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EL MONIGOTE

>> domingo, 29 de agosto de 2010


Un dibujo, realizado a carboncillo sobre papel que representaba a un hombre diminuto, sentía una desaforada sed. Veía que, en la mesa donde descansaba dentro de la hoja, el dibujante había olvidado su vaso de agua. Hacía mucho tiempo que el estudio había quedado vacío, el suficiente como para que un dibujo comenzase necesitar de su hidratación. Había sido engendrado y abandonado a su suerte. El monigote llegó a renegar de su padre porque pensaba que era ya imposible que apareciese. Cuando todavía no habían pasado tres horas desde que el hombre había dibujado en el papel, la puerta se abrió y ¿quién apareció?...
“¡Padre, padre, déme un poco de su agua, que me muero!” dijo el dibujo con una boca no muy perfilada. Pero el padre de la criatura solo había vuelto para llevarse el vaso. Al tratar de cogerlo, tuvo la mala suerte de que resbaló de sus dedos y fue a volcarse sobre el papel donde aquel sediento pedía a voz en grito agua. Todo quedó emborronado, nada recordaba ya a la figura humana que hace un momento pedía su salvación. Aquello que podía haberle quitado su sed lo eliminó. Tal fue el enfado del dibujante ante las consecuencias de su torpeza que no dudó en hacer de su última creación una pelota de papel y arrojarla a la papelera.

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LUGARES COMUNES

>> miércoles, 25 de agosto de 2010


“El año que viene casi todos ustedes serán profesores. De literatura no saben demasiado pero lo suficiente para empezar a enseñar. No es eso lo que me preocupa. Me preocupa que tengan siempre presente que enseñar quiere decir mostrar. Mostrar no es adoctrinar, es dar información pero dando también el método para entender, razonar, analizar y cuestionar esa información. Si alguno de ustedes es un deficiente mental y cree en verdades reveladas, dogmas religiosos o doctrinas políticas, sería saludable que se dedicara a predicar en un templo o desde una tribuna. Si por desgracia siguen en esto, traten de dejar las supersticiones en el pasillo antes de entrar al aula. No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza, es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor persona por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Pónganse como meta enseñarles a pensar. Que duden, que se hagan preguntas. No los valores por sus respuestas, las respuestas no son la verdad. Buscan una verdad que siempre será negativa. Las mejores preguntas son aquellas que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no por eso pierden vigencia. Qué, cómo, cuando, por qué; si en esto admitimos eso de que la meta es el camino, como respuesta no nos sirve. Describe la tragedia de la vida pero no la explica. Hay una misión, un mandato que quiero que cumplan. Es una misión que nadie les ha encomendado pero que yo espero que ustedes, como maestros, se la impongan a sí mismos. Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites… sin piedad."

Discurso del profesor a sus alumnos en el film “Lugares comunes”


La enseñanza no es moco de pavo. En el profesor, reposa una gran responsabilidad. Bajo sus palabras, sus actos, se encuentra no solo la responsabilidad de educar, sino además la de comunicar. Conseguir el interés del alumno, sus ganas de aprender. Estoy de acuerdo en que estas palabras parecen más cinematográficas que reales, pero este ejemplo debe de tenerse en cuenta a la hora de abordar una realidad. Por supuesto que no existe una sola verdad. Por ello, hay que aprender a enseñar que hay distintas verdades y versiones de la historia, y conocerlas todas para llegar a una media de las mismas.
El maestro tiene ante sí una ardua tarea. No me resulta extraño relacionarlo con la figura del traductor. Al fin y al cabo tanto uno como otro se encargan de transmitir información adecuándola de alguna manera. El origen de traductor tiene dos significados. Por un lado, el de “traidor” y por otro, el de “el que trae”.
El maestro tiene que conseguir que el alumno se sienta interesado por las clases, por la oratoria. Debe saber que este intuye en el fondo de su ser lo siguiente: “Lo que aprendo en clase podría aprenderlo en los libros”. Para evitar que este presentimiento se cumpla, su obligación es no aburrir. Si sus clases acabaran por resultar tediosas, el “pupilo” retomaría la idea de aprender en una biblioteca dejando así de perder el tiempo en las horas lectivas. Dar lugar a la participación es también un buen sistema. Muchos estudiantes no sienten la necesidad de colaborar con el profesor en este sentido, es más: piensan que una clase consiste en que una persona con el rol de docente habla y habla mientras ellos callan y apuntan. Lo apuntado les servirá para enfrentarse después a un examen.
El alumno debe sentirse espoleado, tener la necesidad de encontrar un momento en el que aportar su opinión. Sentirse incluso presionado para ello. Resulta necesario que haya un intercambio de opiniones. Es sano. El alumno así da a conocer sus puntos de vista. Su visión de las cosas puede resultar útil al profesor, del mismo modo que las contestaciones del educador pueden guiar al alumno en el conocimiento y manejo de su brújula orientativa. Volver más preciso no solo su conocimiento, sino su modo de conocer, de adentrarse en este laberinto que es la sabiduría (la experiencia vital, por supuesto). En un examen apenas puede el alumno expresarse libremente, atado de pies y manos por un temario. El profesor, qué duda cabe, debe de encontrarse siempre dispuesto a conocer cosas nuevas, mostrarse abierto a propuestas. El que un maestro reciba lecciones no debe representar para el alumno “debilidad”. Es más, esto debe ser para él una muestra más de buen hacer por parte de quien “debe enseñarle”. Esto engrandecerá el respeto que sienta por él. Al menos, así debería funcionar. Igualar posiciones es otra de las tareas a llevar a cabo. Que ni el alumno se sienta inferior ni el profesor superior. Como ya he expuesto, entre ellos debe de intermediar el respeto (y que cada uno de los dos se lo gane con creces, claro es).
Durante mis estudios tanto en la Universidad como en el colegio, los profesores vieron en nosotros a futuros profesores. Unos con buenas intenciones, otros como destino sin remedio. Los segundos veían la profesión que ejercían como forma más coherente de sobrevivir en el mundo laboral. En Bellas Artes la cosa era más clara. Así nos lo dijo el entonces decano en la presentación de inicio de curso. Muchos tendríamos ilusiones que nunca se cumplirían relacionadas con ese hacerse un nombre en el mundo del arte. “Acabaréis siendo profesores y se os quitarán esos pájaros de la cabeza”. Siempre ha corrido la voz en nuestra carrera de que los profesores que dan allí clase son, en su mayoría, artistas frustrados. No obstante, hemos de diferenciar entre los profesores que ofrecen clases de carácter práctico (pintura, escultura, dibujo, grabado…) y los que ejercen como teóricos del arte. Luego están las ponencias, las publicaciones de libros… Hay muchas formas de vivir en este mundillo además de la de dar clases en un aula. Están, además, los que “han conseguido vivir del arte como tal” compaginando este modus vivendi con el de ser profesor. Ser profesor es sentir ganas de transmitir a los demás cualquier tipo de conocimiento, de explicar cuestiones que están todavía vírgenes para aquellos que acaban de llegar, como quien dice. Quien no sienta nada de esto y vea su profesión como mera forma de obtener una economía que le permita vivir, más vale que desista de su empeño y deje su puesto libre para otro que seguramente haga más honor a su profesión. La palabra “vocacional” debe de suscitar más de un cargo de conciencia a quien acude disgustado a su clase diariamente.

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UN SUEÑO HECHO REALIDAD

Entre el hombre despierto y el hombre dormido hay una serie de cabos sueltos que pueden dar lugar a un relato. La historia que sirve como colofón a esta investigación onírica me fue relatada por una compañera de la Facultad durante uno de los descansos en la cafetería (lugar que debería considerarse asignatura obligatoria en la university of life). El carácter literario con que ha sido acuñada, habla de mi constante trabajo de valerme de la realidad para explicar la ficción:

Eran un grupo de chicos que vivían encarrilados por tratar de finalizar sus carreras. Aquel viernes se salieron de estos carriles olvidando la carrera, cayendo ambas cunetas a los lados. Dejaron el coche en la entrada de un bosque y comenzaron su andadura alucinógena. Iban cargados de todo lo necesario para desconectar de la realidad e inventar su propia ficción. Cuando llegaron al primer claro, se sentaron en corro y comenzaron el rito envenenado. Al poco tiempo, todos parecían haberse apoderado del mismo ente, siendo viajeros de un mismo barco con rumbo desconocido. Así, todos vieron a aquel gnomo que se aproximaba al corro saliendo de una de las partes frondosas y salvajes de aquel vergel.
“¡Mirad a ese gnomo!- dijo uno.
“¿Quieres jugar con nosotros”?- le preguntó el más decidido.
El gnomo acabó pasando por todas las manos, saltando y brincando, cantando canciones populares. Pudieron estar fácilmente cuatro horas entretenidos en aquellas danzas lúdicas que parecían todos conocer cuando eran en realidad inventadas. Cuando se hizo la noche, no se lo pensaron dos veces.
“Nos llevamos al gnomo”
Y así fue. A la salida del bosque, una paloma excretó sobre uno de ellos, al que siempre habían conocido todos llevando un walkman en las orejas. Gritó en voz alta, tratando de hacerse oír sobre el volumen de la música que escuchaba, superior a cualquier tímpano humano: “Estas hijas de puta tienen como deporte el esperar a cagarse cuando pasa alguien debajo!” Algunas personas que se encontraban a la entrada del bosque, recogiendo las cosas del pic-nic de los bancos y mesas de madera, quedaron sorprendidas de la audacia verbal del muchacho, de su insolencia. Gente de bien que viene a pasar un sábado en familia no tiene por qué soportar tamaña barbaridad, pero lo asumen con la resignación de quien se cree, en su bien, por encima del supuesto mal de los demás.
Al llegar al coche, ya apartados de aquellos personajes cívicos, depositaron al gnomo en el maletero. Legaron hasta la casa-ocupa que regentaban en las afueras de la ciudad y durmieron la mona como verdaderos angelitos. Al día siguiente, ya repuestos de alucinaciones, todos se acordaban del gnomo del día anterior. Era algo que no podía olvidarse, por muy fácil que se pusiese.
“Debemos ir a ver qué es lo que el día anterior nos llevamos del bosque en el maletero”.
Aquella voz de conciencia resopló en la mente de cada uno de ellos y, encaminaron sus pasos, temerosos de lo que iban a encontrarse, hacia el coche.
Una niña. Una niña dormía plácidamente gracias a los huecos de aire que permitían los asientos traseros. Una de aquellas familias del pic-nic, debía de ser la familia de aquella niña “gnomo”. Gracias a los papeles de identificación que portaba en uno de los bolsillos del pantalón, pudieron dar con sus padres, los cuales denunciaron a aquellos aventureros de la droga.

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"Bohemios"

>> martes, 24 de agosto de 2010

Acrílico sobre tabla
80 x 60 cm


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“LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA”, O LA COMEDIA SEGÚN WILDER

>> sábado, 21 de agosto de 2010



Billy Wilder, cuyo nombre original era Samuel Wilder, tuvo que cambiar el cartel de su película “The seven year itch” (aquí, “La tentación vive arriba” -un título más conveniente que el de “al séptimo día, picazón”) por exigencias del guión. Y es que nadie esperaba que aquel vuelo de faldas de Marilyn sobre una boca de aire de metro se convirtiera en uno de los iconos fabricados por Hollywood de la sensualidad. En verdad, hasta esto parece ser pasado por alto por el director, pues no duda en quitarle hierro con una conversación mantenida por ella y Ewell sobre un anuncio de pasta dentífrica. La historia de un “Rodríguez” que acaba padeciendo (lo de padecer suena a broma médica en este caso) “la sarna de los siete años”- es decir, una teoría desarrollada por el psiquiatra del film Max Eggelhoffer (interpretado por Martin Gabel) que habla de la infidelidad de los maridos a los siete años de matrimonio y en los meses de verano y que da el nombre a la película- podría recordarnos a las historias protagonizadas por López Vázquez o Alfredo Landa y que se encuentran a caballo entre la reivindicación de la existencia de un macho ibérico y su propia parodia. En este caso, el macho no va por las playas en tanga de leopardo sino que trabaja en un editorial, tiene familia y viste respetablemente. Eso sí, se pasa durante toda la película hablando en voz alta, recordándonos los monólogos ahora tan de moda que se escriben y realizan en los teatros de comedia. ¿Por qué un refresco con tal cantidad de ingredientes artificiales iba a ser más saludable que un whisky? Por ejemplo. Cuesta asimilar en un principio estos speech que van contra la lógica de la realidad, pero a los pocos minutos vamos tomando conciencia de que nos encontramos ante la realidad de Wilder y su forma de tratar la comedia. Las escenas oníricas, por otro lado, permiten al director realizarse más en sus fantasías o propuestas irreverentes frente a esta irrealidad de la comedia Wilderiana. Respecto a su concepción argumental, la cosa no creo que sea tan sencilla como “el hombre, juerguista por naturaleza que debe quedarse en la ciudad trabajando mientras su mujer e hijo se van de veraneo, conoce a su nueva vecina de verano que es deliciosamente guapa y tonta”. Para nada. Ni Marilyn es tan tonta como puede aparentar en este papel ni Tom (o Tommy, según nos dé) Ewell un infiel por naturaleza. La historia parece decirnos que, finalmente, esa especie de amistad que surge entre los dos sirve aún más para reforzar sus posturas: Richard Sherman (Ewell) se convence por parte del icono de mujer al que todo hombre, según el planteamiento del filme, sucumbiría al escarceo, de que precisamente el sexo femenino no es como se la plantea primitivamente el masculino desde sus albores. Se busca al hombre cariñoso y divertido, no que vista bien ni tenga que competir en belleza con la prójima. Que se lo diga precisamente Miss Afrodita simboliza para Sherman una forma de convicción total en estas sus palabras. Triunfa el interior y no la depresión de alguien que va camino de los cuarenta perdiendo sus atractivos físicos. Uno ve a Ewell y, siguiendo los parámetros de toda una filmografía, encontraría en él a un Lemonn o un Matthau. Cierto que cada uno desempeña un rol acorde con su persona- también a su vez creada por la industria: Lemonn sería el tímido y buenazo representante de la conciencia de Pepito Grillo, Matthau el aprovechado porque no se detiene ante nada, Ewell aquel que no quiere reconocerse a sí mismo o juega frívolamente con su personalidad en un alarde de coqueteo. Pero yo sigo haciéndome esta pregunta: ¿Cómo pudo hacerse tan célebre una imagen que ni siquiera es como es realmente si seguimos a la fotografía de cartel? Marilyn no sale en ningún fotograma de cuerpo entero (salen primero sus piernas y la falda, luego su torso, mientras que Ewell está junto a ella y parece sobrar para crear el icono). Hay que reconocer que la imagen sufrió un gran cambio en su concepción de diseño- seguramente el creador del primer cartel habría estado apunto de abandonar su profesión al ver su error en la concepción, pues pasar de una Marilyn sujetando unos zapatos y un Ewell tirado en un sofá a una Marilyn mostrando casi sus bajos fondos y un Ewell mirando con picardía pero manteniendo su pose estoica de manos en los bolsillos del pantalón- esto puede dar lugar a malentendidos- resultó toda una revolución en el marketing. Algo así como lo que hace el propio Sherman en su editorial: portadas que entran por los ojos e invitan a ver el contenido, en este caso de “esos libros que se compran en kioscos y se leen en el metro”.

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LA SONRISA DE LA MADRE VIUDA

>> viernes, 20 de agosto de 2010

¡Máscaras que ocultáis sentimientos!
¡Vestidos grandes en cuerpos delgados!
¡Ha llegado la hora del espectáculo!

Por ahí sale Ramplín Ramplante
Con sus muecas horribles
La bella Doris sobre el elefante
Y la troupe de enanos gigantes
Subidos sobre zancos imposibles
La red advertirá al abismo
Desprotegido para el malabarismo
Y sobre él saltarán niños grandes

Risa y llanto
niño y payaso
sonrisa hueca
calor de foco

Es en el trono donde el hada
se quita sus calcetines de lana
descubierta una nueva belleza
sobre las tribunas romanas
desmontables y altas
como patas de araña
Son sobre la cuerda, pies desnudos
la carcajada del que escupe fuego
y la alegría de aquel al que cortan
en un desaconsejable experimento
convertido ahora en dos cajas

28 – 3 – 2007

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A GLUCK

I

Río del anochecer
Frío de la luna
El tintineo de la hierba
El resurgir de los nenúfares
La tempestad en calma

II

En la oscuridad plena
Eurídice grita en silencio

III

El Orfeo de los martes
De torso desocupado
Escala una negra valla

Grifos y triglifos
Que asustáis con vuestro gesto
Emponzoñados de algo negro
Que se propaga por al tierra


IV

La barca que no se mueve
Un alma a empujarla espera
Y entre los patriotas de escayola
Giuliano y Lorenzo tienen mirada fija
De momento efímero, que no pasa


V

Samotracia, guía, de un barco inexistente
Pone por delante el pecho de su proa
El Partenón, viva estampa de un tiempo muerto
Guerreros sin cabeza pelean sobre frontón
sus gestos de piedra anuncian una pausa sin fecha
El viento se lleva palabras inmateriales
Y como en toda tragedia griega
Lo no deseado hace acto de presencia.

Mayo de 2006

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REFLEXIÓN (perteneciente a "Historia de la casa que nunca conocí"

No sé cómo los profesores de Historia del Arte no se dan cuenta de la imposibilidad de impartir en un trimestre todo el temario existente, desde los círculos de Menhires hasta las actuales instalaciones. Lo cierto es que, aunque sepan de su inútil intento, tratan de conseguirlo cada año, sin resultado. En el último curso, se dio desde el Renacimiento hasta el Romanticismo. Nunca se habla verdaderamente de lo importante, es decir, de lo que pasaba por la mente de los artistas para llegar a ser lo que fueron: Caravaggio, Baudelaire, Picasso, Beethoven… Grandes personajes que colaboraron en la heterogeneidad de la Historia del Arte. Es más, creo que debería de haber una asignatura titulada “psicología del artista”. Hay cosas verdaderamente importantes que un “aspirante a” debe de conocer para superarlas cuanto antes. ¿Qué sucede, por ejemplo, con el valor sentimental de la obra del artista? Para mi sigue siendo el desprenderme de ella como la aniquilación de una parte de mi historia, no tanto como otros dicen de “quedarse sin un hijo”. No es cuestión de melodramatizar. También se precisa de la necesidad de saber que esa obra estará bien donde esté, que no se perderá de todo el contacto con la misma. Esto no es que resulte imposible de lograr, pero habla de ciertas inseguridades por parte del autor nada aconsejables para el público-mecenas. En resumen, una propia terapia artística que el alumno agradecería (y sería donde más aprendería seguramente, en esa escuela vital donde todos convivimos más o menos). El bachillerato artístico es una buena transición. Por supuesto, hablo hacia el estudiante convencido o no tan disperso en sus ideas. El humanista de hoy, por supuesto, puede llegar a la carrera con estudios de dos años previos sobre medicina, ciencia, literatura o matemática. Mis dos años de bachillerato artístico fueron lo menos humanista que podía haberse esperado según estos parámetros, pero lo que poca gente sabe es que desde lo artístico pueden desarrollarse muchas otras vías. Conviene advertirlo para ese gran número todavía sin espabilar. El artista Light se ha desentendido ya de aquel mundo romántico empeñado en hacer funcionar al hombre mediante todo tipo de excesos. En mi caso, mi comedimiento puede resultar hilarante e incluso cómico, pues una persona de convicciones abiertas pero a la vez regulado por ciertas normas de orden interior parece incluso contradictoria. Creo en las nuevas reglas del siglo veintiuno, no en un retorno a tiempos anteriores, pues hasta la palabra Renacimiento es falsa. Debería de ser sustituida por Medievo tardío (1). Por perder hemos perdido hasta las cosas más elementales, como ciertos femeninos. Algo me dice que el de Cantante era “Cantatriz”. Bueno, volviendo a lo anterior, no comparto para nada la opinión de los que piensan en lo inútil de un bachillerato como el que yo elegí. Para mí resultó un anticipo, un aviso para navegantes antes del arrepentimiento.
También se ha hablado mucho sobre la lucha del estudiante contra la propia facultad. Ese empeño de matar al padre constante, de desautorizar al profesor por sus ideas (esas que pueden conseguir que un alumno válido abandone la carrera). En cierta forma, se usa esa frase de “si un profesor está contento con tu trabajo, preocúpate”. Se ha creado esa idea de “personas frustradas que no han conseguido llegar a ser artistas y por ello se ganan la vida con la enseñanza”. Yo pienso que, cuando se tienen ganas de enseñar y se hace bien, la profesión de profesor es de las más reconfortantes y bellas que pueden existir. Es síntoma de persona paciente y convencida de su labor. “La paciencia es la madre de la ciencia” dicen. Para los que tienden a la desilusión yo les recomendaría comenzar una labor, aunque resulte penosa para él, pues muchas veces la ilusión necesita de un pequeño empujoncito. El orden, cuadrícula muchas veces necesaria, es también una buena ayuda. Recuerdo lo mucho que me costaba iniciar las clases de violín. Después de un tiempo de su comienzo, el arco iba y venia por las cuerdas, saltaba y brincaba como poseído de su propia iniciativa. A esto me refiero. De la inspiración que te coge trabajando tan picassiana, estoy de acuerdo. Yo soy de los que comienzan a dibujar o a escribir sin saber adonde van, dejándose guiar por un trazo también desorientado o por una evocación insuficiente. Al cabo de un tiempo, si la idea queda frustrada al menos puede inspirar para algo siguiente. Todo el proceso que ha llevado a esa conclusión ha servido. El trabajo que lleva a finalizar algo es muy importante.
Respecto a mi administración con el arte, he de reconocer que tengo una teoría bastante particular respecto a mi futuro profesional. Abogo, cuando comience a dar mis primeros pasos en esto, por la escritura, puesto que es inmaterial y el autor puede guardarse siempre una copia. No sucede esto con los cuadros, con los dibujos, con las esculturas, que resultan irrepetibles. Cuando llegue este momento, espero ser lo suficientemente conocido como para ser respetado y entonces tendré seguridad a la hora de confiar mi propio trabajo a un desconocido. Repito, en el caso remoto de hacerme una persona conocida o por la que sienta respeto al menos un individuo también profesional. Mientras tanto, guardaré todo esto como un simple hobby.

La inmaterialidad que tienen estos escritos tan solo existentes en una serie de códigos numéricos traducidos por el ordenador en legibilidad, poseen la posibilidad de desaparecer sin haber dejado rastro matérico por culpa de un fallo electrónico y ante la imprevisibilidad del autor y su descuido al no imprimir una sola copia del mismo. Su grafología tan personal tan solo dejará impronta ya en los diarios personales o en algún ejemplo contado de romanticismo poético, donde la propia escritura se convierte en la propia poesía.
De los diarios puede decirse que representan la sinceridad, pues es raro que sean corregidos por la propia mano del autor al arrepentirse tiempo después de lo escrito en ellos. En este sentido, los escritos digitales son falsos, pues luchan por la perfección y se aniquilan o dejan mutilar por la mano insegura que les ha concebido una y otra vez, llegando incluso a desaparecer. Este ataque constante a lo que ya ha sido escrito tan solo puede ser detenido con la publicación del escrito, quedando invulnerable al existir de él testimonio oficial. Aún con el retoque posterior de la revisión de autor, siempre nos quedará la primera edición datada con fecha concreta y existencia en archivos (aunque sean editoriales y no de patrimonio histórico). Aquel que durante toda su vida escribe en diarios (personales, no me refiero a periódicos) no precisa de redactar sus memorias. Todo está ahí, en cada cuaderno. Quizá la motivación a volcar lo que uno fue, es y ya no será- al menos para quien decide escribir su historia porque piensa que ya no va a vivir nada más interesante (¿alguien ha publicado una segunda parte de sus memorias?)- proviene de la estimulación del ejemplo. Un hombre de avanzada edad que considera que hablar de él puede resultar una interesante aportación al mundo siempre resulta sugerente. Aquel que día a día va amontonado folios, desgranando capítulos de su memoria, es digno de mención por el simple hecho de esta acción, la de escribir su propia memoria. Condenarla a la oscuridad del olvido es la pérdida de una oportunidad importante, del mejor de los psicoanálisis posibles (y, sobre todo, de los más baratos). En el plano económico, resulta un negocio redondo. Ganar dinero valiéndose de la propia persona, explotándola bajo propio consentimiento, es un lujo para quien se lo puede permitir. Las biografías anónimas pueden ser incluso más interesantes que algunas de las más célebres. Todo está en saber contar lo que se cree que merece la pena ser contado.




(1) Pensamiento con la autoría intelectual de Javier Ramírez Serrano

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PEQUEÑAS PÉRDIDAS

>> jueves, 19 de agosto de 2010

El cine nació viejecito- sordo y ciego- y fue recuperándose en un recorrido inverso e imposible, haciendo un tiento al tiempo. En su primer momento, en el de su demostración más de fenómeno circense, perdimos la oportunidad de ver las mejores acrobacias, al hombre que retaba a la vida con sus requiebros, por esa lastimera llorona que nos daba el objetivo, nublándonos la vista y solo sintiendo la lástima, ahora, de lo que antes no apreciábamos. Porque no solo eran salones de variedades aquellos teatros pintados de la memoria torpe visual. Cuando los especialistas eran los actores. El poco cuidado técnico de los directores amateurs lo pagaban caro aquellos que, aún encontrándose por debajo en cuanto al rango profesional en la propia película, eran superiores y aún así tenían que seguir demostrándolo en cada lugar que les “alquilaba” sin contrato fijo. La cámara, les desmerecía injustamente. Luego, primó la voz sobre la acción y después volvió a dar la vuelta la tortilla. Pero ya era tarde. Terminamos por perder a los todo-terrenos. Las barracas de feria ya casi habían desaparecido y por fin comenzaban a separarse los teatros de los cines. Yo soy partidario, a veces, del desorden, porque sabiendo que uno no se confunde, reconoce en ciertos casos la riqueza. El público también cambió por las exigencias de las modas, y ahora todo lo que quedó atrás nos cuesta asimilarlo como nuestro. Lo vemos tan extraño… ¡Bendita amnesia generacional, que nos vuelve ciegos a nuestra memoria!
19 – 8 – 10

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EDUARDO Y CHUS

Siempre Septiembre ha sido un mes de anhelos y cierta tristeza. Se encuentra uno de nuevo en la capital, abandonando tras de sí los soplos de aire tomados para recuperar el resuello perdido durante casi un año de trabajo. Entonces, ante el calor que casi había olvidado del centro de la península, ansía encontrar cosas que le reconforten o al menos equilibren la balanza. Pero Madrid está vacío. Aquellos lugares por los que uno transitaba y en los que ocupaba buena parte de su tiempo, olvidando las cosas importantes de la vida diaria- es decir, las que te hacen hundir los pies en la tierra para conseguir que tomes conciencia de ella y luego hacen que te cueste tanto salir de la misma- están cerrados a cal y canto o, simplemente, no están. Cuando Madrid vuelve a regenerarse dispuesto a otro nuevo curso, es cuando tomas esa conciencia anterior de que tú eres parte de esa regeneración y tienes, por tanto, que moverte. En los mercados, por ejemplo, la gente vuelve para trabajar, te recuerda que tú tendrás que ir también a tu lugar, aquel que dejaste cerrado también a cal y canto. Es el eterno retorno. Todavía me resisto a vaciar mi bandolera de la arena de la playa que lleva en su interior, pues es el último estigio del veraneo que me queda. Entonces, tú solo puedes mirar uno de esos escaparates recientemente abiertos y ver con tristeza un paquete de Camel tan incongruente como siempre, pues lo que hay ahí dibujado no es un camello sino un dromedario. Una joroba de menos siempre “joroba”, y perdóneseme el chiste. Mientras esperas a que te llegue tu momento particular, sigues haciendo lo que más te gusta. Por ejemplo, te sientas en una terraza, pides un refresco y te pones a dibujar. Te recuerdas hace medio mes tan solo, mirando al Mar Sardinero, también con un refresco, con una bebida más inútil que aquí en su servicio, y recreas exactamente al niño que un día, hace ya un par de años, se detuvo ante el bloc de dibujo sobre el que trabajabas. Se llama Eduardo, y sigue siendo asiduo todos los veranos a tu silla y tu mesa como en el primer día. Sigue realizando las mismas objeciones a mis trabajos, bastante juiciosas por cierto. Es un niño que debe de tener ocho o nueve años y que aparenta el doble o más de la tasa permitida. Luego, te muestra sus habilidades pictóricas y, sin decírtelo, parece pedir de tu consejo, afirmarse en su seguridad con tu opinión. Le gustan mucho las edificaciones de todo tipo y los coches. La última vez se le ocurrió dibujar una enorme fortaleza en un papel de esos de memo, en el que caben tan solo un par de anotaciones. Ante sus terribles esfuerzos por encajar tan grandes pretensiones en formato tan diminuto, le ofrezco un papel más grande, que se queda pero sin dejar de dibujar en el otro. Me enseña después el resultado y sigue con el otro dibujando. Ahora realiza una casita en el campo, que también adapta al tamaño del papel. Le queda una casa enorme y un castillo pequeñito. En el castillo, dibuja con racionalidad de arquitecto todos los ladrillos. En la casa, rellena el tejado de tejas perfectamente proporcionadas. Luego, en este mismo dibujo, pinta también un bosque y, pasando por él, un río. Se da cuenta que con las características de los árboles que ha dibujado en el bosque no podría hacer un puente, sino tan solo un apaño de tablones para que el dueño de la casa pudiese pasar. Dibuja dos tablas para relacionar a la casa con el entorno. Luego, crea al habitante de la casa, que avanza con una llave en su mano para abrir la puerta. En una especie de garaje que le construye para la ocasión, realiza un armario contenedor de llaves en el que deja un hueco para la que se ha llevado de paseo aquel señor. Como la llave que lleva no corresponde a la cerradura de la puerta, la tacha y señala, en el armario anterior, la que podría valer, con una flecha. El niño ha convertido, por tanto, un dibujo, en una explicación racional, un cuento verdadero. Recuerdo los dibujos de Paul Klee a este respecto, como recordatorios (y esto es un juicio mío) de la impresionante lucidez del ser humano en sus primeros años de aprendizaje. No se ven cosas, sino mapas articulados con sus símbolos y, por tanto, utilidades a unos ojos primerizos. En las manos de los padres está que el niño continúe por su camino lógico o se vuelva un inconsecuente. El niño salta y grita, cuando no corre, para expresar su incontenible volcán, su ilusión desbordada e inabarcable. No puede con ella y la tiene que exteriorizar por todos sus poros y de todas las formas posibles. Una especie de exorcismo positivo.



Ahora, tengo ante de mí todo un esquema simbólico pictórico, un resumen en otro papel diminuto de lo que no se quiere expresar en palabras por un adulto. Un compañero ha creado una especie de recordatorio para el final de una obra de teatro que acababa de ocurrírsenos y que temíamos que se nos olvidara. Todo está ahí, hay que recorrerlo y entenderlo en todo su camino. Se necesita tiempo y paciencia, algo que nos ahorramos olvidando los jeroglíficos y acudiendo a la escritura convencional. Yo sabía que tenía que realizar este ejercicio plural sobre una decisión tan personal como es concluir una obra propia. Necesitaba que aquello tomase vida antes de nacer, que fuese comprendido y razonado por personas externas que yo considero cercanas. Lo había conseguido con este compañero, al cual había ya convencido tiempo atrás de este arduo trabajo. La exposición de ideas es lo más inteligente que ha podido ocurrírsele al individuo social. Algo debe de merecer de la comprensión plural para convertirse como tal en una entidad dirigida en ese sentido. ¿Quiero transmitir o engañarme con simples ejercicios narcisistas? Necesitamos de ese afecto para continuar trabajando en lo que creemos, estoy convencido. Precisamos de la sensación confortable del otro, hacerle partícipe de tus proyectos, tender una mano en ciertas cosas personales e íntimas a otro. En esto se basa la amistad o la comprensión hacia otra persona. Pues bien, con este maravilloso dibujo llegué a la sensación de que esto había sido conseguido. Nunca podría hacer una dedicatoria en condiciones a esta persona que tanto me ha ayudado en un proceso creativo de cierta complicación. Al llamarse “Chus” no podría poner “A Chus”, porque, como él mismo me dijo, sonaba a estornudo. Aún así, encontraré la forma. Porque con esta persona grande metida en el cuerpo de un niño llamado Eduardo, tampoco puedo olvidar. Tenemos a un niño grande y a Eduardo. Estéis donde estéis, y aunque esto no leáis, gracias ayudarme también a escribir esto.

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LA MÚSICA EN LOS MÚSICOS



Mi padre, Jose María Mateo, dirigiendo la Orquesta Infantil Amadeus


De la música se ha dicho que amansa a las fieras, que simboliza la confraternización entre los hombres. Basta una sola nota bien dada para comprender este complejo universo, esta forma de “comunicación no formal”. ¿Qué puede sugerirnos una melodía musical? Sin especificar cual, para jugar desde cero, pongamos a un número concreto de personas una melodía. Cada uno ¿qué puede obtener de ella? ¿Cuál sería su sensación? La música se hizo para sentir, eso lo he tenido claro desde siempre. La música es una fórmula matemática cuya demostración teórica podemos encontrar en las escuelas y academias, pero que nunca debería de llevarse como formación abstracta a las salas de conciertos. Como digo, debemos de encontrar placer, dejarnos llevar, desatar ese cinturón que nos ata al avión, volar sin más… En el momento en que alguien olvidó estas premisas o quiso tacharlas de la partitura, dejó de comprenderse lo que aquí trato de aclarar.
¿Debe concederse una entrevista a un músico después de haber interpretado un concierto? ¿Qué querríamos saber de él? ¿Nos aclararía algo de lo que hemos podido sentir antes de verle hablar por la boca y no por el instrumento? ¿Quién necesita una aclaración a pie de pista? Sería algo así como cuando un deportista tiene que comentar su propia experiencia tras haber cruzado la línea de meta para las televisiones. Puede resultarnos incluso torpe en sus aclaraciones, poco aclarador co sus. Buenas serían las aclaraciones previas, casi inútiles las postreras. Incluso dirían poco del que se detiene a escucharlas. Parecen preguntas absurdas, ridículas. ¿Acaso no basta con haberles visto en su estado pleno? De este modo funcionan las cosas cuando nos quedamos sin palabras, cuando no todo vale. Así sucede en uno de los planos de exaltación espiritual más amplio: la música.
La única forma efectiva que se ha encontrado para comprender lo que un melómano siente al escuchar una pieza para él trascendental es su carne de gallina.
Se puede hablar de representación. “Este coro de violines se interpreta como el sonido de la lluvia al caer en un día de tormenta.” Sin embargo, cada uno de los que escuchan aquello siente de una manera diferente ese sonido de lluvia. Esto es debido a la construcción mental individual del concepto en sí que cada uno realiza, en la que intervienen factores tan inexactos y ricos como la propia experiencia vital, por ejemplo.
Si siete directores de siete nacionalidades diferentes no siendo ninguna la española interpretan una pieza de Falla, Albéniz, Granados o Turina, representantes de la escuela nacionalista, encontraremos siete versiones distintas y extrañas. ¿Cómo representar un Nocturno en los Jardines del Generalife de La Alhambra a principios de siglo en “Noches de los jardines de España”? Influye la época, la propia personalidad intransferible del compositor, la educación sensorial del folclore… Así como un director español tendría serias dificultades de fidelidad para interpretar, por ejemplo, obras de Bartok, Kodaly o Debussy. La música más subjetiva de todas es la que abarca el periodo do del impresionismo (véase Debussy, Ravel o sus admiradores españoles como Falla o Turina, por ejemplo, los cuales realizaron sus estudios musicales en una Francia en la que la vanguardia se encontraba precisamente en estos compositores. ¿Por qué ha habido tantos compositores extranjeros que se han encontrado “embrujados” por ese sentimiento español? Chabrier, Lalo, Glazunov, Korsakov…
Es importante también la primera impresión que nos acude al escuchar una obra de la que desconocemos los motivos de su composición. La evocación a la que llegamos, construyendo en nuestra cabeza imágenes que después quedan desautorizadas al comprender el argumento, la literatura que se esconde tras ellas. Nos hemos dejado, por tanto, llevar a otros lugares, con los ojos cerrados, transportados más allá del auditorio o del salón con el tocadiscos…
Respecto a la ilustración recíproca entre pintura y música en esa etapa de finales del diecinueve y principios del veinte (creo yo, finalizada con “Cuadros de una exposición” de Mussorgsky), Burke queda obsoleto al afirmar en su libro “De lo bello y lo sublime”, que la expresión de sensaciones solo podría ser posible mediante la palabra y la música, nunca a través de una obra pictórica, por ejemplo. ¡Una imagen vale más que mil palabras, caray! ¿Acaso no son las tres, formas de expresión creadas por el hombre? Tanto la palabra, como el color y la partitura, resultan alfabetos que pueden combinarse de múltiples formas con el fin de adoptar la personalidad propia de quien las manipula.
La música, en su atemporalidad (aún habiendo sido compuesta con el condicionante de una época) ha servido para ilustrar las historias más variopintas. Basta con dar una vuelta por algunos ejemplos cinematográficos. Por ejemplo, el momento fúnebre de la “Sinfonía Fantástica” de Berlioz, compositor romántico francés, sirvió de inspiración para que el director de “Durmiendo con su enemigo”, Joseph Ruben, lo utilizase como la parte del disco que el asesino ponía a la hora de tratar de matar a Julia Roberts. Fritz Lang también avisaba de la aparición de “El vampiro de Dusseldorff”, haciéndole silbar la música de Grieg “Peer Gynt”. Si antes me he referido a la piel de gallina para transmitir sensibilidad en el humano, en el caso de Berlioz deberíamos de hablar de la excepción que confirma la regla, y es que al maestro le sangraba la nariz cuando se emocionaba. El vals de “la viuda alegre”, ópera de Lehar, le sirvió a Hitchcock para delatar a su propio criminal en “la sombra de una duda”. La melodía popular de “Greensleeves”, rescatada por Vaughan Williams, nos recordará a la familia de “la Conquista del Oeste”.
A su vez, la música bebe de la literatura o la ilustra. Esta molestia por parte del compositor dice de él en su favor y ofrece pequeñas pistas en cuanto a sus gustos culturales y, más concretamente, literarios. Desde el Don Juan de Tirso de Molina, pasando por el “Fausto” de Goethe y los “Cuentos” de Hoffman y llegando a los personajes de Shakespeare.
Todo esto nos resulta un claro ejemplo de que no siempre la literatura acude para su evocación a la música, sino que incluso la música es débil (al menos, porque quien la representa en partitura es el hombre) y consigue dar la vuelta a la tortilla. Hablamos, por tanto, de artes totales (unas se deben a las otras y viceversa) y, por tanto, de la irrealidad de la ilusión.
Es necesaria la relajación calculadora, aquella que nos permite concentrarnos en la totalidad de aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo. Dormir con un ojo abierto. Sumirnos en esa especie de madeja confusa en sus hilos de colores para ir desentrelazando sus partes y ordenarlas por gamas. Como una gran bola de plastilina compuesta a su vez por otras más pequeñas que se mezclan también en diversos cromas. De aquel caos que implica a la saturación podemos ir conociendo las causas, los medios que han llevado a ese color marrón-tormenta de la confusión, de la saturación. La paciencia exige de cierta lentitud o relajación de la velocidad. Ahora avanzamos más deprisa por ir precisamente más despacio. Del maremágnum sonoro comenzamos a percibir la diversidad de sus voces en cada uno de sus instrumentos. Conocemos una sensación sonora al comprender cómo ha sido producida. Este es el secreto al que puedo llegar aplicando el orden dentro de la partitura, introduciéndome dentro de los barrotes de los compases en el pentagrama. Una vez teniendo en cuenta esto, una de las fórmulas más simples para alcanzar esa relajación fruto de la concentración -y que debería corresponder en un primer momento más que a los oyentes, a los ejecutantes- , nos podemos sumergir de lleno en ese momento en el que todo lo que simbolice pensamiento se vaya disgregando hasta no resultar más que puras constelaciones que vagan en la oscuridad de unos ojos cerrados y se terminan por extinguir. Siempre en la vía del redescubrimiento, simular desconocer cual va a ser la siguiente nota que va a venir en un pasaje escuchado hasta la saciedad. Quizá sea el ratón Mickey el que, con su sombrero de Aprendiz de Brujo, manipule las olas, las nubes, las estrellas, el universo sinestésico de Kandinsky que vaga sin rumbo, apoyado en la intuición, en la inspiración, en esa música que desliza al pincel y que compone oberturas, sinfonías y fugas en un lienzo blanco deseoso de su partitura. De su banda sonora. Quien oye música ve colores y quien ve colores, percibe música. Inspiradora para bien y para mal, el apoteosis Burkiano de lo sublime lo encontramos en “El caminante ante un mar de nubes” de Friedrich, con ese personaje que bien podría tratarse de Beethoven en uno de sus paseos entre la naturaleza, aquella que le inspiraría la Sinfonía Sexta “Pastoral”.
La música, podría decirse, ha sido muy inteligente: no le ha desvelado su secreto a los hombres pero les ha permitido explotarla, darla a conocer en su grandiosidad. Esperemos que por muchos años siga impulsando a los hombres a descifrarla y continúe sorprendiéndole.

3 – 10 – 09 / 17 – 8 - 10

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Los cómicos

>> miércoles, 18 de agosto de 2010

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Cantares del gesto

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No toques las flores

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El derecho del revés


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El señor y la señora Flanagan

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El aprendiz de murciélago

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Todas las personas que ha conocido en su vida

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La soledad del rey

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Dinky después de comer

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Cuatro razones por las que yo, Javier Mateo Hidalgo, nunca podré retratarme



Mentira Nº 1: Yo no tengo la cara tan larga


Mentira N 2: Yo nunca me he dejado barba


  

Mentira Nº 3. Yo nunca he trabajado en un circo





Mentira Nº 4: Yo digo siempre la verdad



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Bestiario (Parque Zoológico de la Magdalena)











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Dos barcas del Puerto Industrial

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Barco en el Puerto Industrial

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Paseo hacia el Faro (Mataleñas)

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La creación (A Kandinsky)

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A un panal de rica miel...

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La catedral de la luz

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Jugadores de cartas

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Rufus, el perro daltónico

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El columpio

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Música, cante y baile

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Le petit grand poète

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Entre gigantes

Dibujos realizados en el Pasacalle de Gigantes y Cabezudos de Santander


















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Retrato de Virginia Woolf

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UN CUADRO CON EL QUE CONVERSAR

>> martes, 17 de agosto de 2010

Este relato surgió un día en que tuve la penosa tarea de realizar un retrato de Virginia Woolf estando deprimido. Como solo conseguí dibujar uno de sus ojos, acudí en busca de inspiración a una feria de libros antiguos y de ocasión. Allí, encontré la reproducción de un retrato de Gerardo Diego realizado por Álvaro Delgado, en un catálogo de pintura española de segunda mitad del siglo XX. Aparentando azar, aparecía abierto como por la mitad, puesto de pie en el muestrario. Dentro de mí se forjó una historia que partía de ese retrato, que parecía hablar más del retratador que del retratado. Encontrando una idea literaria pude concluir la tarea pictórica, por lo que la Woolf dejó de ser una mirada para encerrarse como un enigma, en todo su rostro.

El autor



Retrato de Gerardo Diego realizado por Álvaro Delgado



El pintor Aurelio compartía piso con un abogado llamado león. Eran estudiantes los dos. Yo era amigo del abogado y por eso conocí a Aurelio. León se cambió de piso y por eso dejé de verle, no así a Aurelio, a quien seguía visitando. Había una cosa, por encima de las demás, que me atraía de este personaje: siempre pintaba el mismo retrato. Llenaba lienzos y lienzos, nunca estando el retratado presente. Sus ausencias me hizo llegar a la conclusión de que tal sujeto nunca existió salvo en la mente del artista. Existía, más bien, gracias a él. Era el motivo más justificado que había podido encontrarse en un retrato. El pintor encargaba su propio encargo. El artista e había cansado de reflejar la realidad. El motivo de su pintura era un retratado literato, con el que podría estar horas y horas hablando, siempre coincidiendo en los temas de conversación. Olvidó la naturaleza muerta para inventar su propia inmortalidad. Aurelio se cansó de ser pintor para convertirse en artista. El Artista, con C mayúscula de creador, siempre aspira a una nueva aspiración, que es la mayor de las aspiraciones posibles.
¿Por qué nunca hubiese podido hablar con un literato? La respuesta estaba en un defecto que le impedía poner el acento correctamente en las palabras: las esdrújulas las volvía llanas, las llanas agudas y las agudas esdrújulas. Cuando decía “retrato” en realidad estaba queriendo utilizar el tiempo verbal “retrató”. Puesto que era muy difícil encontrar un literato que además poseyera este defecto, se contentó entonces con crearlo.
El personaje era un caballero de sienes plateadas y traje abultado de pliegues que había perdido la mitad de su tamaño por encontrarse sentado.
Aurelio hablaba conmigo porque yo había aprendido a cambiar las tildes en las palabras. Un día me confesó haber personificado la voz de su personaje en la mía. ¡le había dado por fin voz gracias a mi! Lo que yo nunca le confesé fue mi vocación interna, aquella que me traía ocupado en finalizar una carrera que daba ya a su fin.
Cuando me nombraron catedrático de literatura, llevaba cinco años de conversaciones gramaticalmente incorrectas con Aurelio.
El primer día del comienzo de mi vida profesional, aparecí por la puerta del estudio con las sienes plateadas, un abrigo orondo y veintiséis años a mis espaldas. La estancia parecía acaparar los olores de todos aquellos años, uno encima del otro, hasta crear una atmósfera casi irrespirable. Me quedé delante de la puerta, detenido frente al artista Aurelio, adoptando la misma pose del último de sus cuadros. La silla en la que, se supone, debía de permanecer sentado el sujeto fantasma, fue ocupada por mi. Cuando el círculo quedó cerrado, Aurelio pareció convertirse de nuevo en la primera impresión que había obtenido de él: un perfecto desconocido.
Comprendí entonces que aquel personaje inventado no podría haberse hecho carne bajo pena de resulta insoportable para quien lo había creado.
Los cuadros fueron destruidos por Aurelio, quien acabó por convertirse en un artista sin obra que mostrar, sin acreditación para merecer una denominación con la que convertir al ocio en un oficio.

14 / 15 – 8 – 10

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DESCUBRIMIENTO DE ÚLTIMA HORA

De las películas realizadas por Jaime Rosales, cabría decir que “Las horas del día” (2003) es de las más desafortunadas. Siguiendo las pautas de quien me la descubrió, es fácil llegar a la conclusión de etiqueta de “sub-cine”. Está el cine bueno, el cine malo y el “sub-cine”, que no hace referencia precisamente al de “autor” sino más bien al de “sub-vencionado”. Y es que hay algo peor que considerar mala a una película con el “inri” de que haya podido ver la luz gracias a la aportación económica estatal: que además se nutra de otras películas yendo más allá del mero “guiño” (que va más allá de la pura referencia o influencia). Solo habiendo visto “A short film about killing” (1988) del bueno de Kieslowsky llegamos a

comprender que lo único que pudiese tener de interesante la de Rosales provenga de un ruso de nombre endemoniadamente impronunciable. Si, más bien este sería el sistema: parece que el desconocimiento por parte de un público al que el director puede considerar por debajo de su nivel- y a quien debe iluminar- puede ser suficiente como para crear un perverso re-make. En mi caso, le doy la razón al sistema maquiavélico de Rosales, y es que si no llega a ser por un amigo, este cineasta hubiese pasado desapercibido dentro de mis inquietudes cinematográficas. ¿Y qué es el conocimiento sino una serie de catastróficas influencias? Chupamos como esponjas de los demás sin saber que nosotros estamos sirviendo, en el mismo acto de absorber, también de nutrición a la vez. Quien me descubrió esta película también tuvo noticias de la misma de forma indirecta, al encontrarse leyendo un libro de Zyzek sobre cine que a su vez se lo había regalado otra persona. ¿Lo habría encontrado por su cuenta? ¡Quién lo sabe!
Un hombre con una vida aparentemente normal acaba cometiendo un “killing”. Francamente, prefiero a Kieslowsky quien, por mayoría de edad, se ha ganado el respeto de no haber sido la copiona. Por cierto, el copión de la misma resultó un tanto lamentable: un mundo de amarillos bastante incómodo para unas caprichosas pupilas, quizá. Súmese a esto unos subtítulos desincronizados que pueden provocar ataques de risa en los momentos más dramáticos. El resultado medio general es el de una enseñanza que parece no tener fin a la hora de enseñarse. Reducido simplistamente: ni el bueno es tan bueno ni el malo tan malo, pero con el añadido de que la víctima puede ser más indeseable que su verdugo. De esta reflexión, por supuesto, no hay ni rastro en la de Rosales. Estoy de acuerdo con Juan Benet, al menos en esta época de mi vida (no sé si después renegaré de estas palabras), cuando dice que, quien ha visto desde el principio de su vida cine de autor puede convertirse en un completo amargado. Él mismo se reconoce como una persona que ha visto mucho cine malo, el cual lo considera necesario, imprescindible de ver. “La última ocasión (de abandonar la sala de cine con la película avanzada en un tercio de su duración) me la brindó un insoportable film de incidentes familiares con el que Visconti vino a demostrar una vez más su reconocido talento para transformar en mal gusto la escasez de sus ideas”. Esta afirmación la realiza en el año 1975, dentro de una breve introducción o prólogo al guión de Carlos Saura “Cría Cuervos” (publicado por Elías Querejeta), cuatro años después de “Muerte en Venecia”. ¿Qué tenía en la cabeza Benet cuando dijo esto? ¿Habría visto la adaptación de la novela de Mann? Alguien al que se considera “grande” entre los escritores españoles (y digo “se considera” porque yo he sido animado desde los estudios escolares, a no leer nada de él por su presunto lenguaje tedioso y confuso pero lo leeré, no me cabe duda). Hay que echarle valor para decir lo primero, e inconsciencia- o, al menos, envalentonamiento- para lo segundo. Claro, no tenemos por qué estar acertados en todo (y además él afirma, desde el principio, que sus amigos le consideran de espaldas al séptimo arte, cosa que también le resulta injusta). Lo que gana en la sinceridad de la primera sentencia, lo pierde en la inutilidad de la segunda. Siempre he considerado absurda la idea de analizar un análisis o a un analizador. Por eso, cuando me doy cuenta de que es eso lo que estoy precisamente haciendo-como es el caso- trato de justificarlo pensando en una intención personal bien distinta. Por ejemplo: “He utilizado a Juan Benet como introducción de otra cosa que quería contar y que se me ha olvidado” o bien “He utilizado a Juan Benet para corroborar una idea que trato de que sea acertada, o la hago finalizar de esta forma con cierta autoridad, con rimbombancia…” ¡Es evidente!
17 – 8 – 10

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