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LA SUERTE DE UN VIAJANTE

>> viernes, 17 de septiembre de 2010

Llegué en un coche último modelo (años veinte) al pueblecito de Mejía a pasar un fin de semana al estilo rural y alejado de la gran ciudad. Mi tío Eufrasio era un hombre conocido allí. Siempre me había hablado de una famosa fábrica de váteres para perros que había puesto como negocio en el lugar, y hará un par de días me llamó para invitarme a que la conociera. Había llegado tal como esperaba: dejándome llevar. Hace poco, el Gobierno llegó a ciertos acuerdos para colocar carteleras falsas en las carreteras principales del país, obligando a equivocarse por fuerza al conductor para visitar algunos pueblos en los que nadie, en su sano juicio, se detendría ni para repostar gasolina. Este era uno de los casos. ¡Menuda treta la del Estado para tener contentos a todos sus convecinos!
Nada más entrar en el pueblo, pregunté a uno de los lugareños dónde podría encontrar un “Parking”. El buen hombre me indicó dos calles más adelante, “en la plaza del monolito”. Aquella breve conversación podría haberse tratado del teléfono escacharrado más célebre en toda su historia de juego, pues ninguno de los dos nos entendimos. Yo buscaba un gran monumento de piedra y él comprendió que lo que yo quería era un lugar verde por el que pasear (y no aparcar en una zona verde). El lugar de referencia era un bar llamado “Manolito”, que se encontraba frente a un “parque” con el nombre de un médico célebre del pueblo que había ejercido sobre todo de veterinario.
Un tanto confuso por el equívoco, terminé desengañándome con respecto a la existencia de aparcamientos en aquel lugar. Inocente de mí, acabé parando el coche en un solar de la Plaza, que no era ni Mayor ni Menor, porque solo había una. Estaba decorada con cientos de banderines, todos ellos inventados. Ninguna de esas banderas existía, lo puedo jurar. En el centro había un kiosco rodeado de árboles en el que un chaval despellejaba canciones con su guitarra. Encontré, también, sentados en el único banco público en la plaza, a tres hombres viejos, calvos, de pelo blanco, nariz aguileña y calzando chancletas. Descubrí que, viendo a uno de estos personajes por separado, ni siquiera me habría llamado la atención. Ahora, viendo a los tres unidos por el destino, no podía dejar de reírme.
“Manolito” había dispuesto terrazas en aquel lugar, donde la gente que había accedido a consumir yacía deshidratándose sentada, echada hacia atrás o caída sobre las mesas. Siempre hay “ojos de halcón” que saben dónde poner su negocio. Piensan de este modo: “Aquí vamos a poner las casetas; sí si: aquí donde el sol te churrusca con sus rayos, donde el ochenta y cinco por ciento de agua de la sangre se evapora, como si estuviese en una piscina en el Sahara, dejando sitio a este líquido nuevo que, antes de entrar, ya se ha consumido.” Saben que pararás allí, que te dejarás “los dineros”, por más que te parezca inhumano y denunciable. Es La Terraza, como la plaza es La Plaza.
Abandonando toda intención de encontrar un parking, otra plaza y otra terraza, me tiré en plancha en una de las sillas de este bar, de nombre “El tuerto alegre”. La misma mala intención invertida en la situación del lugar y en su denominación.
Mientras sentía cómo mi camisa iba grabando en su tejido cada una de los mimbres de la silla sobre la que se “imprimía”, apareció un cincuentón con patillas como montes y pitillo sobre oreja y me preguntó que qué quería beber. Allí ni te preguntan qué quieres comer. Van directamente a la necesidad primaria. Respondiendo con “un zumo de manzana” recibí la contestación de “esas cosas tan raras no se sirven allí”. Vino de garrafa, o no tenías nada que rascar. Nunca me acostumbré ni al vino ni a la cerveza, y por ello no comprendo cómo en algunos lugares se da por sentado que la gente va a consumir seguro cualquiera de estas dos bebidas. Para beber agua ya están las fuentes. Le pedí un chato y una persona que pasaba por ahí con nariz de Mortadelo casi arregla su confusión con una bofetada para mí.
Recuperado de este nuevo malentendido, saqué mi siempre fiel grabadora con la intención de describir con palabras todo lo que hasta el momento me había acontecido allí. “Es la voz de mi memoria y la de mis recuerdos para el futuro, encerrados en una imantación analógica”. Esto le contesté al camarero, cuando me preguntó por lo que estaba haciendo. El gesto de su cara fue significativo para comprender lo que parecía pensar. Se sentía, por un lado indefenso, y por otro agredido, como si estuviese tomándole el pelo de una forma sutil; parecía decirme: “En estas circunstancias, el que podría permitirse ciertas confianzas sería yo en todo caso, pues usted es el extranjero”. Resulta triste esta concepción todavía latente respecto “del que viene” y “el que atiende”. Las normas de aceptación de este y las de recepción del otro. Algo así como la prueba de fuego para entrar en una tribu.
