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"Conséquence", de Javier Ramírez Serrano

>> jueves, 15 de julio de 2010

conséquence from Javier Ramirez Serrano on Vimeo.




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Luis Prendes, como Miguel de Unamuno, atacado por los bichitos de una copia sin restaurar de "Niebla", de Fernando Méndez-Leite (1975)

>> miércoles, 14 de julio de 2010

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UNA NÍVOLA: “NIEBLA” DE DON MIGUEL DE UNAMUNO

Hay veces en que me cuesta retirar el apelativo precedente y subjetivo de algunos nombres. Pero, tranquilos, yo no soy como aquellos otros que siguen empeñados en redimir de sus arrugas a algunas divas llamándolas por el diminutivo de su nombre. “Encarnita” de tal, a sus setenta años, es un piropo bastante desastroso. En el caso del “Don”, como es este, creo que continúa siendo correcto- aún después de muerto al que cabe hacer los honores- porque esto mantiene en una condición de superioridad al afectado que debe seguir respetándose. Hemos tenido muchos genios en nuestra historia. Si seguimos acotando, en la historia de España, sigue habiéndolos y muchos (también frustrados, cómo no). Luchadores en sus ideales, recalcadotes de sus sentimientos, defensores a ultranza de aquello que mantenían como humilde descubrimiento. Habrá habido- como no- otros menos seguros de sí, que no hayan permitido dar a conocer lo que tramaban. Como si estuviesen cometiendo un delito, han negado la confianza al público de aquello que no hubiera estado de más de compartirse, para bien universal. Como el amante que oculta su relación a los demás, asustado, como un criminal. Don Miguel, convencido de lo que pensaba, no dudó en cavarse su propia tumba ante el tribunal inquisitorial de Millán Astray y sus muchachos en la Universidad de Salamanca, tras la Victoria del 36. Y digo su tumba, porque murió, días después de aquel, recluido en su casa, creo yo que de pena. La “cervantina cojitranca”, uno de los versos de Sabina para su canción de “Máter España”, hace alusión a la comparación que don Miguel hizo de Astray con el autor del Quijote, en lo único que se le podía comparar: lo tullido. Unamuno tiene una visión (y, también, una versión) de España que invita a la depresión. Un pesimismo de novela filosófica, casi inclasificable, como es la “Nívola”. Este término lo pone en la boca del amigo del protagonista del libro, Víctor, que se encuentra escribiendo una novela que no quiere que se concrete en ningún género. Una “Nívola”, por tanto, algo inventado, nuevo, que calle las bocas de los expertos en literatura. Quizá el pesimismo no sea tal. Debería decirse así: “El enfrentamiento del lector con los misterios de la vida y de la muerte, de la religión y de la preocupación existencial en definitiva”. Esto, evidentemente, genera una depresión en el lector, pero porque no quiere asumir aquello contra lo que se da, sabiendo que no hay otra posible escapatoria. Augusto, un personaje de ficción en manos de su creador, Unamuno, es como la vida de un hombre en manos de ese Dios que “le sueña”. Cuando ese Dios despierte, o se canse de soñarle, no sabrá qué hacer con él y le asignará un final. Así, Augusto morirá y también Unamuno. Vivimos en un sueño, en una “niebla”, de la que tememos conocer sus cotas. Estamos confundidos pero no queremos salir de esa confusión, de esa ignorancia, por tanto. Solo los más fuertes, los más maduros, traerán consigo estos pensamientos, estos temores, y serán como el pan nuestro de cada día, como aquello que tenemos solo un poco más lejano que las canas y las arrugas. ¿Y qué hay de si hay Dios o no lo hay? Es todavía más terrible asumir que después de la muerte ni siquiera hay resurrección, que no hay espíritu para la vida eterna, que todo acabó. Que, cuando esto suceda, ni siquiera podremos ya pensar que esto se ha acabado. Una broma macabra la de aquel que nos trae al mundo para morir, para ir muriendo cada día. ¿Para qué estamos aquí? Un misterio que a mí todavía me da miedo a resolver. Para mi, hay valentía en la decisión de pensar que no hay nada más allá. Mientras aquellos con fe se compadecen de esto otros, tratan de pensar que en su último momento les entrará temor y querrán creer (siempre presentes los últimos momentos de Azaña) por temor al ver tan cercano el final, los hay que piensan que las religiones existen por el miedo a morir sin continuación posible. Entre estos, me encuentro yo. Puede parecer una idea muy simplona, después de tanta historia como la de las religiones. Pero, a mi juicio, en la idea del dios se abrazan muchos individuos por este motivo.
Quizá se por esto, porque tratamos de una novela que habla de estas y otras cosas, que las enfrenta sin olvidar la parte de ficción (repleta, por otra parte, de innovaciones que la hacen única), con la que se aprende incluso “a ser”, considero “Niebla” importante, dentro de las obras maestras, por no carecer de ningún contenido, porque es completa más allá de lo que se la pueda exigir, porque se completa después de ser escrita, sigue viva y polémica. Una historia concreta pero universal es su pieza clave.
14 – 7 – 10

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De mi educación artística escolar

Mi educación artística resultó nefasta hasta la entrada en bachillerato, cuando ya pude elegir la opción artística realmente. Hasta entonces, de ella solo había obtenido una enseñanza teórica, sin conseguir ahondar verdaderamente en lo práctico.
En primaria, tuvimos a un profesor que se llamaba Serafín y que nos enseñaba Plástica, Música y dramatización a la vez. Pondré tres ejemplos de cada una de las asignaturas:

En Plástica, lo único que aprendí en el plano creativo fue a realizar “picasines”. Estas obras (ejercicios, más bien diría yo) consistían en garabatear un papel de manera aleatoria con un lápiz que nuca se levantaba del papel y que, en su recorrido, hasta llenar el folio, trazaba curvas por aquí y por allá. Luego, se tomaban los colores y se pasaba a rellenar (como la herramienta de Paint) los elementos que quedaban cerrados en sí mismos. El resultado, como era de esperar, no tenía nada que ver con el estilo picassiano, pero esto era lo de menos. La cosa era llamar a una cosa excéntrica con un nombre de excéntrico.

En Música, llegó el día en que perdí la fe en los educadores: se le ocurrió a este buen señor decir que “los violines venían afinados de fábrica”. Yo, que algo sabía de este instrumento al llevar ocho años estudiándolo (y no poniéndolo precisamente en una silla y contemplándolo) me atreví a contrariarle: “Perdone, pero los violines para algo tienen las clavijas…” Él entonces me contestó con algo como que quién iba a saber más de esto, si yo o él, que llevaba dando la asignatura tantos años…

En Dramatización, hacía aprendernos poesías escritas por él y declamarlas, para nuestra vergüenza, en púlpito y ante toda la clase.
Había una que todavía recuerdo más o menos:

Yo tuve una vez un gato
Blanco, rubio ¡más monín!
Con el rabo así de largo
Se llamaba Serafín

Serafín, además de estas tres asignaturas, donde se cumplía lo de “conocedor de muchas cosas, experto en nada”, estaba también al cargo del coro del colegio, al que yo asistí de mucho antes de todo esto, en el cual duré solo un año, y del cual salí voluntariamente a pesar de “un gran futuro” (esto es, a aspirar como mucho a hacerle los coros a Rouco Varela en las misas de la Almudena). Cuando este señor fue sustituido al jubilarse, el nuevo director del coro, que era el director de mi orquesta (y no es tanta casualidad, pues intermedió en esto mi padre, en aquel momento ayudante de dirección en la Fundación Mozart ) decía que no había por donde coger la herencia. Para empezar, todo el archivo de partituras se limitaba a folios con las letras de las supuestas canciones. No había por ninguna parte pentagramas con la música. Y es que, en España la docencia de música en los colegios se ha aprendido casi siempre de oído. Para empezar, cuando uno es pequeño y tiene mayor capacidad de asimilación, se le enseñan las notas perversamente: en lugar de Fa, Do o Re se le dice “Fu, Li y Da” y esto acaba por sonarnos a “chino”. Luego, se nos coloca una flauta dulce entre las manos (el instrumento más económico y accesible para las familias) y, para que reconozcamos bien sus agujeros, se los acompaña de pegatinas de colores (cada color tiene asignado uno de esos nombres horrendos anteriores).
En secundaria, la cosa no es que mejorara, pues tuvimos en primer curso a un profesor que nos enseñaba Educación Física (Gimnasia de toda la vida) y también Plástica. Sin embargo, esto era más comprensible, ya que la segunda se limitaba al dibujo técnico de tiralíneas y poco más. Estos profesores siempre rallaban los sesenta en cuanto a edad. La Música se asignó a otro profesor, especializado tan solo en esta asignatura. De nombre Joaquín, este señor continuaba siendo la mofa y el escarnio del grupo de individuos que tenía de compañeros (no me refiero a los amigos que, auque con mucha facilidad se nombraba así a cualquiera que por allí pasaba y te hacía caso, eran ya de otra pasta). El pobre hombre rozaba la calvicie total y algunos le conocían ya como “Johny melenas, el terror de las nenas”. Una cosa que no se le podía reprochar es que nos hizo más diestros en el manejo del instrumento, y nos ofertaba partituras serias a “ejecutar”: “Panis Angélicus” de César Franck, “Serenata” de Schubert… Y llegó el día de interpretar, a instrumento y coro, “Dónde estarán nuestros mozos” de la zarzuela “La del soto del Parral”. Las mujeres, o sea, los machirulos, se preguntaban, brazos en jarras- había hasta coreografía- dónde estaríamos. Nosotros salíamos a su encuentro entonces y las decíamos: “Ya estoy aquí, no te amohínes mujer…” Era difícil, como ya digo, imaginar en estas señoritas a nuestras mujeres. Eran desagradables de vista, de tacto y de trato. Recuerdo a una que me bramó en un partido de baloncesto por arrebatarle la pelota. Yo entonces la contesté: “¿Qué os falta, bella doncella?” Siempre, con todo mi amor, por supuesto. La broma se entendió, como era de esperar.
Este profesor, que siempre me tuvo en un altar (me puso matrícula en la asignatura en aquel curso en que estuve “de baja” durante el periodo de marzo a junio, mientras otros profesores decidieron ni siquiera calificarme), acabó poniéndome verdaderamente y sin metáforas en uno de ellos, con el violín, para amenizar las bodas y comuniones que en colegio se efectuaban, junto a otros compañeros que corrieron la misma suerte. Una de las piezas más bellas que interpretamos fue la “Canción India” de “Sadko”, la obra de Rimsky Korsakov. Tuve el honor de estar “presente” (qué remedio) en la boda del psicólogo del colegio, Gonzalo, que me atendió en los momentos más duros de mi convalecencia, cuando me reincorporé a las clases tras tres meses de ausencia, recomendación de mi psiquiatra oficial, Rosa.

