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UN SUEÑO HECHO REALIDAD

>> miércoles, 25 de agosto de 2010

Entre el hombre despierto y el hombre dormido hay una serie de cabos sueltos que pueden dar lugar a un relato. La historia que sirve como colofón a esta investigación onírica me fue relatada por una compañera de la Facultad durante uno de los descansos en la cafetería (lugar que debería considerarse asignatura obligatoria en la university of life). El carácter literario con que ha sido acuñada, habla de mi constante trabajo de valerme de la realidad para explicar la ficción:

Eran un grupo de chicos que vivían encarrilados por tratar de finalizar sus carreras. Aquel viernes se salieron de estos carriles olvidando la carrera, cayendo ambas cunetas a los lados. Dejaron el coche en la entrada de un bosque y comenzaron su andadura alucinógena. Iban cargados de todo lo necesario para desconectar de la realidad e inventar su propia ficción. Cuando llegaron al primer claro, se sentaron en corro y comenzaron el rito envenenado. Al poco tiempo, todos parecían haberse apoderado del mismo ente, siendo viajeros de un mismo barco con rumbo desconocido. Así, todos vieron a aquel gnomo que se aproximaba al corro saliendo de una de las partes frondosas y salvajes de aquel vergel.
“¡Mirad a ese gnomo!- dijo uno.
“¿Quieres jugar con nosotros”?- le preguntó el más decidido.
El gnomo acabó pasando por todas las manos, saltando y brincando, cantando canciones populares. Pudieron estar fácilmente cuatro horas entretenidos en aquellas danzas lúdicas que parecían todos conocer cuando eran en realidad inventadas. Cuando se hizo la noche, no se lo pensaron dos veces.
“Nos llevamos al gnomo”
Y así fue. A la salida del bosque, una paloma excretó sobre uno de ellos, al que siempre habían conocido todos llevando un walkman en las orejas. Gritó en voz alta, tratando de hacerse oír sobre el volumen de la música que escuchaba, superior a cualquier tímpano humano: “Estas hijas de puta tienen como deporte el esperar a cagarse cuando pasa alguien debajo!” Algunas personas que se encontraban a la entrada del bosque, recogiendo las cosas del pic-nic de los bancos y mesas de madera, quedaron sorprendidas de la audacia verbal del muchacho, de su insolencia. Gente de bien que viene a pasar un sábado en familia no tiene por qué soportar tamaña barbaridad, pero lo asumen con la resignación de quien se cree, en su bien, por encima del supuesto mal de los demás.
Al llegar al coche, ya apartados de aquellos personajes cívicos, depositaron al gnomo en el maletero. Legaron hasta la casa-ocupa que regentaban en las afueras de la ciudad y durmieron la mona como verdaderos angelitos. Al día siguiente, ya repuestos de alucinaciones, todos se acordaban del gnomo del día anterior. Era algo que no podía olvidarse, por muy fácil que se pusiese.
“Debemos ir a ver qué es lo que el día anterior nos llevamos del bosque en el maletero”.
Aquella voz de conciencia resopló en la mente de cada uno de ellos y, encaminaron sus pasos, temerosos de lo que iban a encontrarse, hacia el coche.
Una niña. Una niña dormía plácidamente gracias a los huecos de aire que permitían los asientos traseros. Una de aquellas familias del pic-nic, debía de ser la familia de aquella niña “gnomo”. Gracias a los papeles de identificación que portaba en uno de los bolsillos del pantalón, pudieron dar con sus padres, los cuales denunciaron a aquellos aventureros de la droga.

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