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BUSCANDO UN RAVEL

>> sábado, 3 de julio de 2010

Los caminos de El Rastro suelen estar concurridos por curiosos compradores y personas que consagran sus domingos a la venta de objetos de dudosa procedencia. Entre sus historias nos cabe destacar una:
Se hablaba de un tipo que una vez compró un vinilo, el de “El Bolero de Ravel” y que volvió loco, pues la música no terminaba y la aguja, como por un encantamiento, al sentir terminar su labor volvía al principio sin que silencio mediase entre esta y aquella acción.
Esta historia, por muy inverosímil que resultara, dio lugar a la búsqueda de tal talismán en alguna copia que la casa discográfica hubiese podido sacar al mercado. Ni cabe decir que no se dio con ella.
Había, sin embargo, un lugar como mágico, donde poder encontrar ese “talismán”. La gente, que suele mostrarse ciega en su actitud cotidiana, desestimaba esta probabilidad pasando ante ella como verdaderos burros tras zanahorias. Era una tienda que se había hecho con todo une edificio de tres plantas, de esos que parecen competir en antigüedad con los de nueva construcción. Una especie de lucha constante hacia el Apocalipsis.
La tienda no tenía nombre pero sí una especie de lema que rezaba así:

“Algo-galgo-halago-galápago. El orden de factores no altera el producto. Se venden todo tipo de productos.”

Fue, curiosamente, un familiar del enfermo quien decidió reemprender la búsqueda cuando todo se daba ya por perdido. Este sujeto, no tenía un interés morboso como el de los curiosos que buscaban aquel raro ejemplar. Lo único que quería era hacer desparecer aquel producto “defectuoso” para que no volviese a repetirse aquella triste historia.
Iba acompañado de su hija, la cual parecía no tener nada mejor que hacer en ese día y se ofreció a ir con el tío.
En la tienda, aquella especie de Almoneda, se encontraban despachando moscas tres hermanos: Tim, Tom y Tim. Sus nombres, dichos de corrido, resultaban la onomatopeya del timbre de la propia tienda. El más mayor de todos, Tim, se encontraba haciendo números en la trastienda, en la mesa en la que tantas veces su abuela le pedía la lección. Su abuela, verdaderamente, no habría servido de maestra: trataba de enseñarle las cosas de la vida, pero ante la imposibilidad para la comprensión de su nieto, acababa haciendo ella las tareas a enseñar. Era como un profesor que quiere tanto a su alumno que hace el examen por él. Fue con el que más paciencia tuvo. Luego vinieron Tom y Tim y entonces decidió que ya no estaba para hacer las cosas por partida doble, de modo que los niños aprendieron estas cosas de la vida por lsu cuenta y riesgo.
Tim mojaba magdalenas en leche. La leche no podía dejar marca si mojaba papel, por eso decidía tomarla mientras revisaba las facturas pendientes. Tom y Tim estaban tras de la mesa en la entrada, arreglándose mutuamente el pelo. Eran tres chicos apuestos aunque rudos, con y brazos y cabezas que parecían imposibles de meter dentro de aquellas camisas de cuadros. Los pantalones estaban todavía más ajustados a sus cuerpos. Eran unos verdaderos portentos que parecían desaprovechar sus posibilidades ante la vida regentando aquella tienda.
Al oír el timbre de la puerta Tim salió de la habitación de atrás y Tom y Tim se cuadraron.
“Tom, dale al interruptor para que pueda abrirse la puerta y pasen estos señores” dijo Tim.
Luspendio y Elisa entraron tan dignamente que el polvo que abrigaban en sus ropas parecía incluso casual.
Tom comprendió que se había enamorado. Tim se hizo cargo de las cuentas cuando descubrió que este, en lugar de resolverlas, las trocaba en poemas. Esta desconfianza de su hermano provocó en Tom un cambio de rumbo en su vocación y dejó de rimar “amor” con “corazón” para dedicarse “a otra cosa, mariposa”. Ahora, parecía que los efluvios poéticos retornaban a su humilde morada. “Es tan bella que parece que todas las flores huelen a su nariz”. La nariz no era precisamente lo más bello en ella. Heredada nefastamente de su padre, hacía de su faz algo que podía haber aspirado a algo mejor. Algunos padres no tienen conciencia a la hora de crear belleza, no se eligen bien entre ellos. Lo mismo sucede a la hora de componer los apellidos para el vástago. Parece que le castigan en lugar de bendecirle con su nacimiento.
Luspendio parecía como de otra época: no le daba vergüenza llevar una chistera en su cabeza a estas alturas. La cadena de reloj de bolsillo a bolsillo de la chaqueta era otra de las rarezas que parecían conferirle un lugar en algunos de los estantes de aquella tienda.
- Buenas tardes, señores- dijo Luspendio. Los dos hermanos pequeños asintieron con la cabeza repeinada.
- ¿Qué desea el caballero?- dijo el mayor.
- ¿Tienen ustedes “El bolero de Ravel”?- preguntó abstractamente Luspendio.
- Eso es una canción y nosotros no coleccionamos sonidos- dijo el otro Tim, que era un melómano empedernido.
- Me refiero a si tienen un vinilo con “El bolero de Ravel” solo- aclaró Luspendio.
- ¡Qué hija más guapa tiene!- soltó Tom de repente, casi a bocajarro.
- ¿Y eso a qué viene?- dijo la casi-bella Elisa.
- ¿Cómo sabía que era mi hija?- preguntó Luspendio.
- Una intuición reveladora.
- Bueno, hablando de Ravel- atajó el Tim mayor, jugando con la última palabra dicha por su hermano- voy a ver cómo puedo ayudarle. Ahora vengo.
Y Tim subió las escaleras que conducían al segundo piso de la franquicia familiar.
- Oigan una cosa: ¿Toda la casa es suya?- preguntó a los dos hermanos Elisa, chica práctica.
- Sí, bueno- contestó el otro Tim, pues Tom se encontraba como extasiado ante ella- los pisos de arriba eran la casa de nuestros padres. Ahora que ya no viven la hemos aprovechado para ampliar el almacén.
- Vaya, cuánto lo siento…
- ¿Qué hayamos ampliado el almacén?- dijo Tom con ironía.
- No, hombre, lo de sus padres- contestó divertida Elisa.
Ya bajaba Tim con un vinilo en la mano. ¡Qué suerte, no haría falta escoger entre varios! La cosa parecía definitiva, irrevocable, una suerte de revelación.
- Este disco vino aquí hace un tiempo. Nadie quería comprarlo porque solo tenía una canción. Está sin desprecintar, de primera mano.
- Se lo compro- dijo Luspendio. A pesar de que “nadie se lo quería llevar”, se lo vendieron a un alto precio. Suele pasar con las ventas. Los hermanos pusieron a su servicio de nuevo la intuición y descubrieron en Luspendio una gran necesidad por llevarse aquella cosa invendible.
Una vez en casa, ya con el disco en su poder, Luspendio rasgó el plástico y sacó el disco. Miró cuidadosamente sus surcos y llamó a su hija en cuanto descubrió lo que buscaba.