Ya en cuarto, el último curso, tuvimos en Música a Esther, la primera profesora que vi salir llorando de una de sus clases. Era en verdad una déspota, pero hasta estas se desmoronan ante la insensibilidad de algunos alumnos. Nos propuso hasta la preparación de una coreografía. Con los de mi grupo solo me fue posible realizar la de “Soy un taza, una tetera, una cuchara y un cucharón”. En realidad fuimos los más ridículos a la hora de las presentaciones, pero también los más sinceros. No precisamos ni de música ni de playback. Ensayábamos, totalmente convencidos de nuestra profesionalidad, escondidos en la Casa de Fieras del Retiro. Yo les había propuesto tratar de llevar, con nuestras posibilidades, a cabo “Preludio tras la siesta de un fauno”, pero me acabaron mandando a dormir la mona con el Fauno ese.

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Carmen Çomitre Bello: Homenaje

Mi presente lo debo a mi pasado. En la medida en que pueda, iré haciendo justicia recordando, en adelante, aquello bueno que dejé pero que de alguna forma continúa habitando en mí.
Solo recuerdo a una profesora digna de salvarse de aquella indiga educación artística que recibí en los años escolares: Carmen Çomitre Bello fue para mi el hálito de esperanza que necesitaba para conducir la intuición mis inquietudes hacia un futuro posible. era, eso si, una profesora que infundía el miedo del respeto. No conocí a ningún alumno que no la tomase en serio. Era (y es) una enamorada de Escher. Recuerdo un póster alargado que tenía puesto sobre la pizarra de la clase de la "Metamorfosis". Como ya digo, un ejemplo de docencia a seguir. Consiguió que la gente se interesase por la materia, que no la tomase como la "maría" típica a la que se la relega por parte de los que nunca comprenderán esa esencia de las cosas. Por ello, valga esta entrada en mi blog como merecido homenaje.

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EL NOVENO DÍA

>> martes, 13 de julio de 2010

Desde arriba, en su habitación, ella escuchaba todas las noches las fiestas organizadas en la vieja cervecería: Gritos, canciones soeces, golpes con y contra cualquier cosa… Y, sobre todo, aquellas risas que producían unas voces casi inhumanas. Acurrucada contra la cabecera de la cama, con la tenue luz de una vela, deseaba que todo aquello no cesase, que continuara hasta el día siguiente. Mas, esto nunca sucedía. Llegaba un momento en la noche, sobre las tres de la madrugada, en que todo parecía volver a una inquietante normalidad. Entonces, unos pies comenzaban a subir las escaleras hacia este piso primero. Con los golpes, la luz de la vela acababa extinguiéndose y, una silueta en el marco de la puerta aparecía. No lo suficientemente borracho como para no saber lo que hacía, este ser se precipitaba sobre ella pero nunca podía hacer nada más allá de manosear aquel joven cuerpo que tenía debajo. Esto vino sucediendo durante una semana. Al octavo día, el individuo prometió que el noveno no vendría borracho. El perro que tenía atado debajo de la cama se había rebelado en todos aquellos momentos, ladrando contra aquella voz, contra aquella amenaza que percibía desde su posición. Ella temía que lo descubrieran y echaran de la casa. Había venido siguiendo un hueso tras el carro en el que la llevaban a la ciudad para trabajar de camarera en el local de su tío. Este conocía lo que de su sobrina hacía uno de sus clientes todas las noches, pero nada decía porque este era uno de sus mejores clientes. Al fin y al cabo, casi no la conocía, apenas había podido tomarla cariño. Sus hermanos habían tenido muchos hijos, y entre ellos esta. La había hecho un favor teniéndola en su cervecería; esto era suficiente para tener a su conciencia distraída. Para ella, esto de salir del pueblo para ir a la ciudad a trabajar, vendida por los padres, no lo reconocía como ningún favor para estarle agradecido a un “compra-sobrinos”. Por esto, decidió dar al traste con todo y soltar al perro al noveno día. Como los días anteriores, cuando ella terminó con su trabajo, cerca de la una de la madrugada, subió a su cuarto. Una vez allí, se agachó bajo la cama y liberó de su s cadenas al perro, que no tardó en recordar su agilidad corriendo de aquí a allá por todo el dormitorio. Ella le detuvo y sujetó, al rato, para mirarle frente a frente, sujeta la cabeza con sus dos manos. Luego, sacó de su delantal un hueso de cordero rescatado de las mesas de abajo. Lo lanzó en el rincón de la izquierda de la puerta y allí fue presto el perro, quedándose ya tumbado cuando hubo terminado la chuchería, teniéndolo como sitio. Inesperadamente, el ruido ascendente en las escaleras se adelantó aquel día dos horas. “Sería que aquel mal nacido, como había prometido, no ha esperado a emborracharse. Seguro que quería ver mi cara, conocer el quién de la mujer” pensó ella. El perro comenzó a gruñir. La puerta se abrió, ocultando de la visión al perro y apareció un espectro nuevamente. El perro se lanzó sobre él, comenzando a desgarrar su ropa. Después, llegó a la carne. Los gritos parecían salir de la boca de un niño indefenso. Ella asistió estoica, sin sentir piedad, al dantesco espectáculo. Volvió a encender la vela que, para variar, había vuelto a apagarse. Se levantó de la cama, anduvo hasta el cuerpo y la aproximó al rostro del desangrado. Algo no había ido bien en el plan: el sujeto que allí había era el tío. Una de sus manos se asía a un objeto punzante. Asustada, bajó las escaleras sin saber muy bien a lo que se atenía con esto; abajo, esperaba todas aquellas caras sucias, casi del color de sus barbas, de pie, como esperando aquel momento. Nada de esto. Todos se habían ido tras el incidente. Solo quedaba el otro camarero, que la dijo sin esperar a la pregunta: “Quería quitar el pestillo de tu puerta.”

