Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

ALGO MÁS QUE DALÍ

>> miércoles, 29 de septiembre de 2010

Cuando el maestro apareció por última vez, se encontraba absolutamente desconocido. Las nieves del tiempo le habían casi convertido en una especie de fósil congelado que parecía rehuír, a su vez, del término “putrefacto”. Con palabras frágiles, dignas del hombre vulnerable que nunca abandona su carácter -incluso en sus penúltimos suspiros- dijo aquello tan maravilloso: “Los genios no podemos morir, somos necesarios para la humanidad”. Mecano veía “tiritar su burbuja” pensando en la fatalidad del destino, pues afirmaba que andábamos “justitos de genios”. En realidad, con él se marchaba uno de los artistas más completos e inabarcables.
¿Demente? ¿Cuerdo mercantil? ¿Inclinado hacia una u otra ideología? ¿Arrogante? Una sola palabra: GENIO. Precisamente, había conseguido lo que pretendía: tener a medio mundo loco pensando en todas estas cosas. Una ceremonia de la confusión extraordinaria, donde él nunca se dejó conocer (en ello estriba parte de su inalcanzable conocimiento por parte de los historiadores, curiosos o eruditos sin más-ni menos). Esa especie de esfinge no era más que una mueca burlona (parapetada, eso sí, tras una gran sabiduría, incomprendida por ser puesta en práctica con el surrealismo) hacia todos aquellos que decidían elegir una de estas posibilidades de calificación como la verdadera. Lo cierto es que no todo el mundo tiene tanta gana de juego, ni una disposición comprensiva hacia algo aparentemente descabellado. La lectura entre líneas puede ser el mejor camino (y ni siquiera de esto estoy seguro).
Dalí lo mismo propone el método paranoico-crítico que anuncia una tableta de chocolate Lanvin.
Dalí debe comprenderse con los “higadillos”. Su universo puede sublimarnos o hacernos detestarlo. No hay término medio. Lo que no puede rebatirse en todo esto es la originalidad que ha aportado durante casi en un siglo entero.
Se ha presentado en varias ocasiones la disputa entre los seguidores Picassianos y los Dalinianos. Yo, en mi modesta opinión, prefiero a Dalí, pues me aporta mucho más en todos los sentidos que los cuadros del pintor malagueño. No termino de tragar con aquellos que se toman las cosas demasiado en serio. Dalí, en “los cornudos del viejo arte moderno”, se atrevió a afirmar de Picasso –en una carta dirigida a su persona-que, después de él, solo quedaba “volver la mirada a Rafael”. Con su “anarquismo ibérico”, había llegado a las últimas consecuencias de lo abominable, evitando al mundo cien años de pintura cada vez más fea.
Y es que, después de la descomposición teórica y práctica del arte llevada a cabo por Picasso, poco se podría decir ya después. ¿Qué quedaba? Quizá las instalaciones, las performances, el universo de lo audiovisual. ¡Aquí es donde entraría Dalí y su espíritu dramático! De no haber sido por las ruinas de un teatro, resultado de una guerra, Figueras no habría tenido la oportunidad de representar aquella farsa surrealista tan colosal que Dalí llevó a cabo. Él afirmó que eligió este lugar para crear su Museo porque se consideraba, entre otras razones, un “pintor eminentemente teatral”.
Puede presumir de resultar uno de los objetos surrealistas más grandes del mundo, junto a aquella edificación desaforada que encargó Edward James: me refiero a “Las pozas de Xilitla”, un lugar de la selva de México donde se levanta una casa imposible de habitar. Puede resultar incluso las ruinas de una antigua civilización. Maravilloso.
En el Teatro-Museo de Figueras, las obras más postreras de Dalí parecen raptar, en una especie de broma pesada, a esa Helena de Troya que es el arte antiguo (incluido el de su primera etapa, cuando viajaba con un cristal especial con el que verlo todo, a través de él, “impresionista”). Su admiración a autores como Bouguereau, lo testimonia introduciendo secretamente estas obras entre algunos habitáculos del Museo.
