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El Baile de la Era. Coreografía para Gigantes. Estella (navarra)

>> jueves, 30 de septiembre de 2010

De mi pasión por los Gigantes le debo mucho a Estella. Sus coreografías tan perfectas y bellas (junto a una música también maravillosa) todavía me impresionan.
Fernando Remacha, compositor de la Generación del 27, compuso "El Baile de la Era", una pieza basada en todos estos temas musicales, verdaderamente magistral.
En esta ocasión, tanto los primeros gigantes históricos como las réplicas construídas ante el deterioro de las primeras, danzan en la Plaza de los Fueros con acompañamiento de la Banda.

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LA CASA DE JUGUETE

>> miércoles, 29 de septiembre de 2010

Sonaban las Gymnopedies de Satie en todas las estancias. El visitante no podía evitar un cierto recogimiento al recorrer el lugar, casi ensimismado. Aquellas piezas delicadas, transmitían una tranquilidad anormal, no del todo estable. Allá donde se posaban los ojos, se parecía sentir el calor de la tarde, dentro o fuera de casa. Un patín o un rompecabezas eran suficientes para formar con entretenimiento al niño que se escondía tras cada una de aquellas vitrinas. Había fotografías de todas las épocas de personas célebres o anónimas, que posaban sin saber que algún día pisarían aquel lugar para volver a verse y reconocerse. Resultaba extraña aquella época en la que los niños se dejaban incluso vestir de distinto sexo. Las ropas convertían a quienes las vestían en algo dulce, como una flor de pétalos generosos. Amplias telas, a ser posibles blancas, que llegaban casi a esconder los piececitos. Un merengue de nata montada, definitivamente. Los peinados también se abombaban, pareciendo a veces pelucas de pajes. Niños que parecían niñas montados en caballos de cartón posaban serios a la cámara. Los niños formales que no parecían niños. Los muñecos que se conservaban, también como testimonio de una época, aparecían despeluchados con un resultado siniestro. Esas caras pintarrajeadas, aquellas muñecas que no querían ser ni de porcelana ni de plástico, parecían terriblemente humanas. Los títeres de guiñol eran jueces, guardias civiles u obispos. Los lobos sacaban su lengua de fieltro por entre unos dientes que se habían puesto, con el tiempo, amarillentos como los de verdad. Los grandes teatros de cartón con sus decorados y sus actores de cartón era lo más formidable de todo.
Francesc recordó, retrocediendo en sus canas, aquellas varillas con las que sacaba a escena al comendador o a la dama de corte, siempre poniendo la vista ante el escenario, con sus músicos y espectadores pintados abajo y a los lados. Arriba, siempre las máscaras de la comedia y la tragedia entrelazadas por una cinta de terciopelo.
Estaba solo. Acababa de llegar a la ciudad y se le había ocurrido entrar en aquel museo para hacer hambre antes de mediodía.
Cuando fue a cruzar la última sala, se encontró con la vigilante del lugar. Era una señora mayor, con sus gafas de cordones, jersey de crema y falda de cuadros. Le miraba señalándole a su vez una hornacina de color de plata y en forma de semiesfera, en cuya cima se soportaba la figura de un animal rosado. “Trate de coger el cerdito” le dijo a Francesc. Él obedeció pero no pudo lograr el fin. El cerdito desaparecía en una ilusión óptica, encontrándose realmente dentro y no fuera del elemento.
“Sé quien es usted” le dijo la señora tras sonreír por el truco. “Usted es el que ha hecho posible este lugar.”
Francesc bajó los ojos hasta casi hacerlos desparecer tras sus pestañas. Luego dijo:
“Es el dinero que mejor he invertido de mi vida. Ya era hora de que alguien se ocupase de proteger a la infancia.”
En realidad, era evidente que no se refería a la infancia como tal, sino a su memoria.
“Ahora ¿cómo se entretienen los niños?” le preguntó a la mujer. Esta le habló de su nieto. “Ya no es el mismo entretenimiento, sino otro. Los dos son buenos.”
Francesc no supo dar la razón en este caso. Había algo que le hacía pensar diferente. “Los niños aparentan ahora más edad de la que poseen. Ayer mismo pasé delante de un colegio, el de Sant Pau en Barcelona. Los chavales parecían tener más edad de la que yo poseía a sus años cuando estudié allí.
“Aparentan más años, pero no más madurez. Se refiere a eso ¿no?”
Tampoco pudo contestar a esto Francesc. “No lo sé… Victoria” (así rezaba la chapita que tenía colgada en el jersey la mujer). Dígame ¿le gusta trabajar aquí?”
Victoria le dijo que se sentía tranquila consigo misma cuando pasaba las horas allí vigilando. “la gente apenas entra. Considera poco serio a lo mejor un museo de juguete. Lo que no saben es que, más que un juguete, es una infancia. Su infancia. Su propia identificación. ¿Por qué la gente se cansará tan pronto de jugar? ¿Acaso lo consideran impropio de su edad? ¡Hay cosas verdaderamente reprochables en las costumbres de la sociedad adulta… casi pornográficas! El juguete, el juego, nos enmienda de cosas pasadas ¿no cree?”
Francesc calló definitivamente. No comprendía a los niños de hoy. Su esfuerzo supremo por superar este aparente absurdo no le había dado resultados.
“¿Le gusta Satie?” preguntó Victoria. Francesc pensó en el francés como en un niño que disfrutaba disfrazándose con bigotes blancos y bombín.
En la mano, Francesc portaba un maletín lleno de cintas de casette. Estas contenían una selección, realizada por el, de canciones infantiles. Concretamente, eran canciones que había conocido en la infancia y le habían influido en sus gustos musicales. Él creía que podría hacerlas conocer, a toda la gente que pasara por allí, como sonaban ahora las Gymnopedies. El problema se encontraba en esa especie de imposición: “Todo el que pase por aquí no tendrá más remedio que conocer estas canciones y acabarán por gustarles”. Francesc pensaba que esas canciones simbolizaban un “camino” hacia la sensibilidad de los hombres. Aquellas canciones, en verdad, eran horribles. Un problema, ciertamente, de egoísmo infantil. Él pensaba que llegaría allí y todos se pondrían de su parte a la hora de construir aquel museo. Se encontró con que el museo ya había sido construido y que se encontraba, sin saberlo cuando entró, exactamente en él. Por lo visto, las tareas de “museificación” se habían realizado con prontitud y eficacia. El pueblo se había volcado y había aportado aportando algunos enseres personales, reliquias del pasado.
Victoria, sin saber todo lo que le estaba pasando por la cabeza, le señaló una de las vitrinas. En ella, había una fotografía que le resultaba familiar. Era una fotografía de “familia”, SU “familia”. Él, el más pequeño, aparecía en el centro, como custodiado por todos ellos que le cerraban en semicírculo. Preguntó: “Mi hermana ha estado aquí ¿verdad?”. Victoria contestó afirmativamente.
¿Qué ocurría con aquella fotografía y con la vitrina donde se encerraba? Un paralelismo terrible. Francesc se estaba viendo dos veces: en la fotografía y en el reflejo del vidrio que le separaba de ella. Se vió con sus canas, su gesto amargado, sus arrugas… En la fotografía, aparecía risueño, feliz, vestidito de niña. ¿Qué había pasado en todo este tiempo? ¿Por qué su familia nunca le había mostrado aquella fotografía?
Cobardemente, simuló que le llamaban por teléfono. En realidad, el mismo se había telefoneado, marcando su número con el móvil escondido en el abrigo. Salió de allí con una depresión histórica.


29 – 9 – 10 / 1-10 – 10

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ALGO MÁS QUE DALÍ

Cuando el maestro apareció por última vez, se encontraba absolutamente desconocido. Las nieves del tiempo le habían casi convertido en una especie de fósil congelado que parecía rehuír, a su vez, del término “putrefacto”. Con palabras frágiles, dignas del hombre vulnerable que nunca abandona su carácter -incluso en sus penúltimos suspiros- dijo aquello tan maravilloso: “Los genios no podemos morir, somos necesarios para la humanidad”. Mecano veía “tiritar su burbuja” pensando en la fatalidad del destino, pues afirmaba que andábamos “justitos de genios”. En realidad, con él se marchaba uno de los artistas más completos e inabarcables.
¿Demente? ¿Cuerdo mercantil? ¿Inclinado hacia una u otra ideología? ¿Arrogante? Una sola palabra: GENIO. Precisamente, había conseguido lo que pretendía: tener a medio mundo loco pensando en todas estas cosas. Una ceremonia de la confusión extraordinaria, donde él nunca se dejó conocer (en ello estriba parte de su inalcanzable conocimiento por parte de los historiadores, curiosos o eruditos sin más-ni menos). Esa especie de esfinge no era más que una mueca burlona (parapetada, eso sí, tras una gran sabiduría, incomprendida por ser puesta en práctica con el surrealismo) hacia todos aquellos que decidían elegir una de estas posibilidades de calificación como la verdadera. Lo cierto es que no todo el mundo tiene tanta gana de juego, ni una disposición comprensiva hacia algo aparentemente descabellado. La lectura entre líneas puede ser el mejor camino (y ni siquiera de esto estoy seguro).
Dalí lo mismo propone el método paranoico-crítico que anuncia una tableta de chocolate Lanvin.
Dalí debe comprenderse con los “higadillos”. Su universo puede sublimarnos o hacernos detestarlo. No hay término medio. Lo que no puede rebatirse en todo esto es la originalidad que ha aportado durante casi en un siglo entero.
Se ha presentado en varias ocasiones la disputa entre los seguidores Picassianos y los Dalinianos. Yo, en mi modesta opinión, prefiero a Dalí, pues me aporta mucho más en todos los sentidos que los cuadros del pintor malagueño. No termino de tragar con aquellos que se toman las cosas demasiado en serio. Dalí, en “los cornudos del viejo arte moderno”, se atrevió a afirmar de Picasso –en una carta dirigida a su persona-que, después de él, solo quedaba “volver la mirada a Rafael”. Con su “anarquismo ibérico”, había llegado a las últimas consecuencias de lo abominable, evitando al mundo cien años de pintura cada vez más fea.
Y es que, después de la descomposición teórica y práctica del arte llevada a cabo por Picasso, poco se podría decir ya después. ¿Qué quedaba? Quizá las instalaciones, las performances, el universo de lo audiovisual. ¡Aquí es donde entraría Dalí y su espíritu dramático! De no haber sido por las ruinas de un teatro, resultado de una guerra, Figueras no habría tenido la oportunidad de representar aquella farsa surrealista tan colosal que Dalí llevó a cabo. Él afirmó que eligió este lugar para crear su Museo porque se consideraba, entre otras razones, un “pintor eminentemente teatral”.
Puede presumir de resultar uno de los objetos surrealistas más grandes del mundo, junto a aquella edificación desaforada que encargó Edward James: me refiero a “Las pozas de Xilitla”, un lugar de la selva de México donde se levanta una casa imposible de habitar. Puede resultar incluso las ruinas de una antigua civilización. Maravilloso.
En el Teatro-Museo de Figueras, las obras más postreras de Dalí parecen raptar, en una especie de broma pesada, a esa Helena de Troya que es el arte antiguo (incluido el de su primera etapa, cuando viajaba con un cristal especial con el que verlo todo, a través de él, “impresionista”). Su admiración a autores como Bouguereau, lo testimonia introduciendo secretamente estas obras entre algunos habitáculos del Museo.
En sus ilustraciones para “la Divina Comedia” o “El Quijote”, encontramos a ese Dalí intelectual escondido tras esa fachada paródica. Don Quijote y Dalí, tachados injustamente de locos, se enfrentan cara a cara para un trabajo común e identitario: la visión maravillada de un mundo que, como digo, debe de tomarse lo menos en serio posible para no morir en el intento. En el mundo simbólico de Dante, también encontramos una baza a favor de Dalí, si echarse atrás a la hora de introducir su propia iconografía (por ejemplo, aquellos cuerpos-mueble constituidos por cajones).
Admiro a Dalí porque siempre hizo lo que le dio la gana (buscándose la forma de logarlo, indudablemente). Nunca renunció a su personalidad, aunque no lleguemos a saber cuál es de todas las que representaba. Quizá fuese un “totum revolutum” y ya está.
En su casa de Port Lligat (muy cerquita de ese Cadaqués costero y de fábula, que no parece cambiar con el paso del tiempo) encontramos la perfecta casa de invitados. Amigos como Cocteau o Luis Romero, pudieron disfrutar de la compañía del genio en un lugar mágico donde aburrirse, parecía (y parece) cosa casi imposible. Sin ser arquitecto, el propio artista pudo diseñar un lugar donde recogerse y sentirse soñado. Muchos hablan, empezando por Pepín Bello, de la supuesta “asexualidad” del maestro. Se reflexiona respecto a su relación con Gala. Poder evitar esta esclavitud del sexo (placentera, por supuesto) debe de ser un lujo no al alcance de todos. Como el personaje anciano de Orwell en 1984 o el mismo Buñuel en sus memorias, la sensación de no necesitar de esta satisfacción era una de las ventajas que daba una edad avanzada.
Gala aceptaba el universo de su marido y a Dalí no le importaba que su mujer se fuese “de fiesta” por allí, como se cuenta en el libro “Dedálico Dalí” del ya citado Romero. Gala lo apoyó siempre, le ayudó a llegar adonde llegó y, a cambio, Dalí asumió el papel de esta mujer mítica cargada de Eros.
Finalmente, llegamos a Púbol. Dalí se erige con el título de marqués de su propio castillo. ¿No fue político, anárquico, anticomunista, apolítico, monárquico, investigador de un mundo dimensional, poeta, escritor, ensayista, recitador, músico (no olvidemos la composición de “Caos y Creación” que interpretó Leonardo Balada en una sábana), escultor, pintor, dibujante, grabador, actor, participante de concursos, entrevistas, de spots publicitarios…? ¿Por qué no también “marqués”?
Allí, en la cripta del sótano, reposan sus restos y los de Gala.
Enemistado con Buñuel por Gala, a la que arrebató del lado de Paul Eluard (el cual, también se la arrebató de los brazos a Max Ernst… siendo ella realmente la arrebatadora), el Dalí polémico al que Franco recibe tiene algo de esa afirmación eterna: “Donde va Dalí, va PortLligat”. Es decir: “Donde va Dalí, va su mundo, no importa donde sea”. Su mundo estaba en España y no le importó vivir como un naíf en aquellos momentos políticos tan duros. A él no le importaba porque podía jugar a ser apolítico (nunca se manifestó hacia ningún lado y por ello tampoco tuvo problemas para estar allí). Ya era un artista de renombre y hasta el dictador más corrosivo haría lo posible para retener a ciertas figuras de fama internacional para favorecer la publicidad del país. Buñuel recibió ofertas por parte de Franco para quedarse en España pero su coherencia dio un “No” rotundo a la propuesta.
Con todas estas cosas, es complicado- lo comprendo- que la idea total de Dalí continúe incólumne para muchos (a no ser que pequen de frivolidad).
Sigo pensando lo mismo: Dalí no quería ser consciente de lo que pasaba a su alrededor. Le bastaba con su mundo. Era un inconsciente, eso sí, “genial”. Creía que “todo debía de girar en torno a él” porque él traería la luz a ese mundo tan extraño.
Su figura ha permanecido en la memoria de todos, ha podido su potencial colosal en todos los sentidos. Se ha ganado su puesto en la Historia con creces. Este que “no es Dalí”, le saluda esté donde esté.

29 – 9 – 10

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EL NIÑO-PEZ Y LOS HABITANTES EGOÍSTAS

>> martes, 28 de septiembre de 2010

Cuando el nivel del agua bajó, las casas se convirtieron en rascacielos. Cada una de ellas había sido levantada en altura año tras año durante medio siglo. El número de pisos aumentaba mientras que el improvisado constructor temiese acabar ahogado. De esta forma, cuando todo volvió a ser como en un primer momento, la situación fue catastrófica: el pueblo había crecido en vertical en edificaciones, aunque no así en habitantes. Tuvieron que venir poco a poco de fuera aquellos que acabaron habitando los pisos fantasmas. Solo una de aquellas casas se libró de condenarse a una eterna altura. Seguía siendo de un solo piso y estaba habitada por el Niño-Pez. Siempre había sido niño y siempre había respirado por branquias. Él consiguió vivir avanzando en horizontal, mientras que las casas obligadas a convertirse en colosales habían tenido dueños humanos, de respiración pulmonar y edad que avanzaba según su ciclo vital. Los ascensores llegaron al lugar con la finalidad de comunicar los pisos. El Niño-Pez fue conocido por todos. Se había convertido en la Feria del lugar. Él subía de vez en cuando y los saludaba. Le gustaba aquel juego. Cuando el número de habitantes llegó a trescientos sesenta y cinco, se decidió en junta extraordinaria dedicar un día del año a cada uno de ellos. El niño pez debería visitarles a todos y todos deberían visitarle a él. Le parecía injusto. “Los alumnos conocen todos el nombre de su profesor, pero el profesor debe de conocer también el nombre de todos sus alumnos. Quien se encuentra en desventaja a la hora de memorizar, claro, es el profesor.” El Niño-Pez se sentía profesor de todos aquellos alumnos caprichosos. Un día, el Niño-Pez decidió abandonar el lugar. Entonces, todos los habitantes trataron de impedir su viaje hacia un lugar menos habitado. Esto encolerizó todavía más al Niño-Pez. “Son unos egoístas, solo piensan en ellos… ¡Como si yo no tuviera sentimientos!” Finalmente, el Niño-Pez acabó siendo convencido. Se quedaría en el lugar siempre que no tuviese que volver a aparecer fuera del agua. De esta forma, se llegó a un trato con trampa, pues los vecinos habían encargado a la misma empresa de ascensores la misma cantidad pero de submarinos. Ahora, podrían hacerse pasar también por peces para poder seguir visitando al Niño-Pez sin que este lo supiera, ya que este- en su estupidez de pescado- desconocía incluso lo que era un ascensor.