13 – 7 – 10

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Matemáticas y física (Aurora)

>> lunes, 12 de julio de 2010

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INTERVENCIÓN SOBRE “COPLILLA”

>> viernes, 9 de julio de 2010

Canción original:

Un duro me dio mi madre
Antes de venir al pueblo,
Para comprar aceitunas
Allá en el olivar viejo.
Y yo me he tirado el duro,
En cosas que son del viento:
Un peine, una redecilla
Y un moño de terciopelo

Canción intervenida:

Un dólar me dio mi madre
Para comprar muchas cosas
Cerca, en Castilla, del pueblo
Huevos, limones, naranjas.
Pero como aquí los duros
Son las monedas que valen
Me volví al pueblo sin nada
Tal como me había ido

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PIMIENTOS ROJOS DESAPARECIDOS

>> martes, 6 de julio de 2010

Esta historia comienza con un joven pintor entrando en un despacho temeroso, como escondiéndose tras una gran carpeta de dibujos que lleva consigo. ¿Quién se iba a comer a un hombre tan inquieto como él? Todo nervio, muy poco comestible. En realidad, algo sí que ha sido comido en esta historia. Algo sin cuerpo, intangible… Mental. Y ustedes se preguntará ¿Es posible esto? El galerista le miró temiéndose lo peor:
- ¡Fabrizio! (nótese el meloso acento italiano, de la Provenza). ¿Qué te pasa?
El pobre Fabrizio no sabía como arrancar motores. De haberlo hecho, habría arrancado el de la motocicleta con la que había venido para desparecer, ya que la tierra no estaba dispuesta a tragárselo.
- Verá don Lorenzo… Se trata de la exposición… Creo que en lugar de hoy va a tener que ser, por lo menos, la semana que viene.
El galerista (la cosa no era para menos) pensaba ponerse tan rojo como los colores que su indisciplinado- y prometedor- artista utilizaba para los bodegones de pimientos que siempre pintaba. Luego, decidió quedarse un rosa nada más, en homenaje a las atmósferas que protegían aquellos pimientos, siempre podridos, cansados de esperar la decisión de acometida de quien los “ejecutaba”.
- Veamos, querido Fabrizio… ¿Qué excusa va a plantarme para romper el trato al que habíamos llegado? ¿Es por la época? ¡Ahora es tiempo de pimientos! ¿Quiere pasarse por mi huerta algún día? Le demostraré que brotan rojos, rojos… ¡Un color imposible de reproducir en cualquier paleta, demasiado delicado para cualquier mezcla de pintura!
- No es eso, don Lorenzo… Verá… Es que los bodegones que pinté para tapar las paredes que me corresponden de la galería… cómo decirlo… han desparecido.
- ¿Qué?
- Ya no están en los lienzos…
- ¿Y cómo es eso? ¿Acaso soñó que los pintaba? ¿Lo soñó mientras dormía en las horas en las que tenía que trabajar? ¿Es eso?
El color de don Lorenzo era ya rojo, pero como el de un tomate. El galerista, usando su templanza, trató de calmar las aguas.
- Fue Fifí…
- ¿Fifí? ¡Acabe ya, demonios, que me tiene en un sinvivir!
- Fifí es mi perro… Un perro escocés ¿sabe? A lo mejor es por que los escoceses lo llevan todo a “cuadros”…
- ¡Déjese de bromitas, Fabrizio! No tengo yo el rato como para que se haga usted el ingenioso…
- Pues Fifí… Fifí existe. No es un chiste, se lo aseguro…Fifí los ha chupado y los ha hecho desparecer… Todos eran cuadros realizados en la técnica de temple al huevo…
- ¿Me quiere usted hacer creer que se los ha borrado su perro? ¡Ahora me dirá que tenía hambre de pimientos!
- ¿Y qué tiene eso de extraño? ¡La fidelidad con el modelo en mis obras es tan exacta que hay que darse con el marco para darse cuenta de la diferencia!
- ¿Sabe lo que le diferencia a usted de la exposición de mañana? ¡En que no va usted a figurar en ella! Tengo una fila interminable de “promesas” artísticas esperando mi asentimiento… De modo que…
- ¿Y yo qué hago con mis bodegones sin pimientos?
- ¡Pues los utiliza usted de manteles y come sobre ellos pero a mí déjeme en paz!
Don Lorenzo le indicó la puerta con su dedo exento de manchas de pintura. Solo entendía de cifras y fechas, nunca experimentó lo supone para un creador, ver su obra desaparecida de la noche a la mañana. Ni aunque hubiese tenido perro lo habría sabido. Aquello pimientos habían sido los pimientos que le habían salido más caros a Fabrizio de su historia. ¡Y ni siquiera los había podido probar! Triste destino el de los gastrónomos que no pueden opinar de los platos que prueban. Ni siquiera Fifí pudo decirle a su amo si estaban buenos… Tampoco supo nunca si aquel acto perruno significaba la mejor de las críticas a su arte. Ante todas estas dudas, Fabrizio decidió que lo mejor era ser prácticos y dejar de mirar al pasado. No estaba la economía como para alimentar a dos bocas a diario. Por ello, comenzó a llevar a su perro a exposiciones monotemáticas de bodegones al temple al huevo a la hora de la comida.

