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UN CUADRO CON EL QUE CONVERSAR

>> martes, 17 de agosto de 2010

Este relato surgió un día en que tuve la penosa tarea de realizar un retrato de Virginia Woolf estando deprimido. Como solo conseguí dibujar uno de sus ojos, acudí en busca de inspiración a una feria de libros antiguos y de ocasión. Allí, encontré la reproducción de un retrato de Gerardo Diego realizado por Álvaro Delgado, en un catálogo de pintura española de segunda mitad del siglo XX. Aparentando azar, aparecía abierto como por la mitad, puesto de pie en el muestrario. Dentro de mí se forjó una historia que partía de ese retrato, que parecía hablar más del retratador que del retratado. Encontrando una idea literaria pude concluir la tarea pictórica, por lo que la Woolf dejó de ser una mirada para encerrarse como un enigma, en todo su rostro.

El autor



Retrato de Gerardo Diego realizado por Álvaro Delgado



El pintor Aurelio compartía piso con un abogado llamado león. Eran estudiantes los dos. Yo era amigo del abogado y por eso conocí a Aurelio. León se cambió de piso y por eso dejé de verle, no así a Aurelio, a quien seguía visitando. Había una cosa, por encima de las demás, que me atraía de este personaje: siempre pintaba el mismo retrato. Llenaba lienzos y lienzos, nunca estando el retratado presente. Sus ausencias me hizo llegar a la conclusión de que tal sujeto nunca existió salvo en la mente del artista. Existía, más bien, gracias a él. Era el motivo más justificado que había podido encontrarse en un retrato. El pintor encargaba su propio encargo. El artista e había cansado de reflejar la realidad. El motivo de su pintura era un retratado literato, con el que podría estar horas y horas hablando, siempre coincidiendo en los temas de conversación. Olvidó la naturaleza muerta para inventar su propia inmortalidad. Aurelio se cansó de ser pintor para convertirse en artista. El Artista, con C mayúscula de creador, siempre aspira a una nueva aspiración, que es la mayor de las aspiraciones posibles.
¿Por qué nunca hubiese podido hablar con un literato? La respuesta estaba en un defecto que le impedía poner el acento correctamente en las palabras: las esdrújulas las volvía llanas, las llanas agudas y las agudas esdrújulas. Cuando decía “retrato” en realidad estaba queriendo utilizar el tiempo verbal “retrató”. Puesto que era muy difícil encontrar un literato que además poseyera este defecto, se contentó entonces con crearlo.
El personaje era un caballero de sienes plateadas y traje abultado de pliegues que había perdido la mitad de su tamaño por encontrarse sentado.
Aurelio hablaba conmigo porque yo había aprendido a cambiar las tildes en las palabras. Un día me confesó haber personificado la voz de su personaje en la mía. ¡le había dado por fin voz gracias a mi! Lo que yo nunca le confesé fue mi vocación interna, aquella que me traía ocupado en finalizar una carrera que daba ya a su fin.
Cuando me nombraron catedrático de literatura, llevaba cinco años de conversaciones gramaticalmente incorrectas con Aurelio.
El primer día del comienzo de mi vida profesional, aparecí por la puerta del estudio con las sienes plateadas, un abrigo orondo y veintiséis años a mis espaldas. La estancia parecía acaparar los olores de todos aquellos años, uno encima del otro, hasta crear una atmósfera casi irrespirable. Me quedé delante de la puerta, detenido frente al artista Aurelio, adoptando la misma pose del último de sus cuadros. La silla en la que, se supone, debía de permanecer sentado el sujeto fantasma, fue ocupada por mi. Cuando el círculo quedó cerrado, Aurelio pareció convertirse de nuevo en la primera impresión que había obtenido de él: un perfecto desconocido.
Comprendí entonces que aquel personaje inventado no podría haberse hecho carne bajo pena de resulta insoportable para quien lo había creado.
Los cuadros fueron destruidos por Aurelio, quien acabó por convertirse en un artista sin obra que mostrar, sin acreditación para merecer una denominación con la que convertir al ocio en un oficio.

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