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JEAN VIGO, UNA PROMESA TRUNCADA

>> viernes, 17 de septiembre de 2010

Una de las conclusiones que se obtienen al estudiar “Los Cuatrocientos golpes” de Truffaut, es la admiración del director francés por su antecesor y malogrado camarada de cámara Jean Vigo. Sin llegar a vivir treinta años, este director realizó cuatro filmes sin desperdicio y variados tanto en su temática como en su duración. El primero de ellos, “A Propósito de Niza” (1929), filme mudo de finales de los veinte, resulta un documental claramente ideológico donde puede verse la contraposición de estatus sociales entre turistas y demás gente de clase alta con los barrios más pobres de los suburbios. La forma de rodar me recuerda particularmente a los proyectos de reportaje de Val del Omar emprendidos durante la II República española. Sus “Fiestas sagradas y profanas”, eran testimonio del folclore de algunos pueblos de la península y fue una de las tantas actividades incluidas en las Misiones pedagógicas. Con ellas, se trataba de llevar la cultura a los lugares donde resultaba más complicado acceder en esto sentido, y, a la vez, se recogía el testimonio de allí donde se viajaba y se mostraba con una doble intención educativa dirigida tanto a los sectores culturales como a los analfabetos.
Ya encontramos en este filme de Vigo una propuesta poética en toda regla. Un encadenamiento de imágenes tan perfecto como el interior de un reloj. La idea surgió con motivo de un viaje realizado por Vigo a este lugar para tratar de sanar los problemas de salud que le conducirían a su triste final.
La segunda aventura cinematográfica la encontramos en “Taris” (1931), un reportaje- ya sonoro- sobre la figura del famoso nadador francés. Un filme acuático, donde la misma poética se encuentra en el cuerpo humano y su falso ecosistema como mamífero. Finalmente, se advierte el ramalazo surrealista cuando el nadador vuelve de la piscina a tierra firme con un rebobinado, para después acabar vestido de calle y salir del plano avanzando sobre el agua. Aquí, la relación directa la establezco inevitablemente con Leni Riefenstahl, pionera de la retransmisión deportiva donde las haya. En sus filmes “Olimpia” o “El triunfo de la voluntad”, destaca también su aportación como narradora con autoría personal. Nadie que haya visto las cintas olvidará esa visión de las olimpiadas históricas griegas, entre columnas y nubes a ras del suelo. Los cuerpos casi desnudos y un tanto ambiguos (tanto en hombres como en mujeres) provocarían las delicias de autores como Winckelman en su particular concepción histórica del arte.
“Cero en conducta” (1933), resulta la primera película de argumento dramático, si así puede catalogarse, de Vigo. En él encontramos aquello que enamoró a Truffaut. La rebelión infantil, la lucha por una anarquía traducida en libertad. Los adultos, aparecen como personajes indefensos, tanto que incluso parecería que se han invertido los papeles. No deja de ser un recuerdo de infancia de su propio autor. No ya lo que pudo haber sucedido sino lo que imaginó en su cabeza. Esta es la única realidad.
Se suceden escenas incluso dadaístas, acordes con la época de vanguardias y a caballo entre el cine mudo y el sonoro: el primer personaje adulto que aparece en el filme, comparte compartimento de tren con dos de los niños que se dirigen a la escuela. Parece dejarles hacer todo tipo de ocurrencias, pues se encuentra como dormido. Finalmente, al detenerse el tren, este personaje caerá como un muñeco al suelo. En otra escena, ya en el colegio, el vigilante de los niños se pone a hacer el pino sobre su mesa mientras realiza un dibujo que después cobrará vida. La imagen del adulto se ridiculizará también poniendo al director de la escuela como a un niño disfrazado, con su estatura y su voz aguda. También, durante el paseo escolar por la ciudad, el encargado se irá por su lado dejando solos a los niños, que le encontrarán en otra calle y le seguirán mientras persigue a una mujer. Otro profesor, este de medicina, parecerá abusar de uno de los niños, de aspecto afeminado. Finalmente, en un día de celebración donde se encuentran todos los representantes de la escuela en el patio, aparecen figurantes realizando incluso ejercicios de contorsión, mientras los que se encuentran sentados en primera fila para observar el espectáculo aparecen representados por monigotes en las sillas de detrás.
Como un ser incomprensible que a veces no merece de atención, he elegido como representación perfecta la de aquel otro que se parapeta tras un periódico, resultando ausente por su inmovilidad, en la escena en la que dos niños demuestran su vitalidad realizando todo tipo de actividades, encontrándose en la misma habitación que él.
Un canto – a fin de cuentas- hacia la infancia, que parece atender a todas sus reivindicaciones, volviéndolas lógicas ante el mundo absurdo de los mayores.
Por fin, llegamos a L´Atalante (1934) la película que cierra esta tetralogía, por llamarlo de algún modo. Una sencilla historia sobre la vida de los marineros de un barco que lleva por título el nombre del film. El patrón de la embarcación se llevará a su novia (con quien acaba de casarse) con él en sus viajes marítimos. Ella comenzará a sentir hastío por la seriedad de su marido, influenciada por otros personajes como el divertido tío Jules, que le muestra todo un universo fascinante en su camarote. Por ello, decide abandonar el barco durante un día visitando París, de donde volverá desengañada. Las escenas oníricas (y creo yo, eróticas) de los dos enamorados, cada uno en solitario imaginándose acompañado del otro, resultan interesantes. Pero no por ello cabe desmerecer a otras que incluso resultan más mágicas, como la de Jules creyendo hacer funcionar a un disco de vinilo utilizando su dedo como aguja de gramófono.
La unión de ambas propuestas de puesta en escena se encontraría en la historia en la que la chica trata de convencer a su novio de que, si quisiese, él podría ver la imagen de ella, en el agua. Al principio él se toma lo que ella le cuenta a broma, introduciendo su cabeza en todos los lugares acuáticos posibles; después, cuando ella se va del barco y él cree haberla perdido, acaba arrojándose desde la cubierta del barco al mar, para tratar de encontrar esa imagen de la que le hablaba, buceando en una especie de evocación mágica.
Jean Vigo, director en auge que siempre resultará novedoso, se ha ganado la fama de leyenda al morir joven y dejar de legado estas cuatro muestras tan peculiares de cine. No sabemos que películas habría hecho en adelante, ni siquiera si habría renunciado a su intención de hacer un cine tan diferente, al volverse con los años todo tan vulgar. ¿Saben lo que pienso? Que prefiero quedarme con todas esas dudas, alegrarme de todo ese desconocimiento, porque en él se encuentra, creo yo, la mayoría de la parte de ese encanto que siento.

17 – 9 – 10

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