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EL MARTIRIO DE SAN SEBASTIÁN

>> martes, 5 de octubre de 2010

A las siete y media de esta tarde, asisto a la representación de la obra “El martirio de San Sebastián”, con música de Claude Debussy y libreto de Gabrielle D´Anunzio, ese poeta que se dramatizó a sí mismo, coqueteó con las mujeres representando la feminidad, colaboró con el futurismo e invitó a su mansión a Mussolini para dirimir sobre cuestiones de ego. La obra es un canto claro a la música sacra, un intento de hacerla perdurar en toda su grandeza. No es de mis obras favoritas pero he de reconocer que Debussy nunca me ha decepcionado hasta la fecha. Su música, llena de un extraño color que a veces enamora y otras inquieta, es en este caso narración para la historia de un mártir renovado por el literato italiano, el cual mezcla vanguardia con hechos “históricos”.
Para empezar, la acomodadora me encuentra el asiento con desgana, defraudada al pensar que, por mi jersey elegante, iba a soltarle una propina. Nada de esto. Conocía bien el camino, no necesitaba de nadie que me guiase como a Lazarillo. Esto es hacer trampa, pagar por algo innecesario a una persona que de seguro cobra lo justo y necesario, donde todo extra es un capricho.
He entrado con media hora de antelación. Quiero sentir la tranquilidad de una sala vacía de público, ocupada por esos músicos que ensayan partes de la partitura que se les resisten hasta en el último momento. Yo también fui uno de ellos, aunque nunca tocase bajo el brillo de aquellas lámparas, ante aquel órgano tan imponente, ante tantas butacas tan bien dispuestas y elegantes, acogido por al calor de aquella madera que acolchaba la sala entera. En el Auditorio Nacional, todos se conocen y todos repiten los mismos errores. Gente que se queda fuera esperando aburrida al comienzo de la función, gente que sale escopetada al primer aplauso, como si quisieran sentarse los primeros en el autobús que les lleve de vuelta a casa… Toses impertinentes en los silencios de pieza a pieza. Esto es lo que peor llevo.
Con la tranquilidad que me da esa media hora previa al concierto, sentado dentro y no de pie fuera mirando a las musarañas, cojo el programa para leerlo con detenimiento e informarme, aprovechando verdaderamente el tiempo. No me gusta, tampoco, el tono que se emplea por parte del encargado de realizar los textos. Parece ser un entendido que juega a ser comprendido por quienes lo leen. La mitad de lo que leo no lo entiendo ¡y no soy estúpido, me considero cultivado en las cosas culturales imprescindibles! ¿Es tan difícil escribir con lírica sin renunciar a esta explicación general y esencial? No lo sé.
Los músicos que se creen con la lección aprendida y no tienen necesidad de repasar, van entrando. Llega el narrador y San Sebastián. Dirán los textos en castellano y se les agradecerá. Mi francés, lo reconozco, no pasa de los tres cursos obligatorios de secundaria.
El director que no llega. Se oyen rumores: “me temo lo peor”. Finalmente, la listilla de mi derecha que ha comentado esto, se calla al verle entrar. También, es la primera en quedarse dormida en mitad de la función.
El director, es como el antecesor de la música. Con sus gestos, adivinamos lo que ocurrirá. Yo, con el programa en mano, también me siento un semidiós, porque conozco lo que dirán los intérpretes. San Sebastián, un jovencito nutrido en los mejores teatros de obras clásicas de España, nos habla de su fe en Dios y su negativa a adorar a los dioses profanos. Por ello, el emperador le condena al martirio, al sufrimiento atroz antes de la caprichosa muerte que él mismo le dicta. En el momento crucial, cuando Sebastián grita hacia Dios, temblándole la voz, comienza a improvisar el texto y a inventarse lo que D´Anunzio preparó para él. Sube y baja párrafos, estrofas, versos y compases. Lo mezcla todo en un nuevo libreto de palabras sin sentido. Todos nos hacemos eco de ello. Finalmente, ese Aleluya tan clamoroso arranca aplausos al más escéptico. La obra ha concluido.

5 – 10 - 10

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