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LA CASA DE JUGUETE

>> miércoles, 29 de septiembre de 2010

Sonaban las Gymnopedies de Satie en todas las estancias. El visitante no podía evitar un cierto recogimiento al recorrer el lugar, casi ensimismado. Aquellas piezas delicadas, transmitían una tranquilidad anormal, no del todo estable. Allá donde se posaban los ojos, se parecía sentir el calor de la tarde, dentro o fuera de casa. Un patín o un rompecabezas eran suficientes para formar con entretenimiento al niño que se escondía tras cada una de aquellas vitrinas. Había fotografías de todas las épocas de personas célebres o anónimas, que posaban sin saber que algún día pisarían aquel lugar para volver a verse y reconocerse. Resultaba extraña aquella época en la que los niños se dejaban incluso vestir de distinto sexo. Las ropas convertían a quienes las vestían en algo dulce, como una flor de pétalos generosos. Amplias telas, a ser posibles blancas, que llegaban casi a esconder los piececitos. Un merengue de nata montada, definitivamente. Los peinados también se abombaban, pareciendo a veces pelucas de pajes. Niños que parecían niñas montados en caballos de cartón posaban serios a la cámara. Los niños formales que no parecían niños. Los muñecos que se conservaban, también como testimonio de una época, aparecían despeluchados con un resultado siniestro. Esas caras pintarrajeadas, aquellas muñecas que no querían ser ni de porcelana ni de plástico, parecían terriblemente humanas. Los títeres de guiñol eran jueces, guardias civiles u obispos. Los lobos sacaban su lengua de fieltro por entre unos dientes que se habían puesto, con el tiempo, amarillentos como los de verdad. Los grandes teatros de cartón con sus decorados y sus actores de cartón era lo más formidable de todo.
Francesc recordó, retrocediendo en sus canas, aquellas varillas con las que sacaba a escena al comendador o a la dama de corte, siempre poniendo la vista ante el escenario, con sus músicos y espectadores pintados abajo y a los lados. Arriba, siempre las máscaras de la comedia y la tragedia entrelazadas por una cinta de terciopelo.
Estaba solo. Acababa de llegar a la ciudad y se le había ocurrido entrar en aquel museo para hacer hambre antes de mediodía.
Cuando fue a cruzar la última sala, se encontró con la vigilante del lugar. Era una señora mayor, con sus gafas de cordones, jersey de crema y falda de cuadros. Le miraba señalándole a su vez una hornacina de color de plata y en forma de semiesfera, en cuya cima se soportaba la figura de un animal rosado. “Trate de coger el cerdito” le dijo a Francesc. Él obedeció pero no pudo lograr el fin. El cerdito desaparecía en una ilusión óptica, encontrándose realmente dentro y no fuera del elemento.
“Sé quien es usted” le dijo la señora tras sonreír por el truco. “Usted es el que ha hecho posible este lugar.”
Francesc bajó los ojos hasta casi hacerlos desparecer tras sus pestañas. Luego dijo:
“Es el dinero que mejor he invertido de mi vida. Ya era hora de que alguien se ocupase de proteger a la infancia.”
En realidad, era evidente que no se refería a la infancia como tal, sino a su memoria.
“Ahora ¿cómo se entretienen los niños?” le preguntó a la mujer. Esta le habló de su nieto. “Ya no es el mismo entretenimiento, sino otro. Los dos son buenos.”
Francesc no supo dar la razón en este caso. Había algo que le hacía pensar diferente. “Los niños aparentan ahora más edad de la que poseen. Ayer mismo pasé delante de un colegio, el de Sant Pau en Barcelona. Los chavales parecían tener más edad de la que yo poseía a sus años cuando estudié allí.
“Aparentan más años, pero no más madurez. Se refiere a eso ¿no?”
Tampoco pudo contestar a esto Francesc. “No lo sé… Victoria” (así rezaba la chapita que tenía colgada en el jersey la mujer). Dígame ¿le gusta trabajar aquí?”
Victoria le dijo que se sentía tranquila consigo misma cuando pasaba las horas allí vigilando. “la gente apenas entra. Considera poco serio a lo mejor un museo de juguete. Lo que no saben es que, más que un juguete, es una infancia. Su infancia. Su propia identificación. ¿Por qué la gente se cansará tan pronto de jugar? ¿Acaso lo consideran impropio de su edad? ¡Hay cosas verdaderamente reprochables en las costumbres de la sociedad adulta… casi pornográficas! El juguete, el juego, nos enmienda de cosas pasadas ¿no cree?”
Francesc calló definitivamente. No comprendía a los niños de hoy. Su esfuerzo supremo por superar este aparente absurdo no le había dado resultados.
“¿Le gusta Satie?” preguntó Victoria. Francesc pensó en el francés como en un niño que disfrutaba disfrazándose con bigotes blancos y bombín.
En la mano, Francesc portaba un maletín lleno de cintas de casette. Estas contenían una selección, realizada por el, de canciones infantiles. Concretamente, eran canciones que había conocido en la infancia y le habían influido en sus gustos musicales. Él creía que podría hacerlas conocer, a toda la gente que pasara por allí, como sonaban ahora las Gymnopedies. El problema se encontraba en esa especie de imposición: “Todo el que pase por aquí no tendrá más remedio que conocer estas canciones y acabarán por gustarles”. Francesc pensaba que esas canciones simbolizaban un “camino” hacia la sensibilidad de los hombres. Aquellas canciones, en verdad, eran horribles. Un problema, ciertamente, de egoísmo infantil. Él pensaba que llegaría allí y todos se pondrían de su parte a la hora de construir aquel museo. Se encontró con que el museo ya había sido construido y que se encontraba, sin saberlo cuando entró, exactamente en él. Por lo visto, las tareas de “museificación” se habían realizado con prontitud y eficacia. El pueblo se había volcado y había aportado aportando algunos enseres personales, reliquias del pasado.
Victoria, sin saber todo lo que le estaba pasando por la cabeza, le señaló una de las vitrinas. En ella, había una fotografía que le resultaba familiar. Era una fotografía de “familia”, SU “familia”. Él, el más pequeño, aparecía en el centro, como custodiado por todos ellos que le cerraban en semicírculo. Preguntó: “Mi hermana ha estado aquí ¿verdad?”. Victoria contestó afirmativamente.
¿Qué ocurría con aquella fotografía y con la vitrina donde se encerraba? Un paralelismo terrible. Francesc se estaba viendo dos veces: en la fotografía y en el reflejo del vidrio que le separaba de ella. Se vió con sus canas, su gesto amargado, sus arrugas… En la fotografía, aparecía risueño, feliz, vestidito de niña. ¿Qué había pasado en todo este tiempo? ¿Por qué su familia nunca le había mostrado aquella fotografía?
Cobardemente, simuló que le llamaban por teléfono. En realidad, el mismo se había telefoneado, marcando su número con el móvil escondido en el abrigo. Salió de allí con una depresión histórica.


29 – 9 – 10 / 1-10 – 10

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