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EXILIO INTERIOR

>> martes, 19 de octubre de 2010

No sé cuando ni cómo creé la siguiente historia en mi cabeza:
“Un científico, pasa todos los días, a esa hora, por un parque, camino de su laboratorio. En uno de los árboles se posa todos los días, a esa misma hora, un extraño pájaro, desconocido aún por la ciencia. El científico lo codicia, está obnubilado por su exótica belleza. Cada día, trata de de atraparlo, pero en el último momento el pájaro, asustado, se escapa siempre a tiempo, volando.
El pájaro y el científico me representan a mí. Un día uno y otro día otro, como por relevo. Esta es mi verdadera confusión.
Como el científico, quisiera llegar a comprender al pájaro, que es mi obsesión.
Como el pájaro, me siento agredido diariamente por mi propia esencia.
No comprendo la situación actual en la que vivo. Lucho, por defenderme como individuo, ante el peligro inminente externo. “hay que comprender” me dice este. Casi resulta un imperativo ante el cual se accede cediendo: “no quiero comprender esto porque no me interesa”. Y después de comprender ¿a quién le comprende uno?
Es incoherente el rol que se ha adjudicado esta sociedad: no da su brazo a torcer pero, a su vez, repudia este mismo hecho con la palabra (y creo que, más que denunciarse a sí mismo, lo hace para con los demás).
Pienso, después, como ser contradictorio social: ¿Para qué voy a renegar concretamente de mi nacionalidad, cuando el mundo entero se encuentra en la misma situación? ¿Por qué abandonar el lugar que me vio nacer y crecer? ¡Que lo abandonen aquellos que ahora mismo lo deforman con su forma de proceder! Todos luchan por desconocerse unos a otros. Yo lucho por no perder mi identidad; por ello, me he parapetado en mi propio interior, hablando todos los días conmigo mismo. No quiero perder la cordura. Por lo que se ve, me equivoqué de roles. Más que el científico o el pájaro, soy entonces el árbol que los separa a los dos.

Recurriendo a la desesperada a la filosofía universal, vienen a mi memoria los nombres de Epicuro, Schopenhauer y otro no tan acreditado sino más cercano a la novela: Baroja.
En general, resumo la situación en un solo sentimiento: el egoísmo. No un egoísmo voluntario, sino común a todos los mortales. Así, por ejemplo, si al terminar una clase de filosofía sobre este tema, yo me levanto y me marcho a comer, algunos estudiantes de la asignatura pensarían de mí: “Este va a predicar ya con el mal ejemplo. No solo no se queda a hablar con nosotros sobre este tema tan preocupantemente anclado dentro de nuestro ser sino que es el primero en demostrarlo… cuando vayamos a comer, ya nos habrá quitado uno de los platos que seguro queríamos tomar…” Por otro lado, es demasiado el sobrevalorar de este modo la actitud de los estudiantes de Filosofía, que seguro que en muchos casos les preocupa más terminar la carrera para empezar a cobrar dando este tipo de lecciones magistrales que ahora reciben. El hombre necesita ser egoísta para sobrevivir. Esto, dicho por Schopenhauer en su época, serviría para que fuese tildado de visceral. Ahora, solo con el paso del tiempo, se le considera incluso un autor clásico, que nada impresiona ya con sus teorías. En mi caso, Schopenhauer me dirá que mi mundo como voluntad se encuentra en el deseo de comprender lo que ahora me rodea y resulta hostil. En el caso de los demás, su voluntad será imponerme sus ideas y tratar de reconducirme por otro camino, sacándome de una duda para introducirme en un conformismo. ¿Y si no me quiero conformar? La representación del mundo que yo haré, por otro lado, será la que me convenga para sobrevivir a él sin volverme loco, sin acabar en el final de Andrés Hurtado e “El árbol de la ciencia”. Ahora, mi propósito a satisfacer será el de no molestar ni ser molestado. En el resto de deseos, más terrenales, suelo ser menos exigente. He llegado por fin a Epicuro, quien recomienda satisfacer las voluntades de forma irreal, en el pensamiento, en la imaginación. La recreación interior de la satisfacción de deseos es más agradecida que la ingrata realidad. El deseo acaba condensándose dentro de mí, sucede el placer en mi imaginación, sin que el real llegue. Este puede ser mi camino particular hacia el budismo, disolviendo los deseos mediante esta forma “mágica” de contentarse. Y es que, muchas veces, no somos sino cosa onírica, irreal, que no quiere creer que vivimos lo que vivimos. En Occidente, el exterminio de esta ansia de deseos, que no conduce más que al dolor generado por la habitual frustración, Baroja lo traduce por el suicidio como única liberación de la agonía de un personaje que vive en un mundo de lobos, irracional, hostil y duro.
Genero, pues, esta especie de corteza, este corcho que me impermeabiliza de aquello que puede dañarme psicológicamente. El cerebro resulta el elemento esencial en el ser humano. Sin él, ni siquiera somos conscientes de que no somos nada al perderlo. La reencarnación sería, pues, absurda, pues nunca recordaríamos qué ser vivo fuimos antes (y esto es tan sencillo como que nos encontramos en un cuerpo distinto, no igual).
Anclado en estas raíces que suponen la persistencia en mi propio “yo”, no me afecta el viento si solo supone la caída de unas hojas que después se regenerarán.

8 – 10 – 10

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