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DOBLE INTERPRETACIÓN

>> martes, 6 de julio de 2010

Llegué a aquel lugar por una carretera de doble sentido.
Ahora, descansaba antes de llegar al hotel para deshacer las maletas, en una terraza frente a la playa. Parecía un pueblecito de la Costa Azul, con sus casas blancas y sus prados verdes. Se respiraba el salitre que algunas olas empujaban hasta allí. El negocio se encontraba, en verdad, atestado de lugareños. A todos les definía un mismo patrón: cada rostro se parecía a otro. ¿Pero a quién? Ese de allí recordaba a otro rostro, y este otro de aquí también… ¡Todos tenían caras que no les pertenecían! Era extraño, todo ello creaba una atmósfera de aire enrarecido. Tomé un refresco y unas aceitunas con sabor a anchoa. Me llené la camisa de lamparones. Ante mi torpeza, no me atreví a pedir el menú del día. Si comía algo, sería sin ropa. Luego pensé: ¡qué diablo! Tengo puesto el bañador y, ya que he llegado tarde y no me voy a bañar, al menos podré comer algo sirviéndome de él. Visto y no visto, me quité la camisa y el pantalón. Mi apariencia era muy poco estética. Casi pienso que estaba faltando a la educación que me habían enseñado en mi casa. No me importaba tampoco ¡quería comer sin llegar a casa lleno de aceite! Pedí la carta al camarero que me trajo los aperitivos. Este también se parecía a alguien… Me dijo: “Por favor, si se va a quedar en bañador, le sugiero que se marche a otro local donde puedan atenderle de acuerdo a su indumentaria.” ¿De qué me sonaba esa frase? ¡La había oído, tal cual, en otro sitio! Para saciar mi curiosidad, se lo pregunté al interfecto. “Sí, bueno, es de una película…” ¿De una película? Le pregunté que si era una película que le gustaba y que por eso la recordaba tan al milímetro. Me contestó que él había dicho esa frase en la película cayendo de un edificio de veinte plantas. Esto me dejó todavía más confuso, porque yo no digo esas cosas si me voy a matar en un accidente. Lo otro me parecía más razonable: era un doble, como todos los demás. Este pueblo lo habían formado dobles de películas sin éxito, juguetes rotos que no habían tenido más que una oportunidad y un director sin olfato les había dejado sin empleo ante el rotundo fracaso de su película. “¡Claro, tú eres el cuerpo de Lucien Rigoreaud, el personaje del filme Los cuatro naipes!” Tiré del servilletero para valerme de un papel con el que pedirle un autógrafo. “Señor, no me comprometa. Si el jefe me ve ausentándome del trabajo por unos instantes, me despide. Es muy riguroso en sus normas. Yo le aconsejaría que le pidiese un autógrafo al hombre de la mesa de allí.” Yo le pregunté “¿y quién es?” y me contestó que se trataba del doble de Michael Berger cuando hizo la película Los fantasmas de la Luna. Entonces yo dije “¡Ah, Michael Berger el de Los Fantasmas de la Luna, claro! La verdad es que no me sonaba ni esta ni la anterior, me las había soplado las dos el camarero. Se me quitaron las ganas de pedir autógrafos, pero no de hacer más preguntas: “¿Vosotros firmáis como el actor a quien doblabais?” Esto pareció herir en su orgullo al doble de Lucien Rigoreaud, de modo que en lugar de contestarme me pidió que le pagase. “Si no va a vestirse, son cinco euros…” Saqué un billete de mi cartero y apoquiné religiosamente. Me salí de allí. Aquello daba asco. Ni pasé por el hotel. Volví a meter las maletas en el coche y me fui por donde había venido. Había un cartel a la entrada del pueblo que lo anunciaba: “El pueblo de las almas perdidas”.

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