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LA ETERNA PREGUNTA EN EL AIRE

>> lunes, 4 de octubre de 2010

Me encuentro en una galería ante un cuadro acristalado, el cual no me interesa en absoluto. De hecho, me parece más interesante lo que se ve reflejado en él que lo que contiene. Se ve toda la sala blanca, impoluta, adornada (quizá “adornada” no sea la palabra adecuada) por otros tantos cuadros asépticos realizados a golpe de compás. Solo con este instrumento con el que se realizan tantos ceros ha podido llenarse tanto espacio tan estúpidamente. Sigo interesado en el cristal. Nunca he entendido su contradicción. Se coloca para que se puedan realizar fotografías sin que la obra quede dañada, pero a su vez la misma obra nunca puede ser retratada con exactitud por los múltiples brillos del vidrio. A la derecha, tengo una ventana cerrada por otro cristal, el cual, por su antigüedad, deforma todo lo que puede verse a través de él. Los cristales antiguos ¿por qué eran tan inexactos? Vuelvo la mirada al cristal del cuadro. En él se ve la cara de un niño “bueno”, que soy yo. Una cara de palurdo conformista. “Mi propia naturaleza me hace bueno por ella misma” parece decir. Pienso en la juventud de Salinger, en Bukowsky, en Schopenhauer. Todos fueron niños buenos en sus retratos. Todos sucumbieron al sistema del cual renegaron después (cuando ya estaban dentro). ¿Hubiesen podido ser célebres sin pasar por ese aro unificador? ¡Quién pregunta! Yo, el ser más desencantado de la tierra. Ahora ni siquiera puede haber grandes movimientos sísmicos humanos por la pereza que nos embarga universalmente. Estamos adormecidos, atontados. No sé.
Recuerdo lo que me dijo una compañera hace un año: “¿Sabes? Creo que voy a dejar de estudiar esta carrera. Se me está quedando el encefalograma plano”. Como estudiante de Bellas Artes, no pude sentirme tan ofendido, pero sí en cuanto a lo que había esperado de esta muchacha, de su nivel de voluntad, de su inteligencia para con la vida. Si verdaderamente no se lucha por lo que se desea aprender en esta vida, estando o no en esta o en otra carrera, el cerebro se achicará por falta de uso. ¿Hay o no dos dedos de frente en nuestra materia gris? ¿Por qué se afirma algo que delata tan gratuitamente? Tú, “artista”, tiras piedras contra tu propio tejado. El artista, pensador, reivindica la inteligencia, porque en ella se encuentra la sensibilidad. Cuanto más se conoce, más posibilidades hay de justificar este sentimiento tan noble e imposible de aprender que tan ligado se encuentra con lo emocional. ¿Se debe justificar, por otro lado? Lo que quiero decir tiene que ver con cierta insobornabilidad del artista con su propio compromiso. No somos salvadores del mundo ni tenemos en nuestras manos el destino ideológico, la enseñanza política. Como bien me recordó un buen amigo, “no vamos a decidir el futuro de nuestra sociedad, pues como decía Ángel González, para eso están los políticos.” Quizá si nos encontremos en los momentos posteriores a la política, donde el hombre parece reencontrarse con ese origen tan perdido en el que Platón hablaba de una perfecta “Polis”, de boca de su maestro Sócrates.
¿Somos, por tanto, conscientes de nuestra fuerza? ¿Conocemos las reglas del juego, o frivolizamos con estúpidas afirmaciones? Me remito a lo que me dijo a esta compañera de clase: Parecía dar la razón a todos los que piensan que en Bellas Artes se vive del cuento, de la leyenda autodestructiva del bohemio. “¿Y a qué te vas a dedicar cuando termines esa carrera? ¡Mira que lo tendrás difícil!” Lo que sí podemos extraer de esta reflexión es que, el artista es un ser inquieto, que revolotea con indecisión en el panorama futuro que le espera. Por quererlo hacerlo todo no se decide por nada. Cree en un mundo que se desvanecerá cuando terminen los años de estudio, y tendrá que elegir. Esto no lo quiere pensar nunca. “Cuando llegue el momento, se actuará”. Normalmente, se suele acabar donde menos se tenía pensado. Por tanto, Bellas Artes es una carrera vocacional, que siempre sirve tanto al conocimiento que uno se lleva aprendido. Yo me siento orgulloso, incluso privilegiado, por haber podido cursarla como carrera. Son muchos de estos profesores decepcionados con ese mundo que quisieron vivir y contra el que chocaron en la vida real, los que me hacen negarme a acabar como ellos. La vocación profesoral brilla por su ausencia en muchos casos. Tampoco quiero un futuro como el que tengo delante, tras el cristal. Tras de mi, murales pictóricos que ni siquiera el artista de la exposición realizó, sino sus “discípulos de factoría” me hacen reafirmarme en esta cuestión.
Hay ciertos precios que más vale no pagar, porque puedes encontrarte arrepentido, tarde, con una factura en blanco sobre tu mano.

4 – 10 - 10

3 comentarios:

Javramser 4 de octubre de 2010, 16:12  

Hay que tener cuidado con los precios que se pagan para hacer las cosas...

Y profesor sin vocación... más no por favor.

Bellas Artes ofrece como decepcionante la profesión del docente, lo cual me parece un enorme error.

Anónimo 5 de octubre de 2010, 12:01  

Aqui lo que hay que hacer es convertir la pirotecnia en land art.Eso si transformará el mundo.yeeeeeeeeeeeeeeeehaaaaaa

putativus 5 de octubre de 2010, 12:24  

¿Deberá de crearse una facultad para aquellos que no quieren estudiar una carrera?

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