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LA FALSA LIBERTAD

>> domingo, 17 de octubre de 2010

Siempre he admirado a los columnistas de cultura de los periódicos: son seres que creen en la inmortalidad por su afán de conocimiento, que parecen haber visto pasar ante sus ojos toda la historia habida y por haber del arte, incluso sin necesidad de haber llegado a una edad avanzada para llevar a cabo esta tarea imposible. Cada vez que surge un evento, un homenaje, una retrospectiva, una edición literaria, allí están ellos para hablar los primeros de autores, obras, épocas y tamaños. Son tan exactos en sus descripciones que parecen haber calcado su opinión de breves reseñas enciclopédicas la noche anterior. No hay nunca una opinión fuera de ese tono cultural. Parece que salirse de la línea descriptiva y aséptica puede resultar peligroso. Sin embargo, hay algunos que pueden ser considerados “periodistas de tercera categoría” sin necesidad de exponer opiniones personales atrevidas. ¿O es que ya se va a crucificar a alguien por un lapsus “escribae”?
¡Qué mentes más cerradas deben de ser aquellas que se conforman con una opinión vertida en un día, una hora y un lugar equivocados! Se juzga constantemente a las personas por lo que dicen y hacen en cualquier momento, siendo este bueno o malo para ellos. Nos falta la conversación reiterada de café para corroborar estas teorías del prejuicio.
Seguramente, todavía haya quien aplauda porque sí en los teatros, pensando todo lo contrario a lo que demuestran sus manos en acción. Convertir en rito algo que debería de salir de dentro, de quien ha pagado su entrada y se encuentra con derecho a no aplaudir. Hay quien dirá: “Claro que se aplaude siempre, pero algunos lo hacen con más efusividad que otros”. De acuerdo, acepto también este gris dentro de las gamas blanco-negrinas. Hay quien dice también que más vale omitir que mentir, por ello para no ser descortés pero tampoco sentir traicionar a la otra persona, hay quien decide no manifestarse al respecto en su opinión. ¿Quién omite miente? No, que va. Es simple educación. Ahora ha surgido la moda de pedir opiniones para poder mejorar el trabajo. Entonces, son ellos muchas veces los que se muerden la lengua con esta aptitud y aceptan críticas que, de no haberlas pedido por propia voluntad, habrían sido duramente atacadas. Entonces, se opta por el enfriamiento para con la otra persona, si esta tiene una relación cercana con la otra. La psicología, en muchos casos, sirve como arma para luchar sin necesidad de una batalla directa. Entonces, llega la falsa libertad: “Podéis hacer esto, sois libres de hacerlo.” Al decir esto, se da a entender que, quien lo propone, no es partidario de ello pero admite que las normas de la libertad están en su contra. Las personas, al oír esto, temen ser libres.
El escritor humilde, por tanto, no tendrá cabida en ciertos círculos donde lo que importa no es el reconocimiento de una mortalidad que limita el conocimiento excesivo, sino el demostrarse erudito al cubo para permitirse influir en quienes recurren a ellos como exploradores en busca de las Fuentes del Nilo. Primero, hay que aceptar esto, para después romper con ello. Síntoma, pues, de la debilidad de quien acepta un conocimiento selectivo, de quien cree en esas Fuentes del Nilo y confía en convertirse en una de ellas tarde o temprano. Si dedicaran toda su existencia a nutrirse de conocimiento, si así fuera, me divertiría pensar en lo desastroso que deberían ser en el resto de parcelas desatendidas de diario. Seguro que no admitirían su descuido. El que es despistado y reconoce serlo, el que se ríe de sí mismo, creo que nunca sería capaz de dedicarse a escribir como es y citar referencias tan aburridas y marmóreas como yermas por su inutilidad. Letra muerta que solo podemos conseguir que huela peor de tanto utilizarla. ¡Reconozcamos lo pestilente del asunto y riámonos de nuestro puesto de disección en el anatómico forense de las catacumbas!

17 – 10 - 10

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