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EDUARDO Y CHUS

>> jueves, 19 de agosto de 2010

Siempre Septiembre ha sido un mes de anhelos y cierta tristeza. Se encuentra uno de nuevo en la capital, abandonando tras de sí los soplos de aire tomados para recuperar el resuello perdido durante casi un año de trabajo. Entonces, ante el calor que casi había olvidado del centro de la península, ansía encontrar cosas que le reconforten o al menos equilibren la balanza. Pero Madrid está vacío. Aquellos lugares por los que uno transitaba y en los que ocupaba buena parte de su tiempo, olvidando las cosas importantes de la vida diaria- es decir, las que te hacen hundir los pies en la tierra para conseguir que tomes conciencia de ella y luego hacen que te cueste tanto salir de la misma- están cerrados a cal y canto o, simplemente, no están. Cuando Madrid vuelve a regenerarse dispuesto a otro nuevo curso, es cuando tomas esa conciencia anterior de que tú eres parte de esa regeneración y tienes, por tanto, que moverte. En los mercados, por ejemplo, la gente vuelve para trabajar, te recuerda que tú tendrás que ir también a tu lugar, aquel que dejaste cerrado también a cal y canto. Es el eterno retorno. Todavía me resisto a vaciar mi bandolera de la arena de la playa que lleva en su interior, pues es el último estigio del veraneo que me queda. Entonces, tú solo puedes mirar uno de esos escaparates recientemente abiertos y ver con tristeza un paquete de Camel tan incongruente como siempre, pues lo que hay ahí dibujado no es un camello sino un dromedario. Una joroba de menos siempre “joroba”, y perdóneseme el chiste. Mientras esperas a que te llegue tu momento particular, sigues haciendo lo que más te gusta. Por ejemplo, te sientas en una terraza, pides un refresco y te pones a dibujar. Te recuerdas hace medio mes tan solo, mirando al Mar Sardinero, también con un refresco, con una bebida más inútil que aquí en su servicio, y recreas exactamente al niño que un día, hace ya un par de años, se detuvo ante el bloc de dibujo sobre el que trabajabas. Se llama Eduardo, y sigue siendo asiduo todos los veranos a tu silla y tu mesa como en el primer día. Sigue realizando las mismas objeciones a mis trabajos, bastante juiciosas por cierto. Es un niño que debe de tener ocho o nueve años y que aparenta el doble o más de la tasa permitida. Luego, te muestra sus habilidades pictóricas y, sin decírtelo, parece pedir de tu consejo, afirmarse en su seguridad con tu opinión. Le gustan mucho las edificaciones de todo tipo y los coches. La última vez se le ocurrió dibujar una enorme fortaleza en un papel de esos de memo, en el que caben tan solo un par de anotaciones. Ante sus terribles esfuerzos por encajar tan grandes pretensiones en formato tan diminuto, le ofrezco un papel más grande, que se queda pero sin dejar de dibujar en el otro. Me enseña después el resultado y sigue con el otro dibujando. Ahora realiza una casita en el campo, que también adapta al tamaño del papel. Le queda una casa enorme y un castillo pequeñito. En el castillo, dibuja con racionalidad de arquitecto todos los ladrillos. En la casa, rellena el tejado de tejas perfectamente proporcionadas. Luego, en este mismo dibujo, pinta también un bosque y, pasando por él, un río. Se da cuenta que con las características de los árboles que ha dibujado en el bosque no podría hacer un puente, sino tan solo un apaño de tablones para que el dueño de la casa pudiese pasar. Dibuja dos tablas para relacionar a la casa con el entorno. Luego, crea al habitante de la casa, que avanza con una llave en su mano para abrir la puerta. En una especie de garaje que le construye para la ocasión, realiza un armario contenedor de llaves en el que deja un hueco para la que se ha llevado de paseo aquel señor. Como la llave que lleva no corresponde a la cerradura de la puerta, la tacha y señala, en el armario anterior, la que podría valer, con una flecha. El niño ha convertido, por tanto, un dibujo, en una explicación racional, un cuento verdadero. Recuerdo los dibujos de Paul Klee a este respecto, como recordatorios (y esto es un juicio mío) de la impresionante lucidez del ser humano en sus primeros años de aprendizaje. No se ven cosas, sino mapas articulados con sus símbolos y, por tanto, utilidades a unos ojos primerizos. En las manos de los padres está que el niño continúe por su camino lógico o se vuelva un inconsecuente. El niño salta y grita, cuando no corre, para expresar su incontenible volcán, su ilusión desbordada e inabarcable. No puede con ella y la tiene que exteriorizar por todos sus poros y de todas las formas posibles. Una especie de exorcismo positivo.



Ahora, tengo ante de mí todo un esquema simbólico pictórico, un resumen en otro papel diminuto de lo que no se quiere expresar en palabras por un adulto. Un compañero ha creado una especie de recordatorio para el final de una obra de teatro que acababa de ocurrírsenos y que temíamos que se nos olvidara. Todo está ahí, hay que recorrerlo y entenderlo en todo su camino. Se necesita tiempo y paciencia, algo que nos ahorramos olvidando los jeroglíficos y acudiendo a la escritura convencional. Yo sabía que tenía que realizar este ejercicio plural sobre una decisión tan personal como es concluir una obra propia. Necesitaba que aquello tomase vida antes de nacer, que fuese comprendido y razonado por personas externas que yo considero cercanas. Lo había conseguido con este compañero, al cual había ya convencido tiempo atrás de este arduo trabajo. La exposición de ideas es lo más inteligente que ha podido ocurrírsele al individuo social. Algo debe de merecer de la comprensión plural para convertirse como tal en una entidad dirigida en ese sentido. ¿Quiero transmitir o engañarme con simples ejercicios narcisistas? Necesitamos de ese afecto para continuar trabajando en lo que creemos, estoy convencido. Precisamos de la sensación confortable del otro, hacerle partícipe de tus proyectos, tender una mano en ciertas cosas personales e íntimas a otro. En esto se basa la amistad o la comprensión hacia otra persona. Pues bien, con este maravilloso dibujo llegué a la sensación de que esto había sido conseguido. Nunca podría hacer una dedicatoria en condiciones a esta persona que tanto me ha ayudado en un proceso creativo de cierta complicación. Al llamarse “Chus” no podría poner “A Chus”, porque, como él mismo me dijo, sonaba a estornudo. Aún así, encontraré la forma. Porque con esta persona grande metida en el cuerpo de un niño llamado Eduardo, tampoco puedo olvidar. Tenemos a un niño grande y a Eduardo. Estéis donde estéis, y aunque esto no leáis, gracias ayudarme también a escribir esto.

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