6 – 7 – 10

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DOBLE INTERPRETACIÓN

Llegué a aquel lugar por una carretera de doble sentido.
Ahora, descansaba antes de llegar al hotel para deshacer las maletas, en una terraza frente a la playa. Parecía un pueblecito de la Costa Azul, con sus casas blancas y sus prados verdes. Se respiraba el salitre que algunas olas empujaban hasta allí. El negocio se encontraba, en verdad, atestado de lugareños. A todos les definía un mismo patrón: cada rostro se parecía a otro. ¿Pero a quién? Ese de allí recordaba a otro rostro, y este otro de aquí también… ¡Todos tenían caras que no les pertenecían! Era extraño, todo ello creaba una atmósfera de aire enrarecido. Tomé un refresco y unas aceitunas con sabor a anchoa. Me llené la camisa de lamparones. Ante mi torpeza, no me atreví a pedir el menú del día. Si comía algo, sería sin ropa. Luego pensé: ¡qué diablo! Tengo puesto el bañador y, ya que he llegado tarde y no me voy a bañar, al menos podré comer algo sirviéndome de él. Visto y no visto, me quité la camisa y el pantalón. Mi apariencia era muy poco estética. Casi pienso que estaba faltando a la educación que me habían enseñado en mi casa. No me importaba tampoco ¡quería comer sin llegar a casa lleno de aceite! Pedí la carta al camarero que me trajo los aperitivos. Este también se parecía a alguien… Me dijo: “Por favor, si se va a quedar en bañador, le sugiero que se marche a otro local donde puedan atenderle de acuerdo a su indumentaria.” ¿De qué me sonaba esa frase? ¡La había oído, tal cual, en otro sitio! Para saciar mi curiosidad, se lo pregunté al interfecto. “Sí, bueno, es de una película…” ¿De una película? Le pregunté que si era una película que le gustaba y que por eso la recordaba tan al milímetro. Me contestó que él había dicho esa frase en la película cayendo de un edificio de veinte plantas. Esto me dejó todavía más confuso, porque yo no digo esas cosas si me voy a matar en un accidente. Lo otro me parecía más razonable: era un doble, como todos los demás. Este pueblo lo habían formado dobles de películas sin éxito, juguetes rotos que no habían tenido más que una oportunidad y un director sin olfato les había dejado sin empleo ante el rotundo fracaso de su película. “¡Claro, tú eres el cuerpo de Lucien Rigoreaud, el personaje del filme Los cuatro naipes!” Tiré del servilletero para valerme de un papel con el que pedirle un autógrafo. “Señor, no me comprometa. Si el jefe me ve ausentándome del trabajo por unos instantes, me despide. Es muy riguroso en sus normas. Yo le aconsejaría que le pidiese un autógrafo al hombre de la mesa de allí.” Yo le pregunté “¿y quién es?” y me contestó que se trataba del doble de Michael Berger cuando hizo la película Los fantasmas de la Luna. Entonces yo dije “¡Ah, Michael Berger el de Los Fantasmas de la Luna, claro! La verdad es que no me sonaba ni esta ni la anterior, me las había soplado las dos el camarero. Se me quitaron las ganas de pedir autógrafos, pero no de hacer más preguntas: “¿Vosotros firmáis como el actor a quien doblabais?” Esto pareció herir en su orgullo al doble de Lucien Rigoreaud, de modo que en lugar de contestarme me pidió que le pagase. “Si no va a vestirse, son cinco euros…” Saqué un billete de mi cartero y apoquiné religiosamente. Me salí de allí. Aquello daba asco. Ni pasé por el hotel. Volví a meter las maletas en el coche y me fui por donde había venido. Había un cartel a la entrada del pueblo que lo anunciaba: “El pueblo de las almas perdidas”.

