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EL NIÑO-PEZ Y LOS HABITANTES EGOÍSTAS

>> martes, 28 de septiembre de 2010

Cuando el nivel del agua bajó, las casas se convirtieron en rascacielos. Cada una de ellas había sido levantada en altura año tras año durante medio siglo. El número de pisos aumentaba mientras que el improvisado constructor temiese acabar ahogado. De esta forma, cuando todo volvió a ser como en un primer momento, la situación fue catastrófica: el pueblo había crecido en vertical en edificaciones, aunque no así en habitantes. Tuvieron que venir poco a poco de fuera aquellos que acabaron habitando los pisos fantasmas. Solo una de aquellas casas se libró de condenarse a una eterna altura. Seguía siendo de un solo piso y estaba habitada por el Niño-Pez. Siempre había sido niño y siempre había respirado por branquias. Él consiguió vivir avanzando en horizontal, mientras que las casas obligadas a convertirse en colosales habían tenido dueños humanos, de respiración pulmonar y edad que avanzaba según su ciclo vital. Los ascensores llegaron al lugar con la finalidad de comunicar los pisos. El Niño-Pez fue conocido por todos. Se había convertido en la Feria del lugar. Él subía de vez en cuando y los saludaba. Le gustaba aquel juego. Cuando el número de habitantes llegó a trescientos sesenta y cinco, se decidió en junta extraordinaria dedicar un día del año a cada uno de ellos. El niño pez debería visitarles a todos y todos deberían visitarle a él. Le parecía injusto. “Los alumnos conocen todos el nombre de su profesor, pero el profesor debe de conocer también el nombre de todos sus alumnos. Quien se encuentra en desventaja a la hora de memorizar, claro, es el profesor.” El Niño-Pez se sentía profesor de todos aquellos alumnos caprichosos. Un día, el Niño-Pez decidió abandonar el lugar. Entonces, todos los habitantes trataron de impedir su viaje hacia un lugar menos habitado. Esto encolerizó todavía más al Niño-Pez. “Son unos egoístas, solo piensan en ellos… ¡Como si yo no tuviera sentimientos!” Finalmente, el Niño-Pez acabó siendo convencido. Se quedaría en el lugar siempre que no tuviese que volver a aparecer fuera del agua. De esta forma, se llegó a un trato con trampa, pues los vecinos habían encargado a la misma empresa de ascensores la misma cantidad pero de submarinos. Ahora, podrían hacerse pasar también por peces para poder seguir visitando al Niño-Pez sin que este lo supiera, ya que este- en su estupidez de pescado- desconocía incluso lo que era un ascensor.

29 – 9 – 10

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