29 – 9 – 10

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ADAPTACIONES IMPOSIBLES

>> sábado, 18 de septiembre de 2010

“Qué difícil escribían antes ¿verdad?”
El otro día fui a ver “Lope”, la película inspirada en la juventud alocada de un Félix Lope de Vega y Carpio. Evidentemente, la pregunta era inevitable. El verso castellano tuvo su época, como las personas que lo valoraban. Ahora, nos resulta complicado seguir a la poesía en el cine. Una obra de teatro de Lope de Vega como la de “El perro del Hortelano” llevada al cine, solo podía concebirse por una mente tan particular como la de Pilar Miró. Esta directora, arriesgaba y luchaba por aquello que perseguía, aún sufriendo en multitud de ocasiones variopintos problemas. Para el espectador, es todo un reto aceptar una pieza teatral íntegra en un formato cinematográfico. Sin embargo, por otra parte ¿qué era el teatro sino el precedente del cine? A mi parecer, sería justo rescatar por parte del celuloide elementos de nuestra cultura merecedores de perpetuarse visualmente. El film de Lope introduce fragmentos de obras teatrales y de poemas célebres del dramaturgo y poeta. Lope es un homenaje al maestro en su faceta profesional, aunque dudo que resulte fiel para con su biografía. Por ejemplo, no cita en ningún momento (ni siquiera en el epílogo textual previo a los títulos de crédito finales), su “vocación” religiosa, cosa –creo yo- obligatoria para comprender la complejidad de su figura psicológica.
Con la Ópera encontramos de nuevo un problema en la realización cinematográfica. Merece especial mención Franco Zefirelli y otros directores de la segunda mitad del siglo XX.
Viendo “El barbero de Sevilla”, (Jean-Pierre Ponelle, 1972), uno se da cuenta de la necesidad de los nexos en los dos campos, el teatral y el cinematográfico: Importante es la labor actoral de los cantantes o también la delicada introducción de escenarios teatrales de forma que nos parezcan meros decorados de estudio. Mantener el ritmo de los planos en los recitativos, arias, dúos, sextetos… E, incluso, la necesidad de una sincronía en la música, que no entiende de cortes ni de la labor de enlazamiento de los estudios de grabación. Conseguir un “todo seguido” y que parezca verdad, es otro elemento esencial.
Si en las películas históricas hay reconstrucción, también lo hay en los reestrenos constantes de óperas. La creatividad del equipo artístico, la innovación para conseguir que una obra nunca se pase de moda y resulte cercana al espectador…
En una de mis novelas, “El castillo de arena”, los personajes se supone que viven en una república europea perdida. Sin embargo, sus nombres son españoles. Pienso que no necesito dar explicaciones de esta licencia al comprobar que en la ópera de Rossini, que en teoría se desarrolla en Sevilla, hay nombres tan italianos como Lindoro, Fígaro o Rossina. Pero ¿qué le podemos reprochar a este compositor tan simpático? Para poner en situación, mencionaré un par de ejemplos que hablan de su carácter:
- Harto de la desafinación de ciertas sopranos, compuso un dúo (aunque yo creo que debe de considerarse mejor como una crítica) en el que puso como cantantes a los gatos;
- A los treinta y tantos años dejó de componer para dedicarse a la gastronomía hasta el fin de sus días (y es que era de estómago agradecido)
Ya que estamos de biopics, podría hacerse uno sobre Rossini. ¿Por qué no? Últimamente, ya no esperan ni a que el personaje fallezca para beneficiarse económicamente de su figura. ¡Los que dan el visto bueno, corren el riesgo de ser considerados un tanto ególatras!
Quizá sea un poco mal pensado, pero a veces pienso que en tanta adaptación a veces tienen un poquito de culpa ciertos perezosos a los que el teatro les asusta más que el agua al gato. Si estos no funcionaran, por otro lado, los musicales habrían ya desaparecido. Por ejemplo, en La Gran Vía madrileña, lo que han desaparecido han sido precisamente cines para ser sustituidos por teatros. Algo así como el Broadway hispalense. ¡Y no hablemos ya de este parque recientemente construido para albergar réplicas de lugares simbólicos europeos…! Los que desconozcan de este lugar, pueden ser engañados perfectamente por los que allí se fotografían presumiendo de que han estado en tal o cual lugar… “¡Estamos delante de la torre Eiffel!” Esa torre, para empezar, sería más bien “Infiel”, pero bueno… Vuelvo a destacar la importancia del equipo artístico. Una fotografía bien tomada puede aparentar perfectamente un París en lugar de un Madrid del extrarradio.
¡La música y el teatro, dos elementos de ficción en la vida cotidiana! Que yo sepa, los únicos que parecen cantar mientras hablan son los italianos. La teatralidad en ellos resulta manifiesta en la Colombina, el arlequín, los belenes napolitanos, el trampantojo, la tarantela, o esas iglesias con una gran portada renacentista que esconden, tras ellas, una pequeña capilla.
No, no nos llevemos a engaño. Los musicales nos chocan precisamente por eso, por su inesperada musicalidad. De pronto, un hombre nos cuenta su abatimiento. Tan triste se encuentra que empieza a bailar, y de sus flancos surgen bailarines y coristas recalcando su estado de ánimo. Faltan los fuegos artificiales tan solo. Si conseguimos, por tanto, creernos toda esta sarta de mentiras es que nos han engañado muy bien.


17 – 9 – 10

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LA CAZA DE LA BALLENA

>> viernes, 17 de septiembre de 2010

Hombres ¡qué rápido olvidáis vuestra infancia!
Después de la caza quedan los huesos.

Ácida sinceridad del joven desencantado
Que reivindica la única y verdadera realidad
La que se esconde bajo la piel del mamífero
Estructura blanca, cárcel de Jonás
Aprisionado en la dureza, ocultado por lo tierno
Capota opaca, la del color negro

Esperas los días del arpón certero
sin saber que serás expulsado
Brotarás, en lo alto, del surtidor
bailando sobre el agua y bajo el aguacero
La ves, en su forma circular
y ya no te asusta tu celda de agujero
¡Oscuridad de impenetrable inexistencia!
¿Qué dimensiones tiene el vacío?
Te ríes al creer que ya no volverás a entrar
Eres joven ¡y te crees viejo!


Cetáceo que sonríes con tu dentadura
Eres como el más suave de los truenos
y engulles, cuando crees que estás bebiendo
¿Tienen derecho a beber los peces
y los otros hijos de la mar?
¡Encarcelas con tus huesos
que nada tiene nada que ocultar!
Ahí es donde se ahogan mejor los presos…
Por eso y por nada más,
eres tú cárcel y carcelero

¿Se acuerda alguien de los engullidos?
¿Son muertos o son vivos?
¿Cuándo saldrán?



Tras la etapa oscura
algunos resurgen
fortalecidos
y otros, destrozados
…Más les valía
haberse quedado dentro

Son jóvenes de pelo blanco
que ya no volverán a nadar
ni se fiarán de una sonrisa
envejecidos prematuramente
Amargados por su sabiduría
Volverán tarde…
Los veréis con el crepúsculo
retornar a sus hogares
Viejos marinos terrestres
olvidados del azul del mar
y del cielo.

Pero,
no os fiéis:
Los arponeros
no son los liberadores
sino aquellos que se resisten
a ser encarcelados

Y, en cuanto a la ballena,
nunca ha existido.
La oscuridad
no precisa de ellas…
¡es la luz quien las inventa!


4 – 8 – 10

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"Taris", de Jean Vigo (1931)



La canción francesa de los títulos iniciales dice algo así como:

- Mama ¿tienes piernas las barcas?
- Sí, hijo ¿cómo se desplazarían si no?

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JEAN VIGO, UNA PROMESA TRUNCADA

Una de las conclusiones que se obtienen al estudiar “Los Cuatrocientos golpes” de Truffaut, es la admiración del director francés por su antecesor y malogrado camarada de cámara Jean Vigo. Sin llegar a vivir treinta años, este director realizó cuatro filmes sin desperdicio y variados tanto en su temática como en su duración. El primero de ellos, “A Propósito de Niza” (1929), filme mudo de finales de los veinte, resulta un documental claramente ideológico donde puede verse la contraposición de estatus sociales entre turistas y demás gente de clase alta con los barrios más pobres de los suburbios. La forma de rodar me recuerda particularmente a los proyectos de reportaje de Val del Omar emprendidos durante la II República española. Sus “Fiestas sagradas y profanas”, eran testimonio del folclore de algunos pueblos de la península y fue una de las tantas actividades incluidas en las Misiones pedagógicas. Con ellas, se trataba de llevar la cultura a los lugares donde resultaba más complicado acceder en esto sentido, y, a la vez, se recogía el testimonio de allí donde se viajaba y se mostraba con una doble intención educativa dirigida tanto a los sectores culturales como a los analfabetos.
Ya encontramos en este filme de Vigo una propuesta poética en toda regla. Un encadenamiento de imágenes tan perfecto como el interior de un reloj. La idea surgió con motivo de un viaje realizado por Vigo a este lugar para tratar de sanar los problemas de salud que le conducirían a su triste final.
La segunda aventura cinematográfica la encontramos en “Taris” (1931), un reportaje- ya sonoro- sobre la figura del famoso nadador francés. Un filme acuático, donde la misma poética se encuentra en el cuerpo humano y su falso ecosistema como mamífero. Finalmente, se advierte el ramalazo surrealista cuando el nadador vuelve de la piscina a tierra firme con un rebobinado, para después acabar vestido de calle y salir del plano avanzando sobre el agua. Aquí, la relación directa la establezco inevitablemente con Leni Riefenstahl, pionera de la retransmisión deportiva donde las haya. En sus filmes “Olimpia” o “El triunfo de la voluntad”, destaca también su aportación como narradora con autoría personal. Nadie que haya visto las cintas olvidará esa visión de las olimpiadas históricas griegas, entre columnas y nubes a ras del suelo. Los cuerpos casi desnudos y un tanto ambiguos (tanto en hombres como en mujeres) provocarían las delicias de autores como Winckelman en su particular concepción histórica del arte.
“Cero en conducta” (1933), resulta la primera película de argumento dramático, si así puede catalogarse, de Vigo. En él encontramos aquello que enamoró a Truffaut. La rebelión infantil, la lucha por una anarquía traducida en libertad. Los adultos, aparecen como personajes indefensos, tanto que incluso parecería que se han invertido los papeles. No deja de ser un recuerdo de infancia de su propio autor. No ya lo que pudo haber sucedido sino lo que imaginó en su cabeza. Esta es la única realidad.
Se suceden escenas incluso dadaístas, acordes con la época de vanguardias y a caballo entre el cine mudo y el sonoro: el primer personaje adulto que aparece en el filme, comparte compartimento de tren con dos de los niños que se dirigen a la escuela. Parece dejarles hacer todo tipo de ocurrencias, pues se encuentra como dormido. Finalmente, al detenerse el tren, este personaje caerá como un muñeco al suelo. En otra escena, ya en el colegio, el vigilante de los niños se pone a hacer el pino sobre su mesa mientras realiza un dibujo que después cobrará vida. La imagen del adulto se ridiculizará también poniendo al director de la escuela como a un niño disfrazado, con su estatura y su voz aguda. También, durante el paseo escolar por la ciudad, el encargado se irá por su lado dejando solos a los niños, que le encontrarán en otra calle y le seguirán mientras persigue a una mujer. Otro profesor, este de medicina, parecerá abusar de uno de los niños, de aspecto afeminado. Finalmente, en un día de celebración donde se encuentran todos los representantes de la escuela en el patio, aparecen figurantes realizando incluso ejercicios de contorsión, mientras los que se encuentran sentados en primera fila para observar el espectáculo aparecen representados por monigotes en las sillas de detrás.
Como un ser incomprensible que a veces no merece de atención, he elegido como representación perfecta la de aquel otro que se parapeta tras un periódico, resultando ausente por su inmovilidad, en la escena en la que dos niños demuestran su vitalidad realizando todo tipo de actividades, encontrándose en la misma habitación que él.
Un canto – a fin de cuentas- hacia la infancia, que parece atender a todas sus reivindicaciones, volviéndolas lógicas ante el mundo absurdo de los mayores.
Por fin, llegamos a L´Atalante (1934) la película que cierra esta tetralogía, por llamarlo de algún modo. Una sencilla historia sobre la vida de los marineros de un barco que lleva por título el nombre del film. El patrón de la embarcación se llevará a su novia (con quien acaba de casarse) con él en sus viajes marítimos. Ella comenzará a sentir hastío por la seriedad de su marido, influenciada por otros personajes como el divertido tío Jules, que le muestra todo un universo fascinante en su camarote. Por ello, decide abandonar el barco durante un día visitando París, de donde volverá desengañada. Las escenas oníricas (y creo yo, eróticas) de los dos enamorados, cada uno en solitario imaginándose acompañado del otro, resultan interesantes. Pero no por ello cabe desmerecer a otras que incluso resultan más mágicas, como la de Jules creyendo hacer funcionar a un disco de vinilo utilizando su dedo como aguja de gramófono.
La unión de ambas propuestas de puesta en escena se encontraría en la historia en la que la chica trata de convencer a su novio de que, si quisiese, él podría ver la imagen de ella, en el agua. Al principio él se toma lo que ella le cuenta a broma, introduciendo su cabeza en todos los lugares acuáticos posibles; después, cuando ella se va del barco y él cree haberla perdido, acaba arrojándose desde la cubierta del barco al mar, para tratar de encontrar esa imagen de la que le hablaba, buceando en una especie de evocación mágica.
Jean Vigo, director en auge que siempre resultará novedoso, se ha ganado la fama de leyenda al morir joven y dejar de legado estas cuatro muestras tan peculiares de cine. No sabemos que películas habría hecho en adelante, ni siquiera si habría renunciado a su intención de hacer un cine tan diferente, al volverse con los años todo tan vulgar. ¿Saben lo que pienso? Que prefiero quedarme con todas esas dudas, alegrarme de todo ese desconocimiento, porque en él se encuentra, creo yo, la mayoría de la parte de ese encanto que siento.

