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LA TRUCULENCIA EN LA LITERATURA ESPAÑOLA

>> jueves, 16 de septiembre de 2010

Cuando Jorque Manrique escribió las “Coplas a la Muerte de su Padre”, nos encontrábamos en el medievo español.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte,
tan callando;

Por entonces, circulaban aquellos dibujos de bailes macabros de hombres con esqueletos. Las terribles e incurables enfermedades que por aquel entonces plagaban España, obligaban a los más inquietos a plantearse lo efímero de la vida. Celebrábanse todo tipo de ritos para liberarse de los pecados y así alcanzar la Gloria. Se temía al infierno. Toda una escenografía en torno al moribundo. No había plañideras porque no necesitaban cobrar para derramar lágrimas. Sentían todos la obligación de la tristeza, del rezo, de la inmovilidad de sus vidas por respeto al que ya no estaría entre ellos.
Bécquer, en el siglo diecinueve, escribió el poema “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!” y Falla, en una de sus primeras composiciones de los años jóvenes, le puso música.

Cerraron sus ojos
Que aun tenía abiertos;
Taparon su cara
Con un blanco lienzo;
Y unos sollozando,
Otros en silencio,
De la triste alcoba
Todos se salieron.

La luz, que en un vaso
Ardía en el suelo,
Al muro arrojaba
La sombra del lecho,
Y entre aquella sombra
Veíase a intervalos
Dibujarse rígida
La forma del cuerpo.

Despertaba el día
Y a su albor primero,
Con sus mil ruidos
Despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
De vida y misterios,
De luz y tinieblas,
[medité] un momento:
¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos;
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
quedose deserto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba...
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapáronle luego,
y con un saludo
despidiose el duelo.

La piqueta al hombro,
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
reinaba el silencio:
perdido en las sombras,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero
de la pobre niña
a solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo,
del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos!...

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
al dejar tan tristes,
tan solos los muertos!

Tres autores en plena efervescencia juvenil, herederos de una tradición que hablaba de la muerte y de una estancia en la tierra incorregible para poder acceder al cielo. Una visión pictórica que va del “Vánitas vanitatis” a la “España Negra” de Solana, tras de la cual se escondía el control religioso en cada una de las almas. Furibunda visión enseñada a los hijos desde pequeños por padres de moralidad intachable, temerosos de esa ira divina. Resultaba, en algunos casos, una mortificación placentera. La gente defendía así su respeto hacia los demás y para con los suyos. Se teñían las ropas de negro y se esperaba el “tiempo prudente” de unos meses para quitárselas. La fetichización de cuerpos incorruptos, de casas construidas de huesos, eran tan solo símbolos de ese recuerdo y advertencia que decía: “Mañana te puede tocar a ti”

El poema de José de Espronceda, titulado “La desesperación” resulta precisamente una parodia del ambiente sobrecargado por los románticos.

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar;
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas
la tierra iluminar.
Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar;
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Leonardo Alenza, en el terreno pictórico, dedicó también una parte a mirar con humor este drama desbordado. Un buen ejemplo son sus lienzos de sátiras de suicidas románticos.
En las historias matritenses, encontramos una que hace referencia a la de un sonado intento de suicidio. El sujeto en cuestión que decidió acabar con su vida, se arrojó por el Puente de Segovia (situado en la calle de Toledo de Madrid) sin contar con que en ese momento pasaba por debajo un hombre con un cesto de pan. Esta persona murió, mientras que el suicida resultó ileso.
Ya en el siglo veinte, los autores de zarzuela, animados por el resultado de un producto popular, buscaron en estos temas- a los que se les había perdido por completo el respeto- una baza para los números cómicos.
En la zarzuela de “El niño judío” (estrenada en 1918), encontramos un número titulado “Soy un Rayito de luna”:

¡Arsa y olé!
Soy el rayo de luna más triste que ha visto usted
¡Ole y olá!
Cuando alumbra los fosos y nichos que gusto da
¡Arsa y olé!
¿Ha visto usted?
¡Ole y olá!
¡Qué gusto da!

Soy un rayito luna
que da luz a un cementerio
donde reposa mi padre
y mi tío Desiderio
y mi pobrecita madre
y un primo la mar de serio
y una hermanita bastante mona que se murió

Cementerio, cementerio
siempre solo, siempre serio
si no fuera por el rayo
de lunita que te alumbra
¿Que sería de tus fosas, qué seria de tus tumbas?

