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REFLEXIÓN (perteneciente a "Historia de la casa que nunca conocí"

>> viernes, 20 de agosto de 2010

No sé cómo los profesores de Historia del Arte no se dan cuenta de la imposibilidad de impartir en un trimestre todo el temario existente, desde los círculos de Menhires hasta las actuales instalaciones. Lo cierto es que, aunque sepan de su inútil intento, tratan de conseguirlo cada año, sin resultado. En el último curso, se dio desde el Renacimiento hasta el Romanticismo. Nunca se habla verdaderamente de lo importante, es decir, de lo que pasaba por la mente de los artistas para llegar a ser lo que fueron: Caravaggio, Baudelaire, Picasso, Beethoven… Grandes personajes que colaboraron en la heterogeneidad de la Historia del Arte. Es más, creo que debería de haber una asignatura titulada “psicología del artista”. Hay cosas verdaderamente importantes que un “aspirante a” debe de conocer para superarlas cuanto antes. ¿Qué sucede, por ejemplo, con el valor sentimental de la obra del artista? Para mi sigue siendo el desprenderme de ella como la aniquilación de una parte de mi historia, no tanto como otros dicen de “quedarse sin un hijo”. No es cuestión de melodramatizar. También se precisa de la necesidad de saber que esa obra estará bien donde esté, que no se perderá de todo el contacto con la misma. Esto no es que resulte imposible de lograr, pero habla de ciertas inseguridades por parte del autor nada aconsejables para el público-mecenas. En resumen, una propia terapia artística que el alumno agradecería (y sería donde más aprendería seguramente, en esa escuela vital donde todos convivimos más o menos). El bachillerato artístico es una buena transición. Por supuesto, hablo hacia el estudiante convencido o no tan disperso en sus ideas. El humanista de hoy, por supuesto, puede llegar a la carrera con estudios de dos años previos sobre medicina, ciencia, literatura o matemática. Mis dos años de bachillerato artístico fueron lo menos humanista que podía haberse esperado según estos parámetros, pero lo que poca gente sabe es que desde lo artístico pueden desarrollarse muchas otras vías. Conviene advertirlo para ese gran número todavía sin espabilar. El artista Light se ha desentendido ya de aquel mundo romántico empeñado en hacer funcionar al hombre mediante todo tipo de excesos. En mi caso, mi comedimiento puede resultar hilarante e incluso cómico, pues una persona de convicciones abiertas pero a la vez regulado por ciertas normas de orden interior parece incluso contradictoria. Creo en las nuevas reglas del siglo veintiuno, no en un retorno a tiempos anteriores, pues hasta la palabra Renacimiento es falsa. Debería de ser sustituida por Medievo tardío (1). Por perder hemos perdido hasta las cosas más elementales, como ciertos femeninos. Algo me dice que el de Cantante era “Cantatriz”. Bueno, volviendo a lo anterior, no comparto para nada la opinión de los que piensan en lo inútil de un bachillerato como el que yo elegí. Para mí resultó un anticipo, un aviso para navegantes antes del arrepentimiento.
También se ha hablado mucho sobre la lucha del estudiante contra la propia facultad. Ese empeño de matar al padre constante, de desautorizar al profesor por sus ideas (esas que pueden conseguir que un alumno válido abandone la carrera). En cierta forma, se usa esa frase de “si un profesor está contento con tu trabajo, preocúpate”. Se ha creado esa idea de “personas frustradas que no han conseguido llegar a ser artistas y por ello se ganan la vida con la enseñanza”. Yo pienso que, cuando se tienen ganas de enseñar y se hace bien, la profesión de profesor es de las más reconfortantes y bellas que pueden existir. Es síntoma de persona paciente y convencida de su labor. “La paciencia es la madre de la ciencia” dicen. Para los que tienden a la desilusión yo les recomendaría comenzar una labor, aunque resulte penosa para él, pues muchas veces la ilusión necesita de un pequeño empujoncito. El orden, cuadrícula muchas veces necesaria, es también una buena ayuda. Recuerdo lo mucho que me costaba iniciar las clases de violín. Después de un tiempo de su comienzo, el arco iba y venia por las cuerdas, saltaba y brincaba como poseído de su propia iniciativa. A esto me refiero. De la inspiración que te coge trabajando tan picassiana, estoy de acuerdo. Yo soy de los que comienzan a dibujar o a escribir sin saber adonde van, dejándose guiar por un trazo también desorientado o por una evocación insuficiente. Al cabo de un tiempo, si la idea queda frustrada al menos puede inspirar para algo siguiente. Todo el proceso que ha llevado a esa conclusión ha servido. El trabajo que lleva a finalizar algo es muy importante.
Respecto a mi administración con el arte, he de reconocer que tengo una teoría bastante particular respecto a mi futuro profesional. Abogo, cuando comience a dar mis primeros pasos en esto, por la escritura, puesto que es inmaterial y el autor puede guardarse siempre una copia. No sucede esto con los cuadros, con los dibujos, con las esculturas, que resultan irrepetibles. Cuando llegue este momento, espero ser lo suficientemente conocido como para ser respetado y entonces tendré seguridad a la hora de confiar mi propio trabajo a un desconocido. Repito, en el caso remoto de hacerme una persona conocida o por la que sienta respeto al menos un individuo también profesional. Mientras tanto, guardaré todo esto como un simple hobby.

