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SOBRE EL TEXTO DE JUAN LUIS MORAZA “DECÁLOGO-DESEO PARA UN ARTE DE LA ENSEÑANZA (DE LAS ARTES” (1999). UNA CONCLUSIÓN

>> viernes, 22 de octubre de 2010

El ser humano comprometido con el buen funcionamiento social, con el “progreso”, ha tenido como preocupación universal la aplicación de la frase de Pitágoras “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. El sustantivo “niño”, en el sentido que quiero aplicarle en este caso concreto, se referiría al individuo en proceso de formación. Se precisa, por tanto, de una solución del problema desde su inicio, para que este no quede viciado y sea demasiado tarde después. Si en estas personas se encuentra el futuro, deberían ser preparadas para enfrentarse sin problemas a una madurez que les permitiese responsabilizarse de la educación de las siguientes generaciones, llegando a un perfecto equilibrio evolutivo. Con esa misma idea de libertad individual, el ser humano no cejaría en evolucionar con respecto al momento histórico que le tocase vivir. Durante toda la Historia, la juventud ha sido sistemáticamente demonizada por una parte de ese otro grupo de individuos de mayor edad (y, supuestamente también de mayor experiencia) que, anclados en cierta actitud reaccionaria, no han dudado en verlos como un peligro para el futuro. Se les tacha de inconscientes, de caóticos, y otros adjetivos no menos grandilocuentes. Siempre ha habido, por tanto, un miedo al cambio. A esto hay que decir que han sido precisamente estos cambios de concepción los que han permitido avanzar en la Historia. Ciertamente, la libertad nos asusta, no sabemos de qué modo obrar cuando la vida se nos presenta sin apoyos sobre los que sustentar nuestra seguridad. El miedo a la libertad nos ha hecho confiarnos en ciertos protectores que nos han impedido, paradójicamente, evolucionar. Solo cuando se escucha las distintas versiones de la realidad plural, es cuando el individuo asume (más tarde o más temprano) todo ese crisol, ese caleidoscópico que conforma las distintas realidades para explicar lo que nosotros podemos percibir, como bien nos explicó Descartes.
Es en la Universidad (cuyo término viene a referirse en su significado sobre “la única verdad, la verdad universal”) donde entraremos en contacto con este conflicto a la vez aclaratorio. No solo esta tarea se encuentra en la mano de los docentes, encargados de preparar a los alumnos para el futuro al que han de enfrentarse al concluir su ciclo formativo. Son también los propios alumnos los que ayudarán, en una tarea recíproca, a formarse en esa otra universidad que viene a denominarse “de la vida”.
No quiero exagerar, pero la cafetería de una facultad, mismamente, puede ser considerada como una asignatura más. Yo me atrevería a considerarla como la asignatura que abarca a todas las demás. Lo que no se aprende en las charlas mantenidas entre compañeros, las conclusiones obtenidas desde tantos puntos de vista, no se podría aprender en otro lugar. En ellas se discute acerca de las asignaturas que se tienen en común o no, de las experiencias, sentimientos propios… La evolución vital la podemos encontrar en una persona con la que se han compartido vivencias durante los años requeridos para una carrera. Se puede pensar: “Cómo era esta persona en el primer año y cómo es ahora.” Curiosamente, los gustos estéticos- en el caso de la Carrera de bellas Artes- suelen evolucionar durante este transcurso vital de tal forma que no se parezcan en nada, que resulten incluso contrarios los últimos para con los primeros. Al ir avanzando en cursos, al alumno se le van dando ciertas libertades que no tiene del todo en los primeros, con asignaturas comunes a todos, siendo una obligación el que sean cursadas. El campo, como digo, se va abriendo con multitud de posibilidades, lo que puede generar también un caos, una indecisión para un individuo decidido a aprenderlo todo, a conocer todo lo posible que se oferte en su caso.
Si hay algo que pueda achacarse a la Facultad, es esa especie de “encerramiento” al que se somete al alumno, en esa especie de apariencia de que “fuera de ella no hay mundo”. Al salir, pues, el alumno, se encuentra medio desprotegido. Esto, afortunadamente, está siendo atajado por una parte profesoral nueva, con concepciones más abiertas, con una mente más actual respecto a otros profesores, cuya edad y generación les aportó una concepción diferente respecto al artista y su futuro profesional.
En cuanto a la exigencia, como estudiante de la Universidad Complutense de Madrid, he encontrado diferentas sustanciales al cursar otras asignaturas (de libre elección) en las demás facultades del recinto. El nivel que se pide al alumno y la evaluación afecta al rendimiento y calidad del trabajo del alumno, lo que puede llevarle a una cierta desorientación e incluso frustración al ver recompensado de forma tan irregular su esfuerzo.
Todos estos planteamientos entrarían dentro de diferentes criterios: facultad, decano, profesorado, alumnado e incluso cierta ideología interior dentro de cada carrera en cuanto a su concepción de las cosas.
Como puede comprobarse, la unificación de la enseñanza, además de imposible, resultaría inútil. Todo ejercicio de homogeneización es peligroso y nos evoca ciertos errores que no conviene repetir.
Un profesor debería de tener en cuenta todos aquellos quebraderos de cabeza que tuvo cuando era alumno para aplicar con coherencia su tarea. Aquello que le preocupó siendo estudiante o que encontraba como injusto, tratar de atajarlo con su situación social actual. Ahora, tendría en sus manos esas armas para poder mostrar a esos nuevos alumnos una puerta nueva a la educación.

22 – 10 - 10

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