- Fíjate, Elisa. La forma de las curvas parecen condenar al disco a repetirse una yotra vez, a obligar a la aguja a no detenerse nunca. Hay que destruirlo…
- Pero papá… Con lo bonito que es. ¿Y si lo guardamos aunque no lo pongamos nunca, como reliquia?
- Sé que algún día alguien lo pondrá y no quiero más problemas…
Sonó el timbre de la casa. Elisa fue a abrir y se encontró con Tom vestido estúpidamente (con chaqueta a cuadros) y con un ramo de flores en la mano.
- Disculpe señorita, pero la he seguido a usted y a su padre. Solo quería que aceptase este regalo en muestra de mi amor por usted. Estas flores huelen a su nariz…
- ¿Pero qué dice, insolente?
- Quiero decir que estas rosas son dignas de ser respiradas en su fragancia por usted…
Elisa se sonrojó de admiración, pero a la vez le molestó que le mentaran a su nariz, un tanto prominente.
- ¿Quién es, Elisa?- preguntó Luspendio desde el salón.
- Es uno de los chicos de la tienda.
Luspendio apareció poniéndose su roída levita:
- me voy, hija. Atiende a este señor como te he enseñado y, ya sabes, respecto a lo otro… ¡Acaba con ello! Yo no puedo, tengo que ir al banco.
- Lo haré, papá.
En cuanto Luspendio se fue, Elisa fue a sacar bebida para los dos.
- Ahora vengo, no te muevas.
Tom no sabía que estas palabras iban en serio, que eran casi una orden. Como él era de natural nervioso, no pudo evitar desplazarse a curiosear por ahí. Cuando Elisa llegó de nuevo para buscarle, ya no estaba allí. Sonaba, en cambio, una música conocida, con aire rancio de tocadiscos. En el salón, Tom aparecía tumbado en el suelo, fuera de sí, moviendo sus piernas como poseído, mientras Ravel acometía sus interminables compases.


Este relato fue comenzado a fecha 2- 1 – 2009
y retomado y concluido a día 3 – 7 – 10

2 comentarios:

Meme 3 de julio de 2010, 6:42  

En Enero de 2009 pensabas acabar el relato así?

Anónimo 4 de julio de 2010, 12:04  

jaja en Enero pensaba que bastaba con el primer párrafo!!!

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