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EL TIROLIRO

>> lunes, 13 de septiembre de 2010

Don Ramiro pertenecía a esa casta chiflada denominada “de rancio abuelengo”. Nunca presumió de ello, pues era de los pocos que pensaba que bastaba con serlo para hacerlo saber. Al fin y al cabo ¡qué le iba a hacer! Nació sin querer allí, en mitad de un salón de los de lámpara de araña, rodeado de señores de bigote blanco y puro que observaban lo arrugado que estaba recién nacido. Ahora, no había cambiado mucho desde entonces: a sus noventa y muchos poseía más arrugas y seguía llorando por las noches. Vivía en un piso de una sola habitación, con un fogón, una cama y una gran librería. Su nieto, Isaías, fue a hacerle una visita el día de su cumpleaños. Don Ramiro hacía tiempo que ya no se levantaba de la cama. Desde allí, le llegaban las manos para preparar su media patata cocida con verduras. El portero de la finca tenía la llave de la casa para llevarle, por encargo de la familia, los alimentos diarios.
Cuando Isaías entró en la habitación, no llevaba nada para regalarle. Apenas le conocía, tan solo iba allí por caridad. El resto (el hijo y la nuera) se habían prácticamente desentendido del patriarca. La alimentación a veces no resulta del todo una recompensa a los favores prestados durante toda una vida. Don Ramiro fue un buen padre y esposo, pero se dejaba comer terreno demasiado fácilmente. Le costaba horrores decir que no. Ahora, cumplía condena por todas las veces que no supo o no pudo hacer frente a la caradura que le había rodeado desde que tomó las riendas de su vida. Su nieto, pequeña aurora a todo aquel fin del mundo, ni siquiera alumbraba con luz natural, sino eléctrica. Digamos que era el menos indeseable de todos, pero ello no le hacía una buena persona. Apareció allí sin llamar, de cualquier manera. Don Ramiro dormía por entonces y no se despertó, tal era su sueño de pesado. Isaías entonces aprovechó la ocasión para quedar bien ante su abuelo. Miro aquí y allá y sus ojos se detuvieron con el techo de la librería. Su abuelo hace tiempo que venía menguando y ya no llegaba como antes a todos los sitios. Además, no tenía ni tan siquiera escalera para suplir su carencia en la estatura. Sin embargo, Isaías, era jugador de baloncesto en la universidad, por lo que imagino que no será necesario decirles adónde llegaba. Sin pensárselo dos veces, cogió uno de los tomos del último piso, donde hasta las arañas anidaban a su antojo. Cuando trató de leer el título en la cubierta, tuvo que quitar tres capas de polvo para poder adivinarlo. ¡Parecía gris! Al eliminar la porquería, el libro también pareció menguar. Era mucho más pequeño de lo que se imaginaba. Se titulaba “El Tiroliro” y era un manual para aprender aquel baile desenfadado de antes de la guerra. “Se lo voy a regalar” pensó Isaías. A su favor tenía que la memoria del viejo ya no era la que fue, que olvidaba el principio de un libro antes de terminarlo y tenía que volver a la primera página.
De otro libro rasgó el forro que tenía adherido para preservarlo y lo utilizó de envoltorio. El papel estaba tan rancio que solo tenía que mojar con saliva las puntas para que se pegase, sin necesidad de celofán.
Cuando hubo terminado su nuevo-viejo regalo, se acercó hasta la cabecera de la cama y despertó al anciano. Pronto, la habitación se inundó de alegría. “¡Qué bueno que viniste!” le dijo Ramiro a Isaías, como si el recibimiento pareciese un verso de un tango argentino. Isaías abrazó a su abuelo y puso cara de intriga. Escondía ya el libro tras de él con sus manos. “Tengo una cosa para ti” le dijo con sonrisa de sorpresa. Don Ramiro no esperó a que se lo diese y casi se lo arrancó con sus manos de uñas alargadas. Isaías no cayó en un detalle: el libro tenía dedicatoria.
“Para Ramirín de su Marina” rezaba la primera página, con trazos de pluma de otro tiempo.
“¿Qué es esto, Isaías?” preguntó el abuelo al nieto.
“Es mi novia” contestó Isaías. “Quería tener un detalle contigo ya que ahora es casi ya de la familia”. Todo era falso. Isaías era el misógino por antonomasia.
“Dale las gracias de mi parte y dile que venga cuando quiera” contestó don Ramiro, que ya ni recordaba el nombre de su mujer.
“¿Quieres un poco de patatas con verdura?” le ofreció don Ramiro a Isaías. Este, por quedar bien, se comió el plato, desconociendo que era toda la comida que su abuelo tenía para ese día.
“¿Volverás, Isaías?”
“Claro que sí abuelo: En tu próximo cumpleaños no faltaré a la cita”.

13 – 9 – 10

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