidad:
- ¿Qué tal durmió?
El otro, solo podía seguir preguntando:
- ¿Y “mi” amigo?
- ¿”Su” amigo? ¿Se refiere al caballero que ocupaba esta cama? Lo encontré al entrar aquí a primera hora, sin respiración ya. Había acudido por un aviso de los aparatos que se encontraban velando por su cuerpo. Una llamada de peligro inmediata, fulminante. Nada pudimos hacer. El corazón.
Todo había sido dicho demasiado rápido. El visitante no pudo, primero, asimilar nada de todo aquello. Después, cuando se halló en condiciones, no quiso. Era la segunda vez que había fallado a su compañero. La enfermera, le interrumpió en sus pensamientos:
- ¿Sabe qué? “Su” amigo ya me había dicho, antes de su llegada ayer, que era La última visita que esperaba.
Esto le dejó todavía más aturdido. Tuvo que realizar, de nuevo, una pregunta:
- ¿Saben de la existencia de un gato en los alrededores del hospital?
- ¡En efecto! Caronte. Nosotros le quisimos echar pero “su amigo” nos pidió que le dejáramos vagabundear por su ventana. Era la única sala del hospital alojando a un paciente. Parece ser que este verano ha sido benigno y no hemos recibido a más clientes.
- ¿Por qué Caronte?
- No lo sé… Caronte se encargaba de transportar en barca a los que debían de abandonar este mundo hacia las tierras de la muerte. Pagaban con una moneda su transporte.
- Lo sé, lo sé… Ese gato era un mal presagio ¿no lo cree?
- El propio paciente era consciente de su estado. Sabe que fue él quien le puso ese nombre ¿no? Nosotros, solo podíamos concederle este capricho. Nada más quedaba por hacer.
- Era un hombre que había vivido mucho. Había visto enterrar a sus hijos y ahora se encontraba solo…
De nuevo, el silencio. Ahora, una nueva petición:
- Señorita: ¿Puedo contarle el sueño que he tenido?
- ¡Adelante! Hoy es mi primer día de vacaciones…
- Pues verá: Iba yo en el tren. De repente, este se detenía y una serie de energúmenos secuestraban a todos los que se encontraban en mi vagón. Yo fui el último en caer presa de ellos. Trataron de reclutarnos. Nos necesitaban para una tarea que ellos no podían desempeñar, no eran capaces. Pedían nuestros nombres. Yo di el mío y hasta la dirección de mi casa. En cuanto pude, en una distracción de estos raptores, me escapé por la ventanilla. Corrí hasta mi casa, tras un camino de varios días por el campo. Una vez que llegué, me encontré con mis padres, muertos ya hacía treinta años. Murieron casi a la vez ¿sabe? Entonces, mi padre, en el sueño, me dijo: “Ha sido inútil tu viaje. Ahora saben donde vives y llegarán hasta aquí. Todo el mundo que aprenda puede abrir cualquier tipo de cerraduras”. Entonces, mi padre se levantaba, doblaba un alambra, se acercaba hasta la puerta y conseguía hacerla ceder de sus goznes. En efecto, la noche siguiente entraron aquellos desalmados del tren y me llevaron. El resto del sueño lo pasé huyendo y siendo capturado. Lo que quiero contarle de todo esto, lo que he sacado en conclusión, es que yo no he sido capaz de ocuparme de mis asuntos y he tenido que acaparar el destino de mi amigo haciéndolo mío. Ahora he llego, tarde pero a tiempo, para pedirle perdón por haberle robado el éxito. Ya no está y sigo sintiéndome muy mal. ¡Ayúdeme!
La enfermera, permaneció todo el tiempo con la misma sonrisa, receptora de todos estos fantasmas. Finalmente, apoyó su mano sobre el hombro del visitante y le dijo:
- Acaba de decirme que no ha sido capaz de dirigir su vida o de sobrevivir en ella. Se arrepiente de ello ¡y quiere que la gente continúe indicándole el camino que debe tomar! Comprenda que en estas circunstancias solo puedo indicarle la puerta de salida. Algún día lo comprenderá… ¿Cuántos años tiene?
- Ochenta y cinco.
La enfermera entonces pareció rectificar en su opinión. Le miró con nuevos ojos. Sabía que el tiempo había ganado la partida al octogenario.
- ¿Desea ocupar el lugar que su amigo ha dejado aquí? Nadie sabrá de su estancia. Solo tengo que desconectar aquellas máquinas. No encienda la luz de la habitación. Descanse.
El gato, volvió a aparecer atravesando la puerta. El ex visitante había olvidado ya su presencia.


17 – 6 – 10

2 comentarios:

Meme 20 de junio de 2010, 8:22  

Hola Javi!! Soy Carmen, de la facul ^^ Voy a agregarme tu blog, tienes unas cosas verdaderamente bonitas. Escribes maravillosamente, pero eso ya te lo había dicho. Felicidades!
Puedes echarle un vistazo a mis blogs si te apetece.
Un besazo y buen verano!

putativus 20 de junio de 2010, 14:24  

Todo lo que pueda escribir en este blog es poco, imposible, para decirte lo mucho que te aprecio, Carmen. Eres un amor, un sol. Te agradezco tus palabras. Ahora mismito me pongo a cotillear en tus páginas. ¡Un besazo!

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