17 – 9 – 10

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LA SUERTE DE UN VIAJANTE

Llegué en un coche último modelo (años veinte) al pueblecito de Mejía a pasar un fin de semana al estilo rural y alejado de la gran ciudad. Mi tío Eufrasio era un hombre conocido allí. Siempre me había hablado de una famosa fábrica de váteres para perros que había puesto como negocio en el lugar, y hará un par de días me llamó para invitarme a que la conociera. Había llegado tal como esperaba: dejándome llevar. Hace poco, el Gobierno llegó a ciertos acuerdos para colocar carteleras falsas en las carreteras principales del país, obligando a equivocarse por fuerza al conductor para visitar algunos pueblos en los que nadie, en su sano juicio, se detendría ni para repostar gasolina. Este era uno de los casos. ¡Menuda treta la del Estado para tener contentos a todos sus convecinos!
Nada más entrar en el pueblo, pregunté a uno de los lugareños dónde podría encontrar un “Parking”. El buen hombre me indicó dos calles más adelante, “en la plaza del monolito”. Aquella breve conversación podría haberse tratado del teléfono escacharrado más célebre en toda su historia de juego, pues ninguno de los dos nos entendimos. Yo buscaba un gran monumento de piedra y él comprendió que lo que yo quería era un lugar verde por el que pasear (y no aparcar en una zona verde). El lugar de referencia era un bar llamado “Manolito”, que se encontraba frente a un “parque” con el nombre de un médico célebre del pueblo que había ejercido sobre todo de veterinario.
Un tanto confuso por el equívoco, terminé desengañándome con respecto a la existencia de aparcamientos en aquel lugar. Inocente de mí, acabé parando el coche en un solar de la Plaza, que no era ni Mayor ni Menor, porque solo había una. Estaba decorada con cientos de banderines, todos ellos inventados. Ninguna de esas banderas existía, lo puedo jurar. En el centro había un kiosco rodeado de árboles en el que un chaval despellejaba canciones con su guitarra. Encontré, también, sentados en el único banco público en la plaza, a tres hombres viejos, calvos, de pelo blanco, nariz aguileña y calzando chancletas. Descubrí que, viendo a uno de estos personajes por separado, ni siquiera me habría llamado la atención. Ahora, viendo a los tres unidos por el destino, no podía dejar de reírme.
“Manolito” había dispuesto terrazas en aquel lugar, donde la gente que había accedido a consumir yacía deshidratándose sentada, echada hacia atrás o caída sobre las mesas. Siempre hay “ojos de halcón” que saben dónde poner su negocio. Piensan de este modo: “Aquí vamos a poner las casetas; sí si: aquí donde el sol te churrusca con sus rayos, donde el ochenta y cinco por ciento de agua de la sangre se evapora, como si estuviese en una piscina en el Sahara, dejando sitio a este líquido nuevo que, antes de entrar, ya se ha consumido.” Saben que pararás allí, que te dejarás “los dineros”, por más que te parezca inhumano y denunciable. Es La Terraza, como la plaza es La Plaza.
Abandonando toda intención de encontrar un parking, otra plaza y otra terraza, me tiré en plancha en una de las sillas de este bar, de nombre “El tuerto alegre”. La misma mala intención invertida en la situación del lugar y en su denominación.
Mientras sentía cómo mi camisa iba grabando en su tejido cada una de los mimbres de la silla sobre la que se “imprimía”, apareció un cincuentón con patillas como montes y pitillo sobre oreja y me preguntó que qué quería beber. Allí ni te preguntan qué quieres comer. Van directamente a la necesidad primaria. Respondiendo con “un zumo de manzana” recibí la contestación de “esas cosas tan raras no se sirven allí”. Vino de garrafa, o no tenías nada que rascar. Nunca me acostumbré ni al vino ni a la cerveza, y por ello no comprendo cómo en algunos lugares se da por sentado que la gente va a consumir seguro cualquiera de estas dos bebidas. Para beber agua ya están las fuentes. Le pedí un chato y una persona que pasaba por ahí con nariz de Mortadelo casi arregla su confusión con una bofetada para mí.
Recuperado de este nuevo malentendido, saqué mi siempre fiel grabadora con la intención de describir con palabras todo lo que hasta el momento me había acontecido allí. “Es la voz de mi memoria y la de mis recuerdos para el futuro, encerrados en una imantación analógica”. Esto le contesté al camarero, cuando me preguntó por lo que estaba haciendo. El gesto de su cara fue significativo para comprender lo que parecía pensar. Se sentía, por un lado indefenso, y por otro agredido, como si estuviese tomándole el pelo de una forma sutil; parecía decirme: “En estas circunstancias, el que podría permitirse ciertas confianzas sería yo en todo caso, pues usted es el extranjero”. Resulta triste esta concepción todavía latente respecto “del que viene” y “el que atiende”. Las normas de aceptación de este y las de recepción del otro. Algo así como la prueba de fuego para entrar en una tribu.
Yo, habiendo aprendido a esas alturas a aparentar inmutabilidad, respondí a este nuevo desafío recolocándome el pelo lo mejor que pude, con la mano a modo de garra o de rastrillo; luego, comenté, tratando de romper el hielo, acerca del llamativo kiosco de música de la Plaza. Poseía una concepción muy original que le hacía parecer cualquier cosa menos aquello para lo que se había concebido. “Es bonito, pero no cabrían ni tres músicos dentro de él”. Sus comentarios en forma de respuestas posibles hablaban de nuevo de un conocimiento que le hería no poseer. “No sé, desde chico lo he visto ya plantado ahí, haciendo centro. Lo mismo se podía haber robado de otro pueblo para ahorrarse su construcción”. Aquí ya se reía, pero yo no podía acompañarle a dúo en su sentido del humor.
Portaba en su bandeja un vaso con un líquido transparente. En la mesa dejó ambas cosas. La bebida parecía de un color transparente, contenida en el vaso. “A lo mejor se ha quedado todo el condimento en el fondo y, al agitarlo, recupera su color” pensé. ¿Qué tipo de “ungüento” podía ser aquel? La respuesta a mis dudas vino cuando, quien me atendía, sacó del delantal un frasco con un líquido totalmente colorido. Echó un poco de este con un cuentagotas en el vaso. “es para animarlo”. ¡Como si aquello fuera un guiso al que le faltase el ajo o la cebolla! Yo no le reproché nada de esto (líbreme Dios) porque había que ver cómo estaba el patio.
Al fondo había una especie de iglesia que parecía abandonada por Samuel Bronston. La coronaban dos ángeles bautizados en tonos amarillos por el vientre suelto de algunos palomos. Pagué el “refresco”, por llamarlo de alguna forma, y me puse a tomar apuntes en el cuaderno de esta nueva distracción. Tenía detrás al párroco, que esperaba a que terminase aquella obra maestra. Al darme cuenta de su presencia, se la mostré, pero sus palabras no tuvieron que ver con el asunto. No hubo un “muy bonito” o “gracias a gente como usted, somos conscientes de nuestro patrimonio”. Habría sido demasiado para mi ego. Su discurso era otro: “¿Ha sido usted el que ha aparcado su coche en el “Mausoleo”? Al parecer, aquel “solar” era el cementerio de la iglesia. Las baldosas del suelo eran en realidad las tumbas de aquellos religiosos que habían pasado por aquel lugar. Meneaba el párroco, mientras hablaba, un pequeño botafumeiro que le había visto ya utilizar cuando entré en la Plaza, mientras permanecía apostado en el pórtico (como el portero de una casa que barre la entrada de su portal) y observaba mi entrada. Sospechando que lo que quería hacer ahora con el botafumeiro no era precisamente purificar el ambiente, decidí dejar de aclarar las cosas con el diálogo y solucionarlo sacando de allí el coche. La cantidad de abolladuras que tenía (el botafumeiro, no el coche), hacía que pasaran por la cabeza pensamientos retorcidos que no quería corroborar permaneciendo más allí. Lo zarandeaba, verdaderamente, como si yo fuese Goliat y él David. “Pequeñito pero matón”, mi caso sería era el del débil, por lo que, en teoría, debía de ganar y no él. No era el momento para revisar crónicas de escribanos sacros, entre otras cosas, porque tampoco conocía de la existencia de alguna biblioteca a tantos metros a la redonda. Lo más parecido había sido una estantería de piedra en aquel parque o “parking” (según quién me escuchase cuando preguntase por él) donde ponía “LIBROS” (así, entre comillas, como si fuera algo sobrenatural). Como era de esperar, los estantes estaban vacíos. De nuevo, mi cabeza calenturienta pensó en su uso para el calentamiento de los hogares. Que nadie piense mal, pues solo bastaría con venderlos y emplear el dinero en comprar braseros. ¿Quién ha dicho que Dostoievsky no nos puede librar de un resfriado? Con esto, creo aclarar que el primero lleno de prejuicios es un servidor. Esta lucha constante entre lo que se considera correcto y el cómo verdaderamente se actúa, en muchas ocasiones, sin darnos ni cuenta, es lo que más quebraderos de cabeza me ha traído siempre.
Lo único objetivo que podía decirse en este último caso, es lo siguiente: “Donde un día pudo haber una Biblioteca Pública, lucían ahora macetas sin geranios.” Un graffiti se leía dentro de uno de los antiguos estantes: “Pedro, si pasas por aquí, acuérdate de que hemos quedado mañana a las ocho. Firmado: Paco”
Crucé con el coche lo más rápido que pude el núcleo histórico (es decir, casas con establos) mientras algunos chiquillos iban tras de mí en carrera. Una escena que ya había visto en alguna película, cuando el protagonista abandona su pueblo en autobús o en tren por algún motivo, siempre contra su voluntad, mientras le sigue la infancia personificada del lugar que no quiere que se vaya. En este caso la espantada estaba clara, adornada con algunas piedras lanzadas al aire.

No encontré la fábrica. Todo había sido inventado por mi tío, en una especie de broma pesada, como pude comprobar en su Testamento: “A mi sobrino le doy un viaje en balde hasta un pueblo perdido de la mano de Dios porque yo soy muy gracioso”.
Como el acertijo de “hacia donde caerá el huevo puesto por el gallo”, yo debería de haber intuido que los perros se desahogaban fuera de casa y con total desvergüenza, sin precisar de artilugios humanos.

Supongo que veré alguna vez a este pueblo en alguna revista especializada no-turística, cuando lo exótico deje de buscarse tan lejos. Imagino perfectamente a un grupo de sociólogos y antropólogos acampando en aquellas huestes, haciendo pruebas a todo ser vivo que encuentren, esperando sus reacciones, anotándolas cuidadosamente, llevándose pruebas…

Realizado: 23 – 10 – 2005
Retocado: 9 – 7 - 2010

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Sestetto de "El Barbero de Sevilla" de Rossini

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LA TRUCULENCIA EN LA LITERATURA ESPAÑOLA

>> jueves, 16 de septiembre de 2010

Cuando Jorque Manrique escribió las “Coplas a la Muerte de su Padre”, nos encontrábamos en el medievo español.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte,
tan callando;

Por entonces, circulaban aquellos dibujos de bailes macabros de hombres con esqueletos. Las terribles e incurables enfermedades que por aquel entonces plagaban España, obligaban a los más inquietos a plantearse lo efímero de la vida. Celebrábanse todo tipo de ritos para liberarse de los pecados y así alcanzar la Gloria. Se temía al infierno. Toda una escenografía en torno al moribundo. No había plañideras porque no necesitaban cobrar para derramar lágrimas. Sentían todos la obligación de la tristeza, del rezo, de la inmovilidad de sus vidas por respeto al que ya no estaría entre ellos.
Bécquer, en el siglo diecinueve, escribió el poema “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!” y Falla, en una de sus primeras composiciones de los años jóvenes, le puso música.

Cerraron sus ojos
Que aun tenía abiertos;
Taparon su cara
Con un blanco lienzo;
Y unos sollozando,
Otros en silencio,
De la triste alcoba
Todos se salieron.

La luz, que en un vaso
Ardía en el suelo,
Al muro arrojaba
La sombra del lecho,
Y entre aquella sombra
Veíase a intervalos
Dibujarse rígida
La forma del cuerpo.

Despertaba el día
Y a su albor primero,
Con sus mil ruidos
Despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
De vida y misterios,
De luz y tinieblas,
[medité] un momento:
¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos;
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
quedose deserto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba...
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapáronle luego,
y con un saludo
despidiose el duelo.

La piqueta al hombro,
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
reinaba el silencio:
perdido en las sombras,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero
de la pobre niña
a solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo,
del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos!...

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
al dejar tan tristes,
tan solos los muertos!

Tres autores en plena efervescencia juvenil, herederos de una tradición que hablaba de la muerte y de una estancia en la tierra incorregible para poder acceder al cielo. Una visión pictórica que va del “Vánitas vanitatis” a la “España Negra” de Solana, tras de la cual se escondía el control religioso en cada una de las almas. Furibunda visión enseñada a los hijos desde pequeños por padres de moralidad intachable, temerosos de esa ira divina. Resultaba, en algunos casos, una mortificación placentera. La gente defendía así su respeto hacia los demás y para con los suyos. Se teñían las ropas de negro y se esperaba el “tiempo prudente” de unos meses para quitárselas. La fetichización de cuerpos incorruptos, de casas construidas de huesos, eran tan solo símbolos de ese recuerdo y advertencia que decía: “Mañana te puede tocar a ti”

El poema de José de Espronceda, titulado “La desesperación” resulta precisamente una parodia del ambiente sobrecargado por los románticos.

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar;
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas
la tierra iluminar.
Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar;
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Leonardo Alenza, en el terreno pictórico, dedicó también una parte a mirar con humor este drama desbordado. Un buen ejemplo son sus lienzos de sátiras de suicidas románticos.
En las historias matritenses, encontramos una que hace referencia a la de un sonado intento de suicidio. El sujeto en cuestión que decidió acabar con su vida, se arrojó por el Puente de Segovia (situado en la calle de Toledo de Madrid) sin contar con que en ese momento pasaba por debajo un hombre con un cesto de pan. Esta persona murió, mientras que el suicida resultó ileso.
Ya en el siglo veinte, los autores de zarzuela, animados por el resultado de un producto popular, buscaron en estos temas- a los que se les había perdido por completo el respeto- una baza para los números cómicos.
En la zarzuela de “El niño judío” (estrenada en 1918), encontramos un número titulado “Soy un Rayito de luna”:

¡Arsa y olé!
Soy el rayo de luna más triste que ha visto usted
¡Ole y olá!
Cuando alumbra los fosos y nichos que gusto da
¡Arsa y olé!
¿Ha visto usted?
¡Ole y olá!
¡Qué gusto da!

Soy un rayito luna
que da luz a un cementerio
donde reposa mi padre
y mi tío Desiderio
y mi pobrecita madre
y un primo la mar de serio
y una hermanita bastante mona que se murió

Cementerio, cementerio
siempre solo, siempre serio
si no fuera por el rayo
de lunita que te alumbra
¿Que sería de tus fosas, qué seria de tus tumbas?

Pobrecitos cadaveres
sin hablar una palabra
y por toda distracción
bailan la danza macabra

“Rosa la pantalonera” (estrenada en 1939, en plena guerra civil) es una obra de Francisco Alonso, Pablo LLabrés y José López de Lerena. Para la ambientación musical del dueto cómico “Adiós a la vida” se empleó el tema de Saint Saens en su “Danza macabra”. Los dos amantes se declaraban ese amor más allá de la vida. La letra, decía así:

Bajo el peso de las losas
cual don Juan y doña Inés
nos diremos muchas cosas
a la sombra de un ciprés

Y en la noche del misterio
nuestra fosa se abrirá
y en un mundo de silencio
solo un gallo cantará
Tristes campanas dán su din-dón
mientras suenan los crujidos de Aquilón
y tus huesos y los míos
bailarán con ilusión

Suspiro por tus huesos
en mi triste panteón
y salgo por tus huesos
si me deja Juan Simón

No dejes esta noche
de venir a verme después
ventana veintinueve
calle quince número tres

Te suena el esqueleto que parece un xilofón
mas ven con cuidadito pa no darte un tropezón
Ayer por ir a oscuras me di un golpe en el peroné
Siento clavarse una espina junto a mi espina dorsal
Y a la gloria tendrá que subir nuestro amor
Yo no subo si no hay ascensor

Miguel Mihura, escritor cómico de la conocida como “La otra generación del 27”, (entre la que se encontraban otros contemporáneos como Enrique Jardiel Poncela, Edgar Neville, Tono o Álvaro de la Iglesia), colaboró con Eduardo García Maroto en la realización de sus proyectos cinematográficos. Maroto, antecedente de Berlanga, entró en escena como director con la realización de tres cortometrajes: “Una de fieras”, “Una de ladrones” y “Una de miedo”, todas ellas realizadas durante la II República. La última de las tres era un compendio, en clave de parodia, de los elementos más clásicos del cine de terror. Con una fina ironía, supo convertir aquellos efectos fantasmagóricos en puros gags. Por ejemplo: La vela, que porta el protagonista en su peripecia por el castillo encantado, se apaga quedando todo a oscuras. La explicación de este hecho sobrenatural se encuentra en un señor que sopla con un fuelle, detrás de una pared de atrezzo. Después, un muerto viviente (al que se caracteriza como “un Boris Karloff cien por cien nacional”) canta, en un número musical- obra del maestro Montorio-, lo siguiente:

No hay nada más hermoso
que una agonía, que una agonía
sobre todo si ocurre
en Andalucía, en Andalucía

Hacernos el harakiri nos gusta mucho
y cortarnos las venas con un serrucho
pon bien de vello
que se me caiga algo
me vuelvo bello

Soy un esqueleto ¡olé!
Yo salgo de mi tumba
todos los días
y en Recoletos me subo
al estribo de los travías
y a las gachís que van con un gabán de piel
les digo dándoles con un hueso en los muslos
¡Vaya mujer chipén! ¡Vaya mujer chipén!

“Raska-Yú” de Bonet de San Pedro, fue una canción de los años posteriores a la guerra civil.

Rasca-Yú, ¿cuando mueras que harás tú?
Rasca-Yú, ¿cuando mueras que harás tú?
Tú serás un cadáver nada más.
Rasca-Yú, ¿cuando mueras que harás tú?

Oigan la historia que contome un día
el viejo enterrador de la comarca,
que era un viejo al que la suerte impía
su rico bien arrebató la Parca.

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de su hermosa
y la gente murmuraba con misterio:
"Es un muerto escapado de la fosa".

Hizo amistad con muchos esqueletos
que salían bailando una sardana
mezclando sus voces de ultratumba
con el croado de alguna rana.

Los pobrecitos iban mal vestidos
con sábanas que ad hoc habían robado,
y el guardián se decía con recelo:
"Estos muertos se me han revolucionado".

Como es bastante tétrica la historia
los juegos fatuos se meten en el lío
armando con sus luces tenebrosas
un cacao de padre y muy señor mío.

Su difusión radiofónica estuvo prohibida por la frase “Tú serás un cadáver nada más”. ¿Podría tratarse de defender que, el hombre, una vez muerto, le esperaba otra vida y no se acaba todo ahí? Algunos comenzaron a decir que el personaje de Raska-Yú lo había creado Bonet de San Pedro inspirándose en Franco. Pero esto ya es otra historia.
Ahora, en la actualidad, la razón y la ciencia (nuevas autoridades) nos hablan de lo efímero de la vida, pero nos animan a disfrutarla debido a su misma brevedad y a no sufrir en la medida en que podamos evitarlo. Esta nueva filosofía (dejando a un lado las creencias de cada uno) relega todo la anterior a una historia, la nuestra, de la que no debemos renegar y tenemos la obligación de conocer.

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LAS CASTAÑUELAS DE LUCERO TENA

>> miércoles, 15 de septiembre de 2010

Voces para la Paz 2007

"La Vida Breve" de Manuel de Falla






"La boda de Luis Alonso" de J. Giménez

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Concierto VOCES PARA LA PAZ (2001) Canción de la amistad (de la obra "Los gavilanes" de Jacinto Guerrero)

>> martes, 14 de septiembre de 2010



¡Amigos, siempre amigos,
juntos marcharemos
en las luchas de la vida!
¡Amigos, siempre amigos,
olvidaremos la jornada maldita!
Unidos, siempre unidos,
compartiremos
esperanzas y alegrías
hermanos más que amigos,
demostraremos
que tus penas son las mías.
Amistad, amistad,
¡qué dulce sentimiento el alma goza!
De un amigo verdad
la alegría que siento me alboroza
¡Amistad, amistad
clamen los hombres todos en la tierra!
¡Siempre amigos, gritad,
y acaben ya los odios y las guerras.

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Regañina (El hijo pródigo)

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LLANTINA

>> lunes, 13 de septiembre de 2010

Se cruzan en cruz los brazos
cada vez que abrazas al contrabajo
Pareces destrozar el arco cuando
arqueas con rapidez los trazos
si la partitura desbrozas con trabajo

Es tu dolor quebrado
y no hay gota en los ojos
De tanto surcar los trozos
del pentagrama se han destrozado

El daño de la luz les llora
y mojan la madera que ya no brilla

Las notas aumentan en número su tamaño
porque tu mirada se cierra aunque no quieras verlo
y querer ver la música quieras
… Ya solo queda sentirla
arañando los años que se escapan con las manos

Solo en la oscuridad brillan
aquellas palpitantes luces
que te guían como bombillas
a través de tu impotente noche
No es la luz blanca tibia
del papel lo que las produce
ni la del atril que en oro bañado luce
sino la otra luz amarilla
que te guía en esta tu noche

Ni pintadas tus niñas miran
no están dormidas ni se esconden
tan solo están sin que las veas
pequeño músico, presente destino
que afrontas deseando ser hombre
con tu edad de número nueve
aspirante a querer dejar de ser niño

13 – 9 – 10

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EL TIROLIRO

Don Ramiro pertenecía a esa casta chiflada denominada “de rancio abuelengo”. Nunca presumió de ello, pues era de los pocos que pensaba que bastaba con serlo para hacerlo saber. Al fin y al cabo ¡qué le iba a hacer! Nació sin querer allí, en mitad de un salón de los de lámpara de araña, rodeado de señores de bigote blanco y puro que observaban lo arrugado que estaba recién nacido. Ahora, no había cambiado mucho desde entonces: a sus noventa y muchos poseía más arrugas y seguía llorando por las noches. Vivía en un piso de una sola habitación, con un fogón, una cama y una gran librería. Su nieto, Isaías, fue a hacerle una visita el día de su cumpleaños. Don Ramiro hacía tiempo que ya no se levantaba de la cama. Desde allí, le llegaban las manos para preparar su media patata cocida con verduras. El portero de la finca tenía la llave de la casa para llevarle, por encargo de la familia, los alimentos diarios.
Cuando Isaías entró en la habitación, no llevaba nada para regalarle. Apenas le conocía, tan solo iba allí por caridad. El resto (el hijo y la nuera) se habían prácticamente desentendido del patriarca. La alimentación a veces no resulta del todo una recompensa a los favores prestados durante toda una vida. Don Ramiro fue un buen padre y esposo, pero se dejaba comer terreno demasiado fácilmente. Le costaba horrores decir que no. Ahora, cumplía condena por todas las veces que no supo o no pudo hacer frente a la caradura que le había rodeado desde que tomó las riendas de su vida. Su nieto, pequeña aurora a todo aquel fin del mundo, ni siquiera alumbraba con luz natural, sino eléctrica. Digamos que era el menos indeseable de todos, pero ello no le hacía una buena persona. Apareció allí sin llamar, de cualquier manera. Don Ramiro dormía por entonces y no se despertó, tal era su sueño de pesado. Isaías entonces aprovechó la ocasión para quedar bien ante su abuelo. Miro aquí y allá y sus ojos se detuvieron con el techo de la librería. Su abuelo hace tiempo que venía menguando y ya no llegaba como antes a todos los sitios. Además, no tenía ni tan siquiera escalera para suplir su carencia en la estatura. Sin embargo, Isaías, era jugador de baloncesto en la universidad, por lo que imagino que no será necesario decirles adónde llegaba. Sin pensárselo dos veces, cogió uno de los tomos del último piso, donde hasta las arañas anidaban a su antojo. Cuando trató de leer el título en la cubierta, tuvo que quitar tres capas de polvo para poder adivinarlo. ¡Parecía gris! Al eliminar la porquería, el libro también pareció menguar. Era mucho más pequeño de lo que se imaginaba. Se titulaba “El Tiroliro” y era un manual para aprender aquel baile desenfadado de antes de la guerra. “Se lo voy a regalar” pensó Isaías. A su favor tenía que la memoria del viejo ya no era la que fue, que olvidaba el principio de un libro antes de terminarlo y tenía que volver a la primera página.
De otro libro rasgó el forro que tenía adherido para preservarlo y lo utilizó de envoltorio. El papel estaba tan rancio que solo tenía que mojar con saliva las puntas para que se pegase, sin necesidad de celofán.
Cuando hubo terminado su nuevo-viejo regalo, se acercó hasta la cabecera de la cama y despertó al anciano. Pronto, la habitación se inundó de alegría. “¡Qué bueno que viniste!” le dijo Ramiro a Isaías, como si el recibimiento pareciese un verso de un tango argentino. Isaías abrazó a su abuelo y puso cara de intriga. Escondía ya el libro tras de él con sus manos. “Tengo una cosa para ti” le dijo con sonrisa de sorpresa. Don Ramiro no esperó a que se lo diese y casi se lo arrancó con sus manos de uñas alargadas. Isaías no cayó en un detalle: el libro tenía dedicatoria.
“Para Ramirín de su Marina” rezaba la primera página, con trazos de pluma de otro tiempo.
“¿Qué es esto, Isaías?” preguntó el abuelo al nieto.
“Es mi novia” contestó Isaías. “Quería tener un detalle contigo ya que ahora es casi ya de la familia”. Todo era falso. Isaías era el misógino por antonomasia.
“Dale las gracias de mi parte y dile que venga cuando quiera” contestó don Ramiro, que ya ni recordaba el nombre de su mujer.
“¿Quieres un poco de patatas con verdura?” le ofreció don Ramiro a Isaías. Este, por quedar bien, se comió el plato, desconociendo que era toda la comida que su abuelo tenía para ese día.
“¿Volverás, Isaías?”
“Claro que sí abuelo: En tu próximo cumpleaños no faltaré a la cita”.

13 – 9 – 10

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OBSESIÓN POR “VÉRTIGO”





"Él" de Buñuel y "Vértigo" de Hitchcock. Escenas de campanario


Si tuviese que realizar anualmente un ranking sobre un número de películas favoritas (pongamos tres), la película de Hitchcock “Vértigo” no bajaría un escalón de su número uno. Que mis gustos y mi criterio vayan variando con el tiempo dan más mérito a esta fidelidad hacia una película que no suele citarse a la hora de hablar del genio del suspense. Está injustamente infravalorada, a mi juicio. Las películas psicológicas deberían de ser las mejores a la hora de interesar al público en la trama. ¿Necesitamos que nuestra expectación se genere justo entre susto y susto? ¿Hoy en día en qué se ha quedado el efectismo como arma de seducción para un público cada vez más exigente? En “Vértigo” se juega precisamente con las apariencias, con ese nunca saber qué es lo que puede estar pasando hasta el final de la obra. Hitchcock juega con el espectador como si de su personaje, Scottie, se tratase. Le vuelve loco, le trastorna, le hace inquietarse como a él. Ese descenso al mundo de la locura es lo que de verdad importa en esta historia. Un proceso largo, pues uno no se vuelve loco de la noche a la mañana. Todo un mecanismo que supera las dos horas de metraje.
Hitchcock dijo sentir verdadera admiración por Luis Buñuel. De hecho, siempre se compara la escena del campanario de “Él” con la de este filme. Un campanario de las Misiones de San Juan Bautista, casi tan mexicano como el del filme del director aragonés. El forcejeo de Stewart en un intento desesperado por conducir al mismo estado a Novak, a hacerla comprender usando la fuerza, resulta casi de un paralelismo atroz para con el otro de Ernesto Alonso. Los celos, en este caso, pueden volvernos locos. Al fin y al cabo, hablamos de obsesiones. Obsesión por una mujer.
El tímido y bonachón Stewart, parece del gusto de directores sádicos que buscan comprometerle para hacerle revolverse contra ese mundo que le oprime. De padre de familia justiciero en “Qué bello es vivir” pasando por sheriff defensor del orden en “Los Malvados de Silver Creek”. En el filme de Hitchcock, puede parecernos incluso indeseable cuando trata de fetichizar a su “mujer fantasma”. Debemos de comprender también, que ya no es él, que anda ya entre esos muertos a los que hace referencia el subtítulo de la película. Vaga tratando de volver cuerda a la locura, porque ya no busca a una mujer sino a “la imagen que tuvo de esa mujer” totalmente artificial.
Resulta increíble como Hitchcock consigue convertir esas novelas de kiosco y fin de semana en verdaderas potencias en todos los sentidos. ¿Quién sabe si de no ser por él hubiesen pasado sin pena ni gloria por este camino de la historia?
Ahora me asalta una duda que debo despejar: “¿Qué le pasa a Hitchcock con las mujeres?” Para él seguramente, haya tres tipos: La fatal o perversa, la ingenua o tonta sobre la que caen todas las desgracias y ella las asume con resignación, o la que trata de resarcirse de sus “pecados”, cambiar el rumbo de su vida, sin éxito.
Tengo otra pregunta: “¿Qué le pasa a Hitchcock con las mujeres y con los bosques?” Tal vez encontremos la respuesta en Freud: La mujer se rodea de falos (los árboles), como le sucede a Novak en “Vértigo” o a Marie-Saint en “Con la muerte en los talones” (North by NorthWest”). Realmente hay por su parte un intento de trasladar toda esta perversión al cine. Hoy en día resultaría indigesto, no podría hacerse (o resultaría una pérdida de tiempo porque nadie se percataría de ello). Él creía verdaderamente en ello, como quien cree en las imágenes subliminales. Volviendo al ejemplo de Marie Saint: en la escena final del filme, cuando por fin ella y Cary Grant consiguen escapar en tren, en el momento en que ambos se besan se observa cómo “penetran” en su vagón por el túnel. De nuevo, esa obsesión por las imágenes del inconsciente.
Otro ejemplo Freudiano, en este caso con su “interpretación de los sueños”, lo encontramos en la pesadilla que tiene Stewart, donde todo se le mezcla antes de acabar en esa casa de reposo. Son los recuerdos también importantes (como cuando ella piensa en lo que verdad ocurrió en el día del campanario, haciéndonos a nosotros también partícipes) o en el momento en que ella y él se vuelven a reencontrar pareciendo los mismos del pasado, besándose mientras la cámara gira en torno a ellos y vemos como el fondo de la habitación se convierte en otro, en el del establo de San Juan Bautista. No hay un ejemplo de mayor maestría para hilar una historia constantemente creando un constante desengaño en el espectador. “Nada es lo que creías haber visto”.