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“MANICOMIO” Y “EL MUNDO SIGUE”

>> domingo, 4 de julio de 2010



Quería comenzar este texto afirmándome en mi escritura sin pies aclaratorios. Los considero un error en una “literatura” que considero personal, exenta de formalismos. Esto no quiere decir que deje de considerarse un ensayo ni quede libre de la atención de los curiosos-estudiosos. Si hay algo digno de aprender en ellos, solo pongo por norma que se comprenda sin necesidad de este tipo de ayudas. No hay nada científico en mis opiniones. Es más, admito que hay una irregularidad engañosa que, a lo más, desconcierta. Hay en la sociedad un cierto fariseísmo por parte de ciertos individuos que se valen de las artimañas especificativas: cuando se encuentran en sus comienzos, para valerse de cierto respeto, las emplean como medio para lograr ascender en su nombre. Una vez arriba o medio arriba, se sienten sin necesidad de dar explicaciones a nadie y las olvidan. Yo por lo tanto ni nací ni viajo hacia la muerte. Escribo por gusto, por deleite o como quiera entenderse. Nada más.
Aclarado este punto sin necesidad de pies de página, paso a hablar de dos películas de un Fernán Gómez director. Anteriormente, ya hablé de “El extraño viaje”, una joya sin estela, digna del cajón de incomprendidas o “malditas”. En primer lugar, me refiero a “Manicomio”, película de 1953 y que sirvió como aprendizaje para un ya prestigioso actor que buscaba caminos para sus propias ideas. Junto a Luis María Delgado, afronta el proyecto aprovechando los decorados de un filme que acaba posponiéndose: “Aeropuerto”. Saca un guión de su invención, que no es sino una trama que hilvana historias adaptadas de originales procedencias: desde Edgar Allan Poe hasta Gómez de la Serna. Literaria hasta la médula, incluso en su presentación figura una cita: “Señor, danos una brizna de locura que nos libre de la necedad”. Shakespeare. Por si esto fuera poco, encontramos la aparición fugaz de camilo José Cela haciendo el papel de un loco que se cree asno, dando coces a diestro y siniestro.



Camilo José Cela, en el papel de loco que se cree asno

No hay que confiar en el humor del absurdo, pues en él encontramos verdades como puños veladas por esta deliciosa locura. Un manicomio donde los encerrados son cuerdos y los locos andan a sus anchas como sanos puede habérsenos ocurrido en más de una ocasión. Precisamente, en ello radica el que un relato se vuelva de ficción, incómodamente cómico. Sabemos que en esto hay mucho de verdad, pero nos reímos viéndolo como farsa. Precisamente ninguno de estos locos se reconoce como tal, siempre hablan de sí mismos de esta forma: “Conocí a un amigo que…” Parte de esta culpa la tiene la vida social que se presenta de puertas para afuera, toda apariencia, nada se desvela tras ella. Ninguno de estos “individuos de bien” muestra su otra cara, su verdadero delirium tremens, bien encorsetado y ceñido bajo su vestido elegante o, al menos decente, de imagen pública.
Ante esto, puedo pasar a hablar de “El mundo sigue”, película diez años más joven que la anterior. En ella encontramos casi nulos los intentos, como ribetes, de comedia. No hay nada gracioso que contar. Nada que fabular ni que imaginar, tan solo al ser humano con sus gracias y desgracias. En este caso, el manicomio ha salido a la calle. Descubrimos que la sociedad es un manicomio con los sanadores de vacaciones. Solo puede irse a peor. Con la dureza de Zunzunegui (Z-Z, el innombrable, aquel que parecía acarrear el gafe de sus novelas para el desdichado que pronunciaba su nombre), quien paradójicamente sustituyó a Baroja en su sillón de la Academia de la Lengua tras fallecer, Fernán Gómez ya en solitario dirige una de las más grandes cintas que ha parido el celuloide patrio. Todo lo que se muestra es feo, pareciendo justificarse con otra frase lapidaria de comienzo, heredada del libro de Zunzunegui, la extraída de la “Guía para pecadores” de Fray Luis de Granada. Los celos, los odios, las envidias, las vanas aspiraciones… En fin, un compendio ampliado de pecados capitales universales. Un caso similar al de las dos hermanas de la novela sucedió en el pueblo de mi madre, el de San martín de Valdeiglesias: idénticos síntomas, idéntico final.



