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OBSESIÓN POR “VÉRTIGO”

>> lunes, 13 de septiembre de 2010





"Él" de Buñuel y "Vértigo" de Hitchcock. Escenas de campanario


Si tuviese que realizar anualmente un ranking sobre un número de películas favoritas (pongamos tres), la película de Hitchcock “Vértigo” no bajaría un escalón de su número uno. Que mis gustos y mi criterio vayan variando con el tiempo dan más mérito a esta fidelidad hacia una película que no suele citarse a la hora de hablar del genio del suspense. Está injustamente infravalorada, a mi juicio. Las películas psicológicas deberían de ser las mejores a la hora de interesar al público en la trama. ¿Necesitamos que nuestra expectación se genere justo entre susto y susto? ¿Hoy en día en qué se ha quedado el efectismo como arma de seducción para un público cada vez más exigente? En “Vértigo” se juega precisamente con las apariencias, con ese nunca saber qué es lo que puede estar pasando hasta el final de la obra. Hitchcock juega con el espectador como si de su personaje, Scottie, se tratase. Le vuelve loco, le trastorna, le hace inquietarse como a él. Ese descenso al mundo de la locura es lo que de verdad importa en esta historia. Un proceso largo, pues uno no se vuelve loco de la noche a la mañana. Todo un mecanismo que supera las dos horas de metraje.
Hitchcock dijo sentir verdadera admiración por Luis Buñuel. De hecho, siempre se compara la escena del campanario de “Él” con la de este filme. Un campanario de las Misiones de San Juan Bautista, casi tan mexicano como el del filme del director aragonés. El forcejeo de Stewart en un intento desesperado por conducir al mismo estado a Novak, a hacerla comprender usando la fuerza, resulta casi de un paralelismo atroz para con el otro de Ernesto Alonso. Los celos, en este caso, pueden volvernos locos. Al fin y al cabo, hablamos de obsesiones. Obsesión por una mujer.
El tímido y bonachón Stewart, parece del gusto de directores sádicos que buscan comprometerle para hacerle revolverse contra ese mundo que le oprime. De padre de familia justiciero en “Qué bello es vivir” pasando por sheriff defensor del orden en “Los Malvados de Silver Creek”. En el filme de Hitchcock, puede parecernos incluso indeseable cuando trata de fetichizar a su “mujer fantasma”. Debemos de comprender también, que ya no es él, que anda ya entre esos muertos a los que hace referencia el subtítulo de la película. Vaga tratando de volver cuerda a la locura, porque ya no busca a una mujer sino a “la imagen que tuvo de esa mujer” totalmente artificial.
Resulta increíble como Hitchcock consigue convertir esas novelas de kiosco y fin de semana en verdaderas potencias en todos los sentidos. ¿Quién sabe si de no ser por él hubiesen pasado sin pena ni gloria por este camino de la historia?
Ahora me asalta una duda que debo despejar: “¿Qué le pasa a Hitchcock con las mujeres?” Para él seguramente, haya tres tipos: La fatal o perversa, la ingenua o tonta sobre la que caen todas las desgracias y ella las asume con resignación, o la que trata de resarcirse de sus “pecados”, cambiar el rumbo de su vida, sin éxito.
Tengo otra pregunta: “¿Qué le pasa a Hitchcock con las mujeres y con los bosques?” Tal vez encontremos la respuesta en Freud: La mujer se rodea de falos (los árboles), como le sucede a Novak en “Vértigo” o a Marie-Saint en “Con la muerte en los talones” (North by NorthWest”). Realmente hay por su parte un intento de trasladar toda esta perversión al cine. Hoy en día resultaría indigesto, no podría hacerse (o resultaría una pérdida de tiempo porque nadie se percataría de ello). Él creía verdaderamente en ello, como quien cree en las imágenes subliminales. Volviendo al ejemplo de Marie Saint: en la escena final del filme, cuando por fin ella y Cary Grant consiguen escapar en tren, en el momento en que ambos se besan se observa cómo “penetran” en su vagón por el túnel. De nuevo, esa obsesión por las imágenes del inconsciente.
Otro ejemplo Freudiano, en este caso con su “interpretación de los sueños”, lo encontramos en la pesadilla que tiene Stewart, donde todo se le mezcla antes de acabar en esa casa de reposo. Son los recuerdos también importantes (como cuando ella piensa en lo que verdad ocurrió en el día del campanario, haciéndonos a nosotros también partícipes) o en el momento en que ella y él se vuelven a reencontrar pareciendo los mismos del pasado, besándose mientras la cámara gira en torno a ellos y vemos como el fondo de la habitación se convierte en otro, en el del establo de San Juan Bautista. No hay un ejemplo de mayor maestría para hilar una historia constantemente creando un constante desengaño en el espectador. “Nada es lo que creías haber visto”.

“Vértigo” me produce lo que su título propone. Me sigue cautivando, no ha perdido un ápice de aquello que creí ver en su primer pase.

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