Yo, habiendo aprendido a esas alturas a aparentar inmutabilidad, respondí a este nuevo desafío recolocándome el pelo lo mejor que pude, con la mano a modo de garra o de rastrillo; luego, comenté, tratando de romper el hielo, acerca del llamativo kiosco de música de la Plaza. Poseía una concepción muy original que le hacía parecer cualquier cosa menos aquello para lo que se había concebido. “Es bonito, pero no cabrían ni tres músicos dentro de él”. Sus comentarios en forma de respuestas posibles hablaban de nuevo de un conocimiento que le hería no poseer. “No sé, desde chico lo he visto ya plantado ahí, haciendo centro. Lo mismo se podía haber robado de otro pueblo para ahorrarse su construcción”. Aquí ya se reía, pero yo no podía acompañarle a dúo en su sentido del humor.
Portaba en su bandeja un vaso con un líquido transparente. En la mesa dejó ambas cosas. La bebida parecía de un color transparente, contenida en el vaso. “A lo mejor se ha quedado todo el condimento en el fondo y, al agitarlo, recupera su color” pensé. ¿Qué tipo de “ungüento” podía ser aquel? La respuesta a mis dudas vino cuando, quien me atendía, sacó del delantal un frasco con un líquido totalmente colorido. Echó un poco de este con un cuentagotas en el vaso. “es para animarlo”. ¡Como si aquello fuera un guiso al que le faltase el ajo o la cebolla! Yo no le reproché nada de esto (líbreme Dios) porque había que ver cómo estaba el patio.
Al fondo había una especie de iglesia que parecía abandonada por Samuel Bronston. La coronaban dos ángeles bautizados en tonos amarillos por el vientre suelto de algunos palomos. Pagué el “refresco”, por llamarlo de alguna forma, y me puse a tomar apuntes en el cuaderno de esta nueva distracción. Tenía detrás al párroco, que esperaba a que terminase aquella obra maestra. Al darme cuenta de su presencia, se la mostré, pero sus palabras no tuvieron que ver con el asunto. No hubo un “muy bonito” o “gracias a gente como usted, somos conscientes de nuestro patrimonio”. Habría sido demasiado para mi ego. Su discurso era otro: “¿Ha sido usted el que ha aparcado su coche en el “Mausoleo”? Al parecer, aquel “solar” era el cementerio de la iglesia. Las baldosas del suelo eran en realidad las tumbas de aquellos religiosos que habían pasado por aquel lugar. Meneaba el párroco, mientras hablaba, un pequeño botafumeiro que le había visto ya utilizar cuando entré en la Plaza, mientras permanecía apostado en el pórtico (como el portero de una casa que barre la entrada de su portal) y observaba mi entrada. Sospechando que lo que quería hacer ahora con el botafumeiro no era precisamente purificar el ambiente, decidí dejar de aclarar las cosas con el diálogo y solucionarlo sacando de allí el coche. La cantidad de abolladuras que tenía (el botafumeiro, no el coche), hacía que pasaran por la cabeza pensamientos retorcidos que no quería corroborar permaneciendo más allí. Lo zarandeaba, verdaderamente, como si yo fuese Goliat y él David. “Pequeñito pero matón”, mi caso sería era el del débil, por lo que, en teoría, debía de ganar y no él. No era el momento para revisar crónicas de escribanos sacros, entre otras cosas, porque tampoco conocía de la existencia de alguna biblioteca a tantos metros a la redonda. Lo más parecido había sido una estantería de piedra en aquel parque o “parking” (según quién me escuchase cuando preguntase por él) donde ponía “LIBROS” (así, entre comillas, como si fuera algo sobrenatural). Como era de esperar, los estantes estaban vacíos. De nuevo, mi cabeza calenturienta pensó en su uso para el calentamiento de los hogares. Que nadie piense mal, pues solo bastaría con venderlos y emplear el dinero en comprar braseros. ¿Quién ha dicho que Dostoievsky no nos puede librar de un resfriado? Con esto, creo aclarar que el primero lleno de prejuicios es un servidor. Esta lucha constante entre lo que se considera correcto y el cómo verdaderamente se actúa, en muchas ocasiones, sin darnos ni cuenta, es lo que más quebraderos de cabeza me ha traído siempre.
Lo único objetivo que podía decirse en este último caso, es lo siguiente: “Donde un día pudo haber una Biblioteca Pública, lucían ahora macetas sin geranios.” Un graffiti se leía dentro de uno de los antiguos estantes: “Pedro, si pasas por aquí, acuérdate de que hemos quedado mañana a las ocho. Firmado: Paco”
Crucé con el coche lo más rápido que pude el núcleo histórico (es decir, casas con establos) mientras algunos chiquillos iban tras de mí en carrera. Una escena que ya había visto en alguna película, cuando el protagonista abandona su pueblo en autobús o en tren por algún motivo, siempre contra su voluntad, mientras le sigue la infancia personificada del lugar que no quiere que se vaya. En este caso la espantada estaba clara, adornada con algunas piedras lanzadas al aire.

No encontré la fábrica. Todo había sido inventado por mi tío, en una especie de broma pesada, como pude comprobar en su Testamento: “A mi sobrino le doy un viaje en balde hasta un pueblo perdido de la mano de Dios porque yo soy muy gracioso”.
Como el acertijo de “hacia donde caerá el huevo puesto por el gallo”, yo debería de haber intuido que los perros se desahogaban fuera de casa y con total desvergüenza, sin precisar de artilugios humanos.

Supongo que veré alguna vez a este pueblo en alguna revista especializada no-turística, cuando lo exótico deje de buscarse tan lejos. Imagino perfectamente a un grupo de sociólogos y antropólogos acampando en aquellas huestes, haciendo pruebas a todo ser vivo que encuentren, esperando sus reacciones, anotándolas cuidadosamente, llevándose pruebas…

Realizado: 23 – 10 – 2005
Retocado: 9 – 7 - 2010

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