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PALABRA DE UNAMUNO

>> miércoles, 6 de octubre de 2010

¿Por qué he tardado en escribir tanto esta declaración de intenciones? Porque hasta ahora, no había visto clara la razón que me llevara a realizar dicha empresa. Cien años después, me he dado de bruces con Unamuno y he comprendido por qué sentía hacia él respeto como escritor y afecto como persona atormentada e incomprendida. Siempre se pensará que fue un autor un tanto disperso, que nunca logró unificar su discurso para presentarlo como algo homogéneo al público. Esto, para mí, es una virtud propia de ese caos ordenado de las mentes más lúcidas. Unamuno, a mi juicio, si poseía la coherencia de un discurso unitario, de un problema único común a todas sus creaciones literarias: tanto la lírica, como la novela, como el drama o el ensayo, vienen a concurrir en una inquietud que nunca consiguió calmar: el deseo, como mortal, de no morir. Un deseo, un anhelo, un “Hambre de Dios”. En su trayecto vital, el escritor vasco pasó por diferentes formas de pensar: comenzó siendo un católico ejemplar, pero sin renunciar a la razón, lo que le llevó a declararse escéptico, protestante. Creyó después en el socialismo para después abandonarlo por un anarquismo no “dinamitista” (rechazando el ejemplo de Bakunin). No podía creer en una humanidad generalizada. Tenía que creer en el hombre, más allá de su definición general. En el individuo. “Si hubiera un partido Unamunista”, yo sería el primero en no estar en él”. El ser particular, aquel a quien hablaba y aquel que le leería, incluso después de muerto. Como un ser carnal, lleno de vida, rechazaba a la “razón” porque esta rechazaba esa creencia de un “más allá”. La razón, por tanto, según él, “mataba la vida”. No hay un Dios, no hay alguien que no pueda morir y haga posible la “otra vida de aquel a quien crea”. Lutero dijo de la razón: “la considero la gran prostituta porque se acuesta con todas las tesis”. La razón de Unamuno se basa en el sentimiento religioso.
¿Por qué tenemos tanto miedo a sentir? La razón se antepone al sentimiento, a aquello que no puede estandarizarse, controlarse. Kierkegaard habla de la importancia del individuo frente a la omnipotencia de la razón. La fe no puede estar sometida tampoco a ningún sistema. Supone una ruptura en esa necesidad de conocimiento, de aclaración.
Uno quisiera ser como Dios, porque es el ser que nunca deja de ser con su eternidad. Nosotros, tenemos fecha de caducidad. Unamuno quisiera ser alguien que no muriera, porque el hombre se compone de un cuerpo que desaparecerá y de un alma que se rebela contra esa desaparición.
Esta frase de “la materia no se crea ni se destruye, sino que se transforma” para nada es alentadora. Ni siquiera se acerca al sentido de las teorías de la reencarnación. Es como decir que “acabamos criando malvas”, o sea, sirviendo de abono para la germinación de plantas. ¿Y mi ser? ¿Qué será de él? ¿Desaparecerá sin dejar rastro?
Nunca he podido soportar la idea de no poder sentirme ni siquiera fuera de este mundo. De acuerdo, los moribundos pueden llegar a esta conclusión, pero continúa siendo igual de desoladora que la del novio que ya no siente estar con su amada, aún cuando todavía estén juntos, porque no se ha atrevido a separarse de esta.
Siempre andamos buscando excusas para no enfrentarse a este dilema al que debe de atacarse con la filosofía. Debemos estudiar qué es morir, que es la vida, qué es la persona.
La conciencia de que somos seres mortales, hace que pensemos en la muerte, y esta nos tienta a pensar en ello, pero lo esquivamos. Poseemos un cuerpo mortal, pero nuestra alma se resigna a ese destino, desea ser eterna.
“Aunque no sea Dios, solo si hay Dios, podría seguir viviendo tras la muerte”. Dios como garante de vida e inmortalidad.
¿Cómo “vivimos” el hecho de la “muerte”? Como algo a lo que no hay “derecho”. La muerte es el gran mal. No debe ocurrir pero estamos abocados a ello.
En la novela, Unamuno parece crear vidas humanas, localizadas en espacio y tiempo, que viven una vida concreta. Una novela no puede escribirse con conceptos abstractos. Por ello, no escribe tratados filosóficos sino novelas. ¿Por qué Unamuno no hace metafísica, sino poesía? Precisamente por el hecho de que anhelaba la inmortalidad y no podía recurrir a esa razón, porque no podía satisfacer ese deseo. Lo niega. “para conocer algo, hay que matarlo, hacerlo rígido”. La razón propende a la generalización. Habla de ese concepto de hombre en el que se incluye al sexo femenino, a todos los que fueron hombres como el de Neanderthal… Todo esto ya lo engloba la misma palabra “Hombre”.
En la novela, Unamuno recurre a la imaginación, ya que con la razón no puede hablar de la vida de cada individuo; por ello, Unamuno no hace metafísica, sino poesía, o “fantasmagoría” (término empleado por él en este caso, con el sentido de “productos de la imaginación”). Pone ante nuestra vista una vida, un vivir, inventa esta forma personal, privativa, en la novela, creando incluso un nuevo término: “Nivola” (su significado se define en “poner en un mismo plano al personaje ficticio y el real, porque ambos viven”). Así, en la novela- o Nivola- “Niebla”, el protagonista Augusto le dice a Unamuno, su creador, que los dos son personajes de ficción y con la muerte se nivelarán. Es una especie de venganza lanzada al escritor por tratar de condenarle a la muerte en las páginas de su novela.
Unamuno desarrolla en la literatura una serie de problemas íntimos, de preocupaciones que todos tenemos, universales, que le quitaban el sueño. Un sentimiento trágico, una angustia. Fue un personaje contradictorio, lleno de paradojas, pero aquello le hacía humano. No son problemas, por tanto, que se solucionan en un gabinete, despachados en dos horas.
Toda esta monotonía del único tema al que se le da vueltas de mil maneras, se le observa desde distintos ángulos, se le “ataca” por muchos flancos, es el verdadero testimonio de su paso por el mundo. Un tema del que nunca saldrá ni encontrará solución sino en el que se irá adentrando cada vez más, por el contrario.
Si la literatura persigue un fin estético, Unamuno pretendía ir más allá y dotarla como un instrumento para el conocimiento. Decir algo por la vía de la literatura. Un medio para conocer, para expresar la verdad. “Hago una novela para mostrar algún problema”.
Quizá debido a mi educación religiosa, esta última parte que la razón trata de desmontar no puedo aceptarla. Como el médico Andrés Hurtado, defensor a ultranza de la razón y la ciencia, en la novela “El árbol de la ciencia” de Pío Baroja, que confiesa: “la religión y la moral vieja gravitan todavía sobre uno; no puede uno echar fuera completamente el hombre supersticioso que lleva en la sangre la idea de pecado”. No me resigno a asumir que vine aquí para morir; que, cuando todo esto termine, todo habrá acabado. No soporto que después de tantos y tantos finales de etapas, de tantos “volver a empezar” en la vida, llegue uno del que no se pueda remontar. Yo también estoy hecho de esa alma universal que se siente inmortal.
Comprendo por esto a Unamuno y creo que la razón de que yo también sea un individuo disperso se debe precisamente a esa necesidad de atacar tantos interrogantes por tantas vías posibles. Quizá me apoye en él porque sea una figura considerada, ya imposible de derribar en su legado. Ha podido lograr, en cierta forma, su propia “inmortalidad”. ¡“Viva” Unamuno!... Todavía, a pesar de todo esto, hay una pregunta que temo, que nunca me gustaría escuchar en su respuesta. Es muy simple: ¿Se equivocó Unamuno?

6 – 10 – 10

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