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TESORO

>> miércoles, 1 de septiembre de 2010

Cada vez que paso por aquel parque, retrocedo veinte años en mi historia. Allí está, entre manzana y manzana, con cinco modificaciones a sus espaldas desde que lo conozco. El parque de mi infancia se ha vuelto serio y sociable… parece hecho para que los niños se sienten en mesitas y tomen el te, a esa hora en la que para ellos no existe la siesta. Ahora produce respeto entrar allí y ponerse a jugar. Comprendo a aquellos niños cuyos juegos allí se suavizan, temiendo romper el orden de un lugar sagrado. También había más árboles y más vegetación. Ahora, se ha “urbanizado” como quien dice, perdiendo lo que podía tener de improvisto o de descuidado con la naturaleza. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado: aquel estanque con fuente rodeado de palmeras que pretendía ser un oasis urbano. Siempre estuvo vallada, como un monumento a la contemplación. Eso sí, permanecía escondida por otra hilera de árboles que ahora han desparecido. Tiene gracia, pues aquello que antes escondía o hacía desaparecer a otra cosa ha sido lo que ha terminado por no existir (sin necesidad de parapetarlo tras otra cosa que impidiera su visión). Por las tardes iba allí con Héctor y, cuando nos dejaban de vigilar los abuelos, nos metíamos por allí para dejar de existir. Héctor tenía como un pálpito, una remota idea que le hacía sospechar que allí había un tesoro escondido. Defendía que aquel “oasis” ya existía antes de que se construyera allí un parque. Yo no solo no comulgaba con sus ideas de loco explorador sino que le hacía oídos sordos, paseando por el borde del estanque. Un día perdí el equilibrio y me caí dentro del agua. Fue un momento importante en mi forma de pensar, pues al día siguiente ya me encontraba haciendo hoyos en la tierra para encontrar con Héctor ese tesoro escondido. Siempre había sido un niño con cierto sentido de la responsabilidad, como sintiéndome deudor de aquellas normas de urbanismo que trataban de volver serias los adultos. Por eso, al cabo de una semana de pesquisas aventureras, desistí de aquel propósito de encontrar algo por lo que cavar y dejé de quedar en el parque por las tardes tras el colegio. ¿Cuántos años tendríamos? ¿Ocho? ¿Nueve? ¿Diez? El caso es que ahora, cuando paso por allí, sigo sintiéndome un niño y, lo que es peor, siento que le debo una explicación a Héctor. He vuelto a creer en su creencia intrépida. Conseguí localizarle y quedar con él en el mismo parque para tratar arreglar lo que tiempo atrás dejamos sin atar. “Mira Héctor… no estaba de acuerdo con tu idea de llevar a cabo todo lo que se te pasaba por la cabeza… y más viviendo en una civilización reglada y con normas…” Héctor entonces me miró arqueando las cejas burlonamente y me contestó: “Lo que yo buscaba pertenecía a una civilización anterior.” Esa era la respuesta que quería oír. “Lo sé, por eso te he llamado ahora, tras tanto tiempo. He tardado en darme cuenta de ello, pero bueno es que haya llegado a la conclusión ¿no? ¡Vamos, apóyame, por favor!” Héctor solo supo señalarme el lugar, remarcando su valor simbólico. “Sigue estando ahí enterrado, Octavio. Algún día, lo desenterrarás. Debes de hacerlo tú, me lo debes. Cuando lo hagas, te habré perdonado del todo”.
Cuatro horas después de nuestro encuentro, con el atardecer despertando a los vampiros y otras gentes de mal vivir, volví al parque cargado con unas herramientas que bien podría valer para cualquier trabajo arqueológico profesional. Salté la valla que me separaba de aquello que ansiaba con la febrilidad de un niño y me puse manos a la obra. Guarecido tras algunas palmeras, saqué la pala y comencé a cavar en ese mismo lugar. Me gustaba dejarme guiar por la aleatoriedad. De hecho, debíamos haber comenzado a cavar por allí hace veinte años. Pronto toqué algo metálico. Era una caja de galletas. Lo saqué ya desengañado, sabiendo que aquello no lo podía haber enterrado un pirata ni gente de otros siglos. La abrí sin problemas. En su interior encontré una colección de botones y una corbata roja. ¡Eran los botones y la corbata de mi uniforme del coro del colegio! Había una nota enrollada dentro de la corbata: “Esto me lo debes por abandonarme en nuestra aventura. Firmado: Héctor”
Un niño pasó por delante dando brincos en el momento de la lectura. Trató de realizar una pirueta que le falló, cayéndose brutalmente contra el suelo. Se levantó como pudo y lloró mientras corría hacia su madre. Me miraba con rabia porque no sabía a quién echar la culpa de aquella estupidez. Enseguida volvió con la madre y me señaló. “¡Ese, ese me ha pegado!” Todo se descubrió. Unos guardias vinieron y me sacaron de allí en aquel momento tan maravilloso, tan significativo. Había conseguido cerrar el círculo de aquel momento de mi vida confuso aunque alegre. ¡Bravo, Héctor!

1 – 9 – 10

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