La inmaterialidad que tienen estos escritos tan solo existentes en una serie de códigos numéricos traducidos por el ordenador en legibilidad, poseen la posibilidad de desaparecer sin haber dejado rastro matérico por culpa de un fallo electrónico y ante la imprevisibilidad del autor y su descuido al no imprimir una sola copia del mismo. Su grafología tan personal tan solo dejará impronta ya en los diarios personales o en algún ejemplo contado de romanticismo poético, donde la propia escritura se convierte en la propia poesía.
De los diarios puede decirse que representan la sinceridad, pues es raro que sean corregidos por la propia mano del autor al arrepentirse tiempo después de lo escrito en ellos. En este sentido, los escritos digitales son falsos, pues luchan por la perfección y se aniquilan o dejan mutilar por la mano insegura que les ha concebido una y otra vez, llegando incluso a desaparecer. Este ataque constante a lo que ya ha sido escrito tan solo puede ser detenido con la publicación del escrito, quedando invulnerable al existir de él testimonio oficial. Aún con el retoque posterior de la revisión de autor, siempre nos quedará la primera edición datada con fecha concreta y existencia en archivos (aunque sean editoriales y no de patrimonio histórico). Aquel que durante toda su vida escribe en diarios (personales, no me refiero a periódicos) no precisa de redactar sus memorias. Todo está ahí, en cada cuaderno. Quizá la motivación a volcar lo que uno fue, es y ya no será- al menos para quien decide escribir su historia porque piensa que ya no va a vivir nada más interesante (¿alguien ha publicado una segunda parte de sus memorias?)- proviene de la estimulación del ejemplo. Un hombre de avanzada edad que considera que hablar de él puede resultar una interesante aportación al mundo siempre resulta sugerente. Aquel que día a día va amontonado folios, desgranando capítulos de su memoria, es digno de mención por el simple hecho de esta acción, la de escribir su propia memoria. Condenarla a la oscuridad del olvido es la pérdida de una oportunidad importante, del mejor de los psicoanálisis posibles (y, sobre todo, de los más baratos). En el plano económico, resulta un negocio redondo. Ganar dinero valiéndose de la propia persona, explotándola bajo propio consentimiento, es un lujo para quien se lo puede permitir. Las biografías anónimas pueden ser incluso más interesantes que algunas de las más célebres. Todo está en saber contar lo que se cree que merece la pena ser contado.




(1) Pensamiento con la autoría intelectual de Javier Ramírez Serrano

2 comentarios:

Anónimo 7 de septiembre de 2010, 3:18  

En alusión a esto mismo, y a aquello otro ( siendo esto segundo; tu poema "advertencia última").

Sobre la figura del profesor;
Recuperemos en lo que sea posible la importa de esta figura. ¿ Qué fue del arte de la dialéctica? de la pragmática del discurso? del dón de la oratoria con que adornar cualquier conversación pudiendo hacer de ella un ameno ensayo?... qué lejos queda, o a mi me lo parece en este pensar melancólico, cuando aún era la oratoria asignatura fundamental.
Perdemos, efectivamente, la noción de lo ocurrido. Pero, ¡que barbaridad! Tenemos tantas referencias, tantos autores que leer y citar, tantas naranjas que fueron devueltas en forma de gajos...sobre la figura del profesor, a la que me gusta llamar el maestro, y que espero logre sobreponerse y sobrevivir. Querido Javi, ¿ tendrás argumentos positivos para una nostálgica de la ILE, del instituto escuela,del 98 y de los caramelos de menta?

Yo argumento positivamente, que he podido conocer a buenos maestros y sus armas me han cedido para poder pensar en qué será la libertad.

Y a los malos maestros que vienen, Javier; ya sabemos, a gritarles con rabia y mala cara:

¡ gironorrinco ! ¡ espiritrompaa!




de una lectora.
ADR

javier mateo hidalgo 8 de septiembre de 2010, 7:39  

¡Con una contestación tan animosa y positiva como la tuya, yo soy capaz de seguir escribiendo todo lo que me pidas! ¡Un abrazo fortíiiiiiiisimo!

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