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ADAPTACIONES IMPOSIBLES

>> sábado, 18 de septiembre de 2010

“Qué difícil escribían antes ¿verdad?”
El otro día fui a ver “Lope”, la película inspirada en la juventud alocada de un Félix Lope de Vega y Carpio. Evidentemente, la pregunta era inevitable. El verso castellano tuvo su época, como las personas que lo valoraban. Ahora, nos resulta complicado seguir a la poesía en el cine. Una obra de teatro de Lope de Vega como la de “El perro del Hortelano” llevada al cine, solo podía concebirse por una mente tan particular como la de Pilar Miró. Esta directora, arriesgaba y luchaba por aquello que perseguía, aún sufriendo en multitud de ocasiones variopintos problemas. Para el espectador, es todo un reto aceptar una pieza teatral íntegra en un formato cinematográfico. Sin embargo, por otra parte ¿qué era el teatro sino el precedente del cine? A mi parecer, sería justo rescatar por parte del celuloide elementos de nuestra cultura merecedores de perpetuarse visualmente. El film de Lope introduce fragmentos de obras teatrales y de poemas célebres del dramaturgo y poeta. Lope es un homenaje al maestro en su faceta profesional, aunque dudo que resulte fiel para con su biografía. Por ejemplo, no cita en ningún momento (ni siquiera en el epílogo textual previo a los títulos de crédito finales), su “vocación” religiosa, cosa –creo yo- obligatoria para comprender la complejidad de su figura psicológica.
Con la Ópera encontramos de nuevo un problema en la realización cinematográfica. Merece especial mención Franco Zefirelli y otros directores de la segunda mitad del siglo XX.
Viendo “El barbero de Sevilla”, (Jean-Pierre Ponelle, 1972), uno se da cuenta de la necesidad de los nexos en los dos campos, el teatral y el cinematográfico: Importante es la labor actoral de los cantantes o también la delicada introducción de escenarios teatrales de forma que nos parezcan meros decorados de estudio. Mantener el ritmo de los planos en los recitativos, arias, dúos, sextetos… E, incluso, la necesidad de una sincronía en la música, que no entiende de cortes ni de la labor de enlazamiento de los estudios de grabación. Conseguir un “todo seguido” y que parezca verdad, es otro elemento esencial.
Si en las películas históricas hay reconstrucción, también lo hay en los reestrenos constantes de óperas. La creatividad del equipo artístico, la innovación para conseguir que una obra nunca se pase de moda y resulte cercana al espectador…
En una de mis novelas, “El castillo de arena”, los personajes se supone que viven en una república europea perdida. Sin embargo, sus nombres son españoles. Pienso que no necesito dar explicaciones de esta licencia al comprobar que en la ópera de Rossini, que en teoría se desarrolla en Sevilla, hay nombres tan italianos como Lindoro, Fígaro o Rossina. Pero ¿qué le podemos reprochar a este compositor tan simpático? Para poner en situación, mencionaré un par de ejemplos que hablan de su carácter:
- Harto de la desafinación de ciertas sopranos, compuso un dúo (aunque yo creo que debe de considerarse mejor como una crítica) en el que puso como cantantes a los gatos;
- A los treinta y tantos años dejó de componer para dedicarse a la gastronomía hasta el fin de sus días (y es que era de estómago agradecido)
Ya que estamos de biopics, podría hacerse uno sobre Rossini. ¿Por qué no? Últimamente, ya no esperan ni a que el personaje fallezca para beneficiarse económicamente de su figura. ¡Los que dan el visto bueno, corren el riesgo de ser considerados un tanto ególatras!
Quizá sea un poco mal pensado, pero a veces pienso que en tanta adaptación a veces tienen un poquito de culpa ciertos perezosos a los que el teatro les asusta más que el agua al gato. Si estos no funcionaran, por otro lado, los musicales habrían ya desaparecido. Por ejemplo, en La Gran Vía madrileña, lo que han desaparecido han sido precisamente cines para ser sustituidos por teatros. Algo así como el Broadway hispalense. ¡Y no hablemos ya de este parque recientemente construido para albergar réplicas de lugares simbólicos europeos…! Los que desconozcan de este lugar, pueden ser engañados perfectamente por los que allí se fotografían presumiendo de que han estado en tal o cual lugar… “¡Estamos delante de la torre Eiffel!” Esa torre, para empezar, sería más bien “Infiel”, pero bueno… Vuelvo a destacar la importancia del equipo artístico. Una fotografía bien tomada puede aparentar perfectamente un París en lugar de un Madrid del extrarradio.
¡La música y el teatro, dos elementos de ficción en la vida cotidiana! Que yo sepa, los únicos que parecen cantar mientras hablan son los italianos. La teatralidad en ellos resulta manifiesta en la Colombina, el arlequín, los belenes napolitanos, el trampantojo, la tarantela, o esas iglesias con una gran portada renacentista que esconden, tras ellas, una pequeña capilla.
No, no nos llevemos a engaño. Los musicales nos chocan precisamente por eso, por su inesperada musicalidad. De pronto, un hombre nos cuenta su abatimiento. Tan triste se encuentra que empieza a bailar, y de sus flancos surgen bailarines y coristas recalcando su estado de ánimo. Faltan los fuegos artificiales tan solo. Si conseguimos, por tanto, creernos toda esta sarta de mentiras es que nos han engañado muy bien.


17 – 9 – 10

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