Aprovechado la tímida apertura anunciada por García Escudero, responsable del sector de la cinematografía (quien a su vez se escudaba tras Fraga Iribarne, ministro por entonces), Fernán Gómez decide apostar por la adaptación cinematográfica del libro, el cual parecía haberle cautivado. Pasó el tiempo suficiente como para que las autoridades se echasen atrás ante la mala acogida por parte del pueblo, en su mayoría conservador y ante aquel agradecimiento por parte de los artistas, que no pareció llegar suficientemente para las autoridades. Y a todo esto, Fernán Gómez finiquitando una de sus obras maestras. El resultado: un retraso terrible para su estreno y la extinción de las ilusiones de un autor comprometido y prometedor, que acabaron de rematarse con su otro fracaso “El extraño viaje”. En ninguno de los dos casos había una intención comercial, parecía olvidada ante la ilusión de trabajar en proyectos deseados, anhelados, cargados de ilusión. En fin, una lástima.
Ahora, ya establecida la justicia de los años en la crítica, encontramos todavía desatendida la labor de promulgación cultural. No hace falta salir al extranjero para volver con la mollera cargada de experiencia y coherencia. Basta hablar con señores de mente internacional que no han pisado fuera de aquí en su vida (esto es, eruditos de biblioteca) para confirmar las sospechas tímidas de algunos incomprendidos. Es triste que un genio tenga que adaptarse a la vida y no la vida a él para aprender de su sabiduría, pero lo cierto es que para todo se aprende e incluso puso venirle bien. En conclusión: “El mundo sigue” debería de ponerse una vez al año, al menos, en las grandes pantallas de reposición y en los televisores. Si algún ministro de cultura actual o postrero lee estas líneas, espero que no me haga caso, de acuerdo con su propia coherencia ministerial. Muchas gracias y fin de la historia.
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BUSCANDO UN RAVEL

>> sábado, 3 de julio de 2010

Los caminos de El Rastro suelen estar concurridos por curiosos compradores y personas que consagran sus domingos a la venta de objetos de dudosa procedencia. Entre sus historias nos cabe destacar una:
Se hablaba de un tipo que una vez compró un vinilo, el de “El Bolero de Ravel” y que volvió loco, pues la música no terminaba y la aguja, como por un encantamiento, al sentir terminar su labor volvía al principio sin que silencio mediase entre esta y aquella acción.
Esta historia, por muy inverosímil que resultara, dio lugar a la búsqueda de tal talismán en alguna copia que la casa discográfica hubiese podido sacar al mercado. Ni cabe decir que no se dio con ella.
Había, sin embargo, un lugar como mágico, donde poder encontrar ese “talismán”. La gente, que suele mostrarse ciega en su actitud cotidiana, desestimaba esta probabilidad pasando ante ella como verdaderos burros tras zanahorias. Era una tienda que se había hecho con todo une edificio de tres plantas, de esos que parecen competir en antigüedad con los de nueva construcción. Una especie de lucha constante hacia el Apocalipsis.
La tienda no tenía nombre pero sí una especie de lema que rezaba así:

“Algo-galgo-halago-galápago. El orden de factores no altera el producto. Se venden todo tipo de productos.”