“Vértigo” me produce lo que su título propone. Me sigue cautivando, no ha perdido un ápice de aquello que creí ver en su primer pase.

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Retrato de Pío Baroja

>> viernes, 10 de septiembre de 2010

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Retrato de Cortázar

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Cuatro dibujos para la "Sinfonía Fantástica" de Berlioz



Rêveries; Passions



Un bal





Marche au supplice



Songe d´une nuit du Sabbat



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"Candide" de Leonard Bernstein



Obertura



Ladie´s Tango

" Por favor, toreador...
Mis labios rubí, dos rosas que se abren en mí...
... Me muero, me sale una hernia..."

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Con Diego Galán

>> lunes, 6 de septiembre de 2010

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ADVERTENCIA ÚLTIMA

La cultura es el último progreso posible
El aprendizaje enseña a no copiar
A no caer en los errores del pasado
Para limpiarlos de nueva cara futura
¿Se posee libertad siendo libre?

El estudio es la ilusión
El trabajo la realidad
El que piensa en lo primero
Olvida que vive en lo segundo
¿Se es libre sin vivir con libertad?

Ya lo dijo Machado: Vivir es haber vivido

6 – 9 – 10

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SOLDADITO DE PLOMO DE NINGUNA GUERRA

>> miércoles, 1 de septiembre de 2010

¿Adónde vas, soldadito?
Quieres escopeta
porque te crees cazador
pero estás en una guerra

No hay arbustos para tus plumas
Nada te camufla en la trinchera
Debes honores a tu sombrero
y lustre al barro de tus botas

Eres el primer soldado
que la guerra quiere ganar
¿Dónde está tu capitán?
¿Olvidas que le han condecorado?

Soldadito que vuelves a casa
con energías y sin arañazos
¿Dónde has estado jugando?

1 – 9 – 10

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TESORO

Cada vez que paso por aquel parque, retrocedo veinte años en mi historia. Allí está, entre manzana y manzana, con cinco modificaciones a sus espaldas desde que lo conozco. El parque de mi infancia se ha vuelto serio y sociable… parece hecho para que los niños se sienten en mesitas y tomen el te, a esa hora en la que para ellos no existe la siesta. Ahora produce respeto entrar allí y ponerse a jugar. Comprendo a aquellos niños cuyos juegos allí se suavizan, temiendo romper el orden de un lugar sagrado. También había más árboles y más vegetación. Ahora, se ha “urbanizado” como quien dice, perdiendo lo que podía tener de improvisto o de descuidado con la naturaleza. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado: aquel estanque con fuente rodeado de palmeras que pretendía ser un oasis urbano. Siempre estuvo vallada, como un monumento a la contemplación. Eso sí, permanecía escondida por otra hilera de árboles que ahora han desparecido. Tiene gracia, pues aquello que antes escondía o hacía desaparecer a otra cosa ha sido lo que ha terminado por no existir (sin necesidad de parapetarlo tras otra cosa que impidiera su visión). Por las tardes iba allí con Héctor y, cuando nos dejaban de vigilar los abuelos, nos metíamos por allí para dejar de existir. Héctor tenía como un pálpito, una remota idea que le hacía sospechar que allí había un tesoro escondido. Defendía que aquel “oasis” ya existía antes de que se construyera allí un parque. Yo no solo no comulgaba con sus ideas de loco explorador sino que le hacía oídos sordos, paseando por el borde del estanque. Un día perdí el equilibrio y me caí dentro del agua. Fue un momento importante en mi forma de pensar, pues al día siguiente ya me encontraba haciendo hoyos en la tierra para encontrar con Héctor ese tesoro escondido. Siempre había sido un niño con cierto sentido de la responsabilidad, como sintiéndome deudor de aquellas normas de urbanismo que trataban de volver serias los adultos. Por eso, al cabo de una semana de pesquisas aventureras, desistí de aquel propósito de encontrar algo por lo que cavar y dejé de quedar en el parque por las tardes tras el colegio. ¿Cuántos años tendríamos? ¿Ocho? ¿Nueve? ¿Diez? El caso es que ahora, cuando paso por allí, sigo sintiéndome un niño y, lo que es peor, siento que le debo una explicación a Héctor. He vuelto a creer en su creencia intrépida. Conseguí localizarle y quedar con él en el mismo parque para tratar arreglar lo que tiempo atrás dejamos sin atar. “Mira Héctor… no estaba de acuerdo con tu idea de llevar a cabo todo lo que se te pasaba por la cabeza… y más viviendo en una civilización reglada y con normas…” Héctor entonces me miró arqueando las cejas burlonamente y me contestó: “Lo que yo buscaba pertenecía a una civilización anterior.” Esa era la respuesta que quería oír. “Lo sé, por eso te he llamado ahora, tras tanto tiempo. He tardado en darme cuenta de ello, pero bueno es que haya llegado a la conclusión ¿no? ¡Vamos, apóyame, por favor!” Héctor solo supo señalarme el lugar, remarcando su valor simbólico. “Sigue estando ahí enterrado, Octavio. Algún día, lo desenterrarás. Debes de hacerlo tú, me lo debes. Cuando lo hagas, te habré perdonado del todo”.
Cuatro horas después de nuestro encuentro, con el atardecer despertando a los vampiros y otras gentes de mal vivir, volví al parque cargado con unas herramientas que bien podría valer para cualquier trabajo arqueológico profesional. Salté la valla que me separaba de aquello que ansiaba con la febrilidad de un niño y me puse manos a la obra. Guarecido tras algunas palmeras, saqué la pala y comencé a cavar en ese mismo lugar. Me gustaba dejarme guiar por la aleatoriedad. De hecho, debíamos haber comenzado a cavar por allí hace veinte años. Pronto toqué algo metálico. Era una caja de galletas. Lo saqué ya desengañado, sabiendo que aquello no lo podía haber enterrado un pirata ni gente de otros siglos. La abrí sin problemas. En su interior encontré una colección de botones y una corbata roja. ¡Eran los botones y la corbata de mi uniforme del coro del colegio! Había una nota enrollada dentro de la corbata: “Esto me lo debes por abandonarme en nuestra aventura. Firmado: Héctor”
Un niño pasó por delante dando brincos en el momento de la lectura. Trató de realizar una pirueta que le falló, cayéndose brutalmente contra el suelo. Se levantó como pudo y lloró mientras corría hacia su madre. Me miraba con rabia porque no sabía a quién echar la culpa de aquella estupidez. Enseguida volvió con la madre y me señaló. “¡Ese, ese me ha pegado!” Todo se descubrió. Unos guardias vinieron y me sacaron de allí en aquel momento tan maravilloso, tan significativo. Había conseguido cerrar el círculo de aquel momento de mi vida confuso aunque alegre. ¡Bravo, Héctor!

1 – 9 – 10

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