En sus ilustraciones para “la Divina Comedia” o “El Quijote”, encontramos a ese Dalí intelectual escondido tras esa fachada paródica. Don Quijote y Dalí, tachados injustamente de locos, se enfrentan cara a cara para un trabajo común e identitario: la visión maravillada de un mundo que, como digo, debe de tomarse lo menos en serio posible para no morir en el intento. En el mundo simbólico de Dante, también encontramos una baza a favor de Dalí, si echarse atrás a la hora de introducir su propia iconografía (por ejemplo, aquellos cuerpos-mueble constituidos por cajones).
Admiro a Dalí porque siempre hizo lo que le dio la gana (buscándose la forma de logarlo, indudablemente). Nunca renunció a su personalidad, aunque no lleguemos a saber cuál es de todas las que representaba. Quizá fuese un “totum revolutum” y ya está.
En su casa de Port Lligat (muy cerquita de ese Cadaqués costero y de fábula, que no parece cambiar con el paso del tiempo) encontramos la perfecta casa de invitados. Amigos como Cocteau o Luis Romero, pudieron disfrutar de la compañía del genio en un lugar mágico donde aburrirse, parecía (y parece) cosa casi imposible. Sin ser arquitecto, el propio artista pudo diseñar un lugar donde recogerse y sentirse soñado. Muchos hablan, empezando por Pepín Bello, de la supuesta “asexualidad” del maestro. Se reflexiona respecto a su relación con Gala. Poder evitar esta esclavitud del sexo (placentera, por supuesto) debe de ser un lujo no al alcance de todos. Como el personaje anciano de Orwell en 1984 o el mismo Buñuel en sus memorias, la sensación de no necesitar de esta satisfacción era una de las ventajas que daba una edad avanzada.
Gala aceptaba el universo de su marido y a Dalí no le importaba que su mujer se fuese “de fiesta” por allí, como se cuenta en el libro “Dedálico Dalí” del ya citado Romero. Gala lo apoyó siempre, le ayudó a llegar adonde llegó y, a cambio, Dalí asumió el papel de esta mujer mítica cargada de Eros.
Finalmente, llegamos a Púbol. Dalí se erige con el título de marqués de su propio castillo. ¿No fue político, anárquico, anticomunista, apolítico, monárquico, investigador de un mundo dimensional, poeta, escritor, ensayista, recitador, músico (no olvidemos la composición de “Caos y Creación” que interpretó Leonardo Balada en una sábana), escultor, pintor, dibujante, grabador, actor, participante de concursos, entrevistas, de spots publicitarios…? ¿Por qué no también “marqués”?
Allí, en la cripta del sótano, reposan sus restos y los de Gala.
Enemistado con Buñuel por Gala, a la que arrebató del lado de Paul Eluard (el cual, también se la arrebató de los brazos a Max Ernst… siendo ella realmente la arrebatadora), el Dalí polémico al que Franco recibe tiene algo de esa afirmación eterna: “Donde va Dalí, va PortLligat”. Es decir: “Donde va Dalí, va su mundo, no importa donde sea”. Su mundo estaba en España y no le importó vivir como un naíf en aquellos momentos políticos tan duros. A él no le importaba porque podía jugar a ser apolítico (nunca se manifestó hacia ningún lado y por ello tampoco tuvo problemas para estar allí). Ya era un artista de renombre y hasta el dictador más corrosivo haría lo posible para retener a ciertas figuras de fama internacional para favorecer la publicidad del país. Buñuel recibió ofertas por parte de Franco para quedarse en España pero su coherencia dio un “No” rotundo a la propuesta.
Con todas estas cosas, es complicado- lo comprendo- que la idea total de Dalí continúe incólumne para muchos (a no ser que pequen de frivolidad).
Sigo pensando lo mismo: Dalí no quería ser consciente de lo que pasaba a su alrededor. Le bastaba con su mundo. Era un inconsciente, eso sí, “genial”. Creía que “todo debía de girar en torno a él” porque él traería la luz a ese mundo tan extraño.
Su figura ha permanecido en la memoria de todos, ha podido su potencial colosal en todos los sentidos. Se ha ganado su puesto en la Historia con creces. Este que “no es Dalí”, le saluda esté donde esté.

29 – 9 – 10

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP