Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

De mi educación artística escolar

>> miércoles, 14 de julio de 2010

Mi educación artística resultó nefasta hasta la entrada en bachillerato, cuando ya pude elegir la opción artística realmente. Hasta entonces, de ella solo había obtenido una enseñanza teórica, sin conseguir ahondar verdaderamente en lo práctico.
En primaria, tuvimos a un profesor que se llamaba Serafín y que nos enseñaba Plástica, Música y dramatización a la vez. Pondré tres ejemplos de cada una de las asignaturas:

En Plástica, lo único que aprendí en el plano creativo fue a realizar “picasines”. Estas obras (ejercicios, más bien diría yo) consistían en garabatear un papel de manera aleatoria con un lápiz que nuca se levantaba del papel y que, en su recorrido, hasta llenar el folio, trazaba curvas por aquí y por allá. Luego, se tomaban los colores y se pasaba a rellenar (como la herramienta de Paint) los elementos que quedaban cerrados en sí mismos. El resultado, como era de esperar, no tenía nada que ver con el estilo picassiano, pero esto era lo de menos. La cosa era llamar a una cosa excéntrica con un nombre de excéntrico.

En Música, llegó el día en que perdí la fe en los educadores: se le ocurrió a este buen señor decir que “los violines venían afinados de fábrica”. Yo, que algo sabía de este instrumento al llevar ocho años estudiándolo (y no poniéndolo precisamente en una silla y contemplándolo) me atreví a contrariarle: “Perdone, pero los violines para algo tienen las clavijas…” Él entonces me contestó con algo como que quién iba a saber más de esto, si yo o él, que llevaba dando la asignatura tantos años…

En Dramatización, hacía aprendernos poesías escritas por él y declamarlas, para nuestra vergüenza, en púlpito y ante toda la clase.
Había una que todavía recuerdo más o menos:

Yo tuve una vez un gato
Blanco, rubio ¡más monín!
Con el rabo así de largo
Se llamaba Serafín

Serafín, además de estas tres asignaturas, donde se cumplía lo de “conocedor de muchas cosas, experto en nada”, estaba también al cargo del coro del colegio, al que yo asistí de mucho antes de todo esto, en el cual duré solo un año, y del cual salí voluntariamente a pesar de “un gran futuro” (esto es, a aspirar como mucho a hacerle los coros a Rouco Varela en las misas de la Almudena). Cuando este señor fue sustituido al jubilarse, el nuevo director del coro, que era el director de mi orquesta (y no es tanta casualidad, pues intermedió en esto mi padre, en aquel momento ayudante de dirección en la Fundación Mozart ) decía que no había por donde coger la herencia. Para empezar, todo el archivo de partituras se limitaba a folios con las letras de las supuestas canciones. No había por ninguna parte pentagramas con la música. Y es que, en España la docencia de música en los colegios se ha aprendido casi siempre de oído. Para empezar, cuando uno es pequeño y tiene mayor capacidad de asimilación, se le enseñan las notas perversamente: en lugar de Fa, Do o Re se le dice “Fu, Li y Da” y esto acaba por sonarnos a “chino”. Luego, se nos coloca una flauta dulce entre las manos (el instrumento más económico y accesible para las familias) y, para que reconozcamos bien sus agujeros, se los acompaña de pegatinas de colores (cada color tiene asignado uno de esos nombres horrendos anteriores).
En secundaria, la cosa no es que mejorara, pues tuvimos en primer curso a un profesor que nos enseñaba Educación Física (Gimnasia de toda la vida) y también Plástica. Sin embargo, esto era más comprensible, ya que la segunda se limitaba al dibujo técnico de tiralíneas y poco más. Estos profesores siempre rallaban los sesenta en cuanto a edad. La Música se asignó a otro profesor, especializado tan solo en esta asignatura. De nombre Joaquín, este señor continuaba siendo la mofa y el escarnio del grupo de individuos que tenía de compañeros (no me refiero a los amigos que, auque con mucha facilidad se nombraba así a cualquiera que por allí pasaba y te hacía caso, eran ya de otra pasta). El pobre hombre rozaba la calvicie total y algunos le conocían ya como “Johny melenas, el terror de las nenas”. Una cosa que no se le podía reprochar es que nos hizo más diestros en el manejo del instrumento, y nos ofertaba partituras serias a “ejecutar”: “Panis Angélicus” de César Franck, “Serenata” de Schubert… Y llegó el día de interpretar, a instrumento y coro, “Dónde estarán nuestros mozos” de la zarzuela “La del soto del Parral”. Las mujeres, o sea, los machirulos, se preguntaban, brazos en jarras- había hasta coreografía- dónde estaríamos. Nosotros salíamos a su encuentro entonces y las decíamos: “Ya estoy aquí, no te amohínes mujer…” Era difícil, como ya digo, imaginar en estas señoritas a nuestras mujeres. Eran desagradables de vista, de tacto y de trato. Recuerdo a una que me bramó en un partido de baloncesto por arrebatarle la pelota. Yo entonces la contesté: “¿Qué os falta, bella doncella?” Siempre, con todo mi amor, por supuesto. La broma se entendió, como era de esperar.
Este profesor, que siempre me tuvo en un altar (me puso matrícula en la asignatura en aquel curso en que estuve “de baja” durante el periodo de marzo a junio, mientras otros profesores decidieron ni siquiera calificarme), acabó poniéndome verdaderamente y sin metáforas en uno de ellos, con el violín, para amenizar las bodas y comuniones que en colegio se efectuaban, junto a otros compañeros que corrieron la misma suerte. Una de las piezas más bellas que interpretamos fue la “Canción India” de “Sadko”, la obra de Rimsky Korsakov. Tuve el honor de estar “presente” (qué remedio) en la boda del psicólogo del colegio, Gonzalo, que me atendió en los momentos más duros de mi convalecencia, cuando me reincorporé a las clases tras tres meses de ausencia, recomendación de mi psiquiatra oficial, Rosa.

Ya en cuarto, el último curso, tuvimos en Música a Esther, la primera profesora que vi salir llorando de una de sus clases. Era en verdad una déspota, pero hasta estas se desmoronan ante la insensibilidad de algunos alumnos. Nos propuso hasta la preparación de una coreografía. Con los de mi grupo solo me fue posible realizar la de “Soy un taza, una tetera, una cuchara y un cucharón”. En realidad fuimos los más ridículos a la hora de las presentaciones, pero también los más sinceros. No precisamos ni de música ni de playback. Ensayábamos, totalmente convencidos de nuestra profesionalidad, escondidos en la Casa de Fieras del Retiro. Yo les había propuesto tratar de llevar, con nuestras posibilidades, a cabo “Preludio tras la siesta de un fauno”, pero me acabaron mandando a dormir la mona con el Fauno ese.

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP