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“LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA”, O LA COMEDIA SEGÚN WILDER

>> sábado, 21 de agosto de 2010



Billy Wilder, cuyo nombre original era Samuel Wilder, tuvo que cambiar el cartel de su película “The seven year itch” (aquí, “La tentación vive arriba” -un título más conveniente que el de “al séptimo día, picazón”) por exigencias del guión. Y es que nadie esperaba que aquel vuelo de faldas de Marilyn sobre una boca de aire de metro se convirtiera en uno de los iconos fabricados por Hollywood de la sensualidad. En verdad, hasta esto parece ser pasado por alto por el director, pues no duda en quitarle hierro con una conversación mantenida por ella y Ewell sobre un anuncio de pasta dentífrica. La historia de un “Rodríguez” que acaba padeciendo (lo de padecer suena a broma médica en este caso) “la sarna de los siete años”- es decir, una teoría desarrollada por el psiquiatra del film Max Eggelhoffer (interpretado por Martin Gabel) que habla de la infidelidad de los maridos a los siete años de matrimonio y en los meses de verano y que da el nombre a la película- podría recordarnos a las historias protagonizadas por López Vázquez o Alfredo Landa y que se encuentran a caballo entre la reivindicación de la existencia de un macho ibérico y su propia parodia. En este caso, el macho no va por las playas en tanga de leopardo sino que trabaja en un editorial, tiene familia y viste respetablemente. Eso sí, se pasa durante toda la película hablando en voz alta, recordándonos los monólogos ahora tan de moda que se escriben y realizan en los teatros de comedia. ¿Por qué un refresco con tal cantidad de ingredientes artificiales iba a ser más saludable que un whisky? Por ejemplo. Cuesta asimilar en un principio estos speech que van contra la lógica de la realidad, pero a los pocos minutos vamos tomando conciencia de que nos encontramos ante la realidad de Wilder y su forma de tratar la comedia. Las escenas oníricas, por otro lado, permiten al director realizarse más en sus fantasías o propuestas irreverentes frente a esta irrealidad de la comedia Wilderiana. Respecto a su concepción argumental, la cosa no creo que sea tan sencilla como “el hombre, juerguista por naturaleza que debe quedarse en la ciudad trabajando mientras su mujer e hijo se van de veraneo, conoce a su nueva vecina de verano que es deliciosamente guapa y tonta”. Para nada. Ni Marilyn es tan tonta como puede aparentar en este papel ni Tom (o Tommy, según nos dé) Ewell un infiel por naturaleza. La historia parece decirnos que, finalmente, esa especie de amistad que surge entre los dos sirve aún más para reforzar sus posturas: Richard Sherman (Ewell) se convence por parte del icono de mujer al que todo hombre, según el planteamiento del filme, sucumbiría al escarceo, de que precisamente el sexo femenino no es como se la plantea primitivamente el masculino desde sus albores. Se busca al hombre cariñoso y divertido, no que vista bien ni tenga que competir en belleza con la prójima. Que se lo diga precisamente Miss Afrodita simboliza para Sherman una forma de convicción total en estas sus palabras. Triunfa el interior y no la depresión de alguien que va camino de los cuarenta perdiendo sus atractivos físicos. Uno ve a Ewell y, siguiendo los parámetros de toda una filmografía, encontraría en él a un Lemonn o un Matthau. Cierto que cada uno desempeña un rol acorde con su persona- también a su vez creada por la industria: Lemonn sería el tímido y buenazo representante de la conciencia de Pepito Grillo, Matthau el aprovechado porque no se detiene ante nada, Ewell aquel que no quiere reconocerse a sí mismo o juega frívolamente con su personalidad en un alarde de coqueteo. Pero yo sigo haciéndome esta pregunta: ¿Cómo pudo hacerse tan célebre una imagen que ni siquiera es como es realmente si seguimos a la fotografía de cartel? Marilyn no sale en ningún fotograma de cuerpo entero (salen primero sus piernas y la falda, luego su torso, mientras que Ewell está junto a ella y parece sobrar para crear el icono). Hay que reconocer que la imagen sufrió un gran cambio en su concepción de diseño- seguramente el creador del primer cartel habría estado apunto de abandonar su profesión al ver su error en la concepción, pues pasar de una Marilyn sujetando unos zapatos y un Ewell tirado en un sofá a una Marilyn mostrando casi sus bajos fondos y un Ewell mirando con picardía pero manteniendo su pose estoica de manos en los bolsillos del pantalón- esto puede dar lugar a malentendidos- resultó toda una revolución en el marketing. Algo así como lo que hace el propio Sherman en su editorial: portadas que entran por los ojos e invitan a ver el contenido, en este caso de “esos libros que se compran en kioscos y se leen en el metro”.

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