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PEQUEÑAS PÉRDIDAS

>> jueves, 19 de agosto de 2010

El cine nació viejecito- sordo y ciego- y fue recuperándose en un recorrido inverso e imposible, haciendo un tiento al tiempo. En su primer momento, en el de su demostración más de fenómeno circense, perdimos la oportunidad de ver las mejores acrobacias, al hombre que retaba a la vida con sus requiebros, por esa lastimera llorona que nos daba el objetivo, nublándonos la vista y solo sintiendo la lástima, ahora, de lo que antes no apreciábamos. Porque no solo eran salones de variedades aquellos teatros pintados de la memoria torpe visual. Cuando los especialistas eran los actores. El poco cuidado técnico de los directores amateurs lo pagaban caro aquellos que, aún encontrándose por debajo en cuanto al rango profesional en la propia película, eran superiores y aún así tenían que seguir demostrándolo en cada lugar que les “alquilaba” sin contrato fijo. La cámara, les desmerecía injustamente. Luego, primó la voz sobre la acción y después volvió a dar la vuelta la tortilla. Pero ya era tarde. Terminamos por perder a los todo-terrenos. Las barracas de feria ya casi habían desaparecido y por fin comenzaban a separarse los teatros de los cines. Yo soy partidario, a veces, del desorden, porque sabiendo que uno no se confunde, reconoce en ciertos casos la riqueza. El público también cambió por las exigencias de las modas, y ahora todo lo que quedó atrás nos cuesta asimilarlo como nuestro. Lo vemos tan extraño… ¡Bendita amnesia generacional, que nos vuelve ciegos a nuestra memoria!
19 – 8 – 10

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