Fue, curiosamente, un familiar del enfermo quien decidió reemprender la búsqueda cuando todo se daba ya por perdido. Este sujeto, no tenía un interés morboso como el de los curiosos que buscaban aquel raro ejemplar. Lo único que quería era hacer desparecer aquel producto “defectuoso” para que no volviese a repetirse aquella triste historia.
Iba acompañado de su hija, la cual parecía no tener nada mejor que hacer en ese día y se ofreció a ir con el tío.
En la tienda, aquella especie de Almoneda, se encontraban despachando moscas tres hermanos: Tim, Tom y Tim. Sus nombres, dichos de corrido, resultaban la onomatopeya del timbre de la propia tienda. El más mayor de todos, Tim, se encontraba haciendo números en la trastienda, en la mesa en la que tantas veces su abuela le pedía la lección. Su abuela, verdaderamente, no habría servido de maestra: trataba de enseñarle las cosas de la vida, pero ante la imposibilidad para la comprensión de su nieto, acababa haciendo ella las tareas a enseñar. Era como un profesor que quiere tanto a su alumno que hace el examen por él. Fue con el que más paciencia tuvo. Luego vinieron Tom y Tim y entonces decidió que ya no estaba para hacer las cosas por partida doble, de modo que los niños aprendieron estas cosas de la vida por lsu cuenta y riesgo.
Tim mojaba magdalenas en leche. La leche no podía dejar marca si mojaba papel, por eso decidía tomarla mientras revisaba las facturas pendientes. Tom y Tim estaban tras de la mesa en la entrada, arreglándose mutuamente el pelo. Eran tres chicos apuestos aunque rudos, con y brazos y cabezas que parecían imposibles de meter dentro de aquellas camisas de cuadros. Los pantalones estaban todavía más ajustados a sus cuerpos. Eran unos verdaderos portentos que parecían desaprovechar sus posibilidades ante la vida regentando aquella tienda.
Al oír el timbre de la puerta Tim salió de la habitación de atrás y Tom y Tim se cuadraron.
“Tom, dale al interruptor para que pueda abrirse la puerta y pasen estos señores” dijo Tim.
Luspendio y Elisa entraron tan dignamente que el polvo que abrigaban en sus ropas parecía incluso casual.
Tom comprendió que se había enamorado. Tim se hizo cargo de las cuentas cuando descubrió que este, en lugar de resolverlas, las trocaba en poemas. Esta desconfianza de su hermano provocó en Tom un cambio de rumbo en su vocación y dejó de rimar “amor” con “corazón” para dedicarse “a otra cosa, mariposa”. Ahora, parecía que los efluvios poéticos retornaban a su humilde morada. “Es tan bella que parece que todas las flores huelen a su nariz”. La nariz no era precisamente lo más bello en ella. Heredada nefastamente de su padre, hacía de su faz algo que podía haber aspirado a algo mejor. Algunos padres no tienen conciencia a la hora de crear belleza, no se eligen bien entre ellos. Lo mismo sucede a la hora de componer los apellidos para el vástago. Parece que le castigan en lugar de bendecirle con su nacimiento.
Luspendio parecía como de otra época: no le daba vergüenza llevar una chistera en su cabeza a estas alturas. La cadena de reloj de bolsillo a bolsillo de la chaqueta era otra de las rarezas que parecían conferirle un lugar en algunos de los estantes de aquella tienda.
- Buenas tardes, señores- dijo Luspendio. Los dos hermanos pequeños asintieron con la cabeza repeinada.
- ¿Qué desea el caballero?- dijo el mayor.
- ¿Tienen ustedes “El bolero de Ravel”?- preguntó abstractamente Luspendio.
- Eso es una canción y nosotros no coleccionamos sonidos- dijo el otro Tim, que era un melómano empedernido.
- Me refiero a si tienen un vinilo con “El bolero de Ravel” solo- aclaró Luspendio.
- ¡Qué hija más guapa tiene!- soltó Tom de repente, casi a bocajarro.
- ¿Y eso a qué viene?- dijo la casi-bella Elisa.
- ¿Cómo sabía que era mi hija?- preguntó Luspendio.
- Una intuición reveladora.
- Bueno, hablando de Ravel- atajó el Tim mayor, jugando con la última palabra dicha por su hermano- voy a ver cómo puedo ayudarle. Ahora vengo.
Y Tim subió las escaleras que conducían al segundo piso de la franquicia familiar.
- Oigan una cosa: ¿Toda la casa es suya?- preguntó a los dos hermanos Elisa, chica práctica.
- Sí, bueno- contestó el otro Tim, pues Tom se encontraba como extasiado ante ella- los pisos de arriba eran la casa de nuestros padres. Ahora que ya no viven la hemos aprovechado para ampliar el almacén.
- Vaya, cuánto lo siento…
- ¿Qué hayamos ampliado el almacén?- dijo Tom con ironía.
- No, hombre, lo de sus padres- contestó divertida Elisa.
Ya bajaba Tim con un vinilo en la mano. ¡Qué suerte, no haría falta escoger entre varios! La cosa parecía definitiva, irrevocable, una suerte de revelación.
- Este disco vino aquí hace un tiempo. Nadie quería comprarlo porque solo tenía una canción. Está sin desprecintar, de primera mano.
- Se lo compro- dijo Luspendio. A pesar de que “nadie se lo quería llevar”, se lo vendieron a un alto precio. Suele pasar con las ventas. Los hermanos pusieron a su servicio de nuevo la intuición y descubrieron en Luspendio una gran necesidad por llevarse aquella cosa invendible.
Una vez en casa, ya con el disco en su poder, Luspendio rasgó el plástico y sacó el disco. Miró cuidadosamente sus surcos y llamó a su hija en cuanto descubrió lo que buscaba.


- Fíjate, Elisa. La forma de las curvas parecen condenar al disco a repetirse una yotra vez, a obligar a la aguja a no detenerse nunca. Hay que destruirlo…
- Pero papá… Con lo bonito que es. ¿Y si lo guardamos aunque no lo pongamos nunca, como reliquia?
- Sé que algún día alguien lo pondrá y no quiero más problemas…
Sonó el timbre de la casa. Elisa fue a abrir y se encontró con Tom vestido estúpidamente (con chaqueta a cuadros) y con un ramo de flores en la mano.
- Disculpe señorita, pero la he seguido a usted y a su padre. Solo quería que aceptase este regalo en muestra de mi amor por usted. Estas flores huelen a su nariz…
- ¿Pero qué dice, insolente?
- Quiero decir que estas rosas son dignas de ser respiradas en su fragancia por usted…
Elisa se sonrojó de admiración, pero a la vez le molestó que le mentaran a su nariz, un tanto prominente.
- ¿Quién es, Elisa?- preguntó Luspendio desde el salón.
- Es uno de los chicos de la tienda.
Luspendio apareció poniéndose su roída levita:
- me voy, hija. Atiende a este señor como te he enseñado y, ya sabes, respecto a lo otro… ¡Acaba con ello! Yo no puedo, tengo que ir al banco.
- Lo haré, papá.
En cuanto Luspendio se fue, Elisa fue a sacar bebida para los dos.
- Ahora vengo, no te muevas.
Tom no sabía que estas palabras iban en serio, que eran casi una orden. Como él era de natural nervioso, no pudo evitar desplazarse a curiosear por ahí. Cuando Elisa llegó de nuevo para buscarle, ya no estaba allí. Sonaba, en cambio, una música conocida, con aire rancio de tocadiscos. En el salón, Tom aparecía tumbado en el suelo, fuera de sí, moviendo sus piernas como poseído, mientras Ravel acometía sus interminables compases.


Este relato fue comenzado a fecha 2- 1 – 2009
y retomado y concluido a día 3 – 7 – 10

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Copia de una obra de Juan Gris



Firmado como "José Victoriano González", nombre real del artista
Debajo: Javier 2010

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