Pobrecitos cadaveres
sin hablar una palabra
y por toda distracción
bailan la danza macabra

“Rosa la pantalonera” (estrenada en 1939, en plena guerra civil) es una obra de Francisco Alonso, Pablo LLabrés y José López de Lerena. Para la ambientación musical del dueto cómico “Adiós a la vida” se empleó el tema de Saint Saens en su “Danza macabra”. Los dos amantes se declaraban ese amor más allá de la vida. La letra, decía así:

Bajo el peso de las losas
cual don Juan y doña Inés
nos diremos muchas cosas
a la sombra de un ciprés

Y en la noche del misterio
nuestra fosa se abrirá
y en un mundo de silencio
solo un gallo cantará
Tristes campanas dán su din-dón
mientras suenan los crujidos de Aquilón
y tus huesos y los míos
bailarán con ilusión

Suspiro por tus huesos
en mi triste panteón
y salgo por tus huesos
si me deja Juan Simón

No dejes esta noche
de venir a verme después
ventana veintinueve
calle quince número tres

Te suena el esqueleto que parece un xilofón
mas ven con cuidadito pa no darte un tropezón
Ayer por ir a oscuras me di un golpe en el peroné
Siento clavarse una espina junto a mi espina dorsal
Y a la gloria tendrá que subir nuestro amor
Yo no subo si no hay ascensor

Miguel Mihura, escritor cómico de la conocida como “La otra generación del 27”, (entre la que se encontraban otros contemporáneos como Enrique Jardiel Poncela, Edgar Neville, Tono o Álvaro de la Iglesia), colaboró con Eduardo García Maroto en la realización de sus proyectos cinematográficos. Maroto, antecedente de Berlanga, entró en escena como director con la realización de tres cortometrajes: “Una de fieras”, “Una de ladrones” y “Una de miedo”, todas ellas realizadas durante la II República. La última de las tres era un compendio, en clave de parodia, de los elementos más clásicos del cine de terror. Con una fina ironía, supo convertir aquellos efectos fantasmagóricos en puros gags. Por ejemplo: La vela, que porta el protagonista en su peripecia por el castillo encantado, se apaga quedando todo a oscuras. La explicación de este hecho sobrenatural se encuentra en un señor que sopla con un fuelle, detrás de una pared de atrezzo. Después, un muerto viviente (al que se caracteriza como “un Boris Karloff cien por cien nacional”) canta, en un número musical- obra del maestro Montorio-, lo siguiente:

No hay nada más hermoso
que una agonía, que una agonía
sobre todo si ocurre
en Andalucía, en Andalucía

Hacernos el harakiri nos gusta mucho
y cortarnos las venas con un serrucho
pon bien de vello
que se me caiga algo
me vuelvo bello

Soy un esqueleto ¡olé!
Yo salgo de mi tumba
todos los días
y en Recoletos me subo
al estribo de los travías
y a las gachís que van con un gabán de piel
les digo dándoles con un hueso en los muslos
¡Vaya mujer chipén! ¡Vaya mujer chipén!

“Raska-Yú” de Bonet de San Pedro, fue una canción de los años posteriores a la guerra civil.

Rasca-Yú, ¿cuando mueras que harás tú?
Rasca-Yú, ¿cuando mueras que harás tú?
Tú serás un cadáver nada más.
Rasca-Yú, ¿cuando mueras que harás tú?

Oigan la historia que contome un día
el viejo enterrador de la comarca,
que era un viejo al que la suerte impía
su rico bien arrebató la Parca.

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de su hermosa
y la gente murmuraba con misterio:
"Es un muerto escapado de la fosa".

Hizo amistad con muchos esqueletos
que salían bailando una sardana
mezclando sus voces de ultratumba
con el croado de alguna rana.

Los pobrecitos iban mal vestidos
con sábanas que ad hoc habían robado,
y el guardián se decía con recelo:
"Estos muertos se me han revolucionado".

Como es bastante tétrica la historia
los juegos fatuos se meten en el lío
armando con sus luces tenebrosas
un cacao de padre y muy señor mío.

Su difusión radiofónica estuvo prohibida por la frase “Tú serás un cadáver nada más”. ¿Podría tratarse de defender que, el hombre, una vez muerto, le esperaba otra vida y no se acaba todo ahí? Algunos comenzaron a decir que el personaje de Raska-Yú lo había creado Bonet de San Pedro inspirándose en Franco. Pero esto ya es otra historia.
Ahora, en la actualidad, la razón y la ciencia (nuevas autoridades) nos hablan de lo efímero de la vida, pero nos animan a disfrutarla debido a su misma brevedad y a no sufrir en la medida en que podamos evitarlo. Esta nueva filosofía (dejando a un lado las creencias de cada uno) relega todo la anterior a una historia, la nuestra, de la que no debemos renegar y tenemos la